Chapter 1: El disparo
La sangre caliente se deslizaba en suaves ondas por su cadera, traspasando la tela verde de su camisa. Buscaba escapar del cuerpo antes de que ella notara el dolor. No hubo grito ni sobresalto, solo un instante de incomprensión suspendido en el aire espeso.
Susan cayó de rodillas, y el peso de su cuerpo la hizo girar hasta desplomarse de lado, manchando la madera astillada del piso. La sangre se extendía como un susurro, lenta y decidida, llenando la habitación de un sutil olor a hierro.
Por un segundo —solo uno— no entendió. Entonces llegó la humedad: espesa, ajena. Fue esa sensación la que la obligó a llevar la mano al costado. Cuando la retiró, teñida de rojo, una helada incredulidad la paralizó..
Observó aquella sangre —su sangre— con una expresión entre el horror y la incredulidad. Le pareció que la mancha palpitaba en su palma, como si tuviera vida propia. Su vida se escurría entre los dedos, burlándose de su conciencia moribunda.
Desvió la mirada de su mano. Por los escasos reflejos de luz que se colaban como intrusos por la ventana, alcanzó a distinguir una figura en el marco: un cuervo oscuro, posado allí, observando la escena. Negro como el alquitrán, tan inmóvil como una figura tallada en obsidiana. No picoteaba, no graznaba. Solo miraba, con los ojos fijos en ella. Un testigo silencioso.
No lo había visto llegar.
Y, sin embargo, estaba ahí.
Sus ojos, ahora perdidos, comenzaron a vagar más allá del presente. Se posaron, errantes, sobre los fantasmas que rondaban su mente. No eran fantasmas amables. Reían con dientes afilados. La casa estaba infestada de ellos: se escondían en las habitaciones, en las fotografías, en su memoria.
Pero el que más temía habitaba en aquel viejo escritorio olvidado, cubierto por una manta que alguna vez fue blanca. Era el escritorio de su padre. Nadie se atrevía a entrar allí. Ni siquiera Susan. Solo lo miraba desde el umbral, como si al cruzar esa línea invisible los fantasmas pudieran despertar.
Y ahora era ella quien se convertiría en un recuerdo. En un fantasma más, condenado a atormentar a su madre y a su hermano con su ausencia.
Cerró los ojos. En un instante, perdió la noción del tiempo... y la vio. A su madre, la señora McFadden, de rodillas, con las manos temblorosas intentando contener la sangre. Tenía esa misma mirada rota que aquel día, cuando el oficial llegó a dar la noticia del fallecimiento de su esposo.
Ella lloraba... o al menos eso parecía, porque su llanto no llegaba a sus oídos. Solo el zumbido seguía allí, como un enjambre furioso dentro de su cabeza, devorando cada sonido, cada pensamiento.
La boca de su madre se movía, formando palabras que alguna vez conoció, que alguna vez importaron... pero ahora eran solo ecos huecos, desvaneciéndose antes de alcanzarla. Lo único claro era el latido cansado de su corazón.
Solo estaba jugando. No quise hacerlo, pensó con una mezcla de tristeza y terror. El arma... solo estaba jugando, queriendo sentir algo, cualquier cosa que la sacara del vacío.
Y en medio del delirio, con la visión borrosa, la voz le tembló sin fuerza, apenas un susurro descompuesto:
—Mamá... perdón... yo no quería...
Las palabras se atoraron en la garganta, entonces el dolor la atravesó, como una grieta que comenzaba en la base de su columna y se extendía hasta la punta de sus dedos. Cada fibra gritaba. Todo, incluso el dolor, comenzó a volverse borroso otra vez. Como si el mundo se deshilachara desde adentro, desde sus entrañas.
La señora McFadden no respondió de inmediato. Solo apretó con más fuerza la herida, como si pudiera cerrarla con las manos, como si pudiese hacer retroceder el tiempo. Su rostro estaba pálido, empapado en lágrimas.
Su mente la arrastró sin piedad hasta ese día.
[Flashback] Llovía. El cielo se rompía en pedazos con cada gota, mientras su madre cruzaba el patio con los brazos cargados. Llevaba la ropa de su padre —camisas, botas, cartas— como quien sostiene un veneno. Cada prenda le ardía más que el fuego.
