Capítulo 1
Agua y aceite
Capítulo 1
Del caos al orden
Los disturbios callejeros han aumentado en estos momentos. Los reporteros de los canales de televisión local están todos en las calles reportando incidencias.
Las grandes tiendas y supermercados han tenido que cerrar sus puertas, obligados por los constantes saqueos.
Los neumáticos de los vehículos se encuentran incendiados en todas partes. Ya nadie está seguro.
La policía nacional ha sido disuelta de forma no oficial. Los agentes poco a poco ya no son los locales; de manera gradual, los recién llegados habían estado suplantando a los locales.
—Señor presidente, las cosas se han salido de control en las calles. Reina el caos. Ya no tenemos control absoluto de la policía; en su mayoría, son del lado enemigo.
—Manden a la guardia y la marina a las calles. Quiero que el orden se restablezca —gritó el presidente al gabinete de seguridad nacional.
Un general le dice al presidente con tono firme: —Bájale algo, aquí entre nosotros. Sabemos que hemos llegado al punto de no retorno.
—¿General, está desacatando usted una orden directa del presidente?
—De ninguna manera, señor presidente. Solo quiero recordarle que, si sale herido uno de esos vecinos nuestros, todo el mundo nos juzgará como abusivos y nos retirarán todo financiamiento. Cualquier miembro del cuerpo del orden que le inflija algún daño a uno de los vecinos será sometido a grandes castigos. Por eso no creo que sea bueno activar a todas las fuerzas de seguridad.
—¡Maldición! ¿En qué estábamos pensando cuando cedimos todo por ir detrás de migajas internacionales? —exclamó el presidente.
De manera abrupta, el ministro de relaciones internacionales se presenta a la reunión de emergencia. —Llegas muy tarde, ministro —señaló el presidente con tono áspero—. Estamos en busca de soluciones efectivas para controlar las calles.
—¿Qué sugiere usted, señor ministro? —inquirió el presidente mientras le brotaba una gota de sudor en la frente.
—La situación actual requiere un amplio despliegue de las fuerzas antimotines. Todavía tenemos el control de un pequeño grupo de policías locales. Les sumaremos a los miembros de élite del ejército y la marina. Los equiparemos con bastones de seguridad, escudos, chalecos antibalas, cascos, etc. Usaremos los camiones cisterna para lanzar chorros de agua para dispersar a los manifestantes. Además, ordenamos el uso de gases pimienta y lacrimógeno a discreción.
Quedó decidido ese mismo día. Todas las fuerzas del orden salieron a las calles. Para su sorpresa, encontraron las calles desiertas. No había un alma circulando en las calles. La única evidencia de que algo desastroso había pasado fue el gran cúmulo de basura que se encontraba por las aceras y el medio de las calles, neumáticos incendiados y algunos aún en llamas.
Está claro que ya estaban bien organizados. De antemano sabían que las fuerzas del orden llegarían y por eso habían abandonado la zona cero.
El resto del día transcurrió con normalidad, con excepción de que los hospitales quedaron destrozados y las tiendas y supermercados quedaron destrozados.
A decir verdad, las autoridades se demoraron una eternidad para tomar cartas en el asunto.
—Ya estamos cansados de tanta ineficacia frente a estos vecinos nuestros —dijo en voz baja un cabo de la policía.
De pronto se da cuenta de que no es el único que piensa en voz alta y que tienen el mismo sentir.
—Me acabo de enterar de que los vecinos maleantes asaltaron el negocio de mi familia y, por motivo de que ellos ofrecieron resistencia, los masacraron sin piedad.
Allá en el fondo se oyó el himno nacional.
Nunca antes el himno nacional había arrancado tantas lágrimas, movidas por la impotencia, rabia y por el amor a la patria que ardía en sus pechos.
—Compañeros, hoy al escuchar el himno nacional nos queda claro que el bando a seguir es la ruta del martirio. Nuestro himno nos invita a luchar por nuestra libertad —gritó el comandante del batallón.
