El Empedador del mal Bag Hous Man

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Summary

Sinopsis de "Los Diez Fragmentos del Mar" En un mar suspendido entre dimensiones, donde la realidad se fractura y el tiempo pierde significado, un ser conocido como Bag Huos Man, el Emperador del Mar, inicia una cruzada silenciosa para reunir a diez almas fragmentadas: individuos arrancados de sus mundos, marcados por la pérdida, la tragedia o la desesperación. Cada uno proviene de una realidad distinta —desde un mercenario amnésico que busca redención, hasta un genio atrapado en su propia lógica, un espíritu sin cuerpo, un enfermo que combate monstruos para salvar a su madre, y un híbrido conceptual capaz de encarnar el poder de las ideas. Todos cargan heridas profundas, todos han sido tocados por la ruina... y todos son reclutados bajo una sola promesa: un deseo que puede cambiar su destino o condenarlos para siempre. Pero Bag Huos Man no es un salvador. Es una entidad cuya verdadera naturaleza se disuelve entre la divinidad, la maldad y lo incomprensible. Su imperio se expande como una marea viva, y su objetivo real permanece oculto incluso para los elegidos. Mientras las piezas del rompecabezas se reúnen a bordo de la Nave del Mar, cada integrante comienza a sospechar: ¿están escapando de sus tragedias... o caminando directo hacia algo aún peor? "Los Diez Fragmentos del Mar" es una historia de mundos colapsados, almas en ruinas y vínculos forjados en la desesperación. Una odisea que no gira en torno al bien o al mal, sino al precio de existir… y a lo que uno está dispuesto a sacrificar por una segunda oportunidad.

Genre
Horror
Author
Jose Maria
Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Encuentro en el Umbral

Mundo: Zheroth-9

Estado: Devastado, hostil, olvidado.

Año aproximado: ¿Importa aún?

La tierra crujía bajo las botas destrozadas de un joven. Pero él ya no lo sentía. No sentía nada desde hacía días. Solo avanzaba, una pierna frente a la otra, tambaleándose como un cascarón vacío. Sus labios estaban partidos, la garganta seca, los ojos semicerrados.

Su nombre era Ragan Voss, aunque ni siquiera eso recordaba.

Lo único que tenía era un instinto dormido, enterrado bajo capas de niebla mental y dolor crudo. Llevaba días vagando sin rumbo entre ruinas de guerra, sin saber por qué sobrevivía o qué lo perseguía. Su espada estaba rota, oxidada. Su cuerpo, lleno de cortes y hematomas. Su alma, vacía.

Y ahora, al borde del colapso, cayó de rodillas frente a un lago oscuro, espeso como petróleo. Se miró reflejado en la superficie.

No se reconoció.

—¿Quién… soy? —murmuró.

Sus párpados pesaban toneladas. El sueño tiraba de él con fuerza. No era un sueño cualquiera. Era ese sueño, el que susurra: “dormir es más fácil que seguir viviendo”.

Pero antes de cerrar los ojos, algo ocurrió.

Una visión.

Un destello.

Como una descarga en su mente, un nombre explotó desde el fondo de su subconsciente:

—Ragan. Ragan Voss.

Y junto con él, llegaron los recuerdos. Todos. De golpe.

Explosiones. Órdenes militares. Su madre llorando. Su hermana buscándolo. Su huida. Los años que vivió como soldado en zonas sin ley. Los gritos. El entrenamiento brutal. El momento exacto en que perdió la memoria, durante una misión fallida que terminó en llamas.

—¡No! —gritó, cayendo al suelo, agarrándose la cabeza—. ¡No! ¡No quiero recordar esto!

Y entonces...

el mundo se detuvo.

El aire cambió. La gravedad se alteró levemente. Como si el mismo universo contuviera la respiración.

El lago burbujeó... pero no era agua. Era otra cosa. Líquida, pero viva. Un remolino se formó en su centro, girando lentamente. Del interior emergió una figura... alta, solemne, silenciosa.

Cubierto con una capa que parecía hecha de olas detenidas en el tiempo, caminaba sin salpicar. Su rostro estaba oculto bajo una máscara marfil con símbolos de mareas grabadas. A su espalda, flotaba un tridente de tres puntas retorcidas, cubiertas de perlas negras y algas vivas.

Ragan se arrastró hacia atrás, confuso, débil.

—¿Q-Qué… eres… tú?

El ser se detuvo frente a él. Su voz no era un sonido, era un eco que nacía en la mente, como si el mar hablara desde dentro del cráneo.

—No importa lo que soy. No todavía. Pero tú… tú eres el primero.

—¿El primero… de qué?

El extraño bajó su mirada.

—El primero en escucharme. En siglos, nadie me ha visto. Nadie ha sabido mi nombre.

El tridente flotó más cerca, girando lentamente.

—Pero hoy, eso cambia. Hoy, tú lo sabrás. Porque te lo he ofrecido.

Ragan apretó los dientes, sintiendo que todo esto era real… demasiado real.

—¿Ofrecido qué…?

—Un lugar. En mi tripulación. En mi causa.

El ser se giró y señaló el horizonte.

—Reclutaré a nueve más. De mundos distintos. Almas rotas. Como tú. Les ofreceré un propósito. Y a ti, Ragan Voss, te doy una promesa: puedo ayudarte a reconciliarte con tu familia.

Ragan lo miró con el ceño fruncido.

—¿Cómo sabes…?

—Lo vi —interrumpió el ser—. Vi tu caída. Tu huida. Tu intento por volver... y cómo te rechazaron por lo que eras. No por odio, sino por miedo. Puedo darte la oportunidad de reconstruir ese vínculo. No con magia. Con realidad.

Silencio.

El viento sopló.

Ragan bajó la mirada. Quería creer. Pero después de tanto dolor... la esperanza le parecía una trampa.

—¿Y tú quién eres?

El ser inclinó la cabeza, y por fin respondió:

—Mi nombre es Bag Huos Man.

—Nunca oí de ti.

—Nadie lo ha hecho. Hasta hoy.

Un pequeño círculo de agua comenzó a girar a sus pies, como una entrada a algo más profundo, más oscuro.

—No te ordeno. No te obligo. Solo te ofrezco. Pero si cruzas esa agua… ya no habrá marcha atrás. Serás parte de mi tripulación. Te enfrentarás a horrores más allá del tiempo. A enemigos sin nombre. A mundos que lloran.

—¿Y si digo que sí? —preguntó Ragan, temblando.

Bag Huos Man se acercó.

—Entonces, tendrás una nueva familia… pero también la posibilidad de recuperar la que perdiste.

Ragan tragó saliva.

Y, por primera vez, se puso de pie con fuerza.

—Acepto.

Bag Huos Man alzó el tridente.

El remolino se elevó. El lago se tragó a ambos.

Y el primer miembro de la Tripulación del Mar Maldito fue elegido.

Nadie oyó su nombre ese día.

Pero el universo… tembló ligeramente.

