Hanahaki
Prólogo – Hanahaki
El amor no siempre florece. A veces, se marchita desde dentro.
El amor, desde los inicios de la humanidad, ha sido visto como algo maravilloso; aquello que puedes compartir personal e íntimamente con alguien en común. Ya sea amando a tus amigos, tus mascotas, familia o incluso a ti mismo, o algo material. Pero, ¿qué hay de aquellas personas a las que somos capaces de demostrar nuestro amor? Me refiero a quienes van más allá de una amistad o un simple conocido. Aquellas personas tan únicas en el mundo que logran llamar nuestra atención, que logran enamorarnos con su manera de ser, su atractivo físico o cualquier otra razón. Sea como sea, aquella persona es capaz de lograr esa reacción precisamente al ser tan única para nosotros.
Ser alguien a quien decirle ‘te amo’, a quien saludar cada mañana y dedicarle la mayoría de nuestro tiempo y existir, debe ser algo muy dulce y hermoso, ¿verdad? Pues eso es cierto, o al menos eso parece, solo viéndolo por encima. Sin embargo, el amor puede llegar a ser también algo cruel, una emoción sumamente dolorosa llena de sensaciones que algunos considerarían inhumanas. Así como puede convertir al ser más frío e indiferente en uno dulce y amoroso, puede transformar al ser más bondadoso en uno lleno de rencor y dolor interno.
Es una emoción y sentimiento muy fuerte, por supuesto, de eso no se tiene duda.Pero, pese a eso, también es la peor de las maldiciones.
Condenar a un par de personas jóvenes, llenas de amor y de vida…
Es irónico, considerando que el amar a alguien, a uno mismo o incluso a algo puede dar vida, calidez, una sensación tan única…
Una que también puede arrancar el corazón de cualquiera.
Puede apagar esa llama dispuesta a entregar todo por su contraparte, decidida y con la esperanza de que, quizás, todo pudiese mejorar.
Una sensación que solo el amor puede brindar.
Energía, dolor, cansancio, alegría.
Las ganas de vivir la vida.
O de perderla.
Hay una enfermedad que no muchos conocen.
No se diagnostica en hospitales, ni se encuentra en libros de medicina.
Sus síntomas son invisibles para quienes no saben mirar… pero sus consecuencias pueden ser mortales.
Le llaman Hanahaki.
Dicen que nace cuando un corazón ama sin ser correspondido. Que se manifiesta como una semilla, pequeña y silenciosa, que se arraiga en los pulmones de quien siente demasiado. Y con el paso del tiempo y el silencio que todo lo corroe, crece. Echa raíces en lo más profundo. Florece con espinas. Y cada respiración se convierte en un suspiro más difícil.
El cuerpo empieza a cambiar: la tos llega, primero seca, luego húmeda, teñida de rojo. Las emociones hierven, el pecho se cierra, la voz se pierde.
Hasta que un día, sin aviso, florece por completo. Y entonces, ya no hay marcha atrás.
Hay quienes se curan. Algunos lo logran si ese amor, contra todo pronóstico, les es devuelto.
Otros, si renuncian a él con tanto dolor, que la herida quema más que la enfermedad misma.
Pero la mayoría… simplemente se marchita en silencio.
Y entre todos los tipos de flores que puede hacer brotar el alma herida, hay una que nadie quiere ver crecer.
La Flor del Silencio.
Pálida. Frágil. Persistente.
Una flor que no busca ser vista… solo escuchada.
Y cuando florece, solo deja estática a su paso.
Esta es la historia de alguien que la cargó por demasiado tiempo.
De palabras que nunca se dijeron.
De miradas que evitaron encontrarse.
Y de un corazón que, por miedo, dejó de latir para no molestar.
Esta es la historia de Maddie.
Y de lo que ocurre cuando el amor no encuentra un lugar donde echar raíces.