forbidden love: Parte 1

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Summary

En la vibrante ciudad de Lirael, donde la primavera florece entre colores y festividades, Kaelion, un joven solitario, busca refugio en la naturaleza y en los libros. Pero su tranquilidad se rompe una noche cuando, en un callejón oscuro, unos ojos turquesa lo observan desde las sombras. Desde entonces, su mundo empieza a resquebrajarse: una sombra en el balcón, un golpe en la ventana y una horquilla con forma de rosa roja que parece tener voluntad propia. A la mañana siguiente, todo da un giro aún más inquietante cuando conoce a Seraphina Nocturne, la nueva empleada de la librería donde trabaja. Ella posee los mismos ojos del callejón y reconoce la horquilla como algo suyo. Una nota escrita por ella deja claro que su encuentro no fue casual: "Gracias por cuidar de lo que me pertenece". Kaelion se ve arrastrado a una espiral de secretos antiguos, símbolos olvidados y lenguas muertas, mientras extraños sueños y memorias fragmentadas comienzan a revelarse. En medio del polvo de los libros y la cercanía de Seraphina, deberá enfrentarse a una tragedia de su infancia que aún sangra en su memoria. Entre lo arcano y lo cotidiano, entre la atracción y el misterio, Kaelion descubrirá que recordar no siempre es seguro. A veces, la memoria es la llave. Y otras veces... la condena.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capitulo 1: La horquilla

Era un día de primavera. El viento soplaba suavemente, los árboles se teñían con sus flores de colores vibrantes y el sol brillaba con intensidad, marcando que eran las 12:00 horas del mediodía. En ese mismo día, en la ciudad de Lirael, se celebraba el primer día de primavera, una festividad que hacía que los habitantes salieran a las calles para dar la bienvenida a la estación con alegría y música.

Yo recién salía de trabajar, agotado después de haber trabajado dos turnos seguidos. Mis piernas pesaban como plomo y mi cuerpo aún conservaba la fatiga de las largas horas en las que no pude descansar. Caminaba tranquilamente, mientras el sol de mediodía bañaba mi rostro. Llevaba una camiseta blanca, pantalones azules oscuros y unas zapatillas de trabajo. No tenía prisa, solo quería escapar del bullicio de la ciudad, encontrar un lugar tranquilo donde pudiera estar solo, pensar y despejar mi mente.

Caminando por la vereda, me dirigía hacia las afueras de la ciudad. Mientras lo hacía, las calles de Lirael se llenaban de banderines de colores que colgaban de las farolas, creando un ambiente festivo. La multitud que se cruzaba en mi camino parecía apresurada, todos iban con una sonrisa en el rostro, como si la primavera les diera una energía nueva. Yo, sin embargo, caminaba lento, casi como si quisiera alargar ese momento de soledad, de desconexión.

Tras aproximadamente una hora de caminata, llegué a las afueras de la ciudad. Al fondo, un campo se extendía ante mí. Decidí dirigirme hacia él, sabiendo que el aire fresco y la calma del campo serían el bálsamo perfecto para mi agotada mente. Al llegar, sentí la brisa fresca acariciando mi rostro, como si el viento me hablara en silencio, tranquilizándome. El paisaje estaba lleno de flores que salpicaban el verde pasto, creando un manto multicolor. Me senté en el suelo, dejando que mis pensamientos se disiparan poco a poco.

En la distancia, vi un árbol. Me levanté y me dirigí hacia él. Al acercarme, descubrí que se trataba de un hermoso cerezo en plena floración. Sus ramas colgaban repletas de flores rosadas que se mecían suavemente con la brisa. Me senté bajo su sombra, apoyando mi espalda contra el tronco, y saqué de mi mochila un libro que había traído para este tipo de momentos. Era una novela tituladaThe Detective. Mientras leía, la brisa me acariciaba el rostro, y los aromas de las flores llenaban mis sentidos. Era una sensación de paz absoluta. Terminé el libro en poco tiempo, sin darme cuenta, y me quedé allí, tan relajado que la fatiga desapareció. El lugar me envolvía con su tranquilidad, y pronto caí en un sueño profundo, en donde nada parecía importar.

Desperté al caer la noche. El cielo se había oscurecido, y las primeras estrellas comenzaban a brillar tímidamente. Miré a mi alrededor, notando que había pasado más tiempo del que pensaba. Decidí regresar a casa, sabiendo que me esperaba una buena noche de descanso. Comencé a caminar de nuevo hacia la ciudad, pero al hacerlo, el aire fresco de la noche me llenó de una extraña sensación. Estaba solo, pero no me sentía incómodo. La ciudad quedaba atrás, y el silencio de la noche parecía envolverlo todo.

