La llegada
Capítulo 1
La noche estaba viva.
En algún rincón del bosque, entre raíces antiguas y hojas que murmuraban secretos al viento, una llama azul danzaba en el centro de un círculo sagrado. Mujeres vestidas de negro se movían alrededor del fuego, entonando cánticos antiguos que parecían vibrar en el propio corazón de la tierra.
Iriel giraba con los ojos cerrados, sus pies descalzos sobre la hierba húmeda. Su cabello rojo oscuro flotaba como una corona ardiente, y su vestido, ceñido a la cintura con una cinta color rojo, parecía un remolino de sombras. Tenía veinte años, vivía en un pueblo, lejos de la ciudad donde las estrellas reemplazaban las luces eléctricas, pero esta noche algo distinto la llamaba desde muy adentro. No era una bruja cualquiera: había nacido con un lazo invisible hacia lo arcano, y bajo aquella luna nueva, esa conexión ardía.
Cuando la última nota del canto se desvaneció, el fuego parpadeó una vez más y se apagó como si nunca hubiera estado allí. Las demás mujeres comenzaron a marcharse, descalzas y en silencio, entre murmullos suaves y gestos reverentes.
Iriel se quedó atrás, como si algo la retuviera. Una mariposa negra, emergió de la nada y se posó sobre una piedra. Al extender sus alas, brilló como si atrapara dentro un cielo estrellado. Fascinada, Iriel la siguió, adentrándose entre los árboles hasta perder de vista el claro del bosque. El aire se volvió más denso. Cuando intentó volver sobre sus pasos, el camino había desaparecido.
—¿Lysa? ¿Inés? —llamó con voz quebrada, pero nadie respondió.
Todo el bosque parecía haberse transformado. Cada árbol tenía un grosor imposible, como si hubiera crecido durante siglos sin ser tocado. El olor cambió también: tierra húmeda, musgo antiguo… y algo más.
Tropezó con una raíz oculta y cayó de rodillas. El suelo tembló bajo su peso y, sin previo aviso, se abrió como una herida. Un grito se le atoró en la garganta mientras su cuerpo era arrastrado hacia la profundidad, en un túnel de tierra viva, de luz rojiza, de voces que susurraban cosas como en un idioma que no entendía.
Cuando volvió en sí, estaba tendida sobre un terreno de piedras negras, rodeada por un paisaje extraño. El cielo era color naranja, como al atardecer, con el sol ya ocultándose. Montañas de piedra afilada se alzaban a la distancia, cubiertas de una niebla tenue. No había señales de tecnología moderna. No había señal de su mundo.
—¿Dónde estoy…?
Se incorporó lentamente, aún mareada, y avanzó torpemente por un sendero de tierra. No tardó en divisar a lo lejos una ciudad amurallada. Las torres, los muros, los tejados empinados y las ventanas en arco apuntaban a otra época. Todo evocaba la memoria de la Edad Media: carretas que rechinaban, tabernas densas en humo y vino, herrerías activas, y gentes vestidas como en los días de antaño. Pero algo estaba mal… o diferente. El aire estaba cargado, como si cada piedra contuviera un eco de magia.
Alguien la observaba.
Antes de poder moverse, un grupo de soldados a caballo apareció desde el portón principal. Uno de ellos, de rostro severo y mirada dura, bajó de un salto y la tomó del brazo.
—¿Quién sois vos? ¿De qué lugar habéis venido? —espetó sin aguardar respuesta.
Ella forcejeó.
—¡Suéltame! No tengo idea de dónde estoy. ¡Esto es un error!
—Todas sueltan las mismas palabras —murmuró el hombre mientras la sujetaba firmemente del brazo—. Caminad.
Iriel no tuvo tiempo de responder. Fue empujada hacia una carreta cubierta, tirada por caballos negros. El interior estaba forrado con madera y tela, como si quisieran ocultar más que proteger. No podía ver nada hacia afuera, pero escuchaba el crujido de las ruedas, el murmullo lejano de la ciudad y, finalmente, el chirrido de una puerta enorme al abrirse. El aire cambió: se volvió más frío, más pesado… cargado de un silencio que no era normal.
Cuando la carreta se detuvo, dos figuras encapuchadas la escoltaron a través de un pasillo de piedra iluminado con antorchas. Cruzaron arcos altos, escaleras en espiral, y corredores donde los tapices parecían observarla con ojos invisibles.
La llevaron hasta una sala con columnas negras, donde un hombre de presencia imponente, envuelto en ropajes oscuros, los esperaba de pie frente a una ventana abierta. El cielo ya estaba encapotado y sin estrellas, pero eso no le restaba solemnidad a la escena.
—¿Cuántas habéis traído esta vez? —inquirió sin dignarse a mirar.
—Siete, milord. Doncellas todas, traídas de distintas aldeas. Mas… hay una que no encaja.
—¿No encaja?
—La última. Sus palabras son extrañas, su vestir foráneo.Y no recuerda cosa alguna.
El hombre se volvió entonces. Tenía el rostro anguloso y unos ojos que parecían ver más allá de la carne.
—Llevadla a la celda.Mas deseo ver con mis propios ojos aquello que decís cuando se vea digna de una dama.
La celda no era lo que Iriel esperaba. No tenía barrotes, ni humedad, ni cadenas. El suelo de mármol gris brillaba como si acabara de ser pulido. Las paredes estaban decoradas con tapices extraños: símbolos antiguos, figuras que parecían danzar entre llamas y estrellas. Una lámpara de aceite parpadeaba sobre una mesa baja, junto a un cuenco con agua fresca.
Iriel se sentó en un banco cubierto de piel. No sabía si la estaban vigilando, pero sentía ojos en cada rincón.
Un joven entró sin hablar, dejando una túnica blanca doblada sobre una silla.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Iriel, su voz cargada de confusión y temor.
El muchacho titubeó.
—La Fortaleza Roja… es cuánto me está permitido deciros.
—¿Qué año es?
—Mil quinientos seis —respondió. —Ahora cambiaos los trapos, —y con eso se puso de espaldas.
Iriel apretó los labios. Mil quinientos seis. ¿Cómo era eso posible? Aferró la tela de la túnica como si pudiera anclarla a una realidad que ya no entendía. En ese momento, supo que no estaba soñando. Y lo que fuera que la había traído hasta allí… aún no había terminado con ella.
*****
Desde un balcón oculto tras una cortina de terciopelo carmesí, Lord Virion la observaba.
—¿Es la que decíais? —preguntó con voz baja.
—Sí, milord —respondió Cael, su consejero.
—Es distinta. No semeja a las demás.
— No, mi señor. Llegó de otra manera. Nadie la trajo. Apareció…
Virion no dijo nada durante un largo rato. Luego, sus ojos se dirigieron al cielo sin luna.
—La luna llena señalará el despertar. Aseguraos de que esté dispuesta. Quiero contemplarla de cerca. Y no tardéis.
Cael asintió y desapareció entre las sombras. El silencio volvió a llenar la sala.
Pero algo había cambiado. La pieza inesperada ya estaba en el tablero. Y el juego… acababa de comenzar.