RAMÉ

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Summary

Ramé: Algo que es caótico y hermoso al mismo tiempo. Él es hermoso Ella es caótica.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Komenku




05 de enero.

Me quedo viendo por la ventana cómo las nubes empiezan a desaparecer y son reemplazadas por los rascacielos de Nueva York en la distancia. Respiro hondo intentando calmarme y mastico lentamente el chicle para que mis oídos vuelvan a la normalidad.

— ¿Qué te pasa? —giro mi cabeza hacia la dueña de aquella voz. Está de pie a mi lado con un aspecto mucho más sereno que el que aparento tener. Debería estar de la misma forma y, por alguna razón, me siento demasiado ansiosa.

— Nada, se me han taponado los oídos — técnicamente no era mentira. Entrecierra sus ojos castaños sin quitarme la mirada de encima y solo le doy un asentimiento antes de quitarle la mirada.

— Estás nerviosa, como si no hubiéramos ido nunca a Nueva York. Te sabes el viaje de memoria — tenía razón, llevamos varios años repitiendo este viaje al menos dos veces por año. Sin embargo, no es lo mismo ir un par de días de viaje que mudarse a la ciudad. Y eso era justo lo que estábamos haciendo. Toda una vida en Tennessee para terminar dejando atrás todo aquello. Un cambio enorme, ¿cómo podía ella estar tan tranquila?— ¿Te pido un whisky?

— Ni se te ocurra, estamos en pleno vuelo — suelta un bufido y murmura un casi inaudible. Le suelto un puñetazo relativamente suave en el hombro, de no ser por una de las azafatas que se acercó para ofrecerme un vaso de agua ante mis evidentes nervios, habíamos terminado golpeándonos ahí mismo. En cuanto se aleja, vuelvo a pensar en lo que me había dicho mi amiga —. No es lo mismo, lo sabes. De lugar vacacional a hogar es un cambio bastante…considerable.

— Será para mejor. Ya lo verás — cierra los ojos tras abrochar su cinturón y se recuesta en su asiento —. Ahora cállate y déjame dormir, nos queda un rato largo hasta llegar. Intenta no parecer una desquiciada, no quiero que me despierte una agradable azafata con una sonrisa falsa preguntándonos si todo va bien — hizo énfasis en aquel adjetivo, como si le molestara enormemente aquello.

Ruedo los ojos evitando pegarle otro golpe, no tentaría a la suerte con eso. La azafata ya me había salvado de una pelea, la segunda sería inevitable. Imito a mi amiga y me pongo el cinturón en cuanto la luz de las turbulencias se enciende y son claramente notables. Bajo la cortina de la ventanilla para mantener mi atención en cualquier otra cosa y cierro los ojos imaginando cómo serán nuestras vidas a partir de ahora en la gran ciudad. Mi cabeza no me ayuda con eso, pues todo lo que imagino termina en desastre. En algún momento que no logro recordar, conseguí quedarme dormida.

Estiro mis brazos hacia arriba y los lados haciendo sonar mi columna. Suelto un suspiro de satisfacción cuando nos acercamos por fin a la terminal para recoger nuestras maletas de la cinta. por suerte no tuvimos ningún altercado con ellas. Con el peculiar carácter de Ada y el mal humor que le generan los viajes largos, la suerte ha sido en realidad para el aeropuerto entero. Nos habrían devuelto las maletas con más cosas de las que habíamos traído. Ada Prior es mi mejor amiga desde hace años, la hermana que nunca tuve. Una hermosa chica de veintiún años, ojos marrones con los que puede insultarte perfectamente sin abrir siquiera la boca, pelo negro azabache a la altura del pecho, esbelta y alta por toda la actividad física que ha hecho desde niña, un cuerpo envidiable por la misma razón y una expresión constante en el rostro para nada amigable ni mucho menos simpática.

Me coloco mejor el gorro de lana y caminamos arrastrando las maletas hasta la entrada. Nadie iba a venir a buscarnos, así que parar un taxi era lo más inteligente con aquel temporal. Fue mucho peor que de costumbre, ya que la nieve complicaba el tránsito por varias carreteras. Notamos cómo la nevada va intensificando mientras seguimos esperando bajo el techo de la entrada.