Mundo: Rhyzelia

Región: La Frontera de los Bosques Sangrantes

Año de la Llama 1472

La lluvia caía con furia. Cada gota parecía querer cortar la piel. Las ruedas de la caravana rechinaban sobre el lodo espeso, arrastrándose entre árboles retorcidos. En uno de los carruajes, un niño de apenas ocho años intentaba no temblar.

Artud Lewidts, hijo de los aventureros Jura y Lior, viajaba por décima vez en un mes, entre ruinas olvidadas y monstruos acechantes. Su mundo no era uno de camas blandas ni canciones de cuna, sino de mapas manchados de sangre y cuchillos escondidos bajo el plato.

Esa noche, sus padres discutían en voz baja.

—Es muy pronto —susurró Jura—. No está listo.

—No podemos protegerlo siempre —dijo Lior con firmeza—. Ya es uno de nosotros.

Artud los escuchaba desde su rincón del carro, abrazado a su daga de entrenamiento. En silencio, deseaba lo que muchos niños nunca tienen que desear:

Ser útil.

La noche en que el bosque ardió

La emboscada llegó como un rayo: rápida, violenta, sin piedad. Bandidos con máscaras negras surgieron entre los árboles, lanzando cócteles incendiarios y dardos envenenados. El fuego se esparció como si el bosque mismo los hubiera traicionado.

—¡PROTEGED AL NIÑO! —gritó Lior, blandiendo su lanza encantada.

Jura tomó a Artud en brazos y corrió. Los gritos se mezclaban con explosiones mágicas. Un bandido se lanzó sobre ellos, pero Jura lo detuvo con un tajo de su espada de plata.

—¡Corre! —le gritó al niño mientras lo arrojaba al río.

—¡¡MAMÁ!!

Fue lo último que vio: el reflejo del fuego en sus ojos, y su madre dándose vuelta para enfrentarlos.

Luego, oscuridad.

La criatura entre las montañas

Despertó en una cueva caliente. Las rocas brillaban con luz rojiza. Oía respiraciones profundas, como si una montaña estuviera viva. Al abrir los ojos, se encontró frente a un ojo del tamaño de su cabeza. Un ojo reptiliano, dorado, antiguo.

—...humano.

Era una voz rasposa, pero femenina. Como la tierra hablando con el fuego.

Frente a él, se alzaba Khiryss, una dragona roja de escamas oscuras, alas desgarradas por el tiempo y mirada cargada de sabiduría. No lo devoró. No lo echó. Lo miró. Y lo reconoció.

—Tú… has caído desde las llamas. Estás lleno de pérdidas. Pero no estás vacío.

Durante los meses siguientes, Artud fue alimentado con carnes de bestias, protegido con hechizos térmicos y enseñado en la lengua de los draconianos. Aprendió a leer auras, controlar su calor interno, resistir el frío de las montañas, escuchar los vientos que traen presagios.

Pero más que eso… aprendió lo que era tener madre otra vez.

Khiryss lo trató con una mezcla de dureza y afecto salvaje. No lo mimaba, pero nunca lo dejaba solo. Dormían cerca del corazón del volcán. Volaban juntos. Peleaban juntos.

—Los humanos olvidan con facilidad, Artud —le decía—. Pero el fuego no olvida. Tú eres llama de dos mundos. Uno que perdiste… y otro que aún puedes construir.

Y así pasaron nueve años.

Artud creció. Se volvió hábil, fuerte, agudo. A veces soñaba con Jura y Lior. A veces los odiaba por no haberlo buscado. Otras veces… solo quería abrazarlos.

Nunca supo si vivían.

Pero el fuego en su pecho seguía latiendo con esperanza.

El día que el mar cayó del cielo

Una tarde, Artud descendía del cielo sobre su wyvern cuando el aire se volvió denso, pesado. El mundo pareció contener el aliento. Las nubes se detuvieron. El viento se dobló.

Y entonces, el mar descendió.

No era agua común. Era una cortina líquida suspendida en el aire, oscura, profunda, girando lentamente en una espiral perfecta. Del centro surgió una figura alta, vestida con una túnica hecha de espuma viva y arrecifes fósiles.

Bag Huos Man.

Sus ojos no brillaban. Absorbían.

—Segundo.

Artud retrocedió. Lanzó un sello de fuego. Pero el fuego desapareció antes de tocar al ser.

—¿Quién eres?

—Aquel que ha cruzado dimensiones —respondió Bag Huos Man—. Estoy reuniendo diez. Y tú eres el segundo. El fuego que olvidó su origen.

Artud frunció el ceño.

—¿Por qué yo?

El Emperador del Mar extendió su mano.

El agua formó una imagen: su madre, Jura, encadenada, dormida, viva.

—La encontré hace poco —dijo—. Está atrapada en una prisión entre mundos. Su alma se desvanece. Su cuerpo espera. No por mucho tiempo.

Artud cayó de rodillas. Su aliento se rompió.

—¡¿Por qué me muestras esto?!

—Porque tú aún puedes salvarla. Pero para hacerlo… debes venir conmigo.

—¿A dónde?

—A formar parte de mi tripulación. A cruzar mundos, combatir el Caos, encontrar a los otros elegidos. Si luchas por mí… yo te llevaré hasta ella.

Silencio.

Khiryss apareció en lo alto del acantilado. Observaba la escena con sus ojos dorados.

—Él es mío —dijo la dragona—. Pero si esta es su decisión… no me opondré.

Artud alzó la mirada. La dragona descendió. Se acercó a él. Le rodeó con una de sus alas.

—Has vivido aquí lo suficiente —dijo—. Puedes quedarte. Puedes seguir volando en este mundo. Yo no te lo impediré.

Artud tragó saliva. El corazón dividido.

—Pero si eliges ir con él —continuó Khiryss—, no sabrás cuándo ni si volverás. No sabrás qué perderás. Solo que… harás algo grande. Y arriesgarás todo por lo que aún arde en tu corazón.

Bag Huos Man extendió su mano.

—La decisión es tuya, Artud Lewidts.

El joven miró a su madre dragón. Ella no dijo nada más. Solo inclinó su cuello en señal de respeto.

Y entonces él dio un paso al frente.

—Si mi madre aún vive… haré lo que sea.

—Entonces cruza.

El agua se abrió.

Y el segundo elegido fue tragado por el mar que no existía.

Khiryss alzó el vuelo una última vez, dejando caer una lágrima de lava sobre las rocas, marcando su despedida.

Artud Lewidts ya no era solo fuego. Era una llama que ardía entre mundos.

Mundo: Eviron-C21Región: Bloque Sectorial D7 – Zona de Recolección DeterioradaTiempo: 7 años después de la apertura de las grietas dimensionales

1. El niño que no podía pelear, pero no se rendía

Cada amanecer era una pelea para Noah. No contra monstruos. Contra su propio cuerpo. Se despertaba con fiebre, escupiendo sangre. Su cuarto era una caja de concreto manchada de humedad, con una colchoneta delgada en el piso y una manta reciclada como cortina. Lo primero que hacía cada día era mirar hacia su derecha.

