CAPÍTULO 1
El manto nocturno de la noche, ha caído sin problemas.
He estado trabajando junto a mi mano derecha. Puedo decir que ha sido un día bien arduo. El panorama nocturno es tranquilo mi mente del caos que siempre tengo por ser el líder de la manada. Por ello, me gusta subir a este árbol de secuoya.
Hay muchas clases de flores por el alrededor.
¿Sería extraño decir que soy un hombre lobo que le gustan las plantas?
Cierro los ojos, pero el ruido de pasos, hace que me ponga en guardia. Varias personas con túnicas con el sello de la iglesia católica, están reunidas abajo.
Una de ella tiene una túnica blanca, las demás son de color vino.
—En esta noche de luna creciente, consagramos a la sacerdotisa sagrada —habla uno de ellos. ¿El líder? Frunzo el ceño. No entiendo que hacen en mi territorio. Entre ellos y mi gente, hay una línea—. Desde ahora, ella formará parte de nosotros.
La persona de túnica blanca pasa al frente y se arrodilla.
Algo le echan sobre la cabeza para luego levantarse del suelo con sus manos juntas. Se descubre el rostro y el albornoz se cae, mostrando su cabello largo. ¿Es una mujer?
La luz de la luna alumbra su silueta.
Todos los demás, se agachan, mientras que ella voltea a mi dirección. Tiene un flequillo que no le cubre sus ojos oscuros. ¿Cómo supo que estaba aquí? En sus labios, se dibuja una sonrisa que hace conjunto con toda su belleza física. ¿Puede ser una sacerdotisa tener un aspecto tan deslumbrante?
Dejo de mirarla.
Parece una mujer normal con una belleza sorprendente.
Respiro y espero que se vayan de ahí para poder bajar e irme a mi pueblo. No puedo dejar que me vean. Soy un hombre lobo y para ellos, solo soy un demonio disfrutado de humano.
Por eso, no nos llevamos bien con los humanos.
—Un alma sagrada que ayudará a nuestros hermanos en sus deberes —habla otro de ellos—. Cada tiempo nace un ser alado reencarnado en un ser terrenal.
¿Un ser alado? ¿Eso lo dice por esa mujer?
No entiendo el tema que están hablando.
—Prometo servir con todo mi empeño a mis hermanos —habla aquella mujer. Sigo sin mirar a nadie. Solo puedo escuchar sus voces. Su voz es suave y tranquila. Parece un arrullo—. Hasta que mi vida, se extinga en la Tierra.
—Así como todo ser sagrado, hay prohibiciones.
—Eliminarás el mal y no te vincularás con ellos —pronuncia el líder principal. El sonido de campanas resuena—. Caso contrario, caerá en ti una maldición y deberás pagar con tu vida.
Sonrío de lado.
No pensé que los humanos fueran tan ridículos y con castigos dramáticos.
—¿Aceptas cargar con tu rol?
—Acepto —responde ella—. Mi señor.
Con eso, otras campanadas y la dichosa ceremonia corta se han terminado. Cuando al fin, se fueron, echo un vistazo por el alrededor para asegurarme que nadie esté ahí.
Si me hubieran encontrado, es posible que una disputa hubiera surgido.
Entre ellos y mi raza, ya sabemos quién sería el vencedor.
Salto y aterrizo a la perfección, mientras camino hasta mi pueblo. Llego justo cuando mi mano derecha, Chard, está afuera de mi cabaña con varias mujeres lobas, las cuales, al verme, hacen una reverencia.
—Son las doce de la noche. ¿Qué hacen varias de nuestras mujeres afuera de la cabaña del alfa? —cuestiono mirando a Chard. Él sonríe—. Oh, no. No de nuevo.
—Puedes conocerlas y….
—No elegiré a ninguna como la luna de la manada —interrumpo seco y cansado—. Hoy ha sido un día largo. Solo quiero dormir.
—Bal, no olvides que necesitas tener un descendiente.
Descendiente. Un heredero que ocupe mi lugar.
