Detective de su propia historia
Cuando los padres de Elara decidieron separarse, se puede decir que su vida cambió. Pero, en realidad, lo que experimentó no fue exactamente eso, sino que lo aceptaba de una manera resignada, sabiendo que entre ellos nada cambiaría. Era una extraña sensación, porque nunca vio a sus padres vivir felices juntos, no hacía falta llorar por algo que nunca existió entre ellos dos.
Elara bajó las escaleras y vio a su madre guardando fotos en cajas, mientras observaba detenidamente una foto de los tres. Se podía notar cómo la melancolía invadía su cuerpo y llegaba a sus ojos. Eso hizo que Elara descendiera más lento por la escalera, resignada al hecho de que quizás empezaba ese cambio que no quería notar o sentir.
—Mamá, ¿tendrás otras cajas donde guardar estas cosas para poder donar? Siento que ya no lo necesito —dijo Elara.
Cuando le habló, su madre volvió al acto de guardar y no recordar, tratando de evitar ese momento.
—Sí, hija. Dejé todas las cajas en la cocina —contestó Lilian con un suspiro al final.
Empezaron a llevar al auto lo que creían que era lo más importante, y lo demás lo dejaron en el camión de la mudanza, viendo cómo todo lo que habían formado como una familia se trasladaba con un pasaje para dos personas y no tres.
Lilian abrazó a su hija mientras observaba el camión, resignada a la decisión que había tomado y que ya se estaba haciendo realidad. Sentía sensaciones que jamás pensó que existían, pero ahí estaban. Sabía que la mejor decisión era vivir con su madre, Emma, para encontrar un refugio y un lugar seguro donde poder estar, y entender que algo en su vida había terminado. Algo que pensaba que sería eterno... y no lo fue.
Elara se despidió de su papá. Vio la pena en sus ojos, sabiendo que sería algo difícil, pero que a veces la mejor decisión no siempre es la más sencilla.
Oliver tomó a su hija entre sus brazos, la miró y dijo:
—Hija, te amo. Quiero que lo sepas. Sabes que me puedes llamar para lo que necesites.
Oliver hizo una pausa, acarició el rostro y el cabello de Elara, y la miró fijamente.
—Tú tienes una parte de mi corazón. Eso nunca lo olvides.
Elara asintió con la cabeza y respondió:
—Yo también te amo, papá.
Oliver vio cómo Elara y Lilian subían al auto y miraban por última vez la casa donde habían vivido tanto tiempo, sabiendo que no volverían a ella de la misma forma que era antes.
Mientras Lilian manejaba, dirigió su mirada al retrovisor y vio a su hija. La notó extraña, sin entender, y a la vez comprendiendo la situación. Elara tenía una edad en la que entendía lo que ocurría a su alrededor, pero los sentimientos eran nuevos; solo el tiempo haría que los comprendiera por completo.
Lilian le dijo:
—Elara, sé que es un cambio importante en tu vida.
Ella solo miró el retrovisor, devolviendo la mirada, pero no podía hablar; solo quería mantener la mente en blanco.
Lilian necesitaba saber lo que sentía su hija, y volvió a decir:
—Ok... yo sé que es una decisión muy importante y... tengo miedo.
Al decir eso, Lilian hizo una pausa, pensando cómo podía expresar de la mejor manera lo que estaba sintiendo.
—Sí... siento miedo a lo nuevo y desconocido —dijo Lilian, buscando las palabras para hablar con una niña de dieciséis años, sabiendo que no era fácil.
—Mamá, quédate tranquila. Respeto tu decisión, pero no quiero hablar más de esto. Ya lo conversamos con papá y creo que es suficiente —respondió Elara, mientras miraba por la ventana, tratando de dar por terminada la conversación.
Poco a poco se empezaban a alejar de la ciudad y notaban cómo desaparecían las casas, dando paso al campo y a la naturaleza, que invadían el paisaje.
