la voz

All Rights Reserved ©

Summary

la historia de una misteriosa voz que aparece una noche sin mas.

Genre
Horror
Author
anderpu126
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo sin título 1

“Muchas vidas se extinguen sin saber cuál fue su mejor momento”

Me sentí como un loco aquella noche

Cuando, de la nada, una voz —que no era la mía— empezó a hablar.

Se sentía… extraña.

No porque gritara.

Sino porque decía cosas que no venían de mí.

Digo, todos hemos hablado solos.

Pero esto era diferente.

Esta voz pensaba distinto a mí.

Cuestionaba cosas ajenas a mis ideales.

Incluso se preguntaba —con total naturalidad—

de dónde venía su existencia.

Como si no supiéramos…

de quién es realmente este cuerpo.

Después de una noche… interesante —de charlas y discusiones mentales—

confirmé algo incómodo:

la voz podía discrepar absolutamente con todo.

Si yo decía “blanco”, respondía “¡negro!”.

Si pensaba “abajo”, decía “¡es arriba, idiota!”.

Y lo peor…

es que a veces tenía razón.

Lo cual se sentía, no sé…

bien.

Era el hijo menor entre tres un hermano, una hermana y yo

Entonces creía necesitar a alguien y en el momento más oportuno apareció esta voz

yo estaba completamente solo desde hacía tiempo.

Pero eso es lo que pasa cuando creces, ¿no?

Consigues trabajo, te vas de casa, tratas de sobrevivir…

todo más o menos soportable.

Hasta que una noche

una voz en tu cabeza empieza a lanzarte cosas

como una esposa enojada…

pero sin el sexo, ni el compromiso,

solo los gritos.

A la mañana pensé que todo había terminado.

Tal vez era solo la voz del cansancio.

Un mal sueño. Un desborde mental.

Me metí a la ducha con agua bien fría,

con la absurda esperanza de repararme.

Pero ni el agua ni el jabón sirvieron de nada.

Porque después de eso, la voz volvió.

Con sus charlas.

Con sus dilemas.

Al principio traté de ignorarla.

Pero era imposible.

Así que ahí estaba yo,

hablando conmigo mismo…

pero no del todo.

Siguiendo una conversación

que claramente no había empezado yo.

Casi como si me obligara a seguirla.

Casi como si…

aquella voz fuera dueña del cuerpo.

y yo, solo el eco.

A los pocos días, la gente a mi alrededor empezó a notar que algo pasaba conmigo.

En el supermercado donde trabajaba, el dueño me llamó aparte.

Me dijo que un familiar suyo vendría a “darme una mano”.

Lo dijo como un favor.

Pero todos sabemos que eso era una excusa.

Una forma educada de decir: “lárgate, asustas.”

Y cuando me vi en el espejo… lo entendí.

¿Quién querría tener de empleado a un tipo con este aspecto?

Desalineado.

Ojeras que le cubrían media cara.

Un aura de “me quedé dormido con los ojos abiertos”.

Así que ahí estaba yo:

un hombre desempleado, de mal aspecto

sin gente, sin rutina.

Solo me quedaba deprimirme…

y entregarme por completo a esas charlas eternas con la voz.

Porque, al menos,

ella no me temía.

Y yo…

ya no tenía opción.

Empecé a frecuentar las calles

con la excusa de buscar empleo.

Pero en realidad,

cada salida eran paseos largos

llenos de autorreflexiones que no solucionaban nada.

Caminaba sin rumbo,

mientras la voz en mi cabeza no se callaba ni un minuto.

Y aunque me daba miedo admitirlo…

estaba empezando a disfrutarlo.

Al principio me esforzaba en ignorarla.

Pero ya no.

A veces hasta caminaba más lento,

solo para escuchar mejor.

Como si la ciudad fuera el fondo,

y la voz, la música.

Pero la realidad no se puede esquivar para siempre.

Pronto me quedaría sin dinero para comer.

Y la casera del lugar donde vivía…

ya empezaba a mirarme feo cada vez que le pedía

“una esperita” para pagar la habitación.