— ¿El apartamento está listo? — se me ocurre preguntar mientras esperamos a que algún taxi pare cerca nuestro.

— Tiene lo básico ahora mismo — saca su móvil del bolsillo y le envía un par de mensajes a alguien antes de empezar a enumerar cosas —. Camas, un par de muebles, cosas para el baño y la cocina... — envía un último mensaje antes de guardar el móvil otra vez y seguir hablando—. El resto tendremos que comprarlo juntas, pero para ir empezando no está nada mal.

— Será extraño vivir nosotras dos solas, hacernos cargo de todo eso.

— Vamos, ya somos adultas. Mayoría de edad exacta para hacernos cargo legalmente de nosotras mismas — dijo con cierto toque de emoción en la voz. Hago una mueca de incredulidad al escucharla decir aquello.

— ¿Desde cuándo te importa que sea legal o no?

— Desde nunca, pero era para ver si te callabas — dijo con demasiada sinceridad. La amabilidad no era su punto fuerte.

— ¿No te pone nerviosa todo esto?

—Mucho, también me emociona, ¿contenta? —arqueo una ceja como si con eso fuera suficiente como para dar por terminada la conversación. Hablar tampoco es algo que le apasione. Niego con la cabeza para que deje de bromear y por fin resopla antes de seguir hablando—. Está bien, plantéatelo así: podremos hacer desastre por toda la ciudad sin que nadie sepa nada de nosotras. No nos juzgarán y mucho menos esperaran todo el caos que haremos.

— Salimos en Internet. Es tan sencillo como buscar nuestros nombres en la web. ¡Estoy casi segura de que salimos en algún vídeo! — susurro alterada, no quería decirlo tan alto. No es que nos conocieran en aquella ciudad, pero…

— Salíamos — me corrige dándome un pequeño guiño de complicidad a lo que sólo suspire de alivio — Hice un par de llamadas antes de irnos. ¿Crees que nos habrían vendido el apartamento si no lo hubiéramos hecho?

— La verdad es que me sorprendió la noticia de que lo habías alquilado aunque preferí no preguntar por los detalles en ese momento — confieso con cierto desinterés. No teníamos un historial delictivo tan desagradable como para operarse la cara, cambiar de identidad y mudarnos a la Antártida, pero sí lo suficientemente preocupante como para desconfiar de nosotras. Aunque hay un par de personas por la ciudad que ya nos conocen, lo justo como para andarse con ojo. Estuvimos un par de minutos en silencio hasta que sacó valor para preguntarle directamente — ¿Empezaremos completamente de cero o...? — frunció los labios y su mirada fue suficiente respuesta para mí. Pretendo decir algo, sin embargo, se me adelanta como si ella también hubiera leído mi expresión.

— Sé que no te convence del todo. Tal vez la última vez terminara mal, pero eso ya no tiene importancia.

— ¿Tal vez? — pongo los brazos en forma de jarra con ambas cejas arqueadas.

— De acuerdo, que terminó mal es un hecho. Eso no significa que vaya a pasar de nuevo — suena convencida de lo que dice, aunque no comparto toda esa seguridad —. He contactado con un par de personas de diferentes lugares. Iré a verlos próximamente, no sé si querrás venir también.

Miro al frente pensando seriamente en ello. Me debato constantemente entre las ganas que tengo de dejar al fin todo eso atrás y procurar tener una vida relativamente normal y esa voz de mi interior que me recuerda ese maravilloso subidón de adrenalina que recorre cada poro de mi piel. Inspiro profundo para terminar soltando un suspiro. No quiero dejarla sola. Es lo último que consigo pensar con claridad antes de que la bocina de un taxi me saque de aquel trance.