Después de algunas horas, se dieron cuenta de que estaban entrando en un pequeño pueblo, con calles más angostas, donde ni siquiera cabía un vehículo. Era ideal para dar una agradable caminata, lejos del caos del tráfico, y así poder entrar en pequeños locales o en su hermosa cafetería con flores alrededor, donde uno podía hundirse en un libro y soñar.
Al cruzar el pueblo, a lo lejos se apreciaba una hermosa laguna, donde la gente caminaba para tomar el sol y alimentaba a las aves con migajas de pan. Pero la abuela Emma no vivía en el pueblo, sino a un kilómetro más allá.
Elara se dio cuenta de que doblaban por un camino rodeado de árboles; si uno los miraba con atención, podía ver cómo la luz se filtraba entre sus hojas, hasta llegar a una casa grande, con un toque antiguo.
En la puerta, estaba la abuela Emma, admirando sus flores. De pronto levantó la cabeza y notó que su hija llegaba. En su expresión se reflejaba la felicidad de verlas llegar.
—¡Ahí estás, mi pequeña Luna! —exclamó.
Elara solo se dejó abrazar, sintiendo su calidez y amor.
—Hola, abuela. Ya llegamos —dijo Elara con un tono de cansancio.
—Así veo, mi Luna —respondió Emma.
Elara la miró, extrañada de que dijera eso. Mientras entraba a la casa, pensaba:
¿Mi Luna? ¿Por qué “mi Luna”?
Subió las escaleras y sintió cómo cada peldaño rechinaba bajo sus pies, hasta que escuchó a su abuela gritar desde abajo:
—¡Elara! Sube las escaleras y abre la primera puerta a la derecha. ¡Ahí está tu dormitorio!
—¡Ya! —respondió Elara, algo curiosa por la casa.
En el pasillo, antes de llegar al cuarto, vio algunas fotos: eran recuerdos de su abuela, su abuelo y su madre. El ambiente se sentía acogedor y feliz.
Cuando llegó al cuarto, vio que estaba completamente vacío, como si esperara a alguien que lo llenara. El sol lo iluminaba, y un árbol sin podar golpeaba con sus ramas la ventana. Ella acercó la mano para sentir el pequeño impacto, pero en cambio, sintió el frío en sus dedos y cómo el calor de su respiración nublaba el vidrio.
En su reflejo reconocía su cabello rojizo y rizado, su piel blanca como la nieve y las pecas que adornaban sus mejillas.Se alejó lentamente, pensando en cómo todo estaba cambiando, haciéndola dudar de lo que vendría en su futuro.
Sentía que todo era un misterio, y que ella misma era la detective de su propio caso sin resolver.
Al despertar, Elara abrió los ojos y, por un segundo, no reconoció el lugar. Pero pronto se dio cuenta de que estaba en su nueva pieza, un espacio aún desconocido para ella.
Sentada en la cama, vio una pequeña ave muy cerca. Para acercarse un poco más, se levantó y fue hacia la ventana. Desde allí observó el hermoso jardín de su abuela Emma. Se notaba que le gustaban las flores; el jardín estaba repleto de distintas variedades, mezclando colores y formas que parecían escogidos con delicadeza.
El jardín tenía un límite claro, porque justo al final comenzaba un bosque frondoso. Desde esa distancia no se apreciaba si tenía caminos o senderos, pero Elara sintió una pequeña curiosidad por descubrir cómo era ese lugar.
De pronto, escuchó unas voces discutiendo. Bajó rápidamente y vio a su abuela con su madre.
—¿Pero qué discuten? —preguntó Elara, con un tono agobiado.
—Nada, hija. Ven, siéntate. ¿Quieres tomar desayuno? —respondió Lilian algo apurada, mientras la abuela Emma observaba el comportamiento de su hija y su nieta.
—Bueno —dijo Elara, tomando una taza para servirse un té.
—Elara, ya que estás acá, quiero comentarte algo. Detrás de la casa hay un bosque. Por favor, te pido que no entres ahí —dijo Emma, con un tono firme, casi de mando.
—Lilian, no es una niña. Ella puede decidir dónde puede ir o no —dijo la abuela Emma, haciendo una pausa para ver si su hija entendía que el lugar no era peligroso—. Es una adolescente, puede aventurarse. Es un hermoso bosque, déjala recorrerlo —agregó, respondiendo con firmeza al mandato anterior.