Ese mismo sentimiento se fue extendiendo por todos los cuerpos armados de manera simultánea, sin que ninguno hiciese ninguna conspiración. El amor a la patria había despertado; verla en agonía les abrió los ojos.
Ahora más que nunca la patria nos llama. Somos hijos de esta tierra; nuestros padres nos la dejaron por herencia tras grandes sacrificios que incluyeron el derramar su propia sangre.
Había nerviosismo en los pasillos del palacio nacional.
—Presidente, hoy al pasar lista entre nuestros generales, apenas dos dijeron presente. Los otros mandos abandonaron sus puestos, pero eso no es todo: se han llevado todos los equipos que tenían disponibles. Nos superan en número. No creo que usted esté a salvo bajo esas circunstancias.
—Llame al secretario de Estado de los Estados Unidos —dijo el presidente.
—Señor presidente, el secretario de Estado ha dicho que no reconoce a ningún líder que venda a los suyos por migajas de organizaciones internacionales que solo buscan la destrucción de esta gran nación.
—Ya no espero más —dijo el presidente muy agitado—. Prepara el avión presidencial para llevar a toda mi familia de inmediato. Nos vamos de aquí.
—A la orden, presidente —dijo el más leal de la guardia presidencial.
Una vez la familia presidencial fue reunida, abordaron el helicóptero que los llevó al aeropuerto.
Un gran pelotón rebelde ya se encontraba en el aeropuerto, así que cuando el helicóptero presidencial aterrizó, sorpresa... fueron apresados por los grupos rebeldes.
Otros comandos tomaron prisioneros al vicepresidente, al presidente del Senado y al presidente de la Suprema Corte.
Habían caído los traidores. Una vez consumada la toma del poder, se hizo el anuncio al pueblo de cómo una nueva junta gobernativa dirigiría los destinos del país.
—Pueblo dominicano, por fin el pueblo ha decidido su destino. Queda establecido desde hoy que en todo nuestro país vuelve a ondear la bandera tricolor con su escudo emblemático reestablecido, con la Biblia y la cruz en el centro, con las palabras sacrosantas de Dios, patria y libertad.
Como nueva junta gobernativa, anunciamos la disolución de los partidos tradicionales, quienes nos han traicionado por tantos años, llevándonos a la ruina en la que nos encontramos.
Somos garantes de la libertad del pueblo. También echamos fuera a todas las organizaciones parasitarias que imponen sus agendas oscuras a nuestro pueblo.
Desde ya, los vecinos deben irse por las buenas a su propio lugar o, de lo contrario, los echaremos a patadas de nuestra hermosa tierra.
Introduciremos una nueva cláusula a la constitución que deje claro que solo un descendiente directo de nuestros padres, quien sea de pura cepa, puede dirigir los destinos de nuestro país.
También queda establecido que quien no vele por los intereses nacionales por encima de los propios será automáticamente revocado.
¡Que viva nuestro pueblo! ¡Que Dios bendiga a nuestro pueblo!
Esa noche, todo el pueblo salió a celebrar en las calles. Los vecinos abandonaron la ciudad a toda prisa, temiendo represalias del pueblo tricolor o la armada nacional, que habían iniciado una cacería humana.
—No quedará ninguno aquí —dijo un ciudadano enfurecido—. Ya estamos cansados de todas sus inconductas.
De pronto, se escuchó un bullicio que venía desde el callejón. Era un vecino que corría por su vida. “¡No escape!“, gritaba un agente de las fuerzas elite mientras lo perseguía en su moto especializada.
—¡Cuidado! ¡Anda con un machete en la mano! —exclamó otro ciudadano que estaba en los alrededores.
—¡Mira! ¡Ya lo atraparon! —dijo un curioso que pasaba por ahí.
—De ésta no se nos escapan —dijo el curioso.
—¡Pronto, pronto! ¡Escóndanse! —les decían algunos ciudadanos a los vecinos traicioneros.
