Capítulo 1
En el Santuario...
—¡Por Athena, Camus, deja de entrenar! ¡Vas a hacerle daño al bebé! ¡Hyoga tiene hambre! —exclamó Milo, entrando al campo de entrenamiento con el ceño fruncido.
—No exageres. Apenas es un niño, no da trabajo. Y necesito seguir entrenando —respondió Camus con serenidad, sin detenerse.
—Yo también debería entrenar, pero no puedo si tú no descansas.
Camus sonrió con dulzura y se acercó a él con aire juguetón.
—Vale, mi bichito. Te ves hermoso cuando te enojas —dijo haciendo un puchero.
—Así no se vale —gruñó Milo, desviando la mirada—. Eso que haces me desarma.
—Te amo —susurró Camus, sincero.
Milo se acercó y rozó su frente con la de él.
—Y yo a ti —le respondió, tomando con cuidado al pequeño Hyoga en sus brazos—. Vamos, vamos a preparar algo para este pequeño… y para ti.
Camus asintió con ternura, acariciando la mejilla de Milo. Juntos se dirigieron a su hogar.
Una vez en casa, comenzaron a preparar la comida. Cocinaron rápido, pero el resultado fue un pequeño desastre culinario entre risas, harina en la ropa y sartenes fuera de lugar. Aun así, lograron tener todo listo y, finalmente, comieron con tranquilidad.
Después del almuerzo, mientras recogían los platos, Camus rompió el silencio.
—Entrenemos juntos, mi amor.
—¿Estás seguro? Puede ser muy agitado para el bebé… —respondió Milo con preocupación.
Camus se acercó, tomó su rostro entre las manos y acarició suavemente sus mejillas.
—No me harás daño. Es solo un entrenamiento, ¿recuerdas?
Milo sonrió, sus ojos brillaban con cariño al mirarlo.
—¿Cómo podría olvidar cuando te conocí…? —murmuró antes de besarlo, con la misma pasión de la primera vez.