—Mamá, es mi hija y yo sé lo que digo. Sabes que no es un lugar seguro —replicó Lilian, tensa.
—Tonterías, hija. Sí es un lugar seguro. Déjala que haga lo que quiera hacer.
—¡Mamá, entiende! Elaranoentrará ahí. Y no sigas con eso, si quieres que sigamos acá, por favor.
Elara no entendía el alboroto que hacían, y respondió:
—Ya, mamá, no hay que pelear. No entraré... déjalo así —dijo, mientras le daba un mordisco a su tostada.
Luego agregó:
—Ya que no puedo ir al bosque, ¿puedo ir al pueblo a recorrer un poco y conocer el lugar? Aparte... quiero comprar un libro.
—Sí, no hay ningún problema. Pero recuerda ir con cuidado —respondió Lilian con un tono de advertencia.
—Sí, mamá. No pasará nada.
Elara revisó su bicicleta, se colocó los audífonos y se dirigió al pueblo. Mientras pedaleaba, sentía cómo el viento helado chocaba contra su rostro. Era una sensación muy placentera, al sentir el frío del viento y el calor del sol al mismo tiempo.
A medida que avanzaba, notó que estaba llegando al pequeño pueblo y se dio cuenta de que había pasado junto a un castillo. Se detuvo para acercarse un poco más y, a lo lejos, vio un pedestal con información sobre quién residía en aquel lugar. Decía que era la casa de veraneo de una condesa llamada María. Estaba justo frente a la gran laguna, rodeada de un hermoso pasto verde.
Elara hizo una pausa para mirar y respirar profundamente, disfrutando el aire húmedo del sitio. Luego tomó su bicicleta y siguió su camino.
Al llegar a la calle principal, se detuvo y le preguntó algo a un caballero que caminaba por allí.
—Disculpe, ¿dónde está la librería más cercana? —preguntó Elara, algo agitada por pedalear.
—Sigue derecho dos calles, dobla a la izquierda y encontrarás la librería —respondió el caballero amablemente.
—Muchas gracias.
—De nada.
Entró a la librería, empezó a mirar los libros y tomó el primero que vio. Luego fue a pagar.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Elara al vendedor.
—¡Ah! Tenemos a una chica filosófica —dijo el joven, sonriendo.
—Aaa... —respondió Elara, no muy convencida de lo que estaba comprando.
—¿Te gusta la filosofía? —preguntó él, hojeando el prólogo.
—La verdad es que no mucho —dijo Elara, algo dudosa.
—¿Y por qué lo compras? —preguntó él con curiosidad.
—Solo me dejé llevar por la portada, tal vez. Solo quería llevar algo para leer.
—Ah, lectura ligera. Sabes, mejor te recomiendo este. Quizás haga volar tu imaginación —dijo, pasándole un libro algo más corto.
Elara lo observó por un momento y sonrió.
—Bueno, entonces me llevo este.
—Y... ¿eres de por aquí? —consultó el joven, algo curioso.
—Sí... así creo —respondió Elara, bajando un poco la voz—. La verdad es que me vine a vivir con mi mamá, a casa de mi abuela Emma. Llegamos ayer.
—¿La señora Emma? Es muy cariñosa. Siempre viene a comprar libros. Le gustan el romance y también las leyendas del lugar.
—¿Sí? Mmm... le preguntaré. Muchas gracias por la recomendación.
Guardó el libro en su mochila, recorrió un poco la librería y luego volvió a la casa de su abuela.
Apenas llegó, Elara fue a tomar un vaso de agua. Había andado tanto en bicicleta que tenía la boca seca. Cuando llenó el vaso, levantó la mirada y se dio cuenta de que su abuela estaba sentada en la terraza.
Veía cómo el viento movía su cabello y los rayos del sol acariciaban su rostro. Emma parecía disfrutar cada aroma y cada sonido del lugar. Elara sentía curiosidad por esa mujer que estaba afuera, porque prácticamente no la conocía. Hacía mucho tiempo que no la veía ni conversaba con ella.
