Capítulo único
Desde que conoció a Xeno, Stanley no recordaba un día en el que haya estado lejos de él; incluso si Xeno se hallaba en la universidad a los diez años, por las tardes −algunas noches también− su presencia era recurrente.
Ahora, a sus diecisiete años, Stanley enfrentaba la difícil decisión de lo que debía hacer por el resto de su vida y, aunque la aviación no salía de su cabeza, enlistarse en el ejército igual era una opción y podía ser piloto militar.
Sin embargo, en lugar de encontrarse en cama con la mirada perdida en el techo −y quizá con una mano metida en los pantalones−, como el adolescente promedio, estaba allí, en un bosque a mitad de la maldita nada, junto al cabrón de Xeno, que llevaba un telescopio para observar un fenómeno astronómico imprescindible para su tesis doctoral que desarrollaba en la NASA.
Stanley tenía una crisis existencial y Xeno quería observar sus jodidas nebulosas.
No obstante, Stanley nunca externó sus pensamientos caóticos con Xeno, no porque desconfiara de él, sino que a su lado descansaba, la tormenta en su cabeza se disipaba y… Bueno, tampoco podía negar que le fascinaba memorizar cada curva y expresión que Xeno gesticulaba cuando observaba algo interesante.
Sí, esa también era parte de la cruda realidad de Stanley: estar enamorado de su amigo de la infancia.
Entonces, no dudó ni un segundo en tomar el rifle de su abuelo, una tienda de campaña, dos sacos para dormir y provisiones indispensables, cuando su desquiciado amor platónico se plantó frente a la puerta de su casa con un telescopio y una tableta como equipaje, para decirle que iría a ese bosque donde la gente se suicida para analizar la estructura y la dinámica de una galaxia espiral normal.
Aquello no era lo más loco que Xeno había hecho ni de cerca, tomando como base que lo arrestaron un par de veces en el pasado por fabricar armas y artefactos de potencial destructivo en la cochera de su casa.
En fin, Stanley terminaba de montar la tienda de campaña cuando volvió la mirada a Xeno, quien llevaba un rato hablándole sobre cosas que no entendía. Tal vez si prestaba atención, lograría captar algo.
—...que las galaxias están formadas por un conjunto de componentes; ya sabes, un agujero negro central, un bulbo, un disco grueso, un disco delgado, un halo masivo, brazos espirales, una distorsión oval. Por lo tanto, es necesario saber cuáles son las componentes galácticas que afectan al sistema dinámico que se estudia para…
Pese a que la voz de Xeno sonaba increíble para sus oídos, Stanley no entendía un carajo.
A ver, lo intentaría una vez más.
—Los expertos en caos orbital recomiendan un error máximo en la constante de Jacobi de al menos diez a la menos diez, lo que se puede obtener fácilmente con códigos estacionarios…
Nada.
Stanley negó con la cabeza y soltó un suspiro bajo, resignado. Le agradaba pensar que eso de «los opuestos se atraen» aplicaba a ellos en su totalidad, porque si él vivía en la Vía Láctea, Xeno debía encontrarse en Andrómeda como mínimo.
Aun así, Stanley no dejaba de escucharlo, de analizar cada una de sus microexpresiones.
Le fascinaba.
Por esa misma razón le cortaba el rollo para que fuera directo al punto cuando había más gente presente. Si no podía tener a Xeno como pareja, al menos mantendría esa clase de momentos reservados para él: cuando la emoción brillaba como cientos de estrellas en los profundos ojos de Xeno.
—Y claro que no hay un telescopio de esa resolución, accesible y sin filtros, pero si aumentamos la sensibilidad espectral, podríamos reconstruir la imagen con interpolación digital. Sólo que nadie le invierte tiempo a eso porque prefieren resolverlo por computadora —finalizó Xeno, cruzando los brazos con el entrecejo fruncido y un chasquido de lengua a como punto final.
