Capítulo 1: Kaleam
Me desperté sobresaltada, la luz del sol filtrándose por la ventana. ¡Maldición! Me había quedado dormida. Salté de la cama, mis pies descalzos golpeando el suelo de madera. Mientras me vestía apresuradamente con mi falda favorita y mis botines gastados, mi mente repasaba la lista de artefactos que había terminado anoche.
– Abuela, ¡me voy! – grité mientras trenzaba mi cabello, asegurándolo con un lazo amarillo. Agarré mi bolsa llena de artefactos y salí corriendo por la puerta.
El aire fresco de la mañana me golpeó la cara mientras corría hacia la plaza del pueblo. Mi corazón latía con fuerza, mitad por la carrera, mitad por el miedo de que alguien hubiera tomado mi lugar. Pero cuando llegué, vi con alivio que mi pequeño puesto seguía vacío.
Desplegué mi manta y coloqué cuidadosamente mis creaciones: pequeñas joyas y dagas con gemas y cristales incrustados. Cada una contenía un poco de magia: protección contra resfriados, detección de mentiras, mensajes breves. Nada espectacular, pero útil. Y lo más importante, nos mantenía alimentados a mí y a mis abuelos.
La mañana transcurrió tranquila. Vendí un par de brazaletes anti-resfriado a una madre preocupada y una daga de mensajes a un comerciante. Entonces, como si lo hubiera convocado con el pensamiento, apareció Duncan.
– Buenos días, bella Kaleam – dijo con una sonrisa encantadora, sus ojos verdes brillando con picardía. Su cabello rubio, siempre perfectamente peinado, resplandecía bajo el sol de la mañana. – ¿Qué maravillas tienes para mí hoy?
Reprimí una sonrisa. Duncan, el eterno coqueto.
– Buenos días, Duncan. ¿Otra compañía que impresionar?
– Oh, sabes que estas preciosidades son para las damas más merecedoras – respondió, guiñando un ojo.
Sabía que compraba mis artefactos más por ayudarme que por necesidad, pero apreciaba el gesto. Le mostré un collar con un cristal azul.
– Este revela mentiras. Podría serte útil – bromeé.
Duncan se rió y lo compró, junto con un anillo de buena suerte. Mientras se alejaba, no pude evitar sentir una punzada de gratitud.
Cuando el sol comenzó a descender, empaqué mis cosas. Pasé por el puesto de verduras, comprando lo necesario para la cena. De repente, sentí que alguien me agarraba del brazo y me jalaba hacia un callejón. Mi corazón se aceleró, pero entonces vi quién era.
– ¡Calum! ¡Me asustaste! – exclamé, golpeando su brazo juguetonamente.
Él sonrió, sus ojos grises brillando con picardía. Su cabello oscuro, siempre un poco despeinado, caía sobre su frente, y noté que se había afeitado recientemente.
– Lo siento, no pude resistirme – dijo, sacando un pequeño paquete de su bolsillo. – Ten, lo compré para ti.
Desenvolví el dulce, sintiendo un cosquilleo en el estómago que intenté ignorar. Calum y yo habíamos sido amigos desde la infancia, y a veces... Bueno, no importaba.
– Gracias – dije, mordiendo el dulce. – ¿Qué te trae por aquí? ¿No deberías estar en el consejo?
Su rostro se ensombreció.
– Kaleam, escuché algo. Los de Bramagor vendrán pronto. Para hacer acuerdos sobre la frontera.
Sentí que se me helaba la sangre. Sabía lo que eso significaba.
– Prométeme que no saldrás de casa esa semana – dijo Calum, su voz llena de preocupación. – Eligen a cinco o seis mujeres, y tú...
– No puedo quedarme en casa, Calum – interrumpí. – Sabes que necesitamos el dinero. Mis abuelos...
– Lo sé, pero...
– Estaré bien – insistí, aunque mi voz tembló ligeramente.
De camino a casa, los recuerdos me asaltaron. Mi padre, acusado injustamente de robar planos de artefactos. Su enfermedad, agravada por la vergüenza y el estrés. Cómo nadie nos ayudó...
Sacudí la cabeza, alejando esos pensamientos. No podía cambiar el pasado, pero podía cuidar el presente.
En casa, mi abuela me recibió con un abrazo. Durante la cena, noté las miradas preocupadas que intercambiaban mis abuelos. Sabía que habían escuchado los rumores.