La verdad, pensó, la vida de una abuela es un misterio. En algún momento fue niña, joven, mujer... y ahora es mi abuela. Puedes ver cómo sus ojos marcan el final del camino, y quizás muchas de las personas que más amó ya no están con ella.
Dejó el vaso a un lado y se animó a hablarle.
—Abuela... ¿qué haces afuera? —preguntó Elara con un tono cálido.
—Recordar... Sabes, es curioso cómo nosotros estamos en un lugar y luego desaparecemos, pero este sitio sigue existiendo —respondió la abuela Emma, con un tono de melancolía.
—¿Por qué dices eso, abuela? —preguntó Elara, algo curiosa.
—Acá mismo pasábamos con tu abuelo, recostados, comiendo algo o simplemente viendo las nubes. Mira, ¿ves ese tronco? —le señaló a Elara—. Bueno, ahí colocaba sus piernas cuando se cansaba. Y si ves el lugar... sigue igual, solo que ahora ya no lo veo.
La abuela hizo una pausa y respiró profundamente antes de continuar:
—Aunque sé que está conmigo, muchas veces deseo volver a ese momento... y no se puede.
Apoyó el brazo en la silla y señaló con el dedo índice, como si quisiera marcar algo muy importante.
—¡Ahí! Es cuando sabes lo hermoso que era cuando sonreía... o se ponía de malhumor por cualquier tontería. Y piensas en lo perfecto que era ese pequeño momento. Aprovecha cada instante de tu vida, sé inteligente, ¡vive!, ¡respira! Quizás tu abuelo ya no está, pero estás tú aquí, a mi lado, escuchando. Sintiendo conmigo la mezcla del viento helado y el sol tocando nuestros rostros, escuchando a los pájaros cantar... y cómo el olor a tierra mojada invade uno de tus sentidos.
En ese momento, la abuela Emma cerró los ojos y tomó con fuerza la mano de Elara, sintiendo cómo su energía traspasaba sus manos y llegaba hasta ella.
En ese momento, Elara no sabía qué decir. Solo hizo caso a su abuela y decidió disfrutar cada segundo a su lado.
Giró la cabeza para observar las arrugas marcadas en sus ojos, cómo sus mejillas ya no eran firmes ni aterciopeladas. Miró sus dedos, largos y arrugados, y comprendió que ese instante no se repetiría. Ese era su momento perfecto.
Pasado un rato, la abuela Emma miró a Elara y le dijo:
—¿Vamos? Tengo algo de sueño.
Elara asintió con la cabeza, la ayudó a levantarse de su asiento y la acompañó hasta su habitación para que se recostara. Se quedó un momento contemplando el rostro dormido de su abuela y luego recordó el libro que había comprado, así que se dirigió a su propia pieza.
Al llegar, vio un sillón alargado junto a la ventana con un cómodo cojín... o al menos eso pensó Elara al verlo.
Lilian, mientras tanto, estaba ordenando algunas cosas de su antigua casa. Al girarse, vio a Elara parada en la puerta de su habitación, y se dirigió hacia ella.
—¿Te gusta? —preguntó Lilian, con unas sábanas en los brazos.
—Sí, mamá.
—Encontré que sería un buen lugar para leer —dijo Lilian, acercándose a la ventana con una sonrisa.
—Creo que es muy lindo... los colores —comentó Elara, mientras se acercaba a su madre y se apoyaba en su brazo. Juntas, observaron el jardín desde la ventana.
Lilian miró a su hija con ternura y luego se apartó para seguir ordenando sus cosas. Mientras se alejaba, Elara le dijo:
—¡Mamá! Me gusta cómo dejaste el sillón.
Lilian le sonrió, complacida por el comentario de su hija.
Van pasando los días y Elara se siente cada vez más cómoda en la casa de su abuela. La pieza ya no era un lugar desconocido, los muebles estaban en el sitio correcto, y ya sabía dónde colocar su alfombra para que sus pies no sintieran tanto frío antes de ponerse los zapatos.