Stanley emitió un bufido a modo de risa. ¿En qué momento Xeno pasó de parlotear y casi dar brinquitos de emoción por su tesis a criticar en dónde acababa el presupuesto gubernamental destinado a la ciencia? Debía admitir que era bonito verle tener esos cambios de ánimo. Por eso lo dejaba hablar tanto cuando estaban a solas.
—¿Te divierte mi situación? —cuestionó Xeno, recargando el peso en una de sus piernas, echando la cadera hacia ese lado.
—Para nada —respondió Stanley—. Tal vez… —se corrigió—. Sí. Luces bien cuando discutes contigo mismo.
—¿Qué se supone que significa eso? —Xeno enarcó una ceja, a veces no entendía todo lo que Stanley le decía y se forzaba a creer que eran cumplidos en su extraño dialecto juvenil adquirido en una escuela normal.
—Que es hora de que te metas en una bolsa para dormir si ya terminaste de rebuscar en las entrañas del universo.
Si bien, Xeno no exhaló resignado, parte de la tensión del día se disipó en el instante que Stanley le depositó unas palmaditas en el hombro, antes de encaminarlo hacia el interior de la tienda de campaña.
Tras una cena ligera e improvisada mientras charlaban, el primero en caer rendido fue Xeno, quien, en sueños, se lo atribuyó a un momento de relajación de su agitada vida en el Centro Espacial Houston; años más tarde descubriría que la presencia de Stanley le brindaba la seguridad suficiente para permitirse un descanso profundo y reparador.
Por otro lado, Stanley se mantenía despierto; en parte, porque de entrar en la milicia, pasaría un largo rato hasta que pudiera estar con Xeno de la manera en la que ahora se encontraba: frente a él, percibiendo algunos de sus mechones de cabello desordenados, su entrecejo relajado cuando dormía y su respiración pausada.
Podría apostar su vida a que el condenado no tenía idea de cómo suspiraba cada día. Xeno invadía su mente más de lo que le gustaría admitir y sabía que era idiota pensar en tener algo más que una amistad con él, pero el temor de perder aquella cercanía y confianza eran lo que mantenía sus acciones de adolescente enamorado a raya.
«Es mejor de este modo» pensó, considerando que Xeno no permitía el contacto físico con nadie, más allá de un apretón de manos, mientras Stanley gozaba del privilegio de dormir a escasos centímetros de su rostro.
En un maldito bosque.
A mitad de la nada.
Con el riesgo de que la velada romántica se transformara en una historia de terror si los atacaba un oso.
«Por suerte traje el rifle» fue la última frase que hizo eco en su interior, pues los ojos de Xeno abriéndose con calma lo trajeron de regreso a la realidad.
—¿Acabas de recibir señales telepáticas extraterrestres? —intentó molestarlo, con una voz más ronca y pausada debido al cansancio acumulado durante el día.
En condiciones normales, Xeno habría respondido con algo ingenioso. Siempre lo hacía.
No obstante, salió de su bolsa para dormir.
—Hace frío. —Con ese pretexto, Xeno invadió con deliberación el lecho improvisado de su amigo.
—Te dije que trajeras una chamarra. —Stanley chasqueó la lengua en un intento de expresar la inexistente molestia en su interior.
Como si la noche no pudiera tornarse aún más extraña, a Stanley le sorprendió que Xeno le echara una pierna encima, permitiéndole sentir partes de su cuerpo que, hasta ese momento, sólo había delirado en sueños −comúnmente húmedos− dignos de esas páginas que el adolescente promedio abriría en mitad de la noche para quitarse el insomnio.
—¿Tú no tienes frío? —inquirió Xeno.
Stanley se tomó unos segundos antes de responder. No podía permitir que le temblara la voz.
—Un poco.
—Conozco una manera en la que ambos podemos entrar en calor —agregó Xeno, subiendo a horcajadas sobre el abdomen de Stanley—. ¿Quieres intentarlo?
Antes de tener la oportunidad de responder, Stanley centró su vista y sus sentidos en la forma en que Xeno posó las manos sobre sus abdominales, porque no se quedó en eso, sino que el condenado introdujo los dedos bajo la playera y los fue recorriendo hacia arriba, hasta alcanzar el pecho.