Por lo general, se prepara de cachorro para que sea adecuado a ese puesto. Sin embargo, quisiera cambiar esa regla.
—Podemos hablar después de esto, Chard —replico, mirando a las mujeres—. Pueden regresar con sus familias. No llevaré a ninguna a la cama.
—Como ordene, alfa.
Ellas se retiran en silencio, dejando a Chard conmigo.
—Están surgiendo rumores que eres virgen.
¿Qué cosa?
Elevo una ceja.
—No lo soy.
—Lo sé. Has estado con varias de nuestras mujeres —cuenta entre un suspiro—. ¿Hasta cuándo estarás así? Necesitas a una luna a tu lado, como también un heredero.
—Cambiaré esa norma.
—¿Perdón?
—Estaba pensando en cambiar esa línea. Deben superar pruebas físicas y mentales y estarán en el puesto de alfa —cuento mis planes, mientras su expresión cambia por una de sorpresa—. No es necesario que me aparee con una mujer solo para tener un hijo.
—¿Por qué no quieres hacerlo? ¡Lo has hecho varias veces!
Eso tiene razón.
He estado con varias de nuestras mujeres a escondidas. Tener sexo con el alfa, es un privilegio que tienen y no deben decirlo a nadie. Sin embargo, eso no significa que desee una luna a mi lado.
Mucho peor, tener un hijo.
—Bal, recuerda. El día en que elijas a tu luna, deberás estar enamorado de ella. Ya sabrás en su momento lo que significa amar a alguien.
Las palabras de mi madre, siempre las tengo en mi mente. Por eso, todavía no consigo una luna.
—Puedes conseguir una para pasar la luna llena —demando—. No tengo problema en ello.
—¡Eres todo un caso, Bal!
No digo nada y entro a mi cabaña para asearme y dormir.
Abro los ojos, encontrándome con unos orbes que brillan con una luz celeste, los cuales, no dejan de verme. Hay un ruido estrepitoso por todo el lugar, junto a gritos de personas. ¿Dónde diablos estoy? ¿Es un sueño? Trato de mirar al rostro con más atención, pero hay una neblina cubriéndola.
—Señor antiguo.
Me levanto de un salto.
Paso una mano por mi cabeza. ¿Un sueño? Miro el alrededor y en efecto, estoy en mi cabaña. Es la primera vez que tengo un sueño tan vivido. El ruido y el grito de personas, junto a esa mujer que olía a….
¿Almizcle?
—¡¡Bal!!
La puerta de mi cabaña resuena.
Cuando Chard viene gritando, es por algo. De mala gana, me levanto. Son las nueve de la mañana. Con grandes zancadas, me acerco hasta la puerta donde la abro, encontrándolo con sangre en su ropa.
Me tenso.
—Reporte.
—Encontramos heridos a varios de nuestros hombres.
—Coordenadas.
—Cerca del pueblo humano —replica Chard, mientras camino hasta donde están los heridos. Hay varias de nuestra gente aglomerada en un rincón—. Antes de llegar, debo decirte que encontramos a una sacerdotisa.
¿Sacerdotisa?
Me detengo al ver una mujer con túnica blanca, la cual, está sosteniendo una mano de uno de los heridos. Los demás están en el suelo dormidos. ¿Qué hace ella?
Su albornoz está caído y se puede ver su cabello largo.
¿Es la misma de anoche?
—¿Qué haces aquí, Artemisa? —pregunto llegando. Ella voltea a verme. Al hacerlo, me topo con esos ojos oscuros. Parecidos a los que vi en mi sueño—. No puedes estar en este sitio.
Ella eleva una ceja y sigue sin apartar su mano del hombre lobo herido.
Su mano brilla. Tiene luz propia.
—Es mi deber cuidar de los heridos —replica tranquila—. Soy la única que puede hacerlo.
—¿Sabes dónde estás?
—Sí —responde, dejando ir la mano del herido—. Son especies fuertes, pero al parecer también tienen un lado débil.