Aún en medio de tanta conmoción, todavía quedaba un grupo de traidores de la sagrada patria tricolor.
—Aquí Águila a Nidal, responda.
—Aquí Nidal, adelante Águila.
—Águila, hemos detectado al grupo de traidores y ya sabemos dónde se esconden los vecinos. No pudieron salir tan deprisa; los ocultan en las escuelas y en los clubes culturales.
—Nidal, tal como lo sospechábamos.
—Águila, espero órdenes.
—Nidal, dejen que todos se vayan a dormir y cuando esté a punto de amanecer, caigan por sorpresa. Queremos a los vecinos y a los traidores; no importa quién caiga. Si les ofrecen resistencia, recurran a cualquier método pertinente para devolver la agresión.
—Águila, copiado, Nidal.
—Necesito hablar con mi abogado —gritó el presidente desde una celda común—. Es ilegal que me arrojen a una cárcel común.
Decía el presidente mientras le sudaba la espalda, como si estuviera bajo el sol cargando bloques de construcción.
—Aquí no tienes privilegios —le gritó un guardia—. Ya verás lo que te toca hoy —dijo uno de los reclusos.
—Dios mío, sálvame de esta —dijo el presidente—. Te prometo que si salgo ileso de aquí, me voy a portar bien, cumpliré mis promesas y no tomaré lo que no es mío.
—Carne fresca —dijo otro recluso lleno de tatuajes al verlo. El presidente tragó en seco y se dijo para sí mismo: “Yo creo que de ésta no me salvo”.
Se acercaban las cinco de la mañana, y los guardias cayeron de sorpresa al lugar donde estaban los vecinos y sus cómplices. Todos fueron apresados y pasados por la televisión nacional. De esta manera, todo el mundo se enteró de quiénes eran los cómplices de los vecinos.
Los reporteros llegaron al lugar del incidente, cámaras y micrófonos en mano, ansiosos por capturar la esencia de la tensa situación. Los complices de los vecinos, con rostros demacrados y ojos llenos de determinación, abogaban por los derechos de los vecinos a recibir un trato digno. “No son criminales”, gritaban. “Son seres humanos que merecen respeto y justicia”.
Mientras tanto, los miembros de seguridad hacían todo lo posible por no maltratar a los complices y a los vecinos. Los agentes, con rostros serios y manos firmes, pero sin violencia, guiaban a los detenidos hacia los camiones que los llevarían a la nueva cárcel.
La prensa tradicional, con sus periodistas y cámaras, se alineó del lado de los complices y los vecinos. “¿Por qué se les trata de esta manera?“, preguntaban. “¿No tienen derecho a un juicio justo?“.
Por otro lado, la prensa independiente, que trabajaba en las redes sociales, se mostraba a favor de que se apresara a los traidores y que los vecinos fueran expulsados a su país. “Son una amenaza para nuestra seguridad”, escribían. “No podemos permitir que sigan aquí“.
El vocero de las fuerzas del orden, con un tono calmado y profesional, dio sus declaraciones. “Todo se llevó a cabo siguiendo el protocolo que protege los derechos de los detenidos”, dijo. “No hubo abusos ni maltratos. Los detenidos serán llevados a la nueva cárcel, donde recibirán un trato justo y humano”.
Finalmente, todos los detenidos fueron conducidos a los camiones, que los llevarían a su nuevo destino. La multitud, que había estado observando la escena, comenzó a dispersarse, mientras los reporteros continuaban grabando y tomando notas. La situación era tensa, pero la calma y la profesionalidad de las fuerzas del orden parecían estar conteniendo la situación.
Los camiones se pusieron en marcha, llevando a los detenidos hacia la nueva cárcel, que había sido inaugurada recientemente tras el ascenso de la nueva junta gubernativa. La incertidumbre sobre el futuro de los detenidos y de los vecinos planeaba en el aire, mientras la prensa y el público esperaban ansiosos por conocer el resultado de este dramático incidente. La pregunta era: ¿qué pasaría ahora?