— Iré contigo. Sería muy irresponsable por mi parte dejar que vayas sola — digo con un tono burlón mientras arrastro la maleta hasta el coche. Ada me sigue con notoria molestia. Le paso mi maleta al hombre que se ha bajado del coche refunfuñando algo en otro idioma para que la deje dentro del maletero. En cuanto lo hago, Ada mueve su cadera contra la mía con fuerza haciendo que pierda el equilibrio y dé un par de pasos hacia el lado para no caerme.

— Como si te necesitara — termina diciendo mientras mete la maleta ella misma y el conductor se adelanta para entrar al automóvil. Ambas lo imitamos y nos sentamos en la parte de atrás.

— De hecho, voy a declararme tu niñera — arquea una ceja con desagrado y no puedo evitar reírme. Le da la dirección al taxista que se mantiene callado durante todo el camino.

— Puedes declararte reina de Inglaterra también, pero tendrá la misma validez que lo de ser mi niñera. Cállate antes de que te declare oficialmente como desdentada — saco el móvil de nuevo y empiezo a mirar un par de noticias. Prefiero no seguir con aquello y simplemente me río, cosa que le molesta muchísimo pero no me dice nada. Me pasó los siguientes minutos mirando por la ventana hasta que mi amiga volvió a hablar como si hubiera recordado algo —. He avisado a Pyros de que estamos en la ciudad.

— ¿Y eso por qué? —giro mi cabeza hacia ella aunque no me devuelve la mirada en ningún momento. Si ha avisado a Pyros, puede que también le avisara a él. Niego con la cabeza para mí misma, seguramente esté demasiado ocupado.

— Hace años que no nos vemos y la última vez se enteró de que estuvimos aquí sin avisarle. Me llamó, lloriqueando, que era una pésima amiga. ¿Quieres que invite a alguien más? — quita la vista de la pantalla para mirarme y vuelvo la vista a la ventanilla.

— No —respondo rápidamente —. Invítalo a cenar cuando la casa esté mínimamente decente.

— ¿A Pyros o a él?

Ignoro su pregunta a lo que rueda los ojos y sigue con lo suyo. Parece estar hablando con alguien pero no le doy mucha importancia. No es que tengamos muchos contactos así que seguro esté hablando con algún amigo de por aquí o quedando en algún lugar para hacer cosas completamente normales y para nada ilegales. Pasa una hora y media después de esa conversación cuando finalmente llegamos frente a la puerta del apartamento. Estamos en una zona agradable de la ciudad, el edificio es bastante sencillo y bonito. Sacamos las maletas y Ada se encarga de pagarle al taxista mientras me adelanto y cargo mis cosas hasta la recepción. Me quedo unos segundos mirando alrededor, asociando que esta será nuestra vida a partir de ahora y este es el primer paso. Nada más entrar a nuestra izquierda hay un pequeño mostrador con un portero sentado tras este, justo en frente suben unas escaleras y a su derecha está el ascensor. A mi derecha hay una pequeña mesa de café con varias revistas sobre ellas y dos sillones haciendo esquina en el pequeño recibidor del edificio. La morocha entra con su maleta y se acerca al portero que estaba esperando en silencio a que yo dijera algo más que babear por lo bonito que parecía todo. Me acerco a mi amiga y el hombre por fin habla.

— Buenas tardes.

— ¿Qué tienen de buenas? — masculla Ada. Ruedo los ojos y la ignoro adelantándome para hablar con el amable hombre.

— Buenas tardes, mi nombre es Clarisse La Vie. Mi amiga y yo somos las nuevas inquilinas del apartamento número cinco. El dueño nos dijo que usted se encargaría de darnos las llaves.

— Claro, denme un segundo... — empieza a buscar algo con su ordenador y me río por la escasa paciencia de Ada ante la tardanza del hombre— Me permiten ver sus identificaciones, ¿por favor?

