Capítulo 1
Los Ángeles, 00:43.
El cielo nocturno se derramaba sobre la ciudad como un manto eléctrico, solo eclipsado por los carteles luminosos y las luces de neón de la urbe. Una aberración estética, si se le preguntaba a ella.
Desde el piso 41 del Grand Sterling Hotel, Harper Queen observaba, a través del amplio ventanal, cómo la ciudad parecía más viva que nunca. Se preguntó sinceramente cómo sus habitantes lograban sobrevivir allí. ¿Cómo conseguían dormir por las noches entre tanta contaminación visual y sonora?
Afortunadamente para ella, jamás iba a descubrirlo.
Se volvió hacia el espejo de la lujosa habitación que había alquilado solo por esa noche. El precio había sido absurdamente alto y no, no lo valía, al menos no para ella. Pero si todo salía según lo planeado, el dinero dejaría de ser una preocupación para siempre. Así que, ¿qué más daba gastar unos dólares más ahora?
Se ajustó el vestido: una prenda de terciopelo azul con una abertura en la pierna que, estaba segura, atraería más de una mirada. Esa idea no le incomodaba en lo más mínimo. Su escote no era vulgar, sino sugerente; insinuaba sin mostrar demasiado. Le fascinaba jugar con la mente ajena. Estaba convencida de que el deseo más profundo no estaba en lo que se veía, sino en lo que se imaginaba. Esa era una de sus armas más mortíferas.
Su cabello oscuro caía en ondas suaves, quince centímetros por debajo de los hombros, perfumado con un tenue aroma a sándalo. Tenía la piel clara, con un brillo aterciopelado que acentuaba la calidez de su tono natural. Sus rasgos eran delicados y armoniosos: una nariz recta, cejas bien delineadas y pómulos altos que enmarcaban unos labios carnosos, perfilados con un tono rojo mate. Sus ojos verdes quedaban realzados por una sombra ahumada y largas pestañas curvadas que intensificaban su mirada. Sonrió al sentirse poderosa con su belleza.
Desvió la mirada hacia la mesa contigua. Sobre ella, se desplegaba un complejo arsenal de artefactos que esperaba no tener que volver a utilizar jamás.
En su profesión, el tiempo no transcurría como en otras más... convencionales. Un año de oficinista equivalía, por lo menos, a cinco en la suya. Y, considerando que ya llevaba una década en el ruedo, comenzaba a pensar que había llegado el momento de retirarse.
Por eso mismo, cuando Mike la llamó con la promesa de una recompensa tan jugosa, sintió que el destino, por fin, le abría esa puerta de salida que tanto había estado esperando. «Un último trabajo», pensó. Ya podía verse vacacionando en una playa de Las Bahamas, con el sol acariciándole la piel, un trago frío en la mano y el teléfono apagado. O tal vez descansando en una mansión alejada del ruido, rodeada de verde, lejos del caos y de las misiones suicidas. Quizá con un gato. O dos. O tres.
¡Ya podía saborearlo! Después de años durmiendo con un ojo abierto y las maletas siempre a medio hacer, esa fantasía ya no le parecía un capricho lejano, sino una necesidad. Todo eso que había anhelado desde sus primeros pasos en el mundillo: comodidad, libertad, dinero y, sobre todo, paz. Ahora estaba casi al alcance de su mano.
Solo debía estirarla un poco más...
Se echó el cabello hacia un costado y comenzó a guardar, uno por uno, los elementos fundamentales para el golpe. Cada objeto tenía su lugar perfectamente asignado dentro de su bolso: una imitación meticulosamente confeccionada del clásico Birkin de Hermès. Nadie, a simple vista, podría notar que no era auténtico. Aquel accesorio, además de ser sumamente funcional, completaba su atuendo de mujer de alta categoría. Solo esperaba que esa fachada fuera suficiente para lograr entrar en la subasta.
Por último, tomó su cuchillo y su pistola, y los aseguró en la liga táctica que ceñía el único muslo cubierto por su vestido. No solía necesitarlos, pero prefería estar preparada. Nunca se sabía.
Volvió a mirar la hora antes de marcharse y se aseguró de no dejar ningún rastro en la habitación al cerrar la puerta, como si jamás hubiera estado allí.
