Capítulo 1: Nacido en la Oscuridad
La oscuridad. Un vacío sin forma ni fin. Así comenzó todo.
El hombre que fui ya no existe. Morí... o al menos eso creí. Un instante estaba cayendo por un abismo de desesperación, y al siguiente, desperté envuelto en un hedor nauseabundo, rodeado de chillidos agudos y cuerpos arrastrándose por el suelo húmero.
—¡Grah… ah…!
Mis primeras palabras no fueron humanas. Mi lengua, tosca y extraña, no podía formar ni una sola frase coherente. Mi cuerpo era débil, mi piel verde y flácida. Tenía garras en vez de dedos y no superaba el metro de altura. Me había convertido en un goblin.
Había escuchado historias sobre renacimientos y segundas oportunidades… pero jamás imaginé vivir una. Mucho menos empezando desde la raza más baja.
Pero algo en mí era distinto. Mientras los otros goblins se golpeaban por un trozo de carne podrida, yo pensaba. Observaba. Aprendía. Mis sentidos eran más agudos. Mi mente, intacta. Yo no era un simple monstruo: era alguien atrapado en un cuerpo monstruoso.
La cueva donde habitábamos era miserable: charcos pestilentes, huesos dispersos, heces secas en las esquinas… y un ambiente que olía a muerte. No había líder, solo un goblin tuerto que chillaba más fuerte y comía mejor. Los pequeños sobrevivíamos en los bordes, alimentándonos de sobras, insectos, o incluso ratas.
El hambre era constante. Dormir era peligroso. Los mayores robaban a los pequeños. A veces, se alimentaban de ellos. En ese infierno, aprender a sobrevivir se volvió mi único objetivo.
Una noche, cuando me escondía en un rincón oscuro, escuché una voz. No provenía de la cueva… sino de algún lugar más profundo.
“Has sido elegido. Eres mi brote en el fango. Yo soy aquel que duerme bajo el eclipse. Cumple mi voluntad, y serás mi heraldo.”
Una marca ardió en mi pecho. Una estrella oscura con un anillo brillante. ¿Estaba enloqueciendo? ¿O de verdad un dios había puesto sus ojos en mí?
Desde ese momento supe: mi historia apenas comenzaba.
Pasaron los días. Aprendí a fabricar lanzas de hueso, a afilar piedras, a moverme en silencio. Estudiaba a los demás: el tuerto comía cerca del fuego, el más fuerte dormía sobre los huesos. Empecé a camuflarme. Me volví invisible.
Mientras otros goblins balbuceaban y peleaban, yo dibujaba con cenizas en la roca. Practicaba palabras. Miraba al techo pensando en estrellas.
—¿Qué haces? —preguntó una goblin pequeña, un día, al verme dibujando.
No supe responder. Solo sonreí. Ella también lo hizo.
Una noche, me aventuré más allá de los túneles conocidos. Allí encontré un rincón olvidado, cubierto de líquenes verdes que brillaban. Cerré los ojos y traté de recordar mi pasado: luces, una ciudad, una caída…
La marca en mi pecho volvió a arder.
Desde entonces, mis sentidos se agudizaron. Soñaba con lugares desconocidos, con estructuras antiguas bajo eclipses eternos. Era como si algo dormido dentro de mí empezara a despertar.
Y entonces vino la serpiente.
No fue un ataque inmediato. Escuché su silbido primero: “Shhhh… shhhh…”. Luego la vi. Enorme. Escamosa. De dos colas. Los goblins huyeron. El viejo chilló. Nadie actuó.
Yo sí.
Armado con una lanza de hueso, me interpuse. El miedo me paralizó un segundo. Pero esa voz… esa voluntad… me empujó.
Fue una pelea brutal. Me mordió. Me arrojó contra la roca. Me aplastó. Pero al final, hundí mi lanza en su ojo. La serpiente se desplomó.
Negro. Silencio.
Cuando desperté, todo dolía. Me arrastraba, jadeaba. Un goblin intentó robar mi comida y lo espanté con una roca. Nadie me ayudó. Nadie me miró dos veces.
Pero algo en mí se había activado.
Mis sentidos se agudizaban. Mi cuerpo sanaba más rápido. Y esa voz… esa voluntad… susurraba:
“Sangra. Aprende. Sobrevive. Y renace.”
Una noche, soñé con una silueta.
No era clara, pero estaba envuelta en luz lunar. Su presencia era abrumadora, como si la noche misma se inclinara ante ella. Su voz resonó:
“Te observo, brote mío. Ya diste el primer paso… pero aún no floreces.”
Desperté sudando, con el pecho ardiendo. La marca brillaba débilmente.
La cueva seguía igual. Pero yo… yo ya no era el mismo.
Al día siguiente, mientras los demás celebraban la carne de serpiente, me alejé y observé el horizonte rocoso desde la entrada de la cueva. Por primera vez, quise ver más allá.
Más allá del barro.
Más allá del miedo.
Más allá del destino miserable de los goblins.
Y así, sin saber cómo ni cuándo, nació el Brote Carmesí.