Saco mi cartera de uno de los bolsillos de mi chaqueta y le entrego lo que me ha pedido, mi amiga simplemente la deja de mala gana sobre el mostrador y empieza a repiquetear sus dedos contra este para intentar que el hombre se dé más prisa en terminar con lo que sea que esté comprobando. De repente se ha puesto de malas, eso no es bueno. Después de lo que parece ser un largo y desesperante minuto para mi mejor amiga, nos da las llaves junto a la identificación de Ada. Recoge ambas y se acerca a toda prisa al ascensor. Le doy las gracias al portero y arrastro mis maletas hasta el ascensor que todavía no ha llegado. Las puertas se abren y entramos al pequeño ascensor, le damos al botón y esperamos a que suba a nuestro piso. Ella sale primero y busca el número para casi lanzarse hacia la puerta y entrar al fin al que sería nuestro nuevo hogar.

Respiro hondo antes de pasar el umbral de la puerta y cerrar la misma detrás de mí. El olor a lavanda casi me atonta de lo intenso que es. Entiendo que haga frío, pero ¿quien carajos tira tanta cantidad de lavanda en un lugar tan cerrado? Le devolvemos la mirada a la otra con una notoria mueca de asco. Es... una larga historia.

— Voy a abrir las ventanas — decidió Ada yendo hacia la ventana más próxima.

— Ni se te ocurra, Ada Prior. Está nevando ahí fuera y no voy a exponerme a la posibilidad de que congeles mi culo aquí dentro —suena tan contundente que incluso yo me haría caso. Parece querer decir algo, pero me adelanto —. Ni se te ocurra he dicho.

Se queda mirándome unos instantes como si realmente se plantea hacerme caso por una vez en su vida. En cuanto salió corriendo hacia el ventanal más grande del salón, me di cuenta de que no tendría tanta suerte en un mismo día. Me estremezco al instante que siento cómo una fría ráfaga de viento entra por la ventana y deja varios copos de nieve sobre el oscuro cabello de mi amiga, a la que me gustaría asesinar en este preciso momento. Me acerco al ventanal con la clara intención de lanzarla por la ventana y luego cerrar, por el camino le doy un pequeño empujón con la pierna a la maleta de Ada. La había dejado en medio de la sala y no pensaba rodearla después de que contribuyera a una posible hipotermia. Gruñe por la patada a sus cosas y cierra el ventanal antes de que termine de acercarme. Se aleja del lugar con evidente diversión y me da una sonrisa burlona.

— A mí no me mandas — dijo finalmente, en mi cara se dibuja una expresión de completa desaprobación y niego con la cabeza.

— Bien, ahora sigue oliendo a lavanda y encima hace frío. Magnífico tu plan, Einstein. Por si no se te ha ocurrido pensar en ello, ni siquiera tenemos calefacción.

— ¡La calefacción es para débiles!

Es lo último que la escucho decir mientras se va. Dejo mi maleta junto a la suya para empezar a investigar un poco la casa, a primera vista la cocina parece tener lo básico y en el salón por lo menos hay una pequeña mesa de café. La primera puerta que abro es la del cuarto de baño, también tiene lo básico. Lo mejor será desinfectar todo antes de empezar a colocar las cosas. Ada tenía razón en eso de que tendríamos que encargarnos nosotras de comprar todo lo demás. Agradezco que tengamos una buena cantidad de dinero para ello. Veo las habitaciones, tienen un par de diferencias entre sí, pero cuentan con el mismo tamaño. Vuelvo al salón y me encuentro con la pelinegra buscando algo en su equipaje. No es el apartamento más grande del mundo aunque es acogedor.

Camino de nuevo hasta el pasillo donde están ambas puertas de nuestras habitaciones y, al final del mismo, una última puerta que lleva a un cuarto un poco más amplio que las habitaciones. Me adueño de la habitación de la derecha. No importaba cuál eligiera, las dos tienen el mismo paisaje y los mismos muebles. Una cama doble, un armario empotrado bastante amplio y una pequeña mesa de noche junto a la cama. Me siento en el borde de la cama viendo cómo empiezan a caer los copos de nieve sobre la ciudad mientras el cielo va oscureciendo.

No sé muy bien cómo sentirme al respecto con todo lo que está pasando. Ciudad nueva, hogar nuevo, vida nueva... Todo tan radical que podría terminar de la misma manera. Aún no tengo claro si positiva o negativamente. Mi cabeza me recuerda que la suerte no es algo de lo que dispongamos por experiencias anteriores y vuelvo a la misma espiral de pensamientos en la que acabé antes de quedarme dormida durante el vuelo.