Susan la observaba desde el umbral, paralizada. Su madre arrojaba todo al lodo con una furia silenciosa. Rasgaba las cartas con las manos desnudas, intentando borrar cada palabra que él escribió. Luego encendió un fósforo. Solo uno.
Gritó. Quiso correr hacia las llamas, rescatar aunque fuera un pedazo de él. Pero su madre la apartó con un empujón seco. Y en ese instante, lo supo: ella también era parte de aquello que su madre deseaba hacer cenizas.
Solo pudo mirar. El fuego crecía, descontrolado, reflejándose en un charco de lodo a sus pies. Las llamas reían. Tal vez de su dolor. Tal vez de la memoria de su padre.
La sensación de impotencia la hizo volver en sí.
Estaba sobre su cama. Las cortinas se mecían al ritmo de la llovizna que se filtraba por la ventana. El frío se colaba con lentitud, rozándole la piel. Traía consigo el aroma de finales de junio: tierra mojada, hierba cortada, flores silvestres. Olores que parecían inocentes, incluso placenteros.
Se pasó una mano por el rostro. Estaba empapada. Sudor frío le corría por la frente, como el que precede a un mal presagio.
—¿Qué demonios ...? —pensó, sin aliento.
—Anoche... —tartamudeó, apenas un susurro que no reconoció como propio.
Y sin mirar aún su herida,ni la mancha seca en la madera, ya lo sabía.
Había sido real.
No un sueño.
No una alucinación.
Lo que sea que pasó... pasó de verdad.
El dolor que aún sentía cuando intentó levantarse era real. Se posó frente al espejo, con los pies desnudos, y se levantó la camiseta limpia que casualmente llevaba. La cicatriz estaba allí: fresca, roja, aún sensible. Una línea delgada, como un recuerdo mal cerrado.
¿Cómo era posible? ¿Cómo es que la herida había sanado tan rápido? En ese punto... debería estar bajo tierra.
Pero estaba de pie. Viva.
Su respiración se agitó y comenzó a hacerse mil preguntas... y ninguna tenía respuesta.
Se apartó del espejo; su propio reflejo la perturbaba. Caminó hasta el borde de la cama y se dejó caer. El colchón crujió, pero Susan no lo oyó: su mente seguía atrapada en sus propios pensamientos para notarlo.
Miró sus manos. Temblaban. No había sangre en ellas... pero la recordaba tan vívidamente, que podía jurar sentirla entre los dedos: cálida, espesa... suya.
Y en ese instante, lo recordó todo.
[Flashback] Recordó cómo había acariciado con los dedos el metal frío de la pistola. Daba la impresión de haber absorbido la temperatura del silencio. La había sostenido con firmeza. No podía dejar de recorrer el contorno gastado; le provocaba una mezcla extraña de fascinación y miedo, como quien sostiene entre las manos un poder otorgado, casi divino.
No sabía cómo funcionaba realmente. Solo había visto armas en películas, había escuchado historias. Por instinto —o por descuido— sus dedos se deslizaron sobre el seguro y lo desactivaron. El clic sonó seco, inocente. Fingió apuntar hacia un rincón de la habitación. El espejo le devolvió la imagen de su cuerpo alto y delgado, borroso tras el cañón que temblaba apenas en sus manos. Luego giró hacia una pila de libros. Jugaba. Era tan ligera que parecía que el peso en sus manos no pudiera hacerle daño, y esto era parte de una fantasía más.
Cada vez que tocaba la caja vieja —la de las orillas oxidadas, donde descansaba el arma—, un recuerdo agradable de su padre le venía a la mente.
La limpió con el borde de su camiseta, frotando el cañón con movimientos distraídos.
Y entonces, sin aviso, Todo se partió en dos.
Un estallido sordo retumbó en la habitación.
Intentó levantarse otra vez. La habitación giró levemente, pero se apoyó de las paredes con la mirada clavada en el suelo.
Se encerró en el baño. Echó el cerrojo y se sentó en el borde de la bañera. No podía sacarse de la cabeza como es que le herida había sanado. Sus manos temblaban. Del mueble del baño sacó una navaja oxidada. No era muy filosa, pero bastaría.
