Los Sin Nombres by TLillo at Inkitt
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Los Sin Nombres

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Summary

En un mundo donde los nombres no se heredan, se arrebatan, y vivir sin uno es vivir sin poder, SiNo sobrevive entre ruinas, recogiendo lo que otros desechan en un sistema que lo prefiere invisible. Hasta que encuentra un pergamino entre la chatarra. Una sola palabra, escrita con tinta imposible, bastará para cambiar la forma en que ve el mundo… y para despertar un poder que lleva generaciones dormido. Porque ahora SiNo puede ver los nombres verdaderos que flotan sobre las personas. Y cuando pronuncia uno en voz alta, las cosas… ocurren. Pero tener poder en un mundo que te niega hasta existir tiene un precio. Y el suyo acaba de empezar a contarse.

Genre
Fantasy
Author
TLillo
Status
Complete
Chapters
6
Rating
5.0 5 reviews
Age Rating
16+

Capítulo 1: El poder de los nombres.

Me llamaban SinNombre, como a muchos otros que viven aquí. No es que no los tengamos. Están, todos ellos, en alguna lista o archivo, robados el día que nacimos. pero no nos pertenece nada por nuestro estatus.

Fui criado en el Orfanato del Sol Tardío. Un sitio que suena más poético de lo que es, veinte camas apretadas, una cocinera con la voz rota, y una regla de hierro que todos memorizamos antes de los cinco años: “No digas tu nombre. Nunca.”

Los Gobernadores de este mundo se reparten las palabras como monedas. Los nombres únicos son poder y cuanto más raros, mejor es la magia que conceden.

Esa es la razón por la cual nos los quitan, otorgándonos otros, que se repiten sin fin.

SinNombre01. SinNombre02. SinNombre03...

Todos iguales y sin un ápice de poder. Todos… desechables.

Cada mañana el aire del vertedero olía distinto. Algunos días a plástico quemado, otros a grasa podrida y otros a orina reseca.

Ese día olía a lluvia. La que nunca caía, pero amenazaba desde el cielo de ceniza. Me gustaba ese olor. Espeso y blando a la vez. Me recordaba a los días en que los caracoles se arrastraban por los marcos oxidados del orfanato y los niños salían descalzos, con los pies negros, a cazar siluetas húmedas sobre las baldosas.

Me hacía sentir que algo podría limpiarse, aunque fuese por accidente.

Trabajaba en el vertedero del sector trece. Allí iba todo lo que no brillaba lo suficiente para la nobleza. Plásticos duros, circuitos apagados, pergaminos quemados…

Caminaba con la bolsa al hombro. Mis botas rotas, los guantes sin dedos y el abrigo con las costuras sueltas que me rozaban el cuello con cada paso. Recogía cosas que apenas valen una mirada. Las separo, las clasifico y las apilo.

A veces, si tenía suerte, encuentraba cosas útiles: un hilo de cobre intacto, un engranaje sin óxido, una muñeca con una sola pierna o algún peluche roto que llevaba a los niños.

Ellos me esperan todas las tardes junto a la puerta trasera del orfanato.

—¡SiNo! — gritaban al verme llegar, como si dijeran “héroe”.

Corrían, me abrazaban y reían. Y, aunque el mundo afuera no cambiaba, me hacían creer que valía la pena seguir respirando.

Cuando cumplí la mayoría de edad, llegué a un acuerdo con la vieja Dora, quien había trabajado en aquel lugar desde que yo había llegado. La directora parecía no envejecer, y era tan parte del lugar como el papel ajado o el chirrido del entablado del lugar.

—No tengo a dónde ir —le dije a Dora, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en los zapatos gastados.

—Aquí no hay sitio para vagos —añadió mientras regaba el huerto—. Pero si ayudas con los niños y traes algo de dinero, puedes quedarte.

Dora era alta y enjuta. El pelo recogido siempre en un moño apretado. Caminaba con pasos cortos pero firmes, y sus manos, aunque delgadas, arrastraban fuerza en cada gesto.