— ¿Clarisse? — Salgo de ese trance y me giro para ver a mi amiga apoyada en el marco de la puerta. Me hace un par de señas para que me acerque a lo que me levanto de la cama algo extrañada.

— ¿Pasa algo?

— Venia a ver si quieres cerveza.

— ¿Cervezas y chocolate? — le pregunto entusiasmada esperando a que agregue eso a la lista del plan improvisado de mi amiga.

—Y mucho chocolate — termina por confirmar, sonrío victoriosa al escucharla y asiento.

Los pensamientos negativos desaparecieron por un instante. Al fin y al cabo, todos tenemos un nuevo komencu.

17 de enero.

La incredulidad está tan presente en mi rostro que casi es lo único que parece expresar además de cierta diversión. Ada, en cambio, parece totalmente segura de lo que hace. Tiene la postura del cuerpo totalmente erguida, los pies levemente separados y los brazos cruzados sobre su pecho observando con la cabeza alta cómo la cajera pasa su tarjeta de crédito. Cuando dijo el importe de la compra casi me ahogo con mi propia saliva aunque a ella no pareció importarle.

— Todo esto es cortesía de mi padre, así que no te angusties — me responde como si leyera mi mente, pone el código de seguridad y firma un papel que le había extendido la chica junto al datáfono —. No te quejarás cuando el apartamento este amueblado por fin.

— Me voy a quejar cuando los tengamos que armar.

— Y yo podría quejarme ahora mismo por llevar dos horas y media eligiendo los estúpidos muebles, sin embargo estoy tranquilita y callada — me mira diciendo eso último como si esperara que tomara su ejemplo y no me quejara. Ambas sabíamos que eso no iba a pasar —. Mueve el culo, quiero llegar a casa de una vez.

Salimos del local y seguimos comprando un par de cosas más. Agregamos más muebles a esas compras, cosas bastante aburridas pero necesarias. Algunas de las cuales no habían sido tan aburridas, en una de las manos de Ada estaba una caja de PlayStation con el último modelo dentro y un par de juegos que venían con esto, además de una bolsa con otros juegos que habíamos comprado a parte. Pese a todas esas compras, mi mejor amiga no parecía estar satisfecha todavía. De un momento a otro, se queda parada con las bolsas en la mano como si estuviera pensando en algo muy serio.

— Tenemos que gastar más.

— ¿Qué? — frunzo el ceño sin entender para qué y se limitó a rodar los ojos con fastidio antes de responderme.

— Quiero fundir la tarjeta al hijo de perra de mi padre —confiesa con asco al mencionarlo. Lo dice como si fuera la cosa más obvia del mundo, solo puedo reír y asentir —. Vamos, no quiero pasarme todo el día dando vueltas por aquí.

— Está bien, pero no quiero más muebles. Aprovechemos para renovar el armario — la tomo del brazo y la arrastro hacia una de las tiendas de ropa —. Mejor dicho, vamos a llenar el armario.

— ¿No podemos hacer las compras online? — se queja mientras se deja arrastrar con pereza.

— No, luego nos equivocamos de talla y tenemos que hacer la devolución y todo. No seas vaga — le espeto con diversión soltando su brazo y yendo por mi lado para ver un par de prendas que me llaman la atención.

Entramos a varias tiendas más, no sólo de ropa. Terminamos comprando libros, a petición de ella, algunas películas y discos de música. Hacemos una gran compra para llenar la nevera y la despensa, todo con tal de no volver en un tiempo. Y, lo que más nos emocionaba a ambas, una tienda deportiva. Ada pasó la tarjeta por tantos lugares que casi parecía quemarle en las manos. El vendedor nos dijo que todas las máquinas que habíamos comprado nos llegarían en un día o dos. La espera nos mataría de impaciencia, pero valía la pena.