Se la quedó mirando un rato. Aún no entendía qué estaba haciendo exactamente. Tal vez buscaba una excusa. Tal vez necesitaba respuestas.
No. No tal vez. Lo necesitaba.
La apoyó contra la piel de su antebrazo. Dudó. El metal estaba frío. «Solo un rasguño», pensó. «Si no pasa nada, nadie lo sabrá. Pero si pasa...»
Cerró los ojos y presionó.
El corte fue limpio. Corto, pero suficiente. Un delgado hilo rojo brotó al instante.
Susan lo observó. Le ardía un poco, como cabía esperar. Pero entonces, justo ante sus ojos, la línea roja comenzó a cerrarse.
No como una herida normal. No con costra, no con tiempo. Como si su cuerpo supiera exactamente cómo volver a ser completo.
En segundos, no quedaba más que una marca tenue, como si nunca hubiese pasado.
Susan jadeó, entre asombro y miedo. El corte había desaparecido.
Dejó caer la navaja al suelo con un ruido metálico seco. Luego se sentó contra la pared, abrazándose las piernas.
Sus pensamientos iban a mil. Ya no podía negarlo.
Algo en ella no era normal.
Se quedó así un rato, en silencio, con la respiración entrecortada y la frente apoyada en las rodillas. El sonido del grifo goteando se volvió insoportablemente nítido.
¿Qué soy?
Era la única pregunta que podía formular con claridad entre todo el caos. No quién era, sino qué.
En sus recuerdos brumosos, la imagen de su madre de rodillas llorando junto a su cuerpo inerte regresó con la precisión de una puñalada. Con pasos torpes y una expresión vacía salió del baño. Se acercó a la ventana y corrió la cortina con dedos fríos. Afuera, bajo el cielo encapotado y la llovizna persistente, estaba el Datsun blanco del 72, el auto de su madre.
—¿No fue al trabajo? —murmuró.
La señora McFadden trabajaba como secretaria en el concesionario de autos de Dunfarren, un establecimiento con un cartel oxidado que decía "Autos nuevos y usados", aunque lo que había dentro parecían más reliquias olvidadas. La oficina estaba llena de papeles desordenados, contratos de compra y venta, una que otra publicidad de coches de segunda mano que nadie quería.
Trabajar allí no era glamuroso, pero pagaba las cuentas. Margaret McFadden, después de todo, era una mujer práctica.
La cicatriz del abdomen aunque pequeña, le provocaba un dolor punzante. Su cuerpo se resistía a olvidar lo ocurrido. Bajó las escaleras despacio, apoyando una mano en la madera del pasamanos que rechinaba bajo su peso, sin embargo sus pies solo se movían por inercia. Al girar por el pasillo hacia la habitación de su madre, escuchó unos ronquidos.
Provenían de la sala.
Se detuvo.
Lentamente, echó un breve vistazo... y la vio. Su madre dormía allí, en el sofá, envuelta en una manta.
Hundida en sí misma.
Parecía haber estado llorando toda la noche, había muchos pañuelos usados a su alrededor. Se quedó unos segundos más. Le costó reconocerla.
Había algo infantil en la forma en que estaba acurrucada, como si el dolor la hubiera encogido. Tenía el cabello alborotado, mechones canosos que antes no estaban ahí, y los labios entreabiertos, como si todavía murmurara en sueños.
La observó en silencio, y un nudo comenzó a cerrársele en la garganta.
—¿No te entiendo? —murmuró sin pensar.
Se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos. Sabía que debería acercarse, tal vez al menos agradecerle. Su madre había estado ahí, había cuidado de ella, la había tratado de salvar, incluso.
Pero no podía. Algo se lo impedía.
Una parte de ella quería correr, abrazarla, decirle que lo sentía, que la necesitaba, que le había hecho mucha falta. Pero otra... otra parte estaba llena de reproches. De años de silencios incómodos, de miradas duras. De todo lo que no se dijeron.
Las lágrimas le nublaron los ojos, pero no las dejó caer.
La señora McFadden respiraba con suavidad, ajena a todo.