Insomnio
Cuando se despertó por la mañana, se acordó de las horas de insomnio que la tuvieron despierta entre la 1 y las 3. La angustia aún estaba presente. No era solo el cansancio físico, sino esa opresión en el pecho que no se iba con el café ni con la ducha caliente. Se sentó al borde de la cama, con los pies descalzos sobre el suelo frío, intentando recordar qué pensamiento había sido el que la atrapó en la madrugada. Tenía ganas de borrar la lluvia de ideas constante que habitaba en su mente. Su alma y su corazón no podían estar tranquilos. ¿Cómo sería, se preguntaba, si tuviera más tiempo para pensar, para no preocuparse, para hacer las preguntas que su mente ocupada no dejaba salir?
Recién había cumplido 40.La cifra no le pesaba, pero el cansancio sí. No era el de una mala noche, sino el de 22 años sin pausa. Dos hijos pequeños, un trabajo exigente, una vida que parecía perfecta desde afuera. Y sin embargo, algo dentro de ella se había quebrado. O tal vez solo se había despertado.
Desde el choque anafiláctico, todo se sentía distinto. El miedo a morir no la paralizó; la sacudió. Como si su cuerpo hubiera gritado lo que su mente no se atrevía a decir: esto no puede seguir así. Pero ¿Cómo se cambia una vida cuando hay tanto que cuidar? ¿Cómo se salta al vacío cuando hay dos pares de ojos que te llaman “mamá” y un compañero que también está cansado, aunque la ame?
Ella no quería huir. Quería quedarse. Pero quedarse de otra manera. Quería vivir sin que cada día fuera una carrera. Pensar sin culpa, respirar sin prisa, crear algo nuevo. Algo que no supiera a deber, a urgencia, a calendario.
Y aunque no sabía por dónde empezar, una idea comenzó a tomar forma: un proyecto pequeño, solo suyo. Un espacio donde pudiera escribir, compartir, recordar quién era antes de que el mundo la llenara de listas y relojes. No era una solución. Pero era un comienzo.