Pasaba gran parte del tiempo en su habitación, leyendo en el sillón que su mamá había preparado especialmente para ella. Durante las pausas, miraba con curiosidad hacia el gran bosque.
De pronto, su madre abrió la puerta y le dijo:
—Recuerda que debes arreglar tus cosas para el colegio.
Lilian se acercó a ella.
—¿Estás nerviosa por conocer nuevos amigos?
—La verdad es que no —respondió Elara, sin mucho interés, mientras seguía mirando por la ventana.
—Bueno... recuerda lo que te dije.
—¿Qué?
—¡Ordena, Elara! —dijo Lilian, algo agotada de que su hija no la tomara en cuenta. Luego se fue.
Elara volvió a mirar hacia el bosque y se dio cuenta de que había una pequeña entrada, como si fuera un sendero. Ya eran las doce del día, y el clima estaba hermoso como para quedarse encerrada solo mirando.
Aunque recordaba que le había prometido a su madre no ir, sentía una gran curiosidad por explorar. Se levantó, volvió a mirar por la ventana, tomó su abrigo y se colocó un gorro. Luego bajó las escaleras y se dirigió directamente hacia él. Esta vez, su mirada no se detuvo en las flores, sino en ese pequeño sendero que se abría entre los árboles.
A medida que ingresaba al bosque, le resultaba muy agradable el sonido de sus pisadas, y el aroma del lugar le parecía relajante. No entendía por qué su madre no quería que estuviera allí... era un sitio perfecto para pensar.
Mientras avanzaba, sentía una extraña paz. Caminó algunos metros y vio un gran árbol. Le pareció el lugar perfecto para sentarse y mirar el cielo. Se acomodó con la espalda apoyada en el tronco y alzó la mirada hacia arriba, observando cómo las ramas se movían con el viento helado. Sintió que ese podía convertirse en su nuevo lugar favorito.
Pasaron varios minutos. El frío comenzó a colarse por su abrigo, y como no conocía bien el lugar, no quiso seguir avanzando. Se levantó y volvió a casa.
Al llegar, Elara colgó su abrigo y sintió que alguien la observaba. Giró la cabeza... y ahí estaba la abuela Emma, mirándola con una sonrisa pícara.
—¿Dónde estabas, Elara? —preguntó.
—Aaa... observando tus flores, abuela —respondió Elara, algo nerviosa.
—No le mientas a esta anciana. Acuérdate que ya tengo setenta y un años... ¡muchísimos años! No tengas el descaro de mentirme —dijo Emma, acercándose a ella con expresión divertida.
—Y... cuéntame, ¿cómo estuvo eso? —añadió, con una ceja levantada.
—¿Eso qué, abuela? —dijo Elara con un tono de aparente confusión, aunque sabía muy bien a lo que se refería.
—¡El bosque! Estos ojos ancianos te vieron mientras ibas directo hacia él —dijo Emma, señalándose con el dedo debajo del ojo, como advirtiendo que todo lo ve.
—Por favor, no le digas a mamá. Ya tiene mucho en qué pensar con todo lo del divorcio, como para estar preocupándose por esto.
—Bah, no te preocupes. Soy tu abuela, no tu mamá. Y además, tienes razón: ella ya tiene bastante en qué pensar. ¿Para qué se va a preocupar por algo que no tiene sentido? Si al final... solo es un bosque.
Se dirigieron a la cocina, donde la abuela Emma calentaba agua para preparar un rico té.
—¿Quieres galletas? —preguntó la abuela, mientras Elara se sentaba a esperar el té.
—Ya sería perfecto —dijo Elara, sonriendo.
—¡Perfecto!... ¿pero dónde estaban esas galletas? —dijo Emma, buscando en la repisa.
—Abuela... ¿por qué mi mamá dice que ese bosque es peligroso?
La abuela se detuvo un momento, pensando cómo responder a esa pregunta.
—Mmm... la verdad, es una larga historia. Pero... ¿sabías que esta casa ha estado por generaciones en nuestra familia?
