Jaulas
El otro día, al salir del trabajo, me di un pequeño paseo. Hacía tiempo que no me concedía ese lujo: caminar sin prisa, sin un destino concreto, solo para dejar que mis pensamientos me siguieran como un perro fiel. Fue entonces cuando me detuve, casi sin querer, y comprendí algo que me desarmó: ya no estoy perdida. No. Estoy encerrada…
Es curioso. Durante años he sentido que vagaba sin mapa ni brújula, como quien ha extraviado el sentido mismo de su existencia. Creía que mi gran problema era no encontrarme, no saber quién era ni hacia dónde ir. Pero ahora veo que no estoy extraviada: estoy enjaulada.
He construido una vida siguiendo un guion escrito por otros. Lo que “hay que hacer”. Lo que toca. Porque tengo 29 años y se espera de mí que persiga ascensos, que ahorre con disciplina, que compre una casa, pague deudas, busque una relación estable, construya algo parecido a una familia. Y en esa carrera he estado tan sumida —tan empeñada en alcanzar eso que supuestamente me haría feliz— que no me di cuenta de que el propio camino era la celda…
He cumplido con cada expectativa sin atreverme a preguntar si era lo que yo deseaba. Lo hacía para que mis jefes confiaran en mí, para que mis amigos sonrieran satisfechos, para que mi familia se sintiera orgullosa. Porque es “lo correcto”. Porque nos enseñan a crecer, crecer y crecer sin descanso. Porque sí, el sueldo está genial, pero ¿y si no soy feliz ni me siento plena? ¡Joder! ¿Y no tendría que ser eso más importante que el dinero?
Ahora me descubro preguntándome, quizá por primera vez con honestidad brutal: ¿qué quiero yo? ¿Dónde quiero vivir? ¿Con quién quiero compartir mi tiempo? ¿Preferiría ganar menos y vivir más? ¿Voy al gimnasio y hago dieta por salud o para encajar? ¿Me esfuerzo por quererme o por ser querida? ¿Invierto mis horas con ciertas personas porque me benefician o porque realmente me apetecen?
Es que, a lo mejor, tengo que aprender a pensar más en lo que quiero hacer y menos en las consecuencias. A lo mejor me apetece dimitir, dejar de hablar con quienes me resultan insoportables, mandar a la mierda a quienes no respetan mi identidad, aunque lleven mi sangre. A lo mejor quiero no ahorrar tanto y gastarlo todo en una fiesta, en un viaje improvisado o en un maldito bolso de Tous. Quizá me apetezca afiliarme a una asociación política, pelear por mis derechos y mandar a la mierda a esos fachas que se creen superiores y se dedican a meter miedo a mujeres como yo por la calle. Y quizá quiera hacer todo eso aunque no sea lo que recomiendan, aunque no esté “bien visto”.
No lo sé… Solo sé que empiezo a entender por qué la gente te da consejos y te dice que hace lo mejor “para ti”. Pero ¿para mí o para la idea que ellos tienen de mí? ¿Y yo? ¿Cuándo me he escuchado de verdad? Ponemos tantísimo peso en la mirada de los demás…
Y ahora empiezo a intuir que solo hay una respuesta posible: ¡hacer lo que a mí me salga del santísimo coño!
He pasado 29 años haciendo lo que se esperaba de mí, pidiendo permiso incluso para ser mujer. Me he perdido tantas cosas… He fingido ser alguien que no era, tantas y tantas veces, solo para encajar en un molde que me asfixiaba…
Y ahora que por fin tengo claro mi lugar, mi identidad, mi género, mi nombre… no pienso perder ni un minuto más viviendo una vida que no deseo. Sé que no será fácil. Que me costará. Pero pienso hacer exactamente lo que quiero. Espero tener el coraje y la valentía suficientes para que esto no se quede solo en un relato y un desahogo, para que por fin, y de una vez por todas, decida elegirme, priorizarme y pensar solo en mí.
Porque estoy cansada de hipotecar mi presente planeando un futuro que tal vez nunca llegue. Estoy harta de trazar estrategias, de complacer, de programar. Yo no quiero planificar más.
Yo quiero vivir…