El deporte es algo que tenemos ambas por costumbre, ya no por tener un buen cuerpo o mantener la figura, sino porque era nuestra manera de liberar el estrés. Nos gusta esa descarga de adrenalina que pasa por nuestras venas como una leve corriente eléctrica. Esa sensación de sentir cómo te bombea con fuerza el corazón contra el pecho después de correr, ese placentero momento en el que sólo te concentras en el esfuerzo y el dolor de tus músculos, ese momento en el que podemos desconectar de nuestros problemas y dejar la mente en blanco. Si Ada quería vaciar de cuenta a su padre, lo estábamos consiguiendo.

Por suerte logramos convencer al hombre de que nos enviara por la tarde algunas cosas básicas que habíamos comprado para no matarnos durante la espera. Ya habíamos pasado varias horas en ese centro comercial, tiempo suficiente para que empecemos a fastidiarnos, aunque bueno, no es que eso fuera cosa difícil.

— Tengo hambre — dice de repente saliendo de la tienda, mi estómago responde por mí a eso con un gruñido, mi amiga y yo nos reímos buscando algún restaurante con la mirada —. Vamos, quiero una hamburguesa triple como mínimo.

Entramos a una hamburguesería y pedimos un par de hamburguesas de casi la misma altura que las jarras de cerveza que nos habían traído, además de unas patatas fritas con queso cheddar y bacon. Nuestra última parada después de haber devorado nuestra comida fue a una licorería. Compramos varias botellas y cargamos con todas las bolsas hasta la salida. Pedimos un taxi antes de entrar a la última tienda para asegurarnos de no tener que esperar más tiempo para volver a casa. ¿Ya he dicho que no nos gusta ir de compras? Que agotadora que es la vida del adulto.

Tardamos poco más de cuarenta minutos en llegar al apartamento, saludo al portero antes de entrar al ascensor como podemos, demasiadas bolsas encima.

Nada más entrar dejo las bolsas en la cocina, me quito los zapatos y los llevo a mi habitación junto a mis bolsas de ropa. En cuanto salgo, oigo refunfuñar a mi amiga a lo lejos, pero le resto importancia a sus quejas y empiezo a colocar algunas de las cosas de la compra que hemos podido traer. El portero nos avisa de que el resto de las compras acababan de llegar y nos ayuda a subirlas al apartamento. Ada le dio una propina de cien dólares. Y no, no fue por las molestias, era porque quería seguir jodiendo a su padre. Cuando terminamos, al fin, de poner las cosas en la nevera, las estanterías y la pequeña despensa, rompo un trozo de una de las barras de chocolate y me deleito con su sabor. Estoy llena, pero un poco de chocolate no se le puede negar a nadie. Tengo un problema con el chocolate. es el verdadero amor de mi vida.

La figura de mi compañera se acerca hasta mí y me observa entrecerrando los ojos como si me juzgará, a lo que me muestro recelosa mientras escondo mi preciado alimento.

— ¿Qué haces?

—Disfrutar de la vida — respondo con una sonrisa inocente y paso la lengua por mis labios para limpiar cualquier prueba del chocolate.

— No puedes comer chocolate todo el tiempo, no es sano — rueda los ojos y se acerca para intentar arrebatármelo de entre las manos, pero soy más rápida que ella y consigo alejarme— ¡Clarisse!

— ¡Hace días que no como, me lo merezco! — Salgo corriendo hasta el otro lado de la sala, chasquea la lengua y saca un bote azul de la nevera que reconozco como dulce de leche, un dulce que viene de Argentina y no sé como carajos consiguió —. Jodete.

Los padres de Ada son argentinos y, aunque mi compañera de piso se crió en Estados Unidos, solía ir de vacaciones allí cuando era niña. Gracias a eso sabe español a la perfección y muchos insultos. Pretendo criticarla por lo que está haciendo, pero en cuanto abro la boca, ella levanta su mano para detenerme y amenazar con quemar mi chocolate si tenía el descaro de decirle algo. Me apoyo en la pequeña isla que separa la cocina del salón y resoplo con dramatismo.

— Vives amargada.