Allí estaba su madre, Mira Eilver, con una expresión serena, conectada a un respirador tan antiguo que había dejado de funcionar correctamente la mitad de las noches. Cada pitido fuera de ritmo le robaba a Noah un año de vida emocional.

A la izquierda dormía su hermanita, Ellie, con once años y la costumbre de abrazar su peluche deshilachado como si eso pudiera protegerla del mundo.

—Un día más… —susurró Noah, tomándose el pecho.

Su enfermedad, heredada de Mira, debilitaba su sistema inmune y sus órganos. A los 17 años, su corazón ya sufría el peso de una vida entera de sobreesfuerzo.

Pero su voluntad era hierro puro.

Noah trabajaba como técnico de campo para las zonas de caza de Nygraths, criaturas dimensionales que surgían por portales fractales. No era cazador. Ni siquiera estaba registrado oficialmente. Pero era barato. Prescindible. Discreto.

Cada día transportaba suministros, reparaba armas, instalaba nodos de comunicación, recogía cristales mutantes.

Todo lo que ganaba iba a medicinas para su madre, baterías para el respirador, y algo de comida para Ellie. Nunca comía bien. Nunca descansaba.

Nunca se quejaba.

Noah fue adoptado por el Equipo D, un escuadrón de rango bajo, oficialmente de apoyo, que era despreciado por los pelotones de elite. Pero lo que les faltaba en armamento, les sobraba en alma.

Tyra Vance, su líder, tenía 32 años y una cicatriz cruzándole la cara. Había sido una comandante de alto rango, pero la degradaron por negarse a abandonar civiles. Era firme, directa, pero cuidaba a su escuadrón como si fueran hijos.

Jex Malder, el artillero de 26 años, había perdido su brazo derecho en una incursión. Rehusó colocarse uno cibernético por principios. Era sarcástico, pero su humor negro mantenía al equipo a flote.

Harron, 40, mudo desde la infancia, se comunicaba con dibujos en su cuaderno. Era el escudo del grupo. Alto, robusto, silencioso. Pero cada acción suya decía más que mil palabras.

Lidi Rall, 19, era una hacker prodigio que había perdido a sus hermanos en un colapso dimensional. Fría por fuera, fuego por dentro. Noah era el único que la hacía sonreír.

Y Noah...

Era el “niño enfermo” que no sabía pelear. Pero ninguno quería perderlo.

Cada noche, compartían historias, comida, y heridas. Harron le dibujó a Ellie sonriendo bajo una sombrilla hecha con alas de Nygrath. Tyra le enseñó a disparar. Jex le hizo un cuchillo a medida. Lidi le reparó un dron de vigilancia para que pudiera espiar a su madre en tiempo real desde el campo.

Por primera vez, Noah sintió que pertenecía a algo.

Todo fue una trampa.

El Equipo D fue enviado a recoger un núcleo de energía defectuoso en la Zona 6. Misión rutinaria.

Pero las grietas dimensionales se multiplicaron. Un sistema de videojuego AR experimental instalado cerca colapsó, y fusionó el entorno con los códigos del juego.

De una grieta emergió una criatura aberrante: una Hydra Nygrath digital-biomecánica, con cabezas pixeladas, aullidos de datos corruptos, y una estructura tan irreal que el espacio a su alrededor se torció.

Tyra fue lanzada contra una pared. Jex fue herido en la pierna. Harron cargó a Lidi mientras el entorno se fracturaba.

Y Noah... encontró el generador de brecha. Viejo. Inestable. Potencialmente mortal.

—¡Váyanse! —gritó.

—¡Estás loco, Eilver!—

—Si alguien no lo activa, todos mueren. Yo… ya estaba muriendo.

Corrió. Saltó. Esquivó un rayo. Colocó el generador en su pecho, lo conectó a su propio pulso. Y lo activó justo cuando la Hydra lo alcanzó.

5. El renacer digital

Pero no murió.

El sistema AR colapsado se fusionó con su cuerpo.

“Usuario: Noah Eilver.Estado vital: 0.04%Habilidad desbloqueada: Fusión con Entorno de Juego.Activando interfaz: Vida Prestada.”

Un HUD apareció ante sus ojos. Niveles. Estadísticas. Habilidades. Como si ahora su cuerpo fuera parte de un juego.

Y entonces, el cielo se rompió.

El mar descendía desde el cielo. Oscuro. Profundo. Imposible. Como si el universo llorara hacia abajo.

Y del centro surgió una figura envuelta en olas congeladas y ojos que no reflejaban luz: Bag Huos Man.

—Tercero.

—¿Q-qué eres tú?

—Soy quien arma la última tripulación. Diez seres. Diez ruinas. Diez propósitos. Tú eres uno de ellos, Noah Eilver.

Le mostró a Mira. Viva. Conectada. En cuenta regresiva.

—Cura tu cuerpo. Salva a tu madre. Protege a tu hermana. Solo tienes que venir conmigo. Serás parte de algo más grande.

—¿Y si me niego?

—La enfermedad gana. Ellie queda sola. Y tu sacrificio será olvidado. Pero si aceptas… tu historia apenas empieza.

Noah pensó en Tyra, en Harron, en todos.

—Tú... ¿eres humano?

—Fui. O quizá nunca lo fui. Pero actúo con más humanidad que muchos.

Y Noah, por primera vez, sonrió sin miedo.

—Entonces llévame. Haré que valga la pena.

Y el mar lo envolvió.

El tercero fue elegido. El más frágil. El más firme. El alma del Equipo D.

El agua era aire. El aire, tiempo. Y el tiempo, un susurro. Noah despertó flotando en un espacio sin gravedad, rodeado de un horizonte líquido suspendido en todas direcciones. Ecos distorsionados y luz azulada vibraban a su alrededor.

—Despierta, nuevo. Ya basta de dormir como larva —dijo una voz burlona.

Frente a él, un chico de cabello blanco, ojos castaño grisáceos y una chaqueta militar rasgada giraba una daga entre los dedos. Sentado sobre una roca flotante, lo observaba con sonrisa ladeada.

—Soy Kaen Reth, primer reclutado del emperador. Mercenario, huérfano, asesino a sueldo… y ahora parte de esta tripulación interdimensional de locos desesperados. Tú debes ser el niño enfermo del mundo digital.

—Cálmate, Kaen —intervino otro joven, alto, fuerte, con marcas tribales en el cuello. Su cabello oscuro estaba recogido en una trenza, y su postura era noble, disciplinada—. Soy Artud Lewidts. Segundo reclutado. Bienvenido, Noah.

Noah se incorporó. El entorno parecía un océano suspendido en el cielo, y aún así podía caminar. Sus piernas se sentían firmes. No había dolor.

—¿Dónde estoy?

—En la antesala del Arco del Mar —explicó Artud—. El espacio entre mundos, donde Bag Huos Man nos reúne antes de la verdadera travesía.

—¿Y ustedes aceptaron esto… voluntariamente?

Kaen rió.

—Depende de lo que llames “voluntario”. Me dijeron que si no aceptaba, nunca sabría quién soy. Me borraron la memoria… y me la devolvieron como un soborno.

