Chapter 1 La Pastora de Demonios
🕊 Capítulo 1
La Pastora de Demonios
No es como te la imaginas.
Seguramente… sea todo lo contrario.
Es pequeña.
Un hada.
Una criatura luminosa con el cabello al viento,
la piel como porcelana tibia,
y unos ojos que ya lo han visto todo.
Tiene el aspecto de alguien que no ha roto un plato en su vida.
Pero no te dejes engañar…
Ella no se impone con fuerza.
Se impone con calma.
Y en esa calma, vive una autoridad que no permite dudas.
La Pastora es la que aparece cuando los vientos internos soplan demasiado fuerte,
cuando la tormenta emocional amenaza con desgarrar mi psique.
Ella es mi frontera,
la línea invisible que separa el caos del control.
Lleva siempre consigo un látigo hecho de luz dorada.
No es un látigo para dañar,
sino para recordar:
“Todo esto que sientes también puede tener dirección.”
Ella no grita.
No hiere.
No impone miedo.
Y sin embargo… los demonios se detienen al verla.
Se encogen.
Se arrodillan.
Tiene ese tipo de poder que no se aprende,
que no se enseña.
Es el poder de quien se conoce tan bien,
que no necesita demostrar nada.
Su corral de flores es real.
Un espacio dentro de mí donde los monstruos descansan,
no porque estén vencidos,
sino porque se sienten comprendidos.
La Pastora no odia a los demonios.
No los reprime.
Los entiende.
Y en ese entendimiento, los redime.
Ella sabe que la rabia es solo dolor sin traducción.
Que la tristeza es una llama apagada que quiere volver a arder.
Y que el miedo… no es más que una voz que no ha sido escuchada.
Es sabia.
Pequeña, pero infinita.
Y cuando mi pecho arde,
cuando mi alma sangra,
ella viene.
Se arrodilla frente a mí.
Me toma la mano.
Y con un susurro de ternura inquebrantable,
me dice:
“No estás sola. Yo estoy aquí.”
Y entonces,
yo respiro.
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Historia
Aquella mañana,
mi corazón aún tenía esperanzas.
Mi mente fabricaba excusas.
“No ha dormido bien. Estará ocupado. Me extraña y no sabe cómo decirlo.”
Toqué el timbre.
Una. Dos. Tres veces.
Nada.
La casa cerrada. El silencio gritaba más que mil palabras.
Volví horas después.
Encontré la puerta entreabierta.
Un hedor a alcohol y sudor en el aire.
Y allí estaba él:
con el cuerpo rendido, la dignidad ausente,
y una frase que aún duele:
“Yo no te merezco… ni tú a mí.”
Algo se quebró.
Los demonios corrieron libres,
como bestias desatadas.
La rabia arrancó las flores del corral.
La tristeza les siguió, goteando lágrimas de ácido.
Y la decepción…
la decepción se sentó en medio de todo,
como una reina rota.
Entonces, apareció ella.
Trina.
Mi Pastora.
Vestida de niebla dorada,
flotó entre las emociones con paso firme.
Uno a uno, con su látigo de luz, los fue reconduciendo.
No con violencia.
Sino con verdad.
Me miró con compasión profunda.
Y me dijo:
“Esto no define tu valor.
Esto no es tu final.”
Y yo, desde el abismo,
la creí.