Corazón Culpable

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Summary

Corazón Culpable sigue la historia de Adric, un campesino que, tras ganar un torneo, se convierte inesperadamente en príncipe de Nortemaris. Obligado a abandonar su hogar y casarse con la princesa Kalina, Adric se encuentra atrapado entre su pasado y su nuevo destino, mientras la sombra de la traición acecha a ambos reinos. Con el tiempo, su resentimiento hacia Kalina crece, alimentado por manipulaciones y oscuros secretos. Sin embargo, cuando la usurpación del reino lo obliga a confrontar sus verdaderos sentimientos, Adric descubre que no todo es lo que parece. En un mundo donde las lealtades son frágiles y el poder es peligroso, ¿será él el héroe que todos esperan o el villano de su propia historia?

Status
Complete
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I

El crepitar del fuego en la chimenea llenaba la pequeña casa de una calidez reconfortante, mientras me aseguraba de que las botas de Aria estuvieran bien ajustadas. Ella, como siempre, no paraba de moverse, con una sonrisa que parecía desafiar al frío de Nortemaris.

—Adric, ¡ya me has revisado las botas tres veces! —se quejó, dándome un empujón suave, aunque no podía ocultar la risa en sus ojos.

—Solo quiero asegurarme de que no termines perdiéndolas en algún montón de nieve otra vez —le respondí, devolviéndole la sonrisa. Su risa era contagiosa, y por un momento, me olvidé de todo lo que pesaba sobre mis hombros.

Mi madre, sentada junto al fuego, me observaba con esa mirada serena y amorosa que siempre me hacía sentir más joven de lo que era.

—No te preocupes tanto, hijo —dijo—. Tienes un torneo al que ir.

El torneo. Mi corazón se aceleró solo de pensarlo. Hoy no era un día cualquiera, era la oportunidad que había esperado durante años. Si lo hacía bien en el torneo, podría convertirme en un guardia blanco, uno de los protectores personales de la familia real. El prestigio de ese título no solo cambiaría mi vida, sino también la de mi madre y Aria.

Me acerqué a mi madre, le di un beso en la frente y le sonreí.

—Voy a hacer que estemos mejor, ya verás. Hoy es el día.

Ella asintió, aunque en sus ojos había una mezcla de esperanza y preocupación. Sabía lo que significaba este torneo para nosotros, pero también sabía los riesgos. Aún así, no podía dejar que la duda me detuviera.

—Solo vuelve entero, Adric —dijo, alzando la voz mientras me dirigía hacia la puerta.

—¡Siempre lo hago! —respondí con un guiño, abriendo la puerta al viento helado que me golpeó de inmediato. Afuera, las montañas nevadas y los ríos congelados de Nortemaris parecían observarme en silencio. No era un clima fácil para nadie, pero hoy, ni siquiera el frío podría detenerme.

Al llegar al palacio, el ambiente era completamente diferente. Las banderas azul y plateado ondeaban sobre el patio y la multitud ya se había reunido para ver el torneo. El aire estaba cargado de energía, de emoción, y mis amigos no tardaron en encontrarme.

—¡Adric! —gritó Duncan, con una sonrisa que casi competía con el brillo de la nieve a nuestro alrededor. Estaba acompañado de Torian y Fenn, como siempre.

Torian me dio un fuerte abrazo de oso, como si no me hubiera visto en años.

—¡Hoy es el gran día! —exclamó, con los ojos llenos de expectación.

Fenn, siempre el más práctico, me lanzó una mirada burlona mientras ajustaba su arco.

—Dime que no vas a dudar justo ahora —dijo—. Has entrenado más que cualquiera de nosotros. Este torneo es tuyo.

Me reí, sacudiendo la cabeza. A veces, me sorprendía lo bien que me conocían. Claro, estaba nervioso, pero también emocionado. Sabía lo que estaba en juego.

—No puedo dejar que ustedes se lleven toda la gloria —respondí, golpeando el hombro de Duncan—. El título de guardia blanco será mío.

Duncan soltó una carcajada y me dio una palmada en la espalda.

—¡Eso es lo que quiero escuchar! —gritó—. Además, ya sabes lo que dicen: si ganas, te conviertes en noble. Y entonces, ¿quién sabe? ¡Quizás te veamos en los banquetes del palacio!

Mi corazón dio un vuelco ante la idea. No era solo un ascenso. El título de guardia blanco significaba un lugar entre la nobleza, una oportunidad para darle a mi familia una vida que nunca hubiéramos imaginado. No más preocupaciones por el invierno, no más noches temiendo que no hubiera suficiente leña o comida. Solo estabilidad. Y todo dependía de lo que hiciera hoy.

—Vamos, Adric —dijo Torian, señalando hacia la arena de combate—. El torneo está a punto de comenzar. Y sé que no querrás perderte la oportunidad de demostrar lo que vales.

Miré hacia la arena. Los participantes ya se preparaban, y el sonido del metal chocando llenaba el aire. Sabía que tenía lo necesario para competir, para ganar. Lo sentía en mis huesos.

—No voy a perder —dije, y esta vez lo dije en serio.

El bullicio en el aire crecía a medida que el torneo avanzaba. El patio de armas del palacio estaba repleto de nobles, soldados y aldeanos por igual, todos deseosos de ver quién sería el último en quedar en pie. Mis músculos ya sentían el cansancio tras las primeras rondas, pero el entusiasmo y la adrenalina me mantenían en movimiento. Ya había vencido a varios oponentes, algunos más rápidos, otros más fuertes, pero ninguno había logrado detenerme. Estaba cerca, tan cerca de lo que había soñado.