– Kaleam, cariño – comenzó mi abuela, su voz suave pero preocupada. – Hemos oído... bueno, ya sabes.
– Sobre los de Bramagor – completé, mis ojos color miel, herencia de mi padre y mi abuelo, encontrándose con los suyos.
Mi abuelo suspiró pesadamente.
– Son tiempos difíciles, pequeña. Quizás deberías...
– No voy a esconderme – dije firmemente. – Necesitamos el dinero, y mis artefactos nos lo proporcionan.
– Pero el riesgo... – empezó mi abuela.
– Lo sé – la interrumpí suavemente. – Pero estaré bien. Soy cuidadosa.
Hubo un momento de silencio tenso.
– Tu padre estaría orgulloso – dijo finalmente mi abuelo, sus ojos, tan parecidos a los míos, brillando con una mezcla de orgullo y preocupación. – Eres tan valiente como él.
La conversación derivó hacia temas más ligeros después de eso, pero pude sentir la tensión subyacente durante toda la cena.
A la mañana siguiente, mi abuelo me pidió que no trabajara esos días. En respuesta, le mostré mi cesta llena de artefactos.
– Venderé hasta el último hoy – le prometí. – Tendremos suficiente para unos días. No te preocupes.
En la plaza, los rumores zumbaban como abejas enojadas. Aún no había señales de los guerreros de Bramagor, pero la tensión era palpable. Calum me acompañó en la noche a casa, su presencia un consuelo silencioso.
El día transcurrió lentamente mientras me ocupaba de las tareas de la granja. Alimenté a los animales, ordeñé las cabras y me dediqué a la cosecha. Normalmente, estas tareas las compartíamos entre mis abuelos y yo, pero hoy quería que descansaran. Mientras trabajaba, pensaba en la posibilidad de vender parte de la cosecha en el mercado. Cada moneda extra contaba.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, me dirigí hacia la casa, exhausta pero satisfecha. De repente, un ruido proveniente del granero captó mi atención. Mi corazón se aceleró mientras me acercaba sigilosamente.
Al abrir la puerta, vi una criatura deforme intentando alcanzar a nuestras gallinas. Sin pensarlo dos veces, agarré la espada que siempre mantenía cerca y ataqué. La criatura chilló, sorprendida por mi repentino asalto. Logré herirla, pero escapó hacia la oscuridad de la noche.
Con el corazón aún latiendo con fuerza, corrí hacia la casa. A mitad de camino, vi otra criatura acercándose a mis abuelos, que estaban en el porche. El pánico me invadió; no llegaría a tiempo.
De repente, una figura alta y fornida apareció de la nada. Con un movimiento fluido, su espada cortó el aire y la cabeza de la criatura rodó por el suelo. Me quedé paralizada por un momento, procesando lo que acababa de ocurrir.
Me acerqué para agradecer a nuestro salvador, pero las palabras se congelaron en mi garganta cuando reconocí la capa característica de los guerreros de Bramagor. El hombre se volvió hacia nosotros, su rostro parcialmente oculto por las sombras.
– Gracias por salvarnos – dije, tratando de mantener la voz firme.
Mi abuelo, sin embargo, parecía aterrorizado.
– Por favor – suplicó. – No se la lleven. Es todo lo que tenemos.
El guerrero nos miró confundido por un momento. Luego, sus ojos se posaron en mí y, con un tono que no supe interpretar, dijo:
– No es lo suficientemente bonita.
No supe si ofenderme o sentirme aliviada. Mi abuela, siempre protectora, intervino:
– ¿Qué quiere decir con que no es bonita? Nuestra Kaleam es hermosa.
El guerrero pareció darse cuenta de su error y trató de explicarse.
– Me refiero a que... en nuestro pueblo, necesitamos mujeres robustas, con buen físico. Que puedan soportar el clima y las condiciones de vida. No quise decir...
No pudo terminar la frase. Para su sorpresa, y la mía propia, me encontré riendo.
– Entiendo – dije, aún con una sonrisa en los labios. – ¿Hay algo que podamos hacer para agradecerle su ayuda?
El guerrero pareció relajarse un poco.
– En realidad, vine buscando a un artesano del pueblo. Necesito un artefacto.
