La niebla no pregunta
Arianne se bajó del tren con la carpeta de su currículum bajo el brazo, y el corazón latiendo más rápido que el motor oxidado que la había traído a Brumehaven. Era su primer día en la ciudad. Una nueva etapa. Un nuevo intento de vida real.
—¿Estás segura de esto? —le preguntó su mejor amiga, Lea, sacudiendo su paraguas mientras observaba el cielo gris que parecía una amenaza constante—. Esta ciudad da mala espina.
—Eso es porque no hay sol ni risas —respondió Arianne—. Pero sí hay pasantías.
Las dos chicas habían sido aceptadas para un programa en D’Arven Corp, la empresa más influyente y enigmática de la ciudad. Un edificio de cristal negro que se alzaba como un templo en medio del distrito financiero. Nadie sabía muy bien a qué se dedicaban. Había rumores: biotecnología, inversiones, software... otros decían cosas más extrañas. Pero pagaban bien. Y eso bastaba.
Cuando cruzaron la recepción, todo se sintió... diferente.
Las recepcionistas eran impecables, pero sin alma. Los guardias no pestañeaban. Los ascensores no hacían ruido. Y todos los empleados varones —guapos, altos, de trajes oscuros y miradas sin vida— caminaban como si compartieran un mismo latido.
Lea murmuró:
—Es como entrar a un culto. Uno muy bien vestido.
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Mientras tanto, en la última planta, Edward D’Arven observaba las cámaras con una copa en la mano. No vino. Nunca vino. El líquido oscuro no se servía en catas.
Era joven en apariencia: cabello azabache, mandíbula marcada, y unos ojos demasiado claros para pertenecer a un ser humano. Un CEO millonario que no sonreía, pero que lograba contratos con una sola mirada. Nadie se atrevía a cuestionarlo. Nadie sabía realmente cuánto tiempo llevaba vivo.
Y entonces… algo.
Un olor.
Delgado como una hebra de humo. Sutil, pero inconfundible. Como el eco de una melodía que creías olvidada.
No era cualquier sangre.
Era la suya
Una humana. Nueva. En el edificio.
Algo en él cambió. La copa se rompió entre sus dedos.
—¿Quién la dejó entrar? —preguntó, sin levantar la voz.
Su asistente, otro como él, palideció (lo poco que podía).
—Es una pasante, señor... del programa de Brumetech. Solo estará unas semanas...
Edward no respondió. Solo miró hacia abajo, hacia los pisos donde los latidos aún eran cálidos.