Prólogo
La guerra entre Dreznavia y Austrekia llevaba ya nueve años.
Oficialmente, era un conflicto por territorio.
En realidad, era una guerra por control. Por ideología. Por obediencia.
Dreznavia no peleaba con honor. Peleaba con tecnología, con experimentos... y con soldados a los que rompía desde adentro antes de mandarlos al frente.
En el norte del territorio, entre montañas nevadas y tierra quemada por bombardeos, se alzaba la Base Central K-Z3: un centro de distribución militar estratégico, donde los reclutas eran evaluados, rotos y convertidos en herramientas útiles. O descartados.
Las carpas eran frías. El edificio principal, blindado. Los pasillos olían a desinfectante y miedo.
Allí no había nombres. Solo rangos, números y expedientes.
Y en medio de esa maquinaria... llegó él...
Un camión descargó a un grupo de nuevos soldados. Entre ellos, uno no destacaba.
Un chico delgado de 20 años. Con uniforme. Piernas inestables. Ojos azules demasiado limpios para ese lugar.
Lo llamaban Luan Caelen. Aquella flor de invernadero.
Lo empujaron, le gritaron, lo humillaron. Como a todos. Solo que él ni siquiera respondió. Solo se mantuvo de pie, tambaleando.
No respondió. No gritó. Solo levantó la cabeza, con la cara cubierta de tierra y una mirada tan silenciosa que incomodaba.
Fue en ese momento que Darion Krel lo vio.
El General acababa de llegar también, acompañado de altos mandos. Había salido del vehículo de comando cuando la escena le llamó la atención. Se detuvo. No dijo nada.
Observó en silencio mientras el chico se ponía de pie. Algo en esa postura le pareció… familiar.
Le recordaba a alguien... Aunque nose parecía en nada.
Pero por un segundo, lo sintió.
Como si una sombra vieja caminara otra vez entre ellos.
—¿General? —le susurró uno de sus oficiales, notando que se había detenido.
Darion no respondió enseguida. Sus ojos seguían fijos en ese recluta sucio y torpe.
Y por primera vez en mucho tiempo... sintió una punzada incómoda.
No era compasión. Era… otra cosa.
Darion Krel, 37 años. General de División de las Fuerzas Avanzadas.
No daba explicaciones. Solo tomaba lo que le interesaba.
Y lo que le interesó esa mañana…
fue ese chico torpe al que todos ignoraban.
No lo ayudó. Pero se acerco a hablarle. Lo anotó mentalmente.
Un nuevo experimento. Una curiosidad.
Tal vez una promesa.
°Así comenzó la historia de alguien que nunca quiso ser soldado...
y de alguien que nunca supo amar sin destruir.°