Chapter 1 Un contrato...un infierno
La luz tenue de la lámpara iluminaba apenas la habitación, donde una larga mesa de caoba dividía a dos familias. En un extremo, el padre de Aren, imponente y sereno, con los dedos entrelazados sobre el escritorio. Frente a él, el padre de Zafira, con el rostro rígido pero con una sombra de nerviosismo que intentaba ocultar.
Entre ellos, un papel extendido, el contrato del matrimonio, tan frío y calculador como el aire que se respiraba.
-"Firmamos este acuerdo para asegurar la estabilidad y la lealtad de nuestros intereses," -dijo el padre de Aren con voz grave-. "Si cualquiera de las partes incumple, las consecuencias serán severas."
El padre de Zafira asintió sin palabras, firmando con pulso firme pero sin entusiasmo.
Al otro lado de la puerta, Zafira y Aren esperaban en silencio, sabiendo que no eran más que piezas en un tablero que no podían controlar.
Cuando entraron, las miradas se cruzaron: ni odio ni amor, solo un frío reconocimiento del daño mutuo.
-"Así comienza el matrimonio," -susurró Aren, sin mirarla.
Zafira le lanzó una mirada llena de desprecio y dolor.
-"No una unión, sino una prisión," -respondió ella.
Zafira está sentada al borde de la silla. Lleva una blusa beige, formal, y el cabello recogido. A un lado, su padre; al otro, el padre de Aren, de pie como si fuera el dueño del lugar.
Aren iba de Negro de pies a cabeza. Impecable. El reloj caro en su muñeca resalta cada vez que apoya los dedos sobre la mesa, con una calma que arde. Ni mira a Zafira.
El notario carraspea y coloca frente a ellos un documento grueso, otro contrato el cual firmaría la supuesta pareja.
-Este es el contrato de unión. Matrimonio legal. Se detallan cláusulas de confidencialidad, beneficios fiscales, protección legal mutua...
-Cállese un momento -interrumpe el padre de Aren, con una sonrisa torcida-. Lo importante aquí no son los detalles. Es el compromiso.
Zafira aprieta los labios. Aren lanza una mirada de soslayo al padre de ella.
-¿Seguro que no quieres echarte atrás? -pregunta Aren, por primera vez mirando a Zafira directamente-. No vaya a ser que mañana acuses a otro.
El notario se aclara la garganta de nuevo.
-Entonces... si ambos firman...
Pero justo cuando Zafira iba a firmar la voz de Aren,la detiene.
-Aún no -dice Aren, deteniendo el proceso. Se echa hacia atrás en la silla y saca una hoja adicional de su chaqueta-. Voy a añadir unas cláusulas más. Personales.
El padre de Aren alza una ceja. El de Zafira tensa la mandíbula.
Aren desliza la hoja al centro de la mesa.
-Cláusula uno: habitaciones separadas.
-Cláusula dos: cero contacto físico sin consentimiento previo.
-Cláusula tres: no interferir en la vida personal del otro. Cada uno sigue su camino.
-Cláusula cuatro -mira directamente a Zafira-: esto es un contrato. Nada más. Ni amor, ni cercanía, ni fingir cuando no sea necesario.
Silencio. Denso. El notario mira al padre de Zafira. Pero Zafira, con una calma gélida, toma la hoja y firma.
-Perfecto -dice sin mirarlo-. Tampoco pensaba compartir cama con alguien como tú.-dijo para después entregarle la pluma a él.
La pluma de Aren roza el papel, y por un instante, el sonido del bolígrafo se convierte en un eco lejano.
FLASHBACK - hace años, en una fiesta familiar
Un joven Aren y Zafira, apenas adolescentes, se cruzan en un salón lleno de adultos que hablan en voz baja. Sus miradas se chocan, frías y desafiantes. Sin decir una palabra, hay una chispa de rivalidad, un roce invisible que presagian el tormento que vendrá.
FLASHBACK termina.
Aren baja la pluma, su expresión endurecida. Zafira evita su mirada.
El notario guarda las copias, incómodo.
-Entonces, están legalmente casados.
Los padres intercambian miradas. Objetivo cumplido. Se marchan sin más palabras.