Tenía una mirada de esas que cortan y abrazan al mismo tiempo. Su nombre era uno de los genéricos, de los más viejos del sistema, pero ella lo pronunciaba como si fuera único. Le tenía un respeto profundo a la disciplina, pero sus manos nunca fueron instrumentos de castigo. Su amor por los libros era evidente, incluso si las palabras se le resistían.

Era la mejor persona que había conocido, sin contar a Lira.

Ella era delgada, su pelo siempre estaba recogido con horquillas torcidas, y llevaba las mangas arremangadas aunque hiciera frío. Tenía las manos llenas de cortes pequeños, y su voz era baja, pausada, de esas que parecen no querer molestar, pero que cuando decían algo, se quedaban flotando en el aire mucho después.

Se encargaba de las reparaciones, y de consolar a los niños cuando se despertaban gritando. A veces escribía nombres nuevos en papeles y los escondía bajo las almohadas de los pequeños, aunque sabía que eso no cambiaría nada.

La verdad, aquel pequeño acto de rebeldía sí me cambió. Ahora soy SiNo, gracias a ella.

El camino crujía bajo mis botas rotas. El orfanato se alzaba igual que siempre, con las grietas de la fachada marcando los años, pero sin rendirse. Iba tan metido en mis pensamientos que no la vi venir, hasta que el olor a sopa me avisó.

Cassa estaba allí. A unos metros de la verja, con una cesta medio vacía colgada del antebrazo y el delantal aún húmedo en la esquina. Caminaba despacio y con el cuerpo erguido. El sol del atardecer le dibujaba una sombra alargada, y el moño deshecho dejaba escapar mechones que no se molestaba en domar.

—¡SiNo! ¿Has encontrado algo bueno?.

—Solo óxido y una sonrisa. Lo de siempre. ¿Qué haces aquí?

Le sonreí mientras ella se daba unos golpecitos en los riñones. Cassa es la cocinera del orfanato

Hablaba poco, pero cuando lo hacía, todos la escuchaban. Fue sanadora en su juventud, hasta que le arrebataron su nombre original. Desde entonces, solo curaba con caldo, y no con magia… O eso decía ella.

—Mañana es el cumpleaños del más pequeño, quería buscar un regalo para él.

Miré el cielo, pronto llovería y no iba a permitir que Cassa enfermase.

–¿Y por qué no me lo has dicho? —murmuré con un suspiro —Vuelve al orfanato, yo buscaré algo.

Ella dudó un segundo, luego me miró con ojos tristes.

—No quería molestarte —dijo, casi sin voz—. Ya haces bastante.

—Olvídalo —le respondí, tomándole la cesta vacía de las manos—. Me encargo yo.

Cassa se alejó despacio, arrastrando los pies por el barro seco. La vi perderse entre torres de chatarra que parecían lápidas oxidadas.

Volví al vertedero. Un hombre mayor discutía con una mujer por un trozo de metal abollado. Más allá, un chico delgado levantaba un carro lleno de piezas que parecían a punto de caerse. Alguien reía fuerte, con la garganta rota, mientras una radio sonaba mal desde una caja rota, mezclando estática con una vieja canción de feria.

Un niño me ofreció un destornillador a cambio de pan. No debía tener más de ocho años, y aun así, ya caminaba como si supiera lo que valía el óxido.

—Si ves algo con engranajes, avísame —me dijo—. Paga bien el tipo del sur.

—Claro —respondí, sin detenerme.

Las voces, los pasos, el zumbido del metal siendo cortado al fondo... todo vibraba. El vertedero estaba más vivo que nunca.

Después de horas buscando, me dejé caer sobre una plancha doblada de metal, buscando sombra, o quizás solo resignación. Ya no esperaba encontrar nada útil.

—Odio mi suerte —me dije, observando el montón de basura frente a mí.

Una esquina quemada de un papel asomaba entre dos láminas de plástico translúcido. Se había negado a morir del todo. Me acerqué y tiré con cuidado, esperando que se deshiciera en mis manos… pero no. El pergamino respiraba, aunque fuera con ceniza.

Era grueso y antiguo. La tinta había resistido el fuego, o quizás el fuego la había respetado.

—Cada día me parezco más a Dora —dije, sonriendo.