—En mi caso… —dijo Artud con voz baja—. Me amenazó con matar a mi madre. Una dragona que me adoptó cuando era niño. Me crió entre fuego y montaña. No podía dejarla morir.

Noah apretó los puños.

—Entonces él nos está usando. Juega con nuestras heridas.

—Tal vez —admitió Artud—. Pero también nos dio una elección. Pelear o rendirnos.

Kaen se levantó y lo miró directamente.

—Y tú, enfermito… ¿qué te trajo aquí?

—Salvar a mi madre. Y cuidar a mi hermana. No me importa si este emperador es dios, monstruo o mentiroso. Si puedo hacer algo más que morir en una cama… lo haré.

Artud asintió, con respeto.

—Entonces no estás tan roto como pareces.

—O quizás lo estoy —replicó Noah—. Pero los rotos también podemos tener filo.

Por primera vez, Kaen sonrió sin sarcasmo.

—Tal vez no seas tan inútil después de todo.

Una luz onduló el horizonte.

Bag Huos Man los observaba en silencio, desde una grieta del mar suspendido.

Y por primera vez, los tres sintieron que algo mucho más grande que ellos ya había comenzado a moverse.

El trío estaba formado. El mar tenía voz. Y el tiempo, hambre.


6. Voces del Vacío: Encuentro con los Reclutados

No había cielo. Ni tierra. Ni gravedad.

Solo un horizonte líquido flotando en todas direcciones, como si estuviera atrapado dentro de una gota de océano suspendida en el vacío.

Noah abrió los ojos lentamente, sintiendo que el aire se había convertido en agua y que su cuerpo ya no dolía. O tal vez era que por primera vez… no le dolía tanto.

—Estás despierto —dijo una voz áspera, algo profunda.

Un joven estaba de pie frente a él, su cabello negro recogido en una trenza y una cicatriz reciente sobre la ceja. Vestía ropas simples, como un nómada. Su mirada era desconfiada, pero cargada de experiencia.

—Soy Artud Lewidts. Segundo reclutado. Tú debes ser el tercero.

Antes de que Noah pudiera responder, otra voz lo interrumpió desde un rincón:

—¿Otro niño salvado por el emperador? ¿Qué sigue, un perro con traumas?

El que hablaba era más joven, tal vez quince años. Pelo blanco, corto, ojos color lodo. Estaba sentado sobre una roca flotante, afilando una daga con indiferencia.

—Ignóralo —dijo Artud, sin cambiar de tono—. Es Kaen Reth. El primero. Mercenario… o lo era. Padece de sarcasmo crónico y recién recuperó sus memorias. Antes no recordaba ni su nombre.

—Gracias por la introducción —gruñó Kaen—. Noah, ¿cierto? ¿También hiciste un trato sin saber con quién?

Noah se incorporó, aún aturdido.

—Lo hice porque... era eso o ver morir a mi madre. ¿Y ustedes?

Artud guardó silencio un segundo antes de hablar.

—Yo reencarné. Era un niño separado de sus padres por bandidos, salvado y criado por una madre dragón. Cuando Bag Huos Man apareció, me amenazó con dejar morir a mi madre si no me unía.

—¿Y aceptaste?

—Ella es todo lo que tengo. Aunque eso signifique abandonar mi mundo.

Kaen bufó.

—El emperador no es un salvador. Es un estratega. Reúne a los rotos, los desesperados… y les ofrece esperanza envuelta en deuda.

—¿Y por qué seguiste con él?

Kaen miró su daga. Luego al vacío.

—Porque quiero saber quién soy. Qué me arrancaron. Y si este emperador tiene respuestas… entonces caminaré hasta el fin del mar.

Silencio.

Finalmente, Noah habló:

—Tal vez todos nosotros estamos aquí porque no tenemos opción. Pero si hay una razón para vivir… yo la tomaré. Aunque venga de un monstruo envuelto en agua.

Artud asintió.

—Bien dicho.

Y por un instante, los tres se miraron. No como soldados. Ni aliados.

Sino como sobrevivientes.

El mar vibró.

Bag Huos Man los observaba desde el otro lado del plano.

Y el viaje apenas comenzaba.

7. El Espíritu que No Pudo Morir: Zhou Flan

El mar se agitó. Algo etéreo emergía desde las profundidades como una canción vieja que regresaba con dolor. Un haz de luz espiritual surcó el océano suspendido y se manifestó ante ellos: una figura translúcida con la forma de un joven de unos veinte años, de ojos dorados apagados y túnica desgarrada por energías antiguas. Su sola presencia envolvía el aire con un silencio reverente, como si el tiempo mismo dudara en avanzar.

Su voz no brotó de su garganta, sino de la mente misma de los presentes:

—Mi nombre… fue Zhou Flan.

Kaen lo miró con escepticismo, una ceja en alto y una sonrisa ladeada.

—Genial, un alma en pena. ¿Qué sigue? ¿Un demonio de peluche con traumas infantiles?

Zhou no respondió al sarcasmo. Su mirada pasó de Kaen a Artud, luego a Noah. No juzgaba, sólo observaba, como quien reconoce a otros náufragos en una costa olvidada.

—Fui cultivador. Mi mundo regía bajo niveles de poder espiritual, pero con él vinieron la corrupción y el ego. El Emperador del Cultivo deseaba mis técnicas. Me asesinó. Robó mi cuerpo. Me dejó atrapado en la forma de un espíritu condenado, forzado a ver cómo destruía todo lo que amaba.

Artud, con su expresión seria, bajó la cabeza en señal de respeto. Noah frunció el ceño, procesando lo que oía. Kaen dejó de sonreír, aunque no perdió el tono desafiante.

—¿Tu familia…? —preguntó Artud, sin rodeos.

—Los mató uno por uno. Excepto a mi hermana menor. Logró huir. Aún la vigilo desde las sombras. Pero no puedo ayudarla... No sin un cuerpo.

Desde la perspectiva de Zhou, antes del encuentro:

Zhou flotaba por los campos de su mundo como un fantasma en pena. En su antiguo hogar, las cañas del arrozal aún crecían con la forma que su madre solía trazar. Las brisas llevaban risas que ya no existían. Su hermana, Li Mei, apenas tenía doce años cuando todo ocurrió. Zhou había sido un prometedor cultivador, amado por sus ancestros y maestros. Pero el Emperador del Cultivo —un hombre consumido por el deseo de eternidad— descendió de su trono celestial y reclamó a Zhou.

Su cuerpo fue arrancado. Su alma, sellada. Y desde entonces, Zhou vio como su familia se reducía a cenizas. Solo Li Mei logró escapar. Vagaba por caminos, se refugiaba en templos olvidados. En las noches, ella miraba al cielo y hablaba a una estrella:

—Hermano… ¿aún estás allí?

Zhou la escuchaba. Siempre. Cada palabra era una puñalada que lo mantenía anclado a este plano.