Una descarga le recorrió el cuerpo de arriba abajo mientras el ascensor descendía en silencio. Era ese ¡zas! eléctrico, inconfundible, que precedía a la acción y la hacía sentirse más viva que nunca. Lo había sentido tantas veces que casi se había vuelto parte de ella. Y aunque planeaba dejarlo todo, sabía que iba a echarlo de menos cuando estuviera fuera del negocio.
Bajó hasta el piso -3, siguiendo al pie de la letra el mapa que le había brindado Mike: primer pasillo a la izquierda, luego dos a la derecha.
Caminaba sin dudar, como si hubiera recorrido ese trayecto mil veces. El pasillo, revestido de mármol oscuro con luces empotradas que parpadeaban artificialmente, estaba completamente vacío, tal como lo había planeado. Todos los asistentes ya estaban en sus asientos, seguramente devorándose unos a otros por posesiones ostentosas, deslumbrantes y completamente desprovistas de valor humano.
Se deslizó como una gacela en su hábitat natural: rápida, ligera y sin hacer más ruido que su propia respiración. Buscaba la puerta dorada con un guardia fortachón custodiándola; o al menos, algo así era la descripción. Tal como Mike había predicho, ninguna de las cámaras estaba encendida.
Por supuesto que no. Esos indeseables harían cualquier cosa —y ya habían hecho cualquier cosa— con tal de mantener en las sombras lo que allí se negociaba.
Harper negó con la cabeza, burlándose de su propia indignación. ¿Quién era ella para juzgarlos? Al fin y al cabo, no estaba allí por nobleza. Mucho menos por moral. Esa virtud la había perdido hacía tiempo. Robin Hood no era menos ladrón los demás. Y ella tampoco. Solo que, si alguien preguntaba, tenía mejor gusto al elegir a quién robarle.
Finalmente encontró lo que buscaba. Las indicaciones no podrían haber sido más precisas: allí estaba, al final del pasillo, una figura imponente que bloqueaba casi por completo la entrada de una amplia puerta dorada. El hombre medía, al menos, un metro noventa. Calvo, de espalda ancha, vestido con un traje negro impecable, parecía más un portón blindado que un ser humano. Un pequeño auricular colgaba de su oreja derecha, apenas visible bajo el ángulo de la luz.
«Hora del show, Har-har».
Su andar se transformó. El paso firme, casi arrogante, la impulsaba hacia el guardia como si el pasillo fuera una alfombra roja y ella, la invitada más esperada. El hombre, al verla acercarse, se irguió aún más, cosa que parecía físicamente imposible, y la escaneó con una mirada de rayos X cuando Harper se plantó frente a él.
—Elisabeth Rottery —dijo con voz segura y una sonrisa de oreja a oreja, repitiendo el nombre que Mike le había indicado.
El guardia frunció el ceño, bajando la vista hacia una hoja en la carpeta que llevaba sujeta contra el pecho.
—Rottery, Rottery... —musitó mientras recorría la lista con el dedo—. Oh, sí. Aquí está. Llega tarde, señorita.
—¿Así es? —replicó Harper con su mejor acento refinado, modulando la voz como si llevara toda la vida pronunciando nombres de marcas de ropa que nadie sabe escribir—. No me diga que me perdí la exposición de La Doncella de Mármol. —Fingió una angustia digna de un Óscar.
El hombre se cubrió la boca con la mano, presionando apenas el auricular. Murmuró algo ininteligible, escuchó con atención y luego la miró con amistosidad.
—En absoluto. Me informan que recién van por el segundo elemento. —Dio un paso al costado y abrió la puerta con un gesto ceremonioso—. Por aquí.
—¡Qué maravilla! —exclamó aliviada, como si de verdad lamentara no haber podido pujar por la escultura del supuesto cadáver de una diosa—. Es usted un encanto.
Le dio tres palmadas suaves en el pecho, un gesto de gratitud en apariencia, aunque cargado de una intención cuidadosamente disimulada. Fingiendo acomodarle la solapa del traje, deslizó entre sus dedos la tarjeta de verificación que llevaba prendida al saco.
—Que tenga una buena noche.
Una vez cruzó el umbral, colocó el último elemento clave en su bolso y se apresuró a perderse entre la multitud, lo cual le resultó, objetivamente, difícil. ¿Qué se le iba a hacer? Resaltaba por naturaleza.
El lugar era una especie de anfiteatro techado, anticipado únicamente por un salón que oficiaba de buffet. Un ejército de mozos se deslizaba entre los invitados como peces en smokings, equilibrando bandejas con copas de tragos que Harper no habría sabido ni pronunciar, mucho menos saborear.