No había mucho escrito. Solo una palabra, un nombre que no conocía, y que tal vez no debía existir.

La sonrisa murió en mis labios. Sentí la garganta reseca y los dedos me temblaban. Miré el pergamino una vez más. La palabra parecía moverse, aunque no cambiaba de forma ni de lugar. Entonces la pronuncié, como si fuese un conjuro.

La tierra vibró bajo mis pies, una chispa invisible me arañó la nuca y, cuando levanté la vista, el vertedero había cambiado.

La vibración desapareció tan rápido como había llegado, pero dejó algo en el aire. Un zumbido leve, imperceptible... Las cosas parecían haberse desplazado medio centímetro fuera de su sitio y se negaban a volver.

Me puse en pie, despacio. El pergamino, que debería estar en mi mano, se había convertido en cenizas esparcidas por el suelo.

Los montones de basura seguían en su sitio, pero los bordes brillaban con nitidez recién nacida. Los colores, antes apagados, resplandecían con un matiz insólito. El plástico sudaba una humedad ajena al aire. El metal devolvía reflejos de una luz sin origen. El cielo de ceniza seguía ahí, inmenso, gris, aplastante… pero ahora mostraba profundidad. Una hondura que no invitaba a mirar demasiado tiempo.

Me pasé la mano por la nuca; aún tenía la piel erizada. Di dos pasos y el suelo crujió. Cada fragmento de plástico, cada astilla, se rompía con una presencia que parecía calculada.

Entonces me di cuenta de algo más: nadie hablaba. No había ninguna voz humana, ni risa de chatarreros, ni el ruido lejano de los recolectores mecánicos.

Me puse a correr. Algo no encajaba en todo eso y solo quería llegar al orfanato y olvidarme de ese pergamino y del nombre que había dicho en voz alta.

—No pasa nada. Solo es mi imaginación… supongo.

El camino hasta el orfanato se hizo más largo de lo habitual. No porque hubiese más distancia, sino porque mis pasos ya no encajaban del todo en el suelo que conocía. Cada esquina, cada sombra, cada crujido me hacía saltar.

Al girar la última curva, apareció el portón trasero del Orfanato del Sol Tardío. Seguía siendo el mismo rectángulo viejo de metal con bisagras oxidadas y pintura descascarada, pero algo en el aire me ponía nervioso.

Apenas crucé el umbral, escuché las voces, risas y zapatos desparejados corriendo. Manos pequeñas golpeaban la chapa oxidada como si anunciaran una fiesta no planificada.

—¡SiNooo! —gritaron en coro mientras las caras se asomaban entre los barrotes y las grietas del muro.

Corrían hacia mí con los brazos en alto. Algunos llevaban muñecos atados al cuello con cordones; otros venían con los pies descalzos, llenos de polvo. Todo seguía igual… hasta que los vi de cerca.

Flotando sobre sus cabezas, vibraban palabras. Nombres.

Uno por niño. Algunos dorados, otros azulados, algunos con destellos que se encendían y apagaban, pero todos suspendidos sin tocar nada. Sin reflejar sombra.

Y lo más extraño era que los niños no los veían.

Se reían, me abrazaban, me rodeaban, me preguntaban si traía algo. Uno me tocó el abrigo, buscando el bolsillo secreto donde a veces escondía peluches. Pero yo no podía apartar la vista de lo que brillaba sobre ellos.

Vi el de Lulo: Leiron. La pequeña de ojos de tinta: Aliax. La niña que nunca hablaba: Is.

Todos tenían uno sobre sus cabezas.

—¡Vamos, niños! El último en llegar contará un cuento antes de dormir —grité, mientras me llevaba la mano al pecho, donde el corazón latía demasiado rápido.

Los niños entraron al orfanato entre risas y carreras, empujándose para atravesar la puerta antes que el otro. Lulo se tropezó con una piedra y se levantó sin llorar. Aliax giró sobre sí misma tres veces, como si bailara con una música que solo ella oía. Ninguno parecía notar lo que había sobre ellos.

Me quedé un momento más en la puerta, buscando aire e intentando hacer desaparecer la presión que crecía en mi pecho. Entonces noté que uno de ellos no se había ido.