—No. ¿Pero qué tiene que ver eso con lo que pregunté?
—Todo, mi amor. En ese bosque... han desaparecido algunos integrantes de nuestra familia.
—¿Qué? ¿Desaparecido? ¿Cómo? —preguntó Elara, asombrada.
—Eso fue hace mucho tiempo, antes de que yo naciera. Pero a tu madre siempre le asustó esa historia —dijo Emma, mientras le servía el agua caliente en la taza.
—Cuando fui, no sentí que estuviera en peligro. La verdad, era un lugar muy hermoso... como cualquier bosque —respondió Elara.
—Ahí estás equivocada. Ya nadie va ahí. Ahora es tu bosque, eso lo hace especial. Así que no lo compares con otros —dijo Emma, mientras mordía una galleta.
Después de compartir risas y una buena conversación con la abuela Emma, Elara regresó a su pieza. Sentía que había sido muy agradable pasar el tiempo con ella.
Mi bosque... qué lindo suena eso. Mi bosque. La verdad, me gusta. Creo que mañana leeré en mi árbol—pensó, con una sonrisa tranquila.
El día volvía a estar hermoso.
¿Y si voy a mi bosque?—pensó Elara, con una sonrisa en el rostro.
Tomó su libro, una manta y los guardó dentro del bolso. Bajó a la cocina, llevó unas galletas y dejó té caliente en un termo. Luego tomó su abrigo, se colocó el gorro y dejó una nota para su mamá diciendo que iría al pueblo a conocer.
Al salir de la casa, se dirigió al sendero rumbo al árbol en el que había estado pensando. Y, de pronto, ahí estaba. Era como si fuera el único del lugar. Sus ramas parecían troncos, de lo largas y gruesas que eran; algunas incluso tocaban el suelo. Elara lo sentía mágico. No podía quitarle la vista.
Se acercó, sacó la manta y la extendió en el suelo para sentarse. Luego sacó el libro y empezó a leer. Podía imaginar cada palabra. Esa era su mejor distracción. Algunos preferían el senderismo, otros el alcohol para olvidar su presente. Pero Elara prefería vivir en un mundo donde solo su imaginación se hacía presente.
A medida que pasaban los minutos, se sentía cada vez más interesada en aquel pequeño libro, disfrutando del lugar y su tranquilidad. Pero, de pronto, escuchó unos pequeños ruidos... como si alguien pisara ramas secas. Luego, un murmullo. Era como si alguien conversara.
Lentamente, Elara miró entre los arbustos... y vio un gorro puntiagudo de color rojo y verde.
De repente, de entre los arbustos salió una criatura pequeña. Pero no era un niño. Era un hombrecito, tenía una larga barba blanca, una gran nariz redonda, y vestía ropas extrañas. Junto a él caminaba una señora de aspecto dulce, con la piel arrugada, un largo gorro verde y una mirada cálida.
Elara, completamente asustada, se puso de pie con lentitud, apretando la corteza del árbol con fuerza... hasta que soltó un grito.
—¡Aaaah! —gritó Elara.
—¡Aaaah! —gritó también la misteriosa criatura, dando un pequeño salto. El susto hizo que se le cayera su largo y puntiagudo gorro rojo. Mientras daba el grito, miró horrorizado, sin saber qué había allí... pero al levantar la vista, se quedó mirando a Elara. Entonces, algo aliviado, exclamó:
—¡Santos cielos, Emma! Qué susto, por poco me caigo —dijo mientras recogía su gorro. Luego, con tono algo malhumorado, agregó:
—¡¿Por qué me asustas así?!
—Porque yo... no soy Emma —respondió Elara, con un tono temeroso.
Al oír eso, el pequeño hombre arrugó la frente mientras observaba detenidamente el rostro de Elara.
—¡Por Dios! No eres Emma... ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué puedes vernos? ¡Cosa rara y fea! —gritó, mientras agarraba una rama y colocaba a la mujer detrás de él, como si intentara protegerla.
Se le arrugó la nariz, y en su mirada se notaba una mezcla de susto e indiferencia.