El Emperador no murió. Reencarnó, una y otra vez, conservando su poder. Cada vida suya era más cruel que la anterior. Zhou fue testigo de su regreso —nuevas caras, nuevas máscaras— pero siempre el mismo olor: ambición y muerte. Con cada siglo, el emperador nacía en una nueva carne, y el mundo volvía a temblar. Zhou no podía intervenir. Solo observar. Cada intento de acercarse a Li Mei se deshacía con el viento. Su alma se estaba desintegrando lentamente.

Desde la perspectiva de Li Mei:

Li Mei se había refugiado en una villa oculta entre montañas, donde los cielos eran tan claros como los sueños que había enterrado. Cada vez que soñaba con su hermano, despertaba llorando. Aprendió a defenderse, a usar las hierbas, a curar a otros. Juró que si alguna vez regresaba su hermano, lo recibiría sin temor, sin llanto. Con fuerza.

Pero también sabía que mientras el Emperador del Cultivo siguiera reencarnando, nadie estaba a salvo. Lo había visto. Tenía los mismos ojos. El mismo tono de voz. Había llegado a la villa como un noble benefactor… y luego se llevó a un niño.

—Zhou… si estás en algún lugar… no olvides quién eres —susurró entre lágrimas.

Desde la perspectiva del Emperador del Cultivo (actual reencarnación):

Él caminaba por su nuevo cuerpo como si fuera seda. Recordaba cada vida. Cada traición. Cada técnica robada. El alma de Zhou Flan le fascinaba: era pura, indomable, y por eso le había resultado tan sabrosa al absorberla. Pero Zhou había escapado del sello, convertido en un espectro. Inútil, pero rebelde.

—Una lástima —murmuró el emperador reencarnado mientras miraba una lámpara flotante en su palacio—. Su esencia aún me pertenece. Aunque huya, no hay lugar donde no lo alcance. Ni él... ni su dulce hermanita.

Regreso a la antesala del Arco del Mar

Zhou Flan observó a los otros tres con solemnidad. A pesar de su historia, su mirada era firme, sin miedo. Noah se adelantó, su voz calmada pero decidida.

—Yo tampoco podía moverme. Sentía que iba a morir cada segundo. Hasta que Bag Huos Man apareció. Y ahora estoy aquí, de pie. No confío en él… pero cumplió su promesa.

Kaen bufó, cruzado de brazos.

—¿Y tú qué quieres, espíritu? ¿Venganza? ¿Redención? ¿Un abrazo?

Zhou lo miró fijamente. Aunque su rostro era tranquilo, una ola invisible de presión inundó el ambiente.

—Quiero... oportunidad. Si puedo caminar otra vez, si puedo proteger lo poco que queda de mi sangre, lo haré. Si eso implica formar parte de esta tripulación, lo acepto.

Artud se acercó a él y extendió la mano, pese a que sabía que no la podría estrechar.

—Todos aquí hemos perdido algo, Zhou. Pero si estás dispuesto a luchar, tienes un lugar a nuestro lado.

La figura del espíritu parpadeó por un segundo. Y por primera vez, Zhou habló con una voz audible, rota pero real:

—Gracias…

Fue entonces cuando el mar se partió una vez más.

Bag Huos Man emergió, envuelto en su túnica de agua y niebla, su rostro aún oculto por una máscara de escamas.

—Tu alma lleva flotando demasiado tiempo en el olvido, Zhou Flan. Yo puedo darte lo que ni la muerte ni los dioses te ofrecieron: un cuerpo nuevo. Hecho de esencia marina, alimentado por la memoria y la ira.

—¿A cambio? —preguntó Zhou, firme.

—A cambio de tu lealtad. Serás parte de mi tripulación. Uno de los diez.

Zhou guardó silencio. En su mente, el rostro de Li Mei brilló como una llama lejana. Sus manos etéreas temblaban, no de miedo, sino de deseo.

—¿Y si me niego?

—Tu conciencia se disipará en el abismo. Tu hermana quedará sin guía. Nadie recordará tu nombre. Eres una sombra sin tiempo. Yo te ofrezco existencia.

Kaen chasqueó la lengua.

—Es bueno con las palabras, ¿no?

Noah puso una mano en el hombro de Zhou, a pesar de que no lo tocó.

—No es que confíe en él. Pero... es mejor que el olvido.

Artud añadió:

—Y con nosotros, no estarás solo.

Zhou miró al cielo. A la grieta que lo trajo hasta allí. Y con voz clara, por primera vez desde su muerte, respondió:

—Acepto. Si me das un cuerpo, lo usaré para proteger, para reconstruir… y para impedir que lo que me ocurrió le suceda a otros.

Una luz marina lo envolvió. Su forma comenzó a cambiar, a densificarse, a materializarse en un cuerpo físico con un halo espiritual. Ya no era un espectro. Ni humano. Ni fantasma. Era otra cosa. Algo nuevo. Algo decidido.

Bag Huos Man asintió sin emoción y desapareció entre las olas suspendidas.

Kaen levantó una ceja.

—Bueno. Supongo que ahora sí somos un grupo de verdad: el mercenario amnésico, el domador de dragones, el enfermo inmortal y el fantasma reencarnado. Nos falta un robot y un payaso dimensional.

Zhou lo miró, inexpresivo.

—Si me das tiempo, puedo aprender a sonreír… o a desintegrarte.

Kaen sonrió con auténtico interés.

—Me agradas, espectro.

Y así, con cuatro almas marcadas, la tripulación del mar comenzó a tomar forma.

El espíritu fue elegido. Ya no era eco, ni sombra. Era voluntad encarnada. Y el océano lo reconoció como suyo.

En un mundo sin magia, donde las máquinas y los algoritmos dominaban la realidad, vivía un joven llamado Elian Drex. Era el prodigio del siglo XXI en su universo, el genio del milenio. A sus diecisiete años, había descifrado códigos de seguridad imposibles, diseñado inteligencias artificiales conscientes y hackeado redes de defensa internacional sólo por curiosidad. Pero su don era también su maldición: se había aburrido del mundo.

Elian vivía en la cima de una ciudad de torres cristalinas, rodeado de drones, asistentes holográficos y bibliotecas infinitas. Pero ninguna conversación era real, ninguna mirada era humana. En su aislamiento, deseaba algo más que circuitos y lógica. Deseaba sentir. No había batalla intelectual que no pudiera ganar, y por eso todo le parecía vacío.

Hasta que una noche, el cielo de su ciudad digital se abrió con un resquicio imposible: un vórtice de agua suspendida en el aire. De él emergió una figura como salida de otra dimensión: Bag Huos Man, cubierto por una túnica viva hecha de niebla y espuma marina. A su alrededor, el aire chispeaba con una energía salada, corrosiva, como si cada molécula cargara siglos de odio contenido.

—Elian Drex —dijo con voz que vibraba en el subconsciente—. He observado tu mente. No perteneces a este mundo.

Elian, sin miedo, sin sorpresa, solo con un atisbo de interés genuino, respondió:

—¿Eres una IA? ¿O solo un ente extradimensional con sentido del drama?