Era el más pequeño. Tenía los pies sucios y ojos oscuros. Me miraba sin decir nada, con la cabeza inclinada y las manos detrás de la espalda. Era uno de los pocos que no tenía un peluche en su cuello.

Me agaché y abrí mis brazos. El niño no retrocedió, al contrario, corrió a mis brazos para resguardarse.

—Te he traído esto —le di un osito de peluche. Le faltaba una pata y era grisáceo, quizás por la suciedad, o quizás ese era su color original.

—¡Gracias, SiNo! —el niño se puso a saltar de felicidad.

Sobre él, flotaba una palabra breve y firme, con letras azules que respiraban despacio.

—¿Aún no has encontrado el papel con tu nombre?

Me pareció extraño que Lira no le hubiera regalado la nota. El pequeño negó con la cabeza y me rompió el corazón ver como su expresión, antes radiante, ahora se rompió casi en llanto.

—Este nombre es tuyo —murmuré, apenas moviendo los labios—. Nadie puede quitártelo. Te llamas...

Lo dije y el mundo se partió.

Un trueno nos ensordeció. No vino del cielo: brotó desde la tierra, desde dentro del muro, desde los huesos del orfanato. Al instante, un relámpago rasgó el aire, iluminando cada rincón del patio trasero.

Por un segundo, todo flotó.

El cabello del niño se alzó, sus pupilas se dilataron y sus pies se despegaron del suelo, como si la gravedad se hubiese olvidado de él. El nombre sobre su cabeza se incendió en azul y luego se derramó hacia sus hombros, hacia sus manos, hacia su espalda.

Y entonces cayó de rodillas, jadeando. Lo abracé. ¿Qué había hecho?

El pequeño seguía temblando, aferrado a mí con los brazos tensos y la respiración entrecortada. Su cuerpo aún vibraba con chispazos invisibles.

—Todo está bien, estás a salvo —le susurré, acariciándole el pelo sucio.

Él asintió sin dejar de llorar. Lo llevé en brazos hasta la puerta y lo dejé con Aliax, que salió sin que yo la llamara. Lo tomó de la mano como si supiera qué hacer.

—Vamos a cenar, pequeño.

Los observé mientras se alejaban y caminé por el pasillo hasta el despacho de Dora. El suelo crujía más de la cuenta bajo mis pasos. Las paredes, siempre apagadas, parecían escucharme. No sabía si debía contarle todo, pero algo dentro de mí ya lo había decidido.

Golpeé dos veces.

—Pasa.

Dora estaba de pie junto al escritorio, hojeando uno de sus libros rotos mientras andaba. Se giró y frunció el ceño. Supo al instante que algo no estaba bien.

—¿Qué ha pasado?

Tragué saliva. Dora también tenía un nombre sobre su cabeza, siguiéndola con cada paso que daba.

El despacho olía a té viejo y a papel húmedo. No se escuchaba nada salvo alguna risa muy lejana… y mi corazón a punto de explotar.

—Uno de los niños… cambió. No sé cómo explicarlo. Le dije su nombre —contesté.

Dora cerró el libro con lentitud, dejando una mano sobre la tapa y me observó sin pestañear.

—¿Cuál nombre?

—El que flotaba sobre su cabeza.

No dijo nada, solo esperaba que continuase.

—Lo dije en voz baja. Y algo pasó. Un trueno, luz, el niño se... No puedo describirlo.

Dora respiró hondo. No parecía sorprendida y se sentó despacio.

Yo bajé la mirada, de pronto incapaz de sostener su atención, y entonces lo vi.

En la superficie pulida del archivador metálico, justo al lado del escritorio, estaba mi reflejo. Cansado, sucio, jadeando todavía. Pero no fue eso lo que me detuvo.

Sobre mi cabeza también flotaba una palabra.

El mismo nombre que había leído en el pergamino.

Mi nombre.

Me quedé inmóvil, sentía las piernas disolverse. Era real, no me lo había inventado, no había sido un sueño ni una alucinación.

Dora bajó la vista al libro cerrado y yo me olvidé de respirar.

—Vas a tener que contármelo todo.

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