Hasta el final

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Summary

Pude decir que no. Pude escoger otro camino. Pude escapar. Pude buscar ayuda. Pero quería ver qué pasaba después. No me gusta decir adiós, porque no me gusta ver cómo algo termina. Y si termina, yo termino junto con ello.

Genre
Romance
Author
Giavana
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cráneo



“Nala, concéntrate en atender al cliente VIP de la habitación 134.”

Ordenó el caballero con su voz calmada y ojos sin emoción.

“Por cierto, el gerente dijo que has ascendido, así que no te desconcentres”, me aconsejó Michael antes de marcharse.


“Claro, confía en mí. Gracias… Permíteme invitarte algo la próxima vez.”

Le respondí con una sonrisa viva, intentando ocultar el leve temblor en mis manos.


Eran las cinco de la tarde cuando subí al cuarto 134. El cliente era un empresario de unos treinta años, de mirada perdida y movimientos mecánicos, como si su mente no percibiera nada de su entorno. Era el tipo de hombre que no tolera sonidos innecesarios, preguntas triviales ni conversaciones vacías.


“Buenas tardes, mi nombre es Nala y hoy me encargo de…”

No terminé la frase.


“Necesito estar listo en veinte minutos. Prepara mi baño y un traje que combine con mi tono de piel. Asegúrate de plancharlo bien.”

Su voz era fría, indiferente, casi autómata.


“Claro.”

Respondí breve, porque en su idioma, hablar de más significaba incompetencia.


Subí rápido a su habitación, preparé la bañera con agua tibia y esencia de bergamota, luego elegí un traje gris acero con un ligero matiz perlado. Lo planché con cuidado quirúrgico. Mientras él entraba a la ducha y se aflojaba la corbata, lo vi de reojo. Dentro de mí, un leve temblor se agitó, pero no podía permitirme sentir nada. No con hombres como él. Aquí, las emociones retrasan el trabajo y cuestan demasiado.


Cuando terminé con su ropa, me situé junto a la puerta, esperando a que saliera de la ducha. Afuera no era opción. Si tenía que darme una orden, debía escucharla sin obligarlo a alzar la voz. Al verme, húmedo y recién vestido, me dio otra instrucción:


“Llama al chofer. Dile que compre un regalo para una mujer de cuarenta y cinco y pico. Lo recogeré en siete minutos. Bajo en cinco.”


No había tiempo que perder. Marqué al portero.


“Hola, David, por favor comunícame con el chofer del auto 134.”

Mi voz sonó tranquila, aunque mis manos temblaban sobre la línea.


“¿Con quién tengo el gusto?”

Respondió la voz masculina al otro lado.


“Soy la asistente de su jefe. La orden es la siguiente: compre un regalo para una mujer de cuarenta y cinco y pico. El jefe lo recogerá en cuatro minutos. Estará abajo en dos.”


Colgué sin un gracias. Allí, las cortesías eran lujos absurdos.


Exactamente como dijo, bajamos. Me dispuse a despedirlo, pero antes de que pudiera abrir la boca, él habló.


“Nala, ¿correcto?”

Preguntó, mirándome directo a los ojos.


“Sí…”

Respondí con un hilo de voz, temiendo haber cometido un error.


“Tu servicio fue impecable. ¿Podrías acompañarme a una presentación? Te daré un pago extra y te recomendaré.”


Decir no era como renunciar, pero decir que sí me causaba un terror eléctrico bajo la piel.


“¿Dónde queda la presentación?”

Pregunté intentando sonar neutra.


“En la empresa MON.”

Respondió.


MON quedaba a unas cuadras. Ir y volver no afectaría mi tiempo.

“Bien,” afirmé.


“Sube. Este es el archivo. Conéctalo de una vez para no hacerme perder tiempo.”

Me entregó un USB mientras entrábamos al auto.


Intenté abrirlo en su laptop, pero el sistema estaba colapsado de archivos.


“Disculpe… el almacenamiento está lleno. Tendría que eliminar documentos importantes. ¿Prefiere que lo conecte desde mi celular?”


“Haz lo que funcione.”

Respondió seco.


Al llegar a MON, vi hombres y mujeres de traje impecable. Yo también vestía formal, pero la tela, el corte y el brillo delataban mi clase. Me volví invisible a sus ojos de hierro.


Todo salió bien. Solo debía esperar a que las manos se estrecharan y las sonrisas hipócritas se retiraran. Cuando la sala quedó vacía, el hombre sacó su billetera y me entregó un cheque de 200 dólares.