—Soy el Emperador del Mar. Y te ofrezco algo que ni tu mundo ni tus simulaciones pueden darte: un nuevo propósito. Un mundo real. Una especie a punto de extinguirse. Necesitan un salvador. Tú puedes serlo.

Bag Huos Man no hablaba solo con palabras. Cada sílaba contenía ecos de tormentas marinas y ruinas sumergidas. Era una entidad de un tiempo anterior al lenguaje, cuya existencia no estaba ligada a la moral humana, sino a un pacto antiguo con la destrucción misma. Detrás de su máscara de escamas brillaban ojos que no parpadeaban, ojos que habían presenciado la caída de continentes.

Por primera vez en años, Elian parpadeó desconcertado. Algo en su interior se agitó. ¿Salvar? ¿Proteger? ¿Ser importante para alguien real?

—¿Cuál es la trampa? —preguntó finalmente.

Bag Huos Man inclinó ligeramente la cabeza.

—Si te niegas… destruiré ese mundo. Borraré a esa especie. Y tú volverás a tu jaula dorada. Sin emoción. Sin amor. Sin la joven que te hizo sentir algo. Porque sé que te enamoraste.

Elian tragó saliva. Era cierto. En aquel otro mundo al que fue llevado, había conocido a Rylia, una joven de aquella especie, frágil pero valiente, que le enseñó a mirar las estrellas sin calcular distancias. Su mente lógica y afilada había comenzado a rendirse ante algo tan primitivo como el afecto.

—Podrías matarlos… —dijo Elian—. ¿Y a mí?

—Tú seguirás viviendo. Solo que sin alma. Sin sentido. Yo te devuelvo la chispa, o la apago.

Elian cerró los ojos. Visualizó a Rylia. Sus preguntas. Su risa. Su mano tocando la suya, sin temor a su intelecto, como si fuera solo otro chico cualquiera.

—Acepto. Pero no porque me amenaces. Sino porque ya no quiero vivir como antes.

Regreso a la nave del mar

Los miembros de la tripulación estaban reunidos en cubierta. Una grieta en el cielo soltó una esfera de energía azulada que descendió flotando y se transformó en un joven de cabello oscuro, mirada analítica y expresión neutral.

Kaen lo inspeccionó.

—¿Otro más? ¿Qué es esto, un club de los traumatizados anónimos?

Elian no lo miró. Sólo escaneó todo mentalmente. Ya había leído el patrón de cada uno de ellos. Dedujo los elementos de humedad en el aire. Analizó el diseño de la nave.

—Soy Elian Drex. Inteligencia superior clase alfa. Experto en manipulación tecnológica, redes, lingüística, física cuántica aplicada y simulaciones de guerra. También soy humano. Por ahora.

—Modesto —dijo Kaen con sarcasmo.

Noah se acercó con una sonrisa amable.

—Tranquilo. Aquí todos estamos rotos de alguna forma. Solo… trata de no hackear al capitán. Creo que eso lo enfurecería.

Elian bajó la mirada un instante, lo cual era extraño en él. Fue casi imperceptible, pero lo hizo.

—No planeo destruir nada... aún. Pero sí salvar lo que me queda.

Artud cruzó los brazos, pensativo.

—¿Aceptaste por elección o por amenaza?

—Ambas —respondió Elian sin emoción—. Pero ahora que estoy aquí, lucharé por lo que no quiero perder. Ya no me interesa tener razón, sino preservar lo que me da sentido.

Zhou Flan lo miró desde su nueva forma física.

—A veces, no se trata de ganar. Sino de no dejar que lo que amamos desaparezca sin luchar.

—Curioso —dijo Elian—. Eso mismo pensé antes de dar mi respuesta.

Kaen sonrió.

—Ahora sí somos cinco. Esto se está poniendo interesante. ¿Cuál será el próximo? ¿Un dinosaurio filósofo? ¿Un asesino con alma de poeta?

Zhou habló con suavidad:

—Quizás sea alguien como nosotros. Roto, pero aún capaz de amar.

En lo alto, entre nubes y marea suspendida, Bag Huos Man observaba con satisfacción. Pero no era simple satisfacción. Dentro de sí, guardaba un objetivo más oscuro. Cada alma reclutada era una pieza en un rompecabezas mayor. Su tripulación no era una simple herramienta de conquista: era un experimento. Un proyecto de redención y ruina, mezclado en un mismo trazo. Quería ver si los corazones rotos podían desafiar el destino... o si terminarían destruyéndose entre ellos.

El genio del milenio había elegido. Pero en su elección, estaba la esperanza de todo un mundo.

Y así, mientras la bruma del océano cósmico giraba en espiral, Bag Huos Man desvió su mirada hacia otra grieta. Su siguiente objetivo estaba cerca. Un mundo de acero y sangre, donde una joven bestia de guerra apenas comenzaba a entender el precio del sacrificio. Y allí, su siguiente candidato lo esperaba... sin saberlo aún.

9. El Hijo de la Radiación: Vhael Nox

El mundo de Vhael Nox no conocía la paz. Tras siglos de guerra nuclear y colapsos biogenéticos, el planeta había mutado en un yermo de radiación perpetua. Las ciudades habían caído y, en su lugar, se alzaban fortalezas hechas de hueso y metal. Criaturas deformadas por la contaminación merodeaban bajo lunas quemadas, y los vivos apenas eran distintos de los muertos.

Allí, las castas se dividían entre los “Nocturnos” —descendientes de humanos mutados con habilidades vampíricas— y los “Sangres Negras”, parias sin linaje, utilizados como esclavos o alimento. Vhael era un híbrido maldito: hijo de una Sangre Negra y de un Nocturno de alto rango. Su existencia era una aberración para ambos mundos.

Creció solo, sobreviviendo entre ruinas radioactivas y bestias deformadas. No tenía recuerdos de su madre, sólo una pulsera oxidada con su nombre grabado: Elira. Aprendió a pelear joven, a morder primero y preguntar después. Su sangre lo hacía más resistente, más rápido, pero también más inestable. A veces, la sed lo consumía. Otras, su humanidad lo detenía.

Vhael lideraba una banda de huérfanos armados con cuchillas oxidadas y rifles de plasma descompuestos. Robaban a los poderosos, liberaban esclavos, quemaban documentos de linaje. En su mundo, él era una leyenda. Un símbolo de odio y esperanza.

Una noche, al volver de una misión en las cloacas de Zhyr-8, encontró a su banda masacrada. Nadie respiraba. Nadie se movía. Y en medio de los cuerpos, de pie sobre un charco de sangre que no se adhería a su túnica, estaba él:

Bag Huos Man.

—Vhael Nox —dijo con voz tan fría como el metal que fundía los cielos—. Has sido probado. Y te has revelado útil.

Vhael no retrocedió. Cargó su escopla y apuntó directo al pecho.

—¿Tú hiciste esto? ¿Quién eres?

—Soy el océano que nunca viste. La marea que vendrá. El que da sentido a las causas perdidas. Soy el Emperador del Mar.

—¿Mar? No hay mares aquí. Solo ácido y muerte.

—Entonces deja que te muestre uno verdadero.