Stanley, con la fría lógica que desarrolló por convivir con Xeno, supo que estaba viviendo algo demasiado bueno para ser verdad; sin embargo, sus más salvajes instintos le anestesiaron el raciocinio y mandó al carajo cualquier pensamiento sensato.
—Ninguna persona normal se quita la ropa para entrar en calor. —Pese a decir aquello, Stanley dejó que Xeno lo tocara, que se deleitara con su piel y su temperatura.
—Pero, sin contar el fuego y la energía térmica —continuó Xeno—, la mejor manera de entrar en calor es el contacto cuerpo a cuerpo. Y para eso nos sobra mucha tela, ¿no te parece?
Los ojos de Stanley no podían creer lo que estaban viendo: Xeno desabotonándose la camisa, dejando expuesto su delgado y pálido torso, iluminado con claridad por las luces improvisadas dispuestas en el interior de la tienda de campana.
En un gesto automático, rodeó la cintura de Xeno con las manos; dejó que los pulgares trazaran círculos que no disimulaban en absoluto las intenciones que a duras penas era capaz de contener
—¿Qué estás tramando? —preguntó Stanley, tragando saliva al finalizar, pues su loca imaginación ya se había adelantado mil pasos, arrojándole cinemáticas de cientos de cosas que podrían pasar y que claramente ha visto en internet por “sana curiosidad”.
—¿Tú qué crees? —Xeno esbozó una media sonrisa de intenciones no tan ocultas, antes de agacharse para quedar a escasos centímetros del rostro de Stanley—. En unos meses te enlistarás al ejército y yo también estaré ocupado; no tenemos suficiente privacidad ni en tu casa ni en la mía, así que, ¿por qué no tomamos este momento para despedirnos como es debido?
Sin dudarlo ni un segundo, Stanley invirtió las posiciones de ambos, quedando él sobre Xeno.
—¿Estás consciente de lo que tratas de despertar, Xeno? —le susurró al oído con una voz de terribles intenciones—. No creo que necesites que te explique lo que pasa cuando juegas con fuego.
En lugar de responder de inmediato, Xeno bajó una mano hacia la entrepierna de Stanley, dejando escapar un bufido que no disimuló su siguiente comentario sarcástico.
—¿Tratar de despertarlo? Puedo asegurarte que esto ya está completamente despierto.
En menos tiempo del imaginado, la ropa se había desvanecido y la respiración de Xeno era acelerada, un poco errática en ocasiones, debido a los besos lentos que Stanley depositaba en su pecho, bajando hacia su diafragma y su abdomen, donde un camino de marcas rojizas evidenciaban un deseo descarado.
La mano de Stanley se encontraba cerrada sobre la erección de Xeno, subiendo y bajando con suavidad, antes de apresurarse por un par de segundos, para repetir el cambio de velocidad cuando la leve tensión en los músculos de Xeno se hacía presente. No lo dejaría terminar con tanta facilidad.

Al fin, Stanley tocaba a Xeno como tantas veces había ansiado hacerlo, como él mismo solía satisfacerse de vez en cuando mientras pensaba en un primer encuentro idílico.
—Es… raro verte tan concentrado —dijo Xeno entre placenteras exhalaciones.
—Es que estoy ocupado —murmuró Stanley, disfrutando de la piel que el cuello de Xeno le ofrecía.
Cada tanto, Xeno empujaba la cadera, siguiendo el movimiento de los dedos de Stanley sobre su falo.
Los breves gemidos de Xeno eran música para los oídos de Stanley. Le habría gustado que fueran más prolongados, más escandalosos, más expresivos, pero no por eso despreciaba lo que escuchaba, en su lugar, intentaba arrebatarlos con toda la destreza manual y bucal que poseía.
No logró obtener lo que deseaba, pero sí algo mejor: con el tacto, Stanley advirtió un característico estremecimiento en el pene de Xeno, apenas deslizó la mirada a su vientre, observando la suave contracción y, sin desperdiciar una milésima de segundo, se mantuvo atento al rostro de Xeno, quien entrecerró los ojos al momento de alcanzar el clímax.
