Prólogo
El olor a ceniza y humedad se entremezclan, las respiraciones rápidas y la tos provocada por el aire polvoriento no les impedía que ambos mantengan los ojos fijos en ellos mismos: un joven de piel morena y otro que tenía una piel blanca como la nieve. El de piel morena en sus temblorosas manos trataba de buscar el medicamento Epinefrix que tenía una forma de un lápiz pero con el fin de inyectar un estimulante para casos severos de pérdida de consciencia. En este momento desolado no había nadie alrededor de ellos, por ende él tenía la idea clara de que una vez le inyecte la medicina y le ponga el parche de cafeína iba a tomarlo a pesar de estar agotado y salir de este lugar.
Sus labios se movieron para pronunciar un nombre que no recuerda, pero sus oídos estaban sordos y solo escuchando un zumbido incesante, no sabía que en los momentos de desesperación podía perder la audición hasta que se dió cuenta de que en realidad no la había perdido. Debido a que en un último momento logró espabilar y volver a sentir el dolor como propio.
—Maldita sea —maldijo con frustración—, no cierres tus ojos. No los cierres, estaremos bien —repite.Incluso con la esperanza que tenía el, esto no aprecia poder contagiar al contrario.
—Se acabó —mencionó su aparente compañero de piel blanca.
El joven que sostenía el lápiz inyectable tragó saliva y secó sus lágrimas usando su manga sucia y empolvada, aspirando el metálico olor a sangre de su compañero que estaba tendido en el suelo, con una serie de mordidas profundas en su brazo y una herida de bala en su estómago que no dejaba de sangrar. Si bien no podía distinguir con claridad un rostro podía presenciar como esos ojos amarillos comenzaban a cerrarse y apagar su brillo mientras que su piel, que siempre fue blanca como la nieve, se volvía más pálida. Él en un movimiento desesperado clava la aguja retráctil en la pierna de su compañero para permitir la inyección rápida y segura, era la primera vez que veía un artefacto así, pero por alguna razón lo sentía tan familiar como la persona que tenía tendida al frente de él, tratando de luchar contra la muerte para quedarse aunque sea por unos minutos más.
—No, no, no —repitió asustado, como si él pudiera evitar que el alma de esa persona escape de sus dedos como si fuese agua— apenas te la inyecté y ahora te cargaré y nos salvaremos, te llevaré al laboratorio y...
—Debiste guardarla para ti —interrumpió con una sonrisa pacífica—, estamos rodeados y tú debes escapar. Los demás te deben estar buscando.
—¡No! ¡No dejaré que nadie te toque!
No podía entender porqué el pensamiento de que “alguien” toque a ese hombre le desagrade tanto, incluso si ni siquiera podía verle el rostro, ya que sus facciones eran borrosas en su mente, su voz sonaba extraña como con algún tipo de distorsión.
—¿Estás llorando? ¿Por mi? —le preguntó el rubio, con aparente felicidad.
El de ojos amarillos estaba apunto de apagarse por lo que solo dio una pequeña risita, parecía que trató de mover sus brazos pero estaban inmóviles después de tantas heridas de mordidas, cortes y quemaduras. Parecía que era imposible que pueda moverse por sí mismo.
—¡Obviamente estoy llorando...! —exclamó desconcertado—, voy a sacarte de aquí. Lo prometo
—Déjame morir, por favor.Escuchar esa frase hizo que sienta náuseas aunque no tenía nada en su estómago. No sabía quién era ese hombre, no podía saber su nombre, ni su rostro, ni su ropa. Pero solo sentía dolor y presión cuando le escuchó solicitar ser abandonado en ese campo de batalla. Lo único que se mantenía en su mente eran esos ojos amarillos que alguna vez fueron imponentes y poderosos, ojos afilados de un soldado joven y esa sensación de dolor y pérdida que le dificultaba hilar las frases de forma coherente. En ese momento, incluso si era un desconocido, no quería dejarlo, es ajeno a su naturaleza abandonar a los demás.
—Te necesito, no quiero dejarte ir —suplicó él mismo ante la solicitud.Con mucho esfuerzo, pero sin ninguna mueca de dolor, observó como torpemente esta persona le acarició el rostro, lo cual le hizo sentir tibieza, tal y como cuando recuerda los besos de su madre, solo que esa era una tibieza triste y de despedida.