Se llevó la mano al rostro, apartando el cabello que lo cubría parcialmente. Una cicatriz profunda cruzaba desde su frente, pasando por su ojo derecho, hasta la mejilla.
– Necesito algo que oculte esto – dijo en un susurro.
– Hay mejores artesanos en el centro del pueblo – comenté. – ¿Por qué no va allí?
– No quiero mostrarme así – respondió, cubriendo su rostro nuevamente.
Algo en su tono me conmovió. Entendía el deseo de ocultar las heridas, tanto físicas como emocionales.
– Yo puedo hacerlo – me ofrecí. – En dos días tendré algo para usted.
Asintió, agradecido.
– Mi nombre es Dorian, por cierto.
Antes de que pudiera responder, mi abuela intervino con su habitual hospitalidad.
– ¿Por qué no se queda a cenar, Dorian? Es lo menos que podemos hacer.
El guerrero titubeó, pero finalmente aceptó.
—Cuéntanos, Dorian —dijo mi abuela mientras servía la sopa—, ¿cómo es la vida en Bramagor? Apenas sabemos lo que sucede allí más allá de los rumores que escuchamos.
Dorian, que hasta ese momento había estado callado, se inclinó un poco hacia adelante y su mirada se suavizó al hablar de su hogar.
—Bramagor es un lugar duro —admitió—. El clima es extremo, la tierra es rocosa, y las criaturas que acechan en los bosques y montañas nos obligan a estar siempre vigilantes. Pero es nuestra tierra. Y estamos orgullosos de ella.
Hablaba con tal firmeza que no dejaba lugar a dudas de su orgullo. Este no era un hombre que se avergonzara de su origen. Los guerreros de Bramagor tenían fama de ser brutales, y quizás por eso muchos los temían, pero mientras hablaba de su pueblo, pude ver que para él había mucho más que esa fachada de guerrero duro.
—Se dice que se llevan a las mujeres a la fuerza —intervino mi abuelo, con el ceño fruncido, buscando aclaraciones.
Dorian negó con la cabeza, su mirada firme.
—Eso es una gran mentira —respondió, con un tono serio pero sin rastro de enojo—. Nunca nos llevaríamos a una mujer a la fuerza. En Bramagor valoramos a las mujeres por lo que son: compañeras y aliadas. Necesitamos a aquellas que estén dispuestas a vivir a nuestro lado, ayudándonos con los quehaceres mientras nosotros las protegemos y defendemos a la región. No buscamos esposas, buscamos compañeras de vida, alguien que quiera estar a nuestro lado, no por obligación, sino porque lo elige.
Sus palabras me dejaron pensativa. Hasta ahora, la imagen que tenía de Bramagor era la que todos en el pueblo compartían: hombres que tomaban lo que querían sin preguntar. Sin embargo, Dorian hablaba con un respeto genuino hacia las mujeres y la vida en su tierra. Aun así, una parte de mí seguía siendo cauta, aunque ahora entendía un poco mejor su perspectiva.
—¿Por qué entonces la gente teme tanto a tu pueblo? —pregunté, manteniendo la voz firme, aunque con curiosidad sincera.
—Nos malinterpretan porque somos distintos —respondió, sin titubear—. Somos guerreros, y nuestro modo de vida es diferente. Mientras otros pueblos comercian y trabajan la tierra, nosotros vivimos para proteger. Las criaturas que acechan en las montañas y los bosques, las mismas que podrían destruir pueblos enteros, son nuestra responsabilidad. Nos ven como salvajes porque ven nuestra fuerza y la confunden con brutalidad.
La conversación continuó de manera más ligera después de eso, pero sus palabras resonaron en mi mente. Cuando Dorian se despidió al final de la noche, sus últimas palabras fueron una promesa:
—No te preocupes, Kaleam. Ninguno de los nuestros te pedirá que nos acompañes. Te lo aseguro.
Asentí, agradecida, y aunque aún me costaba bajar la guardia, empezaba a ver que quizás había juzgado a Bramagor de manera equivocada.
La segunda noche, Dorian volvió como había prometido, justo antes de la cena. Había venido a ver los avances del broche que me había encargado. Me tomé mi tiempo en mostrárselo, esperando que comprendiera el diseño.
—Aquí lo tienes —dije, mostrándole el broche simple. No había decoraciones exageradas ni adornos llamativos. A simple vista, era solo un pedazo de metal bien trabajado.