Stanley no detuvo el movimiento de su muñeca hasta que estuvo seguro de que todo el semen de Xeno se encontraba fuera y, aunque lamer sus fluidos eran una opción tentadora, se decidió a recogerlos con los dedos, experimentando un extraño morbo por su viscosidad, nada diferente de la propia.
No pensaba ir más allá esa noche porque, en primer lugar; la saliva era un pésimo lubricante; en segundo, no llevó nada que pudiera ser de utilidad; entonces, una loca idea −como todas las que tenía últimamente− atropelló a su buen juicio: ¿Y el semen?
Sabía que no debía aprovechar la vulnerabilidad post-orgásmica de Xeno, pero que tuviera las piernas abiertas todavía y respirara con la boca entreabierta, no ayudaban.
Así fue como, sin ser brusco, aunque con algo de apuro, insertó un par de dedos empapados de semen en el esfínter de Xeno, quien se aferró a sus brazos como reflejo.
—¡S-Stan…! —Se mordió el labio inferior para contener un sonido impúdico.
—Te dije que no era una buena idea jugar con fuego.
Acto seguido, Stanley lamió con descaro uno de los pezones, recordando que aquello había relajado a Xeno al inicio. Ahora le era de mucha utilidad haber prestado una atención insana y obscena a cada una de sus expresiones.
Por la salud mental de Xeno, Stanley no le diría lo lindo que era al apretarse sobre sus dedos, ni lo delicioso que se sentía su cuerpo por dentro. En su lugar, se esmeraba por aflojar bien aquella zona, para que no le resultara doloroso lo que estaba por venir.
Cuando creyó que Xeno estaba bien preparado y consciente de que no podía desperdiciar tiempo en juguetear más con su ano por la escasez de lubricante, Stanley se acomodó entre sus piernas. Dejó caer sobre su glande la saliva que estuvo acumulando varios segundos y rogó que aquello fuera suficiente para no dejar un trauma ni una terrible experiencia.
—Respira profundo —indicó Stanley, restregando la punta de su erección entre los suaves glúteos de Xeno—. Ahora, relájate y contén el aire un segundo.
Al terminar de decir aquello, empujó despacio hacia el interior de ese cuerpo que tanto había fantaseado con despojar de su virginidad.
Xeno arqueó la espalda, exhaló con pesadez y apretó el torso de Stanley con las piernas a medida que este ingresaba. No lo detenía, no lo empujaba, sólo no sabía cómo reaccionar.
Por suerte para Xeno o para desgracia de Stanley, en cuanto las paredes internas de Xeno rodearon por completo el falo de Stanley, algo en su interior se derramó sin el más mínimo remordimiento.
Para Stanley, la sensación de estar dentro del cuerpo de Xeno fue mucho más que placentera, fue ardiente en proporciones colosales. Eso, aunado a la superación de todas sus expectativas, no lograron frenarlo de ceder a su inminente orgasmo.
—¿Qué…? ¿Qué decías? —alcanzó a pronunciar Xeno entre espasmos y extensos jadeos—. ¿Algo de jugar con fuego?
—Oh, cállate —respondió Stanley, con el pecho subiendo y bajando con profundidad, sin contener una sonrisa de oreja a oreja. Debía verse ridículo por haberse venido apenas la puso, aunque también se encontraba estúpidamente feliz.
No quería salir del interior de Xeno, por lo que enfocó de nuevo sus sentidos en memorizar cada segundo que disfrutaba de la calidez en la entrepierna, de esa sensación líquida y pegajosa que… ¿Líquida?
No.
Algo no estaba bien.
De un momento a otro, Stanley abrió los ojos en medio de la oscuridad. Su vista tardó unos segundos en acostumbrarse a lo que tenía delante: Xeno, dentro de su saco para dormir, vestido y cubierto hasta los hombros, con un delgado hilo de saliva recorriendo la comisura de sus labios.

Miró a su alrededor.
En el interior de la tienda de campaña no había iluminación.
