Ceremonia del nuevo Alfa
La luna llena flotaba alta y redonda sobre el claro donde el clan Fenris se reunía. Cada miembro, desde los cachorros hasta los ancianos, formaba un círculo alrededor del fuego ceremonial. Aquella noche, Kael sería proclamado oficialmente como Alfa. Y con él, la tradición exigía que se anunciara a su compañera.
Arwyn estaba allí, con su bata blanca aún manchada de sangre seca: venía directamente de atender a un guardián herido en la frontera del territorio. Su loba interior se removía bajo su piel, inquieta, aullando para unirse con la del hombre que la luna había designado como su compañero. El vínculo tiraba de su alma como un hilo irrompible.
Pero Kael estaba de pie junto al anciano del consejo, con el ceño duro como la piedra.
—Los clanes vecinos exigen que el Alfa esté unido a su compañera —dijo el anciano, su voz retumbando entre los árboles—. Necesitan ver fuerza, estabilidad. Sin ella, se creerán con derecho a desafiarte.
Kael apretó la mandíbula. Su mirada gris recorrió el círculo hasta posarse en Arwyn. Por un segundo, su lobo interno rugió dentro de él, reclamando lo que era suyo. Pero su mente recordó todo lo que había perdido, todas las traiciones que lo habían forjado.
—No necesito una compañera que me debilite —declaró Kael, su voz firme como el hierro—. Rechazo este vínculo. Rechazo a Arwyn como mi mate.
Un silencio mortal cayó sobre el claro. El fuego chisporroteó, iluminando el rostro de Arwyn: su expresión permanecía serena, pero su loba interior gimió con un dolor que la atravesó como un rayo.
—Kael —dijo el anciano, con un dejo de desesperación—, la tradición no puede romperse sin consecuencias. ¿Quién ocupará su lugar?
—Me emparejaré con otra —respondió Kael con frialdad—. Encontraré a alguien dispuesta a soportar mi destino.
El murmullo recorrió la manada como un viento helado. Varios lobos desviaron la mirada de Arwyn. Algunos, los más jóvenes, la observaron con lástima; otros, con un brillo de desprecio: sin un alfa que la reclamara, su estatus descendía por debajo de cualquier rango.
Arwyn se mantuvo erguida. Su corazón palpitaba con rabia y dolor, pero no derramó una sola lágrima. No se lo permitiría.
Ella era más que un vínculo rechazado.
Esa misma noche, en lugar de esconderse, volvió a la enfermería del clan. Atendió a los heridos que llegaban tras los patrullajes, suturó heridas, limpió mordidas, curó huesos rotos. Su loba, aunque herida, rugía en su interior como un recordatorio: aún tenía un propósito, aunque su compañero la hubiera negado.
Pero mientras cosía una herida, escuchó que el rumor del rechazo se extendía como pólvora. Los guardianes la trataban con una cortesía distante. La manada la veía como un desperdicio de lo que pudo ser la unión más poderosa de su generación.
Esa madrugada, Arwyn alzó la vista a la luna y se juró algo:
—Podrán menospreciarme, podrán rechazarme… pero no me romperán.