Dorian lo tomó en sus manos, frunciendo el ceño con curiosidad.
—No veo la gema —dijo.
Sonreí un poco y giré el broche, mostrando el mecanismo oculto. Con un leve movimiento, la pequeña gema resplandeció por un momento bajo la luz de la lámpara.
—Es discreta. —expliqué—. Si no quieres que sepan que llevas un artefacto mágico, es mejor mantenerlo oculto. Solo tú sabrás cómo revelarlo cuando lo necesites.
Dorian asintió, impresionado. Me pidió que se lo colocara, y lo hice con cuidado. La magia del broche actuó casi al instante, suavizando su piel y ocultando la cicatriz que marcaba su rostro.
—Es... increíble —dijo, palpándose la mejilla, ahora lisa y perfecta.
—Funciona bien —respondí, intentando no parecer demasiado satisfecha con mi trabajo. Sabía que lo necesitaba para algo más que simple vanidad, y aunque no pregunté en ese momento, algo en su mirada me hizo pensar que había más detrás de su petición.
Durante la cena, la conversación giró en torno a la vida en Bramagor. Aunque ahora comprendía mejor su forma de vida, seguía siendo fascinante escuchar sus relatos sobre los combates, las criaturas que enfrentaban y las celebraciones que realizaban en su pueblo.
—¿Entonces las mujeres allí son... compañeras en todo? —pregunté, genuinamente curiosa.
—Así es —respondió Dorian—. Nos ayudan a mantener el hogar, a trabajar en lo que necesitan, pero nunca dejamos que enfrenten el peligro solas. Nuestra misión es proteger, no solo a ellas, sino a toda la región. Y, por eso, necesitamos mujeres fuertes, dispuestas a enfrentar las dificultades del clima y del terreno.
No pude evitar admirar la seriedad con la que hablaba. Para Dorian y su gente, las mujeres no eran un adorno o una posesión. Eran una parte integral de su vida, y esa era una perspectiva que pocos en mi pueblo entendían.
La tercera noche, Dorian vino a recoger el broche ya terminado. Al colocárselo de nuevo, la transformación fue sorprendente. Sin la cicatriz, su rostro parecía mucho más joven, incluso menos intimidante. Pero su presencia seguía siendo la de un guerrero, firme y decidido.
—Has hecho un trabajo extraordinario, Kaleam —dijo, tocando el broche con gratitud—. Nunca imaginé que algo tan pequeño pudiera tener un efecto tan grande.
—Me alegra que te guste —respondí—. Espero que te sea útil.
Dorian se despidió esa noche, agradecido por mi trabajo. No era una despedida dramática, simplemente nuestro trato había terminado. Pero antes de irse, se detuvo en la puerta y me miró.
—Recuerda, Kaleam —dijo con firmeza—. Ninguno de los nuestros vendrá por ti. Estás a salvo, lo prometo.
Asentí, agradecida, pero sin decir nada más. Lo vi desaparecer en la oscuridad de la noche.
Al día siguiente, mientras vendía mis artefactos en la plaza del pueblo, vi a Dorian de nuevo. Pero esta vez no estaba solo. A su lado caminaba Isolda, la hija del líder del consejo. Era imposible no notar lo deslumbrante que se veía, siempre elegante, siempre perfecta. Dorian la miraba de una forma que no podía malinterpretarse: estaba enamorado.
Por un instante, comprendí el motivo de su deseo de ocultar la cicatriz. Lo había hecho por ella, para que Isolda no lo rechazara. Y aunque sentí una pequeña punzada de pena por Dorian, conocía bien a Isolda. Era hermosa, sí, pero también manipuladora. Había escuchado suficientes rumores para saber que no era honesta en sus intenciones.
Duncan, quien siempre había sido un hombre astuto, evitaba a Isolda, y eso ya decía mucho. Me preocupaba que Dorian, con toda su nobleza, estuviera cayendo en sus redes. Sabía que ella no estaba interesada en alguien como él, alguien con honor. No pude evitar sentir que, al final, él terminaría siendo herido por sus manipulaciones.
Suspiré, volviendo mi atención a mis creaciones. Después de todo, Dorian era un guerrero fuerte, pero a veces, las batallas más difíciles no son contra monstruos o enemigos, sino contra los sentimientos y las personas en las que creemos.