“Gracias. Venga a visitarnos otra vez.”

Dije sonriendo.


Apenas crucé la puerta, corrí con toda la fuerza de mis piernas. Tomé el primer taxi sin mirar el costo. No lo hice por la recompensa rápida. No trabajaba por dinero fácil. Quise revisar mi celular para ver la hora.


“¿Dónde está… mi celular?”

Me pregunté en un susurro.


“¿Sucede algo, señorita?”

Preguntó el chofer.


“No… disculpe.”

Respondí, conteniendo la angustia. Había olvidado mi ropa al contestar rápido el pedido del jefe. Vestida con mi uniforme, no podría ocultarle a Max que había ido a trabajar.


“Listo, señorita, ya llegamos.”

Dijo el taxista.


Miré alrededor. Este no era el hotel.


“Disculpe, ¿hay dos hoteles con este nombre?”

Pregunté con voz rota.


“Sí, usted indicó el ala sur.”

Respondió tranquilo.


El pánico me subió a la garganta.

“¿Puedo tomar un taxi de regreso? Me equivoqué.”

Pregunté, casi llorando.


“Lo siento, señorita. Este lugar está alejado. No hay taxis de retorno hasta el puente.”


“Bien, gracias.”

Pagué, bajé y la lluvia me empapó en un segundo. Corrí. La desesperación me desgarraba el pecho.




“Señor, ¿esa no es su asistente? Deberíamos devolverle su celular.”

Preguntó el chofer mientras avanzaban.


“No es necesario. Se lo devolveré más tarde.”

Respondí sin mirar.


“Pero señor, está lloviendo. Ella ya está empapada…”


“Te dije que se lo daré en otro momento.”

Repliqué molesto.


“Sin esa chica usted no hubiera presentado su proyecto…”

Insistió.


Ignoré sus palabras, pero el celular de Nala vibraba sin parar. Llamadas urgentes, quizás. No era mi problema. Odiaba la insistencia de mi chofer.


“Da la vuelta.”

Ordené.


“¿Recién? Ya para qué…”

Se burló mientras giraba el volante.


“¿Con qué ropa estaba?”

Pregunté sin pensar.


“Con su uniforme. Tal vez ya está lejos.”


“Dirígete al hotel de invierno.”

Ordené.


“¿Seguro?”

Cuestionó curioso.


“Si no estuviera seguro, no te lo habría dicho.”

Respondí.




Llegué al hotel con los huesos congelados y más miedo que vergüenza. Me quité el saco, ocultando el logo del hospedaje donde trabajo. Me acerqué a la recepción con pasos temblorosos.


“Buenas noches… vengo por la habitación 300.”

Dije casi sin voz.


“Claro… aquí está.”

Respondió la recepcionista, insegura. La entendía. Yo también estaría nerviosa si me viera.


“Gracias.”

Susurré, y subí por las escaleras en vez del ascensor. No quería llegar, pero tampoco podía evitarlo. Si no quisiera, no lo estaría haciendo… ¿cierto?


“Perdón por llegar tarde…”

Dije apenas abrí la puerta.


“Fuiste a trabajar, ¿verdad?”

Preguntó Max, mi profesor de universidad, el hombre que me prestó dinero para estudiar. Nunca me pidió nada a cambio… al inicio.


“Sabes que necesito el dinero. Surgió algo, no pude controlar mi tiempo…”

Intenté mirarlo a los ojos.


“¿Y no pensaste en mí, no?”

Su mano atrapó mi cabello y acercó mi rostro al suyo. Temblé.


“Max, sabes que no es así…”


Me jaló con brusquedad y me empujó al piso. De pronto, una voz rompió el aire:


“Señorita Nala.”


Mi sangre se congeló. Esa voz. Él estaba allí.


Max me soltó de golpe. El hombre, mi cliente, nos miraba con sus ojos sin emoción.


“Jefe…”

Fue lo único que pude decir.


“Su celular. Lo olvidó.”

Dijo, y me lo entregó con calma.


“Gracias, no hacía falta…”

Susurré, intentando no romperme.


“Hasta luego.”

Dijo antes de marcharse.


Cuando la puerta se cerró, el aire se volvió irrespirable.


“¿Te acostaste con él?”

Preguntó Max, con rabia hirviente, y antes de que respondiera, su mano me agarró del cuello, empujándome al piso. Su bota impactó en mi rostro. El sabor metálico se expandió en mi boca.


Y entonces… comprendí que mi vida estaba hecha de días que no me pertenecian