Entonces, lo entendió todo.
No tenía que ser un adolescente erudito con doctorado para saber a qué se debía la sensación húmeda y viscosa esparcida por su ropa interior.
Con cuidado de no despertar a su amigo, Stanley tomó el rollo de papel cercano a su cabeza, por un lado del rifle, y con mucho cuidado de no hacer ningún sonido, se levantó para alejarse lo suficiente del campamento improvisado para intentar limpiar lo máximo posible el desastre bajo sus pantalones.
—Maldita sea…
Debió suponer que algo iba muy mal cuando ese supuesto “Xeno” no tuvo el mínimo rastro de vergüenza o nerviosismo al quitarse la ropa o montarse sobre él.
Tampoco podía descubrirlo al instante, considerando que en casi todos sus sueños ese “Xeno” era un irremediable coqueto provocador descarado.
Sí, tal vez ese “Xeno” dijo cosas absurdas y poco elegantes, como aprovechar el momento para despedirse, pero había sido muchísimo más tranquilo que en cualquiera de sus otros delirios eróticos.
Tras terminarse la mitad del papel y mentalizarse para lo que seguía, regresó a la tienda de campaña, sintiéndose molesto consigo mismo por haberse dejado llevar y frustrado con Xeno porque su sueño no fue real (otra vez).
Cuando las microseñales del rostro de Xeno le indicaron que iba a despertar, Stanley se giró para darle la espalda. Por alguna extraña razón intuía que no sería capaz de verlo a los ojos sin sonrojarse.
—Stan… —murmuró Xeno con un tono ronco y somnoliento, frotándose un ojo con los dedos—. ¿Estás despierto?
Stanley tardó unos segundos en contestar.
—Sí.
—¿Qué hora es? —inquirió Xeno, estirándose como podía en el espacio reducido.
—Temprano. —Más allá de sonar como respuesta, parecía un gruñido de un Stanley fastidiado.
—¿Qué tan temprano?
—Lo suficiente como para que te obligue a perder la consciencia si sigues hablando.
Pese a que la oración no iba cargada de una violencia hiriente, Xeno notó que Stanley se encontraba extrañamente a la defensiva.
—¿Tan mal dormiste?
—Alguien habla demasiado en sueños —agregó Stanley con cierta ironía, girándose boca arriba—. ¿Tú qué crees?
—Yo no hablo dormido —replicó Xeno, con una mezcla entre extrañeza e indignación.
—¿Has dormido con otra persona antes?
—No, pero…
—Hablas dormido —interrumpió Stanley—. Punto.
Hubo una pausa, lo que tardó Xeno en tomar asiento, acomodando las piernas en flor de loto y manteniendo la espalda recta.
—A ver, repite algo de lo que dije —insistió, mirando a Stanley como si lo desafiara.
—¿Acaso piensas que soy una especie de loro?
—Por supuesto que no. Un loro sí podría repetir cosas complicadas, en lugar de sacarme la vuelta con preguntas.
—A veces como que te odio —dijo Stanley, torciendo una sonrisa, sin desprecio genuino, con la intención de molestar.
—¿Y las otras veces?
—No quieres saberlo.
En especial porque esas “otras veces” implicaban sueños eróticos salvajes que Stanley no planeaba narrar. En su lugar, carraspeó, como si con eso pudiera eliminar del todo la incomodidad de lo recién ocurrido.
—Si quieres ingresar en la milicia, tendrás que acostumbrarte a despertar temprano —continuó Xeno, regresando la conversación al punto de partida.
—Sí, mamá —contestó Stanley con una mezcla de ironía y fastidio, incorporándose sobre su lugar—. Buenos días para ti también.
Desconocía la razón por la que Stanley se levantó de malas, pero Xeno ahora sonreía satisfecho por haber relajado el ambiente.
Una vez más, Stanley no tenía las agallas ni el corazón para romper esa dinámica. Tal vez aquellos sueños húmedos eran el mal karma de su cobardía o el resultado de un cúmulo de hormonas desbocadas. Esperaba que fuera lo segundo.