— Eso no es verdad — miente —, tengo pequeños momentos felices en mi vida. Como cuando golpeo a alguien que me estresa — eso es verdad, pienso.

— Todo el mundo te estresa.

— Exactamente — confirma y mete la cuchara en el bote de dulce de leche —. Sobre todo cuando vienen a invadir mi casa sin que esté amueblada siquiera.

— ¿Cómo? — mi expresión se vuelve confusa y casi molesta, espero que no se refiera a lo que creo — ¿Ada? ¿Qué quieres decir con eso?

— A nada — engulle la primera cucharada y hace lo mismo con la segunda. Terminó el trozo de chocolate que me quedaba y me acerco hacia ella esperando a que escupa a qué se refiere. Le quito el bote cuando estoy lo suficientemente cerca y su mirada se transforma en la de una asesina en serie a punto de destripar a su víctima —. Devuélveme eso si no quieres morir joven.

— Dime qué quieres decir con eso y te lo devuelvo sin problemas — pongo el bote tras mi espalda mientras ella lame la cuchara con la misma expresión de desagrado.

— ¿Por qué debería?

— Porque acabas de confirmarme que te referías a algo en concreto — le devuelvo la mirada, mi estrés en este momento roza el nivel de querer clavarle un sacacorchos en el ojo y sacárselo de la cuenca —. ¿Has invitado a alguien a casa y no me has avisado siquiera?

— Técnicamente no los he invitado.

— “Técnicamente”, ajá — le devuelvo el bote de mala gana y me cruzo de brazos viendo cómo se aleja de mí por si intento volver a robarle su preciado dulce.

— Vendrán los de siempre, ya sabes — se mete una tercera cucharada a la boca y hago una mueca de disgusto al escucharla. No es que no me haga ilusión, lo que pasa es que ha sido un día largo y ajetreado. Ahora mismo prefiero dormir y ser una buena anfitriona otro día. No me iban a dar ese gusto al parecer.

— ¿Por qué van a venir? Ni siquiera tenemos la casa ordenada — le espeto señalando el salón casi vacío.

— ¿Recuerdas que te dije que había avisado a Pyros? — Asiento con la cabeza esperando a que continúe con su explicación —. Pues me ha enviado un mensaje esta mañana diciendo que se invitaban ellos mismos y que esta tarde estarían los tres aquí.

— ¿Los tres? Pero si... — iba a seguir hablando, pero ella se adelanto a contestar.

— Sí, los tres. Al parecer han hecho un hueco en sus agendas. El imbécil vendrá a pesar de haberle dicho que no quiero ver su vomitable cara — una cuarta cucharada de dulce de leche va a su boca antes de cerrarlo, la cuchara queda entre sus labios que forman una mueca de desagrado muy notoria —. Dijo que no era una pregunta y no le importaba si le gustaba que fueran o no.

— No sabe nuestra dirección, ¿no? — le pregunto esperando a que no se la hubiera dado. Alza una ceja como si me hubiera escuchado mal y me recuerda que no debo subestimar a nuestro amigo.

— Es Pyros. Sabía nuestra dirección en cuanto alquilé el apartamento — levanta las cejas como si fuera la cosa más obvia que había dicho —. Nada más aterrizar el avión me llegó un mensaje preguntando cómo nos había ido el viaje.

— Qué acosador suena eso — suelto una risa nerviosa y me descruzo de brazos para poner las manos a cada lado de mi cadera.

— Es parte de su trabajo. Además... — dice ella llevando el bote de vuelta a la nevera y dejando la cuchara en el fregadero — traerán comida.

— Está bien — desisto en mi intento absurdo de quejarme de su visita y suspiro —. ¿Han dicho a qué hora vendrán?

— Dijo que cuando anocheciera — se encoge de hombros sin darle mucha importancia, ruedo los ojos por su desinterés y me encamino hacia mi habitación.

— Tan concretos como siempre — digo con cierta molestia. Abro la puerta y miro a mi amiga de manera amenazante —. Me iré a dormir hasta que lleguen. No hagas mucho ruido, sabes que luego me pongo violenta — escucho una risa por parte de Ada mientras voy entrando.