De repente sintió como el débil toque de ese hombre le secó una lágrima que estaba a punto de caer, estaba tan aturdido que ni siquiera se dio cuenta de que ojos no dejaban de soltar las lágrimas. En esta imagen se hacía un fuerte contraste entre la piel morena húmeda por las lágrimas y la piel blanca y pálida herida, con mordidas atroces y heridas de batalla. Luego, el contrario dejó caer su brazo como un cuerpo muerto. Tal parecía que sus nervios habían sido destrozados, al punto de que cosas que deberían doler tales como haber hecho ese gesto solo se sentían entumecidos.
—No puedo mover mis piernas, y mi núcleo está roto. Incluso si me inyectas, no podré levantarme. Y aun con mi cuerpo destrozado, solo me duele no haber podido cumplir con mi deber. No puedo vivir postrado con esa sensación...
Un núcleo roto es la fuerza vital de las personas concentradas en una zona particular de su cuerpo, desde la invasión de Andrómeda era esta característica lo que les garantizaba la humanidad. Por lo que ambos jóvenes sabían lo que significaba que se haya “roto” el núcleo del contrario, esto era una clara señal de que había llegado el momento antes de que ambos tomaron caminos separados de forma forzada.
Él sabía que el núcleo de su compañero era poderoso y es por eso que estaba alojado en su cabeza, más precisamente arriba de su nuca, la misma que anteriormente recibió un golpe crítico que les hizo estar en esta situación.
Él era el único que conocía ese “talón de Aquiles” del joven de ojos amarillos.
—¡No estarás postrado! Tú estarás bien —trató de convencerle el moreno con desesperación— estarás bien, lo prometo solo déjame inyectarte.
—No es como si pudiera luchar contra ti en estos momentos —explicó el contrario con una voz cada vez más suave.
El moreno tragó saliva y realizó la inyección en una de las piernas de su compañero, las cuales también estaban destrozadas, incluso una con una fractura que le hacía cojear dolorosamente. Luego, abrió la camisa hombre, exponiendo su pecho con dos grandes cicatrices en los pectorales para luego poner un parche transdérmico en la zona central. Luego, lo cargó en sus brazos, sintiendo que la temperatura de él era cada vez menor, comenzó a sentir su débil respiración en el cuello, la cual debido a la adrenalina empezaba a acelerarse de a poco.
—No me importa si cumpliste o no tu deber ahora, te ordeno que te mantengas con vida hasta que lleguemos —dijo el moreno, tratando de controlar la situación.
Comenzó a correr más rápido entre las ruinas, esquivando piedras, cuerpos, materiales y escombros que le impedían pasar. Veía como las naves espaciales enemigas estaban iniciando la retirada, por lo que siguió corriendo con todas sus fuerzas y no alzó la voz hasta que sintió como la respiración que estaba rozando su cuello disminuye lentamente.
—Ya te dije que sería inútil, lo siento... —se disculpó el joven en sus brazos.
Sabía que él estaba cansado, tan cansado que comenzaba a tener sueño por lo que cerró esos ojos amarillos que eran lo único que podía identificar de él, y de ellos solo cayó una lágrima. Era como si el cansancio fuese tan grande que ni siquiera le quedaban fuerzas para llorar por su partida. Cuando el moreno le vio, pudo notar como pronunció un nombre con esos labios confusos que estaban tan pálidos como él cada vez que miraba esos labios eran completamente diferentes, como si una pequeña nube bloqueara su rostro a excepción de sus ojos. No podía evitar sentir familiaridad con esa escena, lo cual era extraño, solo podía sentir esa sensación asfixiante de confort pero ni siquiera podía pensar en quién podría ser. Estaba muy seguro que jamás había visto a esta persona antes, que ni siquiera la ha visto en la calle por unos minutos y que jamás la había tenido en su vida.
Pero esto parecía no importarle, sus piernas no querían detenerse sin importar cuánto corría, el camino era infinito, la desesperación y el terror creciente.
—Jefe, está es la primera orden que no puedo acatar. Perdóneme antes de que yo muera, no puedo morir sin saber que no me perdonó por no concretar lo que tenía que hacer —mencionó el joven de ojos amarillos con una voz que evidentemente cada vez presenta más dificultad.
—Te perdono, te perdono. Pero por favor no me dejes, ya estamos llegando. Solo aguanta unos minutos más —dijo el moreno.
Esperó segundos eternos por una respuesta, pero ya era demasiado tarde, la lluvia repentina se mezcló con las lágrimas de ambos.
—Gracias, jefe. Al fin puedo descansar.
Aparentemente lo que más deseaba el joven era descansar y ser abrazado por la muerte, pero el contrario sin comprenderlo solo quería escuchar esa voz otra vez, sentir ese toque otra vez, sentir tenerlo a su lado otra vez. En ese atardecer cubierto por las nubes de tormenta, hasta las nubes lloraron por los jóvenes.