—¿Rara? ¿Fea? No, tranquilo... soy Elara, nieta de Emma —dijo Elara, mirando a su alrededor, intentando entender si todo aquello era real o un sueño.
Estaba asustada, pero el hecho de que hubieran nombrado a su abuela la tranquilizó un poco. Su respiración seguía acelerada, aunque sentía que esas criaturas podían ser amigables. Al verlos tan asustados como ella, su miedo poco a poco se transformó en curiosidad.
—¡Eso no te quita lo fea! —soltó el pequeño hombrecillo, dejando caer la rama.
La pequeña mujer, en cambio, cambió su expresión de susto a una mezcla de alegría y asombro.
—¿Eres Elara? Eres muy parecida a Emma... qué bueno conocerte —dijo con un tono cálido, acercándose a ella—. No te preocupes por este viejo gruñón, eres muy hermosa.
—Gracias... pero, ¿qué son ustedes? ¿Duendes? —preguntó Elara, aún confundida.
—¿¡Y tú qué eres!? ¿¡Un perro!? —saltó Ermin, visiblemente ofendido.
—Ay, pero qué malhumorado... No, mi niña —intervino la mujer con dulzura—, somos gnomos del bosque. Él es Ermin y yo soy Dolly. Conocemos a tu abuela Emma... ella solía venir aquí seguido. Pero han pasado cosas —añadió en un tono más melancólico—. Y ahora estás tú... aquí... con nosotros. Te hemos encontrado. Podrías venir y acompañarnos.
—¿¡Qué!? ¿¡Por qué!? ¿¡Acompañarnos!? —exclamó Ermin, sorprendido—. ¡Dolly, nooo!
Tomó del brazo a Dolly y la apartó unos pasos del lugar donde estaban.
—No la conocemos... ¿cómo la vamos a llevar a nuestro hogar? —susurró, visiblemente preocupado.
—¡Pero si es la nieta de Emma! —dijo Dolly, sin mostrar mayor preocupación.
—Pero... —intentó replicar Ermin.
—¡Ya basta! Vendrá con nosotros, y está decidido —interrumpió Dolly con firmeza.
—Per... —volvió a intentar Ermin, sin éxito.
—Shhh —lo silenció Dolly, extendiendo la mano hacia Elara para que se agachara.
Sin decir una palabra, guió a la niña hacia un pequeño sendero.
Elara sabía que debía irse, que lo único que le había dejado a su madre era una nota... pero algo dentro de ella solo quería seguir a aquellos gnomos. Tenía muchas dudas, pero las palabras no le salían; no sabía cómo expresar lo que sentía, ni lo que temía.
¿Será esto un sueño?—pensó.
Ermin caminaba delante de ellas, con una especie de rama o báculo en la mano. Iba enojado, pero claramente resignado a la decisión de Dolly.
Caminaron un rato hasta que se encontraron con un gran árbol. Entrecerrando los ojos, Elara se dio cuenta de que en su tronco había una pequeña puerta.
—¿Acá viven ustedes? Pero... —preguntó Elara, confundida.
—¿Pero qué? —dijo Ermin, visiblemente molesto.
—Yo no puedo entrar ahí —añadió Elara, con voz dudosa.
—Mi niña, toca la manija —dijo Dolly con suavidad.
Elara, algo curiosa, acercó lentamente su mano hacia la manija. Pero, de pronto, se arrepintió, retrocedió la mano y preguntó:
—¿Qué pasará si la toco?
—Nuestro mundo se adecuará a tus necesidades —respondió Dolly—. Pero tienes que atreverte. Si no lo intentas, nunca sabrás la respuesta, mi niña.
Elara miró detenidamente a Dolly, luego dirigió la vista a la pequeña puerta. Lentamente, se acercó de nuevo y tocó la manija con la yema de los dedos.
En ese instante, sintió como si su cuerpo comenzara a cambiar... o al menos, esa era la sensación que tenía.
Al mirar a su alrededor, vio que ahora era del mismo tamaño que Dolly.
Ermin abrió la puerta, y ante ellos se reveló lo desconocido.