Aren y Zafira quedan solos. Ninguno se mueve. Solo el leve crujir de la silla cuando él se pone de pie.
-Mañana sonreiremos para las fotos. Fingiremos para la prensa.
-Y cuando todo acabe -responde ella, recogiendo su bolso-, cada uno seguirá su camino.
Ninguno de los dos cree realmente que será tan fácil.
La boda pública - Día siguiente
El salón está decorado con excesivo lujo. Flores blancas, luces cálidas, música suave de cuerdas. Una boda de revista. De familia poderosa. De imagen impoluta.
Nadie imagina lo que realmente ocurrió la noche anterior.
Los invitados murmuran entre copas. Periodistas, empresarios, figuras de la alta sociedad. Todos han venido a presenciar la unión del hijo del empresario más exitoso a la vez que temido con la hija del respetado "oficial".
Zafira avanzaba con paso firme, cada movimiento una declaración silenciosa. Sus ojos rasgados y negros, de mirada felina, se posaban con determinación en el altar. Su cabello negro y largo caía en ondas suaves que enmarcaban un rostro de rasgos definidos: labios carnosos pero sin exagerar, que jamás se curvaban en una sonrisa falsa. A pesar de estar a punto de casarse con un hombre que no deseaba, lucía su vestido con orgullo, sin bajar nunca la cabeza ni ceder un ápice de su dignidad.
Del otro lado, Aren esperaba. Alto, con una presencia imponente y ese aura misterioso que parecía envolverlo en un halo propio. Su cabello oscuro y rebelde caía sobre una frente que sugería inteligencia y secretos guardados. Sus ojos, intensos y profundos, transmitían una mezcla de calma y tormenta contenida, mientras su mandíbula firme revelaba una voluntad difícil de quebrar. Vestía impecablemente, con una chaqueta oscura que contrastaba con la luz tenue del salón, y en su porte había una elegancia que no necesitaba palabras para imponer respeto.
Mientras la observaba caminar hacia él, Aren sintió un nudo en el estómago. No era solo la ceremonia o el deber lo que pesaba sobre él, sino el inexplicable deseo de entender a esa mujer que, a pesar de todo, no se quebraba. Algo en su resistencia le inquietaba, como si detrás de esa mirada felina hubiera un fuego que ningún contrato podría apagar.
Ambos, en ese instante, eran dos fuerzas opuestas que, por razones aún desconocidas, estaban a punto de entrelazar sus destinos.
El sacerdote dice palabras vacías. Palabras que no significan nada para ellos.
-¿Aceptas a Zafira como tu legítima esposa?
-Sí -responde Aren, sin pestañear.
-¿Aceptas a Aren como tu legítimo esposo?
-Sí -responde ella, mirando más allá del sacerdote.
Aplausos. Música. Beso... fingido.
Aren se inclina, pero solo roza su mejilla. La gente interpreta esa frialdad como sofisticación. Discreción. Nadie sospecha lo que realmente ocurre.
Luego vienen las fotos:
Rodeados de flores, con copas en la mano, rodeados de aplausos. En cada imagen parecen una pareja poderosa, enamorada, imbatible.
En cada imagen... una mentira perfecta.
-Te estás luciendo -susurra Zafira entre dientes, al posar para una foto con él.
-Estás acostumbrada a fingir, ¿no? -responde Aren sin mirarla.
Durante el banquete, todo es espectáculo. Bailan. Ríen. Comparten copas. Pero en cada paso, cada gesto, hay tensión. Ella no quiere que la toque. Él tampoco quiere hacerlo. Pero el mundo está mirando.
Y el mundo... compra la mentira.
Y entonces, Zafira se escapa al bar.
-Otra -le dice al camarero, sin mirar.
El cristal de la copa tintinea al rozar el mármol. Lleva ya tres, y va por la cuarta.
Aren la observa desde lejos. Las sonrisas de los invitados le pesan. Su mandíbula se tensa antes de cruzar el salón.
-¿Qué estás haciendo? -le dice al llegar junto a ella.
Zafira da un trago largo, impasible, y luego lo mira de reojo, con una sonrisa torcida.
-¿Qué parece? Estoy celebrando... ¿No lo ves?
-No hagas una escena -le murmura entre dientes-. No ahora.