Las espadas resonaban a mi alrededor, pero mi mente estaba fija en el siguiente combate. Sabía que el penúltimo enfrentamiento sería difícil, pero no esperaba lo que se me venía encima.

—Adric, ¿estás listo? —me preguntó Duncan, lanzándome una mirada de apoyo mientras me preparaba para enfrentar a mi siguiente oponente.

—Siempre lo estoy —respondí, aunque en realidad sentía una presión que no había sentido antes. No era un rival cualquiera. Mi próximo contrincante era un guardia blanco.

Cuando lo vi acercarse, el peso de la situación cayó sobre mí como una avalancha. Los guardias blancos eran la élite del reino, los protectores de la familia real, conocidos por su velocidad y destreza. Ver a uno de ellos participar en el torneo me descolocaba. ¿Por qué alguien ya en la cima competiría?

El guardia blanco se movía con una gracia casi sobrenatural. Cada paso que daba, cada movimiento de su espada era preciso, como si supiera de antemano lo que yo iba a hacer. Las primeras estocadas me obligaron a retroceder. Sentía su presencia como una sombra, siempre un paso adelante. Mi brazo comenzaba a sentir el peso de la espada, y aunque lo bloqueaba, sabía que no podía resistir mucho más.

“¿Cómo puedo ganar esto?“, pensé, jadeando mientras intentaba mantener mi guardia alta. El público observaba en silencio, y por primera vez en el torneo, me sentí realmente agotado.

Pero no podía dejarme vencer. Todo por lo que había luchado, todo lo que había prometido a mi familia, dependía de este momento. En el último segundo, vi una apertura. El guardia había bajado ligeramente su guardia tras un ataque fallido. No dudé. Me lancé con todo lo que tenía, desviando su espada con la mía y, con un giro rápido, lo desarmé.

El guardia cayó al suelo, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. El público estalló en aplausos. Apenas podía creerlo. Había vencido a un guardia blanco. Me tomó todo mi esfuerzo, pero lo había logrado.

—Increíble, Adric —dijo Torian, emocionado—. ¡Estás a un combate de la victoria!

Pero no había tiempo para celebrar. Mi último enfrentamiento estaba por comenzar, y mi oponente era un mercenario. A diferencia del guardia blanco, que había peleado con destreza y elegancia, este hombre peleaba con brutalidad. Lo había visto en las rondas anteriores: sus golpes eran rápidos, duros, sin remordimiento. Peleaba a matar.

Sabía que no podía enfrentar su fuerza directamente. Tendría que ser más rápido, más astuto. Cuando el combate comenzó, sentí la furia de sus ataques de inmediato. Cada golpe hacía temblar mi espada. Él no se contenía, no había honor en su pelea, solo violencia.

Me mantuve firme, esquivando cuando podía, usando cada gramo de energía que me quedaba para seguir adelante. Un golpe, dos, luego tres. Finalmente, vi una pequeña ventana de oportunidad. El mercenario había bajado la guardia por una fracción de segundo, suficiente para que lanzara una estocada precisa. Mi espada se hundió en su armadura, no mortalmente, pero lo suficiente para que cayera al suelo.

La multitud estalló en vítores. Lo había logrado. Había ganado el torneo.

Cuando el rey se levantó de su asiento para acercarse, sentí que el mundo entero me observaba. El frío de Nortemaris ya no existía para mí. Solo sentía el calor de la victoria, de la promesa cumplida.

—Adric, hijo de Nortemaris —comenzó el rey, su voz resonando por todo el patio—. Hoy has demostrado tu valía no solo como guerrero, sino como un hombre de honor y determinación.

Mis amigos me dieron palmadas en la espalda, sonriendo de oreja a oreja. El aplauso del público era ensordecedor. Cuando el rey levantó la mano, el silencio se hizo. Entonces, sus palabras cambiaron todo.

—Es un orgullo para este reino tener un hijo como tú.

El público estalló en aplausos nuevamente, y por un momento, el orgullo me hinchó el pecho. Pero entonces el rey continuó, y lo que dijo después me dejó helado.

—Este año, este joven no será simplemente un guardia blanco.

Mi corazón se detuvo. La decepción me golpeó. ¿Cómo podía ser? Había soñado con ese título durante años. Mi oportunidad de ser un guardia blanco se desvanecía frente a mis ojos.

—No —prosiguió el rey, su voz firme—. Este joven será algo mucho más grande.

Los murmullos comenzaron a recorrer el público, y antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, el rey pronunció las palabras que cambiarían mi vida para siempre.

—Desde hoy serás Adric Thalassen, te nombro príncipe de Nortemaris.

La incredulidad me envolvió. ¿Príncipe? No podía ser. Miré a mi alrededor, buscando alguna señal de que todo esto era un malentendido. Pero entonces, los príncipes y la princesa del reino comenzaron a aplaudir, y lo hicieron llamándome “hermano”. La realidad se me vino encima como una avalancha.

El rey sonrió y me puso una mano en el hombro.

—Eres un Thalassen, Adric. Este reino es ahora tu responsabilidad.

El público estalló en vítores y aplausos. La incredulidad pronto se transformó en una mezcla de asombro y orgullo. ¿Yo, un príncipe? Miré a mis amigos, que me miraban con una mezcla de sorpresa y alegría. Todo por lo que había luchado, todo lo que había soñado, había sido superado de una forma que nunca imaginé.

Esa noche, celebraron un banquete en mi honor. La música, la comida y el calor del salón contrastaban con el frío de Nortemaris afuera. Los príncipes y la princesa se acercaron a felicitarme, llamándome “hermano” con genuino afecto. Y por primera vez en mi vida, sentí que pertenecía a algo más grande que yo mismo.