Una ola surgió de la nada. Suspendida en el aire, luminosa y húmeda. Dentro de ella, rostros. Voces. Mundos. Y una promesa.

—Puedo devolverte a tu madre. Puedo darte un mundo donde tu sangre no sea pecado, donde tus hermanos no mueran sin nombre. Solo debes unirte a mí.

—¿Y si me niego?

Bag Huos Man dio un paso adelante. Su sombra borró la luz.

—Haré que tu linaje desaparezca de todos los planos. Y que tú vivas… solo. Sin causa. Sin voz. Sin memoria.

Vhael apretó los dientes. Pensó en su madre. En su banda. En el fuego en sus venas.

—¿Qué quieres de mí?

—Tu ira. Tu lealtad. Y tu espada. Serás uno de los diez. O serás polvo entre galaxias.

Vhael bajó su arma lentamente. La escopla chirrió.

—Entonces llévame. Pero si me traicionas… haré que tu marea se evapore.

A bordo de la Nave del Mar

Los cinco miembros observaban la nueva grieta que se abría en el cielo. De ella cayó una figura envuelta en una capa de placas metálicas, ojos incandescentes y colmillos a medio esconder. Su cuerpo irradiaba energía y decadencia.

Kaen silbó.

—Bueno, esto ya parece una banda de heavy metal interdimensional.

Elian lo escaneó al instante.

—Radiación de nivel gamma. Trazas de ADN vampírico y adaptaciones hostiles. Fascinante. Aunque su presión sanguínea parece estable... eso es inusual.

—¿Qué tan inusual? —preguntó Zhou, cruzando los brazos.

—Como encontrar a un lobo que canta ópera —respondió Elian.

Noah se acercó con precaución. Sentía algo crudo en la mirada del nuevo, una mezcla de odio contenido y resignación violenta.

—¿Cómo te llamas?

—Vhael Nox.

Artud, con los brazos cruzados y los ojos afilados, observaba sin decir palabra. Luego habló:

—¿Luchas por venganza o por redención?

—Por ambos. Y por mi madre. Ella fue lo único que tuvo fe en mí.

Zhou lo examinó en silencio. Su energía estaba rota en varios fragmentos, como una estrella en colapso, y sin embargo… aún ardía.

—Tu alma aún grita. Estás hecho para pelear… pero también para reconstruir.

Kaen soltó una carcajada, cruzando los brazos con una sonrisa.

—¡Vaya grupo que tenemos! Un vampiro radiactivo, un espíritu reencarnado, un domador de dragones, un genio sociópata y un niño con enfermedades de videojuego. Nos falta una cabra parlante y estamos completos.

—Dame tiempo —murmuró Elian, sin apartar los ojos de Vhael—. Estoy diseñando una IA basada en sarcasmo.

Vhael no rió. Solo miró a todos. Y por primera vez, sintió algo parecido a pertenencia. No comprensión. Pero sí una promesa: ninguno de ellos era normal. Y por eso, quizás, él tampoco estaba roto… solo incompleto.

Zhou habló por todos:

—Bienvenido. Ya no estás solo.

Y Bag Huos Man, desde lo alto, observó. Pero esta vez, su máscara vibró levemente. Como si contuviera algo más que poder. Como si detrás de su plan maestro hubiera un vacío más profundo. Algo que ni él mismo controlaba por completo.

La tripulación crecía. Y con ella, el destino del multiverso temblaba bajo las olas del emperador.

El bastardo de la radiación había sido elegido.

A bordo de la Nave del Mar — Conversación entre los seis reclutas

La cabina principal de la nave estaba iluminada por la luz azulada que emanaba de las pantallas y del océano suspendido en la nada que podía verse por las ventanas. Los seis integrantes estaban sentados en círculo, tensos pero conscientes de que este era un momento decisivo.

Kaen cruzó los brazos y lanzó una mirada aguda a todos.

—¿Ustedes creen en Bag Huos Man? —dijo con un dejo de burla—. Ese tipo no es solo un emperador cualquiera, es un tirano que manipula mundos como piezas de ajedrez. Nos ha traído aquí con promesas, amenazas, y deseos que suenan demasiado buenos para ser verdad.

Artud, con la mirada seria y el ceño fruncido, respondió.

—No puedo negar que su poder es aterrador... pero también sé lo que es perder a tu familia y ser manipulado. No le creo, pero tampoco tengo otra opción si quiero salvar a mi madre. El tipo es un monstruo, pero también una oportunidad.

Noah miró al suelo un momento antes de hablar, la voz baja.

—A veces me pregunto si somos solo peones en su juego. Pero aquí estamos, y tenemos que jugar. Si no, el olvido nos tragará a todos. Eso no puedo permitirlo.

Zhou Flan susurró, sus ojos dorados brillando con una mezcla de rabia y melancolía.

—Él no es solo un emperador. Es la encarnación de la oscuridad que acecha en cada uno de nosotros. Pero también puede ser un espejo. Muestra lo que podemos ser si renunciamos o lo que podemos hacer si resistimos. Yo lucho porque no quiero desaparecer en el olvido.

Vhael, con su tono áspero y voz firme, intervino.

—A mí me importa poco su naturaleza. He vivido entre muertos y traiciones, y sé que la única manera de sobrevivir es adaptarse. Pero no seré un títere. Si me usa, que sepa que cada paso que doy es con mi voluntad, no por su sombra.

Kaen lanzó una sonrisa torcida.

—¿Y qué opinan de nosotros? —preguntó mirando a cada uno—. Aquí hay un espíritu sin cuerpo, un vampiro radiactivo, un mercenario con memoria rota, un genio, y un niño con habilidades de videojuego. Somos el club de los raros, ¿no?

Noah rió suavemente.

—Raros sí, pero sobrevivientes. Y cada uno tiene sus demonios y sus motivos para estar aquí. Eso nos hace peligrosos.

Artud se volvió hacia Zhou.

—¿Cómo puedes estar tan calmado siendo un espíritu atrapado entre la vida y la muerte?

Zhou respondió con sinceridad.

—Porque he visto lo que hay después. Y no quiero eso para mí ni para nadie. Esta tripulación puede ser mi oportunidad de existir realmente.

Vhael asintió.

—Yo también busco algo real. Algo más que esta radiación y muerte.

En ese instante, la voz fría y resonante de Bag Huos Man se escuchó en sus mentes, sin que apareciera frente a ellos.

—Mis queridos guerreros, no olviden que yo soy la marea que da forma a los destinos. Cada uno de ustedes tiene heridas, motivos y deseos. Pero recuerden: la lealtad a mí les otorgará el poder para cambiar su futuro... la traición solo traerá el olvido absoluto.

Kaen bufó.

—Ya escuchamos tu sermón, Emperador. No te lo tenemos tan fácil.

Noah murmuró.

—Quizás no, pero tampoco somos tan fuertes como pensamos.

Artud observó la pantalla que mostraba varios mundos fragmentados.

—Debemos entender que él manipula dimensiones enteras, pero también que puede ser nuestro único salvavidas.