-Tranquilo, esposo, aún no he subido a bailar sobre la mesa -responde, alzando su copa frente a unos invitados que la observan, encantados con su "alegría".
Aren aprieta la mandíbula haciéndose a un lado,intentando parecer calmado pero sin mucho éxito.
El salón del banquete estaba lleno de luces suaves, música elegante y conversaciones falsas. Zafira, con las mejillas encendidas por el alcohol y el orgullo, reía entre murmullos al lado de un amigo cercano. La copa, casi llena, tintineaba en su mano con cada movimiento. El leve olor a vino y perfume mezclado flotaba en el aire.
-¿Bailamos? -le preguntó uno de los invitados, con una sonrisa traviesa, sabiendo que no debía, pero disfrutando del desafío.
-¿Por qué no? -respondió Zafira, levantándose con un leve tambaleo, sin importar las miradas.
Se deslizaron entre las mesas hasta el centro del salón, donde algunos ya bailaban. Su amigo la tomó por la cintura con soltura, y Zafira, envalentonada por el vino, dejó que sus cuerpos se acercaran más de la cuenta. Las risas cercanas se convirtieron en susurros.
Desde su lugar, Aren los observaba con la mandíbula apretada y los dedos golpeando la mesa. El murmullo creciente a su alrededor le quemaba los oídos.En la mente de Aren:
¿Cómo se atreve a acercarse así? ¿Bailando con ella delante de todos como si nada? No puedo dejar que esto pase, no por respeto a ella, sino por respeto a mí mismo. No voy a permitir que me humillen ni que hagan que parezca un hombre sin control sobre su propia esposa. Zafira es mía, y frente a todos, eso debe quedar claro. Si ella quiere bailar, que baile conmigo, pero con nadie más.
Y De repente, se levantó.
Cruzó la sala con pasos firmes. Cuando estuvo lo bastante cerca, colocó una mano en el hombro del chico y lo apartó con firmeza, sin ser brusco, pero dejando claro que no tenía opción.
-¿Qué diablos estás haciendo? -escupió Zafira, molesta.
Aren no se inmutó. Se acercó a ella y, sin soltarla, la tomó de la cintura como si el baile fuera suyo desde el principio.
-Delante de todos, ahora eres mi esposa -murmuró con frialdad contenida-. Y lo que menos voy a permitir es que me sigas humillando.
Ella rió sin alegría, con la copa todavía en la mano.
-Ah, claro... hay que mantener las apariencias -susurró con veneno.
La música seguía sonando, y la gente, embriagada por el espectáculo, empezó a corear:
-¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!
Ambos se quedaron congelados. Aren y Zafira se miraron, como dos piezas de ajedrez enfrentadas. Ninguno dio el primer paso. Ninguno quería darlo. Y justo cuando la presión parecía a punto de aplastarlos, Zafira movió sutilmente la copa en su mano y, como por accidente, el vino se volcó sobre su vestido, manchando el escote y parte del abdomen.
-Vaya -dijo con fingida sorpresa-. Qué torpeza la mía...
Se apartó de él con elegancia calculada, sujetando la tela mojada con una mano.
-Disculpen... debo limpiarme.
Y así, escapó del beso que todos esperaban, dejando tras de sí un silencio incómodo y una tensión que no terminaba de disolverse.
Zafira se apartó entre risas forzadas, con la copa aún chorreando en su vestido. Murmuró algo sobre limpiarse y desapareció entre la multitud, dejando tras de sí un rastro de perfume, olor a vino derramado y orgullo herido.
Aren no fue tras ella.
No lo necesitaba. Ambos sabían que lo inevitable venía después.
Apoyado tranquilamente en una de las columnas, Max observaba la escena con esa mezcla de calma y picardía que lo caracterizaba. Sostenía un vaso medio lleno, pero la sonrisa que se le escapaba del rostro delataba que había captado cada detalle.
Dio un leve sorbo, giró el rostro hacia Aren y murmuró con esa calma burlona tan suya:
-No sabía que el "matrimonio de conveniencia" incluía marcar territorio en la pista de baile.
Aren lo fulminó con la mirada, pero Max solo rió entre dientes.
-Tranquilo, lo decía porque nadie se burla de ti... no porque te importe ella. -Le guiñó un ojo antes de alejarse, aún riendo.