Los asistentes, odiosamente excéntricos y con vientos de superioridad, se mantenían en un silencio casi reverencial, salvo cuando levantaban sus discretas paletas para ofrecer sumas indecentes por objetos que ni comprendían.
Harper miró hacia el escenario, donde tres obras de arte reposaban dentro de imponentes vitrinas de cristal. El montaje era teatral, casi religioso. Y justo cuando intentaba disimular su impresión, alguien gritó:
—¡Doscientos mil!
Casi se cae de culo. El monto había sido ofrecido por un maldito cuadro de una familia discutiendo en lo que parecía una cocina de los años sesenta.
«Podría ir a casa de mis padres por Navidad y obtener esa postal gratis», pensó, conteniendo la carcajada con un trago largo de algo carísimo y probablemente asqueroso que arrebató de una de las bandejas.
Una vez se recompuso del impacto inicial de ver a los ricos siendo asquerosamente ricos (algo con lo que, por su profesión, lidiaba a menudo pero a lo que jamás lograba acostumbrarse), decidió ponerse manos a la obra.
Se acercó a uno de los miembros del servicio y, con su mejor tonalidad francesa, preguntó por le toilette. Luego, con toda la elegancia del mundo, se desvió con disimulo por un pasillo lateral antes de llegar al baño.
Atravesó el corredor con rapidez, agradeciendo internamente no haberse topado con ningún mozo en el camino. Lo último que quería era usar la fuerza bruta con esos tacos ridículamente incómodos. Y correr, bueno... solo si su vida dependía de ello.
Llegó a la primera puerta, sacó su ganzúa del bolso y se agachó frente a la cerradura.
Click, clack.
Listo, monisto.
Ahora venía lo jodido.
Según Mike, en una de las habitaciones de ese piso había un cuarto que funcionaba como una especie de caja fuerte. No una caja fuerte común, claro, sino una diseñada para parecer irrelevante: sin blindaje visible, sin huellas digitales ni paneles con contraseña. Solo una puerta anodina, escondida entre otras idénticas.
Un contacto les había confirmado que allí se guardaba algo infinitamente más valioso que todas las esculturas y pinturas que los ricachones se disputaban fuera con sus paletitas de oro.
Un chip.
No un chip cualquiera, sino uno que contenía los registros cifrados de operaciones encubiertas realizadas por Orbis, una red internacional de tráfico de arte que usaba las subastas como fachada para lavar dinero, transferir códigos y mover piezas robadas sin dejar rastros. En ese pequeño dispositivo dormían nombres, rutas, cuentas fantasmas y, sobre todo, la identidad real de sus miembros fundadores.
Ese chip no solo valía millones. Valía inmunidad, chantaje, poder... o una bala, dependiendo de quién lo encontrara primero. Y Harper estaba allí para asegurarse de que no lo hiciera nadie más.
Claro que no lo haría por altruismo. Entregaría ese pequeño pedazo de silicio únicamente a cambio de una suma con los ceros suficientes como para comprar una nueva vida, una que no incluyera ganzúas, revólveres ni encargos. Y Mike se lo había prometido. Eso bastaba.
Lo que le resultaba realmente inquietante era lo fácil que todo estaba saliendo. Demasiado fácil. Ni un solo guardia, ni una sola cámara encendida, ni siquiera un mozo perdido que pudiera interrumpirla con una bandeja de copas relucientes.
Extraño, pero no iba a quejarse porque las cosas salieran bien.
Su último obstáculo apareció al final del pasillo: una puerta con lector electrónico. Sonrió, anticipando su victoria.
Pasó la tarjeta robada al guardia sin vacilar. El lector emitió un leve bip, y la puerta se abrió al instante. Ya podía saborear su retiro.
«¿Casa en el campo o retiro en Las Bahamas? Mmnh...»
Tal vez fue la euforia. Tal vez las ganas de un futuro distinto empujándola hacia adelante. O tal vez, simplemente, la necesidad de cerrar ese capítulo de su vida cuanto antes. Sea como sea, incluso para alguien como Harper, tan curtida, tan profesional, había momentos en que la adrenalina nublaba el instinto.
Y si no hubiera estado tan ensimismada, tal vez, solo tal vez, habría notado que el pestillo de la cerradura nunca estuvo realmente cerrado.