—¿Perdón?
¿Acaso vino a matarnos?
—No vine a matarlos —espeta, adivinando mis pensamientos—. ¿Eso piensas? Solo con ver tu rostro, puedo intuir que me odias, hombre lobo gruñón.
¿Qué dijo?
Chard ríe.
—Cierto. Bal es gruñón.
—Cállate.
—Comprendo el motivo de tu odio, pero no vine a hacer daño. Por lo contrario, no pude evitar ayudar —declara sonriendo. Una bonita sonrisa que puede iluminar a cualquiera. Permanezco ido por unos segundos—. Lo sé. Soy hermosa. Es por mi cualidad alada.
Chard voltea a verme, haciendo que carraspee.
—No es eso, solo que me parece extraño que nos ayudes. Tú perteneces a los humanos.
Ella dibuja una sonrisa tenue.
—No siento que permanezca a ese grupo.
¿No siente eso? ¿Por qué se la ve tan triste al decir eso?
—En todo caso, no confío en ti. Aunque, muchas gracias por ayudar a mi gente, artemisa —replico—. No pensé que alguien de ustedes, iba a ayudarnos. Por lo general, siempre quieren asesinarnos por llevar sangre diferente.
—¿Por qué asesinaría a tu gente, cielo?
Me tenso.
¿Acaso me ha tratado con cariño? Chard ríe a mi lado.
—¿Esa es la manera que hablas con los enemigos de tu gente?
Ella suelta una risa grácil que parece una nota musical a mi oído.
—No te veo como mi enemigo —pronuncia, levantándose. Sin preámbulo alguno y las miradas de los demás, se acerca hasta mí. Es pequeña a comparación de mí—. Te envidio. Al menos, no estás solo. Estás rodeado de los tuyos.
—¿Tú no lo estás?
—Esa pregunta es tan deprimente, cielo.
Otra vez.
—Deja de llamarme así.
—¿Por qué? —cuestiona con una sonrisa. ¿Está coqueteándome?—. Puedes decirme tu nombre. ¿Qué te parece?
—Será innecesario.
—Entonces, puedo seguir dándote apodos que escuché de los humanos —habla, estirando una de sus manos. Retrocedo sin dudarlo—. ¿Oh? No te haré nada.
No la entiendo.
¿Qué trata de hacer?
—¿Tienes curiosidad por nosotros?
—Sí.
—¿Por eso ayudaste a mi gente?
—No —responde sin quitar esa bonita sonrisa—. Es mi deber ayudar a los seres heridos. Yo no los veo como mi dichosa gente lo dice. Tengo poder curativo. Por eso, lo usaré con los que necesitan ayuda.
Una sacerdotisa que no odia a los hombres lobos.
Una mujer que se la ve solitaria.
—Eres extraña.
Ríe.
—Sí. Hasta yo me considero extraña —dice, estirando la mano—. Es un gusto de conocerte, cielo.
Permanezco en silencio por algunos segundos y acepto apretar su mano, pero al hacerlo, unas imágenes vienen a mi mente. Unos ojos que brillan de una luz azul, llenan mi cabeza.
Trato de retroceder, pero mi mano es sujetada fuerte.
Observo a su rostro, encontrándome con una expresión de sorpresa. Algunas lágrimas caen por sus mejillas. ¿Por qué llora?
—¿Por qué tú….
—El destino empezó a correr —dice sin dejar de observarme y derramar lágrimas—. Lo normal sería seguirlo, ¿verdad?
¿De qué habla?
—Sí.
—¿Qué pasaría si tienes la oportunidad de cambiarlo? —inquiere—. ¿Lo harías? Si lo haces, es posible que pierdas la fortuna de cumplir tu mayor deseo.
—No comprendo.
Ella sonríe tenue.
Suelta mi mano y se cubre con su albornoz de nuevo.
—Nos vemos luego, cielo.
Con esas palabras incomprensible, se aleja de ahí.
¿Qué es esta mujer extraña?