La puerta del salón se cierra tras ellos con un clic seco. El eco del banquete se ahoga al instante. Afuera, la noche es un silencio tenso y elegante. La limusina los espera con las puertas abiertas, brillante y ajena al desastre emocional que carga.
Sin mirarse, suben. Como autómatas. Como dos soldados que regresan de una guerra sin gloria.
Zafira se deja caer en el asiento de cuero blanco, con una copa aún en la mano, aunque ya vacía.
-Adelante -dice con voz dulce, casi cantarina-. Llévame a mi prisión...
Hace una pausa, ladea la cabeza hacia Aren y sonríe con descaro.
-Ah, perdón. Quise decir, a mi dulce hogar.
Aren ni parpadea. Se sienta frente a ella, los codos sobre las rodillas, la mirada clavada en su rostro pintado de ironía.
-¿Eso te pareció gracioso?
-Me pareció poéticamente apropiado.
-No volverás a beber así en un evento público. ¿Entiendes?
-Oh, qué miedo. ¿Vas a escribirlo en el contrato?
Él aprieta los dientes, frustrado por su desdén. Pero no grita. No se inmuta. Solo la mira, como si intentara descifrar qué tanto de eso es actuación y qué tanto... dolor.
-Te estás metiendo en un juego que no entiendes, Zafira.
Ella se inclina hacia él, con una sonrisa tan falsa como los votos que pronunciaron horas atrás.
-Y tú estás casado con una mujer que te odia, Aren.
Así que estamos empatados, ¿no?
La limusina guarda silencio, igual que ellos. Solo el leve zumbido del motor los acompaña en ese viaje al infierno compartido.
Zafira se recuesta contra el respaldo, cierra los ojos un momento y luego, sin mirar:
-¿Sabes por qué he bebido?
Aren alza una ceja, sin responder.
Ella gira el rostro, con los ojos entrecerrados y una mueca amarga.
-Para perder el conocimiento en mi cama... y olvidar que estás bajo el mismo techo que yo.
Entonces, como si el tiempo se rompiera, los recuerdos irrumpen con fuerza: una habitación oscura, luces parpadeantes, voces urgentes, y un hombre de mirada severa sosteniendo un documento con un símbolo extraño.
-"Esto es solo el comienzo" -dice con voz firme-, mientras un joven observa sin comprender, marcado para un destino que aún debe descubrir.
La limusina se detiene frente a la imponente mansión, interrumpiendo sus pensamientos. Aren abre la puerta y la mira con dureza.
-Aquí termina tu libertad, Zafira. A partir de ahora, obedecerás las reglas. Y no pienso repetirlo.
Zafira frunce el ceño, una chispa de rabia iluminando sus ojos. Sin pensarlo, levanta la copa vacía que aún sostiene y la lanza con fuerza a los pies de Aren, donde estalla en mil pedazos.
-¿De verdad crees que voy a acatar tus órdenes como una muñeca?
Sin esperar respuesta, gira sobre sus talones y se aleja hacia la entrada de la mansión, los tacones resonando con cada paso decidido.
El eco de sus tacones se pierde lentamente en la oscuridad.
Aren la observa, con la mandíbula apretada, mientras ella desaparece dentro de su "dulce hogar".observando la copa rota para después volver su mirada al frente.
FLASHBACK - Universidad, hace unos meses, rozando el año.
Zafira permanece en un rincón del pasillo, con la mirada clavada en Aren, que conversa distraídamente con un par de compañeros. A pocos metros, una chica de rostro altivo se acerca con paso decidido y una sonrisa helada. En segundos, sus ojos se llenan de lágrimas falsas, y corre hacia los chicos, señalando a Aren entre sollozos fingidos.
Cambio de escena.
Aren está solo en el despacho de un profesor. Tiene los puños apretados sobre el escritorio, los ojos oscuros llenos de rabia contenida. La voz del profesor resuena como un martillo:
-Tu nombre queda en la lista negra, Aren. Nadie va a confiar en ti después de esto.
Desde fuera, Zafira observa. Cruza los brazos, su expresión es una mezcla de satisfacción... y una chispa de duda que apenas se atreve a sentir.
Fin del FLASHBACK.