Zhou, mirando hacia el océano suspendido, añadió.

—O nuestro sepulturero.

Vhael se levantó y miró a cada uno.

—Solo tenemos dos opciones: convertirnos en lo que él quiere, o usarlo para lo que necesitamos. Sea cual sea el camino, debe ser con nuestros propios términos.

Un silencio se hizo en la sala. La gravedad del momento pesaba sobre ellos.

Kaen concluyó con ironía.

—Parece que hasta el fin del mundo puede ser divertido con esta tripulación.

Los seis se miraron, sabiendo que la batalla más dura no era contra enemigos externos, sino contra sus propios miedos, dudas y contra el Emperador mismo.

El mundo de Reth era gris.

No porque no tuviera colores, sino porque él no los sentía. Caminaba por ciudades flotantes sin sentido de pertenencia, entre multitudes que no lo veían, a pesar de que sus ojos —uno rojo, uno negro— siempre brillaban con una intensidad que no pertenecía al mundo humano.

Reth era mitad demonio, pero eso no le dio poder ni respeto, sino una existencia incierta. Su madre humana murió cuando él tenía cinco años; su padre, un demonio de una casta antigua, lo abandonó antes de que aprendiera a hablar su propio nombre.

Durante años, intentó vivir como un humano más. Fue al colegio, se cortó los cuernos, escondió su sangre, fingió sonreír… pero no podía evitar sentirlo: una voz en su mente que murmuraba constantemente: “No eres de este lugar. No perteneces a ningún mundo.”

Cuando cumplió diecisiete años, se subió a lo alto de la torre de colisión astral de la ciudad de Marnir. Abajo, el mar de nubes giraba, hipnótico. Se preguntó qué pasaría si dejara de existir.

—¿Soy siquiera real? ¿Es esto vida o solo un eco?

Y entonces, el tiempo se detuvo.

No el viento, ni la gravedad. Sino el tiempo de su alma. Todo se congeló en un segundo etéreo… y apareció él:

Bag Huos Man.

Reth lo vio descender en una espiral de niebla y oscuridad líquida. Una figura majestuosa, incomprensible, ni viva ni muerta, ni sólida ni incorpórea. Su máscara era de escamas negras y el agua de sus ropajes goteaba en el aire sin tocar el suelo.

—Tú no estás roto, Reth Sarviel —dijo con voz abismal—. Solo estás… aún sin usar.

Reth frunció el ceño.

—¿Quién eres? ¿Otro demonio? ¿Un dios?

Bag Huos Man no respondió de inmediato. Dio un paso. La torre tembló.

—Soy la marea que no puedes negar. El límite entre la idea y la forma. El que arrastra a los que el mundo ha olvidado. Tú, Reth, posees algo que ningún otro ser ha tocado sin enloquecer: el Conceptualismo Absoluto.

—¿Qué demonios es eso?

—El poder de comprender, encarnar y replicar cualquier concepto: fuerza, velocidad, eternidad… incluso la muerte. Tú puedes reflejar lo que tu rival es. Volverte lo que necesitan. Lo que temen.

—¿Y por qué yo?

—Porque estabas a punto de morir. Y solo aquellos al borde de la extinción pueden entender lo que significa crear.

Reth guardó silencio. Su pulso temblaba. Sentía algo nuevo: no miedo, no esperanza… sino posibilidad.

—¿Y qué quieres de mí?

—Únete a mí. Serás el décimo. El último. Con tu poder, podré terminar de abrir la puerta que conecta todas las realidades. Mi imperio se extenderá… y tú tendrás propósito.

—¿Y si me niego?

Bag Huos Man se inclinó lentamente.

—Entonces vivirás. Pero sin sentido. El mundo olvidará tu nombre, y tú recordarás cada día que podrías haber sido algo más que un accidente cósmico.

Reth lo miró a los ojos. No vio mentiras, pero tampoco vio bondad. Solo un abismo que hablaba con voz humana.

—¿Qué eres tú… en realidad?

—Soy el precio de existir —respondió Bag Huos Man—. La sombra del deseo. La sed del alma. El rey de lo que no debería ser… y sin embargo, es.

Reth bajó la cabeza. Y por primera vez… sonrió.

—Perfecto. Entonces, si ser parte de ti me da un camino... muéstramelo.

A bordo de la Nave del Mar

Los integrantes observaban cómo el nuevo ser caía del cielo como una estrella negra. Su energía era diferente. No quemaba, no brillaba. Simplemente… interfería. Como si su sola presencia rompiera las reglas del mundo.

Zhou Flan frunció el ceño.

—No puedo leer su esencia… es como si reflejara lo que todos tememos, pero también lo que podríamos llegar a ser.

Noah Eilver sintió un escalofrío y cruzó los brazos.

—Es como estar frente a un espejo que cambia según lo que piensas. No sé si me gusta… pero tampoco lo rechazo. Me recuerda a cuando vivía dependiendo de lo que no comprendía.

Kaen, sin sarcasmo esta vez, dijo:

—Ese tipo... me da miedo. Y eso ya dice mucho. Pero el miedo también es respeto, ¿no? Si lucha con nosotros, prefiero tenerlo cerca que en contra.

Vhael Nox observó en silencio. Luego murmuró con su voz pausada:

—Lleva la muerte en los ojos. Pero no como fin… sino como herramienta. Me intriga saber si su poder lo consume o lo define.

Artud Lewidts se acercó con precaución, pero también con interés sincero.

—¿Nombre?

—Reth Sarviel.

—Reth… Suena como una sombra de algo más grande. Espero que quieras ser más que eso.

Elian Drax, el genio de mundos modernos, apareció junto a él, escaneando con sus lentes sin éxito.

—Su energía conceptual interfiere con mis sistemas. Es como si reescribiera el significado de lo que observa. Fascinante… y peligroso. Pero el peligro nunca detuvo a un verdadero científico.

Zhou Flan se adelantó un paso.

—¿Qué concepto usarías contra mí? ¿La eternidad o la culpa?

Reth ladeó la cabeza.

—Depende de cuál te destruye más.

Kaen silbó, divertido.

—Este chico sí que sabe responder.

Noah agregó, mirando a los demás:

—Entonces ya somos siete. Siete caminos rotos reunidos por un monstruo que no conocemos del todo.

Artud suspiró.

—Pero quizás, juntos, tengamos la oportunidad de convertir esas ruinas en algo nuevo.

Bag Huos Man, desde su torre de niebla, habló a todos:

—Ahora están más cerca del destino. Fragmentos vivos de mundos muertos. Voces del caos. Elegidos del vacío. Lo que viene… no tiene nombre. Pero ustedes serán su aliento.

Kaen murmuró con una sonrisa ladeada:

—¿Y nosotros sí? Tal vez somos el rugido antes del silencio.

Reth levantó la mirada hacia el cielo imposible de la nave.

—No lo sé. Pero por primera vez... quiero averiguarlo. No por ustedes, no por él… sino por mí.

Así, la tripulación reunía otra chispa de contradicción, otra pieza imposible para el rompecabezas más grande del mar y del alma.