Mientras caminaba por las oscuras calles, decidí tomar un callejón que, por su corta distancia, me llevaría más rápido a mi hogar. El callejón estaba sumido en una oscuridad casi total, apenas se podía distinguir la forma de las paredes. Fue entonces cuando escuché algo que rompió el silencio absoluto: una melodía. Una suave melodía que se filtraba en mis oídos, cálida y delicada, como un susurro.

Intrigado, decidí seguir la melodía. Mi corazón latía más rápido, pero no sentí miedo, solo una extraña curiosidad. Mientras me acercaba, la canción se volvía más clara, pero cuando llegué al final del callejón, el sonido cesó de repente. Un silencio absoluto llenó el lugar, y una sensación de inquietud comenzó a invadir mis pensamientos.

Fue entonces cuando vi algo moverse. Primero, solo un leve giro, como si alguien hubiera mirado en mi dirección. Y allí estaban, unos ojos. Eran ojos turquesa, de un brillo profundo e inconfundible, que me observaban con curiosidad desde la penumbra. Me quedé quieto, observando aquellos ojos, sin poder moverme. La figura que los acompañaba se encontraba oculta en las sombras, pero esos ojos eran imposibles de olvidar. Sentí cómo la tensión en mi cuerpo crecía. La figura, tras un instante, salió disparada, corriendo por el callejón a gran velocidad. Intenté seguirla, pero en cuanto me acerqué, desapareció en la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.

Me quedé quieto por un momento, respirando profundamente, tratando de entender lo que acababa de suceder. ¿Qué había visto? ¿Era real? Sacudí la cabeza, desechando la idea de que mi mente había jugado una mala pasada debido al cansancio. No podía dejar que esa extraña visión me atormentara. Así que continué mi camino, intentando calmarme.

Finalmente, llegué a casa. Abrí la puerta y entré, aliviado de estar de vuelta. La casa estaba en penumbras, y el único residente hasta ese momento era el silencio. Cerré la puerta detrás de mí y encendí las luces, que iluminaban con fuerza cada rincón. Me dirigí a la cocina para prepararme un té, cuando de pronto escuché un golpeteo suave, casi imperceptible, proveniente del balcón.

Al principio pensé que era algún gato buscando comida, pero no le presté mucha atención. Seguí con mi tarea. Sin embargo, cuando terminé de preparar mi té y me senté en el sofá, esa misma sensación de inquietud regresó. Miré hacia la puerta del balcón, que estaba cubierta por unas cortinas blancas. Y fue entonces cuando la vi.

Una sombra estaba de pie en el balcón, casi inmóvil. El frío comenzó a recorrer mis pies y a subir por mi cuerpo, erizando mi piel. No podía moverme, el miedo me paralizó. Escuché nuevamente el golpeteo en el vidrio, suave, casi como un llamado. La sombra se movió hacia la puerta, como si esperara que la abriera.

Finalmente, reuní valor y me acerqué a las cortinas. La incertidumbre y el temor llenaban mi pecho, pero, con una profunda exhalación, las corrí de golpe. Para mi sorpresa, no había nadie.

La sombra había desaparecido. Con el corazón aún acelerado, abrí la puerta y salí al balcón. Solo había un gato callejero, de pelaje gris y algo desordenado. Maulló, como si pidiera ayuda. Sentí una extraña mezcla de alivio y desconcierto. Decidí darle algo de comer. Corrí a la cocina, le traje un poco de atún y lo dejé comer tranquilo.

Pensé que todo aquello había sido solo una consecuencia de la fatiga y la tensión. Sin embargo, cuando regresé al salón, me percaté de algo que no había visto antes: una horquilla, en forma de rosa roja, tirada en el suelo cerca de la entrada. Junto a ella, un broche de oro brillaba tenuemente bajo la luz de la luna. La horquilla emitía un resplandor extraño, casi hipnótico.

Me agaché y la recogí, pensando que la guardaría hasta que la dueña viniera a reclamarla. ¿Quién habría perdido algo tan delicado y hermoso? Decidí que, si algún día volvía a verla, le devolvería su tesoro.

Volví al salón, cerré la puerta y dejé las cortinas abiertas, por si la sombra decidía regresar. Me senté en el sofá, colocando la horquilla junto a mi taza de té. El brillo de la horquilla parecía atraer mi mirada, como si me hipnotizara con su resplandor. Sentí una paz repentina, una calma que nunca antes había experimentado, y me quedé dormido allí, en el sofá, soñando con la figura de la sombra que regresaría por su preciado objeto.

Lo último que recuerdo de esa noche es que la horquilla brillaba intensamente, su luz parecía moverse suavemente al ritmo de mi respiración, como si tuviera vida propia.-