El Origen
Mi nombre es Anastasia. Y lo que soy... no tiene nombre en los libros que conoces.No aparezco en cuentos, ni en leyendas. No pertenezco a ningún linaje, aunque llevo sangre de dos.Soy lo imposible. Lo prohibido. Lo necesario.Y para entenderme... tienes que empezar desde el principio.
Cuando nací, apenas respiraba. Mi piel era ceniza, y mis ojos —dijeron— estaban tan quietos como si no quisieran ver este mundo.Nadie sabía qué me ocurría. Los médicos murmuraban diagnósticos confusos mientras mi madre sostenía mi mano como si pudiera evitar que se deshiciera. Y en cierto modo, eso hizo.
—No hay nada que podamos hacer —le decían, una y otra vez—. Será cuestión de días. Quizá horas.
Pero ella... no era como otras madres. No lloraba frente a ellos. No se quebraba. Solo asentía, tomaba su abrigo, me envolvía más fuerte y salía del hospital con los labios apretados y los ojos encendidos por una fuerza que parecía venir de otro lugar.
Esa noche, decidió romper las reglas de la razón.
Yo tenía tres días de nacida. Y la luna, que se escondía entre nubes agitadas, estaba en su fase creciente, con una mueca afilada en el cielo.Mi madre cruzó el bosque que separaba nuestra casa de la periferia. El camino estaba empapado por la lluvia, pero ella corría igual, con los pies descalzos y la ropa pegada al cuerpo, como si no sintiera el frío.
Al final del sendero, una casa solitaria la esperaba.Era más vieja que cualquier construcción cercana. Su tejado estaba vencido en un costado, y la cerca era poco más que madera podrida. Sin embargo, la puerta... una pesada plancha de pino con tallas antiguas y marcas que parecían susurrar, estaba intacta.
Mi madre no dudó. Levantó la mano para tocar... pero antes de que sus nudillos hicieran contacto, la puerta se abrió sola.
James estaba allí. Alto, inmóvil, pálido, con esa expresión que uno solo ve en personas que han vivido siglos. Tenía el rostro de un dios griego y los ojos de alguien que ha enterrado demasiadas cosas. Pálido, pulcro, distante.
—¿Qué haces aquí, Claudia? —dijo sin emoción.
—Lo sabes —respondió ella, con la voz casi quebrada—. No me queda nadie más.
James se quedó en silencio. Algo se agitó en su rostro —culpa, quizás, o cansancio—, y se hizo a un lado.
—Pasa. Pero no prometo nada.
Mi madre entró. Sus pasos resonaban sobre la madera húmeda.
—Tienes que intentarlo. No puedes dejarla morir. Es mi hija... y es parte de esto. Parte de ti también.
James bajó la mirada. Fue entonces cuando apareció otra figura, con la misma sutileza que un pensamiento molesto.
—¿Ella es Claudia? ¿Y esa... es su bebé? —dijo una voz burlona.
Ian surgió del interior, descalzo, sin camiseta, apoyado en el marco de una puerta como si estuviera en su propia historia. Piel color canela, de cuerpo firme, y su sonrisa no pedía permiso.
—Vaya... así que era cierto. El destino decidió no esperar más.
—Ian —gruñó James—. No empieces.
—Solo digo que si esta criatura va a cambiar el mundo, mínimo quiero presenciarlo desde la primera fila —respondió Ian, dejándose caer en un sillón.
Mi madre lo miró con desconfianza.
—¿Quién es él?
—Un licántropo —dijo James—. Y sí, está de nuestro lado... por ahora.
—Encantado —sonrió Ian—. No te preocupes, solo muerdo si me lo piden. Bueno... a veces no pido permiso.
Ella ignoró la provocación. Observó la casa: era más grande por dentro, como si el espacio se doblara sobre sí mismo. Estaba llena de libros antiguos, candelabros apagados y vitrales con figuras incomprensibles. Un lugar detenido en el tiempo.
—No confío en él —susurró ella a James.
—Tampoco lo hago yo —respondió él, y eso pareció reconfortarla un poco.
Entonces James se acercó a una repisa y tomó un objeto envuelto en terciopelo. Lo abrió con cuidado: era una carta manchada por el tiempo.
—¿Recuerdas esto? —preguntó—. El oráculo nos advirtió.
Ella asintió, en silencio.
—“Engendrarás una criatura única. Peligrosa. La niña nacerá con un don... y una maldición. Enferma desde su primer aliento. Solo la conversión podrá salvarla. No será ni vampiro, ni licántropo, sino ambas cosas. Pero el ritual debe hacerse en su tercer día, bajo la luna creciente. Si no, morirá.”
Mi madre cerró los ojos. La profecía era más real de lo que alguna vez creyó.
—¿Qué hacemos ahora?
—La mordedura —respondió James—. Nuestra sangre. Juntas. Solo así funcionará.
—¿Y si no resulta?
—Entonces... la perdemos para siempre.
El silencio se apoderó de la sala. Ian se incorporó lentamente.
—¿Cómo vamos a llamar a esta criatura? —preguntó, rompiendo la tensión—. “Vampilobo” suena ridículo.
—¿Licantropiro? —dijo mi madre, insegura.
James alzó una ceja.
—Suena forzado... pero tiene algo. Será licantropiro, entonces.
—Treinta segundos —avisó Ian, revisando su reloj.
James me tomó en brazos. Su mirada era firme. Ian se acercó, colocándose a su lado. Por primera vez, su sonrisa desapareció.
—¿Listos?
—Nunca lo estamos —dijo James—. Pero no tenemos otra opción.
—Diez... nueve... —contó Ian, casi en un susurro—. Cinco... cuatro... tres... dos... uno.
Dos pares de colmillos se hundieron en mi piel.
El dolor fue inmediato, profundo, insoportable. Un llanto desgarrador rompió la quietud. La casa tembló. Las luces parpadearon. Las ventanas vibraron como si una tormenta invisible quisiera entrar.
Y entonces...
El aire se volvió denso. La sangre corrió con una fuerza nueva. Algo dentro de mí despertó. Algo que no era humano. Algo que siempre había estado esperando.
Y así... nací por segunda vez.No como una niña enferma.Sino como el primer licantropiro del mundo.