Ingreso
Amelia Ríos apretó con fuerza la mochila mientras cruzaba los portones de la Academia Militar Lancer. El uniforme nuevo le quedaba un poco grande, y el viento frío de la mañana no ayudaba a calmar sus nervios. Sus botas hacían eco en el suelo de cemento, acompañadas por otras docenas de pasos. No conocía a nadie, y en parte le gustaba. Era una oportunidad para empezar de cero.
El campus era enorme. Torres de entrenamiento, aulas rígidas de ladrillo, patios de formación. Todo parecía estar hecho para imponer respeto. Amelia intentó no dejarse intimidar, pero no era fácil. El recuerdo de las discusiones con su madre por haber elegido este camino aún le quemaba en la memoria. “No es lugar para una chica como tú“, le había dicho. Pero Amelia estaba decidida a demostrar que sí lo era.
La formación fue rápida. Los instructores gritaban nombres, posiciones, reglas. Amelia, con su cabello recogido en una trenza apretada y el ceño fruncido, intentaba seguir todo al pie de la letra. Pero todo se detuvo cuando escuchó una voz justo detrás de ella:
—Te paraste mal. Estás fuera de línea.
Giró y se encontró con unos ojos grises fríos como el acero. El chico era alto, de postura impecable y mirada desafiante. El tipo de cadete que parecía haber nacido para esto.
—Gracias por tu opinión, cadete —respondió con sarcasmo.
—Serrano. Iván Serrano. —Sonrió con suficiencia. —Y no fue una opinión. Fue una corrección.
Amelia resopló. Perfecto. Ni diez minutos y ya tenía un rival. Uno que claramente no pensaba dejarla en paz.