— ¿Más?

Le grito entre risas que se calle y le saco el dedo medio, es muy seria pero a veces puede ser muy estúpida. Una vez que cierro la puerta detrás de mí escucho cómo pone su música, no me molesta porque no está tan alta. Saco del armario la ropa que suelo usar como pijama: la camiseta de rock y el short, que con suerte me tapa el trasero. También me llevo ropa interior y una toalla al baño antes de que Ada se apodere de él. Cierro con el pestillo y dejo las cosas a un lado antes de quitarme la ropa.

Me quedo unos segundos mirando mi reflejo. No soy fea, murmuro en voz baja, pero mi tono roza prácticamente la interrogación dejando al descubierto mi inseguridad. Tengo unos bonitos ojos rasgados grises, como unas nubes que anuncian tormenta y que asustan aunque luego no caiga una sola gota. El rosa de mis labios contrasta con mi pálida tez y una nariz bastante normal, creo que es una nariz estándar. Llevo mis manos a mis mejillas apretándolas con poca fuerza. Pienso en aquella vez que me dijeron que tenía el rostro redondo y traté de no ofenderme, aunque no ayudó a mi ya desgastada autoestima. Mi pelo castaño ondulado cortado de forma irregular me da un aspecto más mordaz, pese a que no fue un corte planeado. Mi amiga no va a dedicarse a la peluquería en un futuro, eso es un hecho. Bajo mis manos por mi cuello hasta llegar a mi pecho, la zona donde más complejo tengo. Ada ha intentado convencerme incontables veces de que son paranoias mías, pero es algo que no consigo aceptar. Supuestamente la figura es algo en lo que se fijan los demás. La forma y los tamaños son importantes para la gente y yo no tengo unas medidas de infarto como tienen muchas. Tengo un poco de barriga que puede desagradar a algunos y ciertas estrías recorren algunas partes de mi cuerpo. Intento aceptarlas, pero...

— ¿Te estás bañando? — Los gritos de Ada mientras golpea la puerta hacen que me sobresalte y tapo mi cuerpo con la toalla antes de quitar el pestillo y abrir de golpe — ¿No te ibas a dormir? Luego te pones gruñona y no hay quien te soporte.

— ¿Pretendes provocarme un infarto? — le pregunto molesta viendo cómo se ríe — ¿Qué quieres?

— Saber si te estabas bañando — responde con obviedad.

Cierro la puerta en su cara, vuelvo a poner el pestillo y la oigo reírse al otro lado de la puerta. La insulto desde dentro del baño cerrado y al fin oigo cómo sus pasos se alejan de la puerta. Resoplo y me meto en la ducha, el agua caliente consigue relajarme un mínimo aunque no fuera una ducha larga. Me envuelvo en la toalla al salir y saco el peine de su cajón para desenredar mi pelo con cuidado.

Admito que estoy un poco nerviosa y ansiosa por ver a mis amigos de nuevo, aunque se hayan tomado la amable molestia de invitarse a sí mismos a nuestra casa. Hace más de un año que no nos vemos y siento que algo ha cambiado con todo lo que nos ha pasado. Hemos seguido mínimamente en contacto o nos hemos conformado con ver las redes sociales de los demás y supongo que todo ello nos ha cambiado a cada uno. Ya no somos esos adolescentes que se iban juntos de fiesta sin ningún tipo de preocupación y descerebrados. Supuestamente hemos madurado y hace tiempo que empezamos a enfrentarnos a los problemas de la vida adulta.

No tardo mucho más en vestirme y recoger el baño. Salgo y me doy cuenta de lo silencioso que está todo. Quizás Ada se haya ido a dormir o haya salido, no es algo que me preocupe mucho. Sabe cuidarse. Voy a mi habitación y cierro la puerta para terminar tirándome sobre la cama, me meto debajo de las mantas y me acurruco entre estas apoyando mi cabeza contra la almohada. No debo estar nerviosa, me repito una y otra vez para mis adentros. Son mis amigos, nos conocemos desde hace años. No muerden.

O eso creo.