1. Un dulce
Yim Sung-Jin
Dicen que el amor es dulce, como una paleta de fresa un día de verano. Pero hay una gran diferencia: las paletas se acaban. Se deshacen en la lengua, dejan un recuerdo pegajoso y un palo vacío que uno termina tirando a la basura. El amor, en cambio, debería perdurar. Debería ser más fuerte que el azúcar. Debería quedarse en el pecho, no en la lengua.
A veces pienso que el amor es como un beso: cálido, vibrante, dulce… pero limitado. Porque eventualmente hay que separarse para respirar, y no todos vuelven después de tomar aire. Algunos se pierden en la bocanada, otros simplemente deciden no regresar. El amor se parece también a una goma de mascar: al principio es intenso, emocionante, divertido. Pero luego se le va el sabor, y la mayoría lo escupe sin pensar dos veces, sin mirar dónde cae.
En resumen, el amor verdadero es eterno. Y yo, un goloso empedernido, estoy condenado a buscar amores que sepan a fresa, a cereza, a algo que me endulce los días grises, aun cuando me quemen la lengua.
—¡Lo juro, es todo lo que tengo! —grité entre lágrimas, intentando zafarme del agarre de Woo Hee-Chul. Pero su mano no cedía. Sus dedos eran como grilletes, clavándose en mi piel y obligándome a mirarlo. Su expresión estaba tallada en piedra, pero sus ojos ardían con algo más oscuro que el enojo.
Suena ridículo decir que tengo un abusón en la universidad. Nadie lo llama así. Nadie se atrevería. Pero ¿cómo llamar a alguien que no ha dejado de acosarme desde que me declaré abiertamente gay? Desde ese día, Hee-Chul se convirtió en una sombra que me persigue, que se alimenta de mis miedos y de mis ahorros. Y hoy, como siempre, se asegura de recordarme que mi existencia le pertenece.
Me tiene acorralado contra la pared de un pasillo vacío. La luz del atardecer se filtra por las ventanas, proyectando sombras largas, distorsionadas, como si el edificio entero fuera cómplice de su crueldad. Su mano derecha me aprieta el cuello de la camisa, arrugándola con fuerza, mientras su otra mano saca un puñado de billetes arrugados de mi mochila abierta. Mis cuadernos están desparramados por el suelo como restos de dignidad, mis apuntes mezclados con el polvo.
—¿Esto es todo? ¿Esta miseria? —escupe, dejando caer el dinero al suelo para luego pisotearlo con desprecio—. Más te vale traerme algo que valga la pena mañana.
Me suelta de golpe, y el aire regresa a mis pulmones con un dolor punzante. Pero antes de irse, patea mi mochila con violencia, haciéndola chocar contra la pared contraria. El ruido resuena por el pasillo, un recordatorio de que, por mucho que lo intente, no puedo escapar.
No es la primera vez. Y sé que no será la última. Cada golpe me duele como el primero. Cada insulto deja una herida invisible que nadie se molesta en curar. Me agacho en silencio, recogiendo mis cosas una por una, como si al ordenarlas pudiera reconstruirme.
La universidad está llena de gente. Gente que vio lo que pasó. Gente que desvió la mirada. Gente que no quiere problemas. Y no los culpo: Woo Hee-Chul es el chico perfecto a los ojos de todos. El preferido de las chicas. El terror de los chicos. El tipo de persona que nadie se atreve a cuestionar.
Y, sin embargo, sigo esperando. Esperando que algún día alguien me vea. Que alguien me diga que no estoy solo. Que el amor, el de verdad, también es para mí.
Han Tae-Min
Mi novia, Sook Min-Seo, no es perfecta. Aunque muchos lo digan, aunque todos la vean como la chica ideal —con su sonrisa encantadora, su voz dulce y esa forma de hacer que todos giren la cabeza al pasar—, yo sé que hay algo detrás de esa imagen impecable que no cuadra.
Al principio, era todo lo que había soñado. Ella me hacía sentir importante, especial. Me buscaba en los pasillos, me enviaba mensajes de buenas noches. Me miraba como si yo fuera el único en su mundo. Pero con el tiempo, su mirada cambió. Se volvió más fría, más ausente. Su voz, antes tierna, empezó a esconder cuchillas entre risas. Sus “bromas” dejaron de sonar inocentes.
—Lim Ki-Ho es mucho más gracioso que tú —decía, riendo después como si nada—. Solo bromeo.
Pero esas “bromas” se repiten. Y se clavan. Cada comparación es como una astilla que se queda en mi pecho, acumulándose, hasta que respirar duele. Empezó a compararme con su mejor amigo en todo: que si era más divertido, más inteligente, más guapo.
Quise defenderme. Quise pagarle con la misma moneda, tal vez coquetear con alguien más, tal vez hacerla sentir lo que yo sentía. Pero es difícil ignorar los sentimientos cuando aún la amas. Porque sí, aún la amo. No puedo mentirme. Y aunque a veces pienso que esto es más una dependencia emocional que un amor sano… me da igual. La quiero. Con sus defectos, con sus bromas hirientes, con sus ausencias. Tal vez porque aún tengo la esperanza de que vuelva a ser la chica que conocí.
Hoy planeo llevarla a la feria. Pienso que, tal vez, entre las luces de neón, los peluches baratos y el algodón de azúcar, algo en ella recuerde cómo éramos al principio. Quizás ría de verdad conmigo. Quizás me mire como antes. Quizás se dé cuenta de que soy más divertido que Lim Ki-Ho. Quizás, por una noche, pueda sentir que soy suficiente.