Esa mirada.

Esa mueca.

Todo mi mundo tangible se venía abajo,

mientras mi imaginación volaba tan lejos

como un charrán ártico.

No sabía qué hacer.

Así que, con el estómago vacío y la cabeza llena,

simplemente continué esa infinita charla con la voz…

la causante silenciosa

de toda mi caída.

Conforme pasaban los días,

me olvidé del lugar donde vivía.

Ya no tenía casa.

Solo andaba por las calles,

recogiendo cartones y latas para vender

y poder comer algo.

Dormía debajo de puentes,

y parques,

en cualquier rincón de la ciudad

que no preguntara mi nombre.

Me entretenía en largas conversaciones

con la voz de mi cabeza.

Me quedé así días.

Semanas.

Luego, meses.

Ya ni siquiera era la persona que fui.

Pero tal vez eso no importaba.

Porque ahora,

al menos,

ya no estaba solo.

Una noche de hambruna,

donde solo la luz de la luna me alumbraba el camino,

me animé a preguntarle a la voz

si tenía nombre.

Lo dije en voz alta.

Como quien le habla a un dios.

Me respondió de inmediato,

como si la pregunta la hubiera estado esperando desde siempre.

—No he pensado en cómo debo llamarme.

Pensé que me ayudarías con eso.

Entonces, sentado en el parque,

entre nombres y palabras que le proponía a la voz,

ocurrió algo.

Un ciego se sentó a mi lado.

Así, sin ruido.

Como si la oscuridad lo hubiera dejado ahí.

Y sin mirarme —porque no podía—

dijo en voz baja:

—¿Qué hacen, muchachos?

¿Por qué tanta gritería en medio de la noche?

Así, con una naturalidad aterradora, el ciego habló.

Lo miré, incrédulo, y pregunté:

—¿Cómo… también la escuchas?

Él sonrió, como quien revive una herida vieja.

—Claro. Antes de ti, esa voz me perteneció.

Es natural que aún la encuentre por ahí.

Así como ella me encontró a mí un día.

Yo la mal llamé locura.

y tu…tú le estás buscando un nombre real.

¡Vaya, eres admirable!

Para mí fueron insoportables aquellas charlas —continuó—

y tú, como si nada…

¿Quién sabe cuánto tiempo llevas con ella,

que hasta un nombre le vas a dar?

Me sentí pequeño.

Entonces, más hundido en esa conversación imposible, le pregunté:

—¿Y cómo te deshiciste de ella?

Él suspiró.

Y su voz cambió de tono.

—La única manera que pareció efectiva…

fue con una treinta y ocho corta.

La misma que todavía llevo en el bolsillo.

—Pero antes de oírla…

la vi.

—Y ya sabes la consecuencia de eso.

Entonces se quitó los lentes.

Sus cuencas eran negras.

Vacías.

Un par de abismos sin retorno.

—Y ni así —dijo, con voz quebrada—

ni así me dejó de seguir.

—Por la eternidad.

Se levantó de la banca sin decir más.

Y caminó.

Sin apuro.

Hasta desaparecer entre la oscuridad y el silencio de la noche.

Yo me quedé ahí.

Inmóvil.

Tardé en recomponerme.

Cuando por fin pude asimilar lo que había pasado,

la increpé.

—¿Fuiste tú?

¿Fuiste tú quien le hizo apretar el gatillo?

¿También le hiciste sacarse los ojos?

—Estás enferma.

Y ahí, con esa calma suya que más parece cuchillo,

me respondió:

—¿Y cómo sabes…

que él tampoco viene de tu cabeza?

Mientras intentaba responder ya me hallaba caminando, entonces frente al abismo de un edificio alto le dije a esta voz cuanto apreciaba su compañía, pero era la hora de despedirse.

Nunca supe su nombre ni su procedencia solo supe que se sentía bien estar acompañado, pero descubrí que no toda compañía es buena y no toda soledad es mala.

fin….