Prólogo

ENTRE BARRO Y POLVO: ONE-SHOT STORY
En el barro y el polvo apenas sobrevive el eco de quien alguna vez fui.
Hubo un tiempo en que tuve un nombre. Un rostro. Un lugar en el mundo. Ahora no soy más que una silueta olvidada, hundida en un rincón que todos eligieron ignorar.
Entre el frío y el hierro, sigo respirando... aunque hace mucho dejé de saber si eso significa seguir viva.
Perdí la cuenta del tiempo.
Las noches se mezclaron con los días hasta convertirse en una misma oscuridad. El barro dejó de ensuciarme para convertirse en mi refugio. La humedad se metió en mis huesos. El silencio aprendió mi nombre.
Estoy aquí.
Encadenada.
Olvidada.
Hace tanto que el dolor dejó de doler.
Cuando una herida permanece abierta demasiado tiempo, deja de gritar. Se vuelve parte del paisaje. Se instala en la piel, en la respiración, en la memoria. Igual que el olor a tierra húmeda. Igual que el óxido de las cadenas. Igual que el miedo... ese que al principio devora y después simplemente permanece.
Ya casi no hablo.
Tal vez porque olvidé cómo suena mi voz. Tal vez porque el último grito se quedó atrapado entre estas paredes y nunca encontró salida.
Solo me queda el aire que entra y sale con dificultad.
Solo este cuerpo que apenas reconozco.
La suciedad ya no cubre mi piel; parece haber nacido con ella. Mis manos están hinchadas. Mis labios agrietados. Hasta las moscas dejaron de ser visitantes. Ahora forman parte del silencio.
Y entonces...
Cuando ya no esperaba nada...
Alguien empezó a venir.
Nunca logro verla con claridad.
Solo distingo una figura pequeña, ligera... casi como una criatura del bosque que aprendió a caminar sin hacer ruido.
Llega siempre igual.
Deja un trozo de pan.
Un poco de agua.
Después moja un paño y limpia con paciencia el barro de mi rostro.
Cada roce arde.
Pero es un dolor diferente.
No lastima.
Recuerda.
Me recuerda que aún existe la ternura.
Nunca dice una palabra.
Solo escucho el murmullo de sus pasos.
El temblor de sus manos.
La respiración contenida de quien sabe que podría ser descubierta en cualquier instante.
A veces pienso que no existe.
Que es un espejismo inventado por mi mente para impedir que la desesperanza termine de consumir lo poco que queda de mí.
Pero siempre regresa.
Cuando ya no puedo levantar la cabeza...
Regresa.
Cuando creo que nadie recordará que sigo respirando...
Regresa.
Y cada vez que sus ojos encuentran los míos, ocurre algo que había olvidado por completo.
No me mira con lástima.
No me mira con miedo.
Me mira...
Como si todavía viera a una persona.
Y eso es lo imposible.
Porque yo ya me había convencido de que no era más que barro.
Polvo.
Un cuerpo condenado a desaparecer sin dejar huella.
Pero alguien...
Entre toda esta oscuridad...
Decidió verme.
No sé quién es.
No sé por qué arriesga tanto.
Ni cuánto tiempo podrá seguir haciéndolo.
Solo sé una cosa.
Mientras esa pequeña sombra siga encontrando el camino hasta mí...
Quizá esta historia aún no haya terminado.
Advertencia de contenido:
Esta historia contiene escenas que pueden resultar sensibles para algunos lectores, incluyendo situaciones de abandono, encierro y angustia emocional. Se recomienda discreción, especialmente para personas sensibles a temas de vulnerabilidad extrema.








