CAPÍTULO I - Rencor
ADVERTENCIA
El siguiente contenido ha sido creado con el único propósito de entretener y no tiene la intención de ofender a nadie. Este es un producto gratuito, realizado por fans y para fans del Mundo Mágico. El contenido que estás a punto de leer puede ser impactante, ofensivo o extremadamente cruel para algunas personas. Se recomienda discreción.
Esta obra está reescrita por アブディアス・タナカ y Sarah R.
Traducción hecha por Sarah R.
CAPÍTULO I
“Rencor”
Era una mañana radiante del 5 de agosto de 2023 cuando una niña de cabello castaño, vestida con una túnica roja desgastada y descalza, salió corriendo de una panadería en la Calle, tapándose la boca con la mano. Su corazón latía con fuerza mientras recorría las calles empedradas. Después de unos momentos de pánico, encontró refugio en un oscuro callejón cerrado, donde se dejó llevar por el malestar, comenzando a vomitar.
Una vez que logró recuperar el aliento, se quitó la capucha que cubría su rostro, revelando unos ojos heterocromáticos: uno de un intenso rojo y el otro de un profundo azul. Murmuró para sí misma, con voz temblorosa y nerviosa:
—Lo hizo de nuevo…
Un hombre que pasaba por allí la miró con preocupación y le preguntó desde la distancia:
—Oye, niña, ¿estás bien?
Aún nerviosa y asustada, ella respondió:
—Eh… ¿qué? No es nada.
El hombre se acercó lentamente, su tono calmado.
—¿Estás segura de que estás bien? ¿Cómo te llamas? ¿Y dónde están tus padres?
La niña, retrocediendo a medida que él se acercaba, se detuvo al llegar al final del callejón. El hombre continuó avanzando con cautela.
—¿Tienes hambre, niña? No te haré daño.
Con desconfianza, la niña tomó una piedra del suelo, lista para lanzarla.
—¿Cómo sé que no eres uno de ellos?
Confundido, el hombre repitió:
—¿Uno de ellos?
La pequeña apretó la piedra con más fuerza, su enojo creciente evidente.
—Está bien, está bien. ¿Puedes decirme quiénes son las personas que te hacen daño? Creo que puedo ayudarte, pero por favor, baja esa piedra…
Él, tratando de calmar la situación, sacó una bolsa de papel de su bolsillo y extrajo un trozo de pan. La niña, con cautela, se acercó, manteniendo la piedra en mano mientras extendía la otra hacia el alimento. Al tomarlo, el hombre la observó detenidamente, pensando para sí mismo:
—¿Heterocromía? ¿Esta niña tiene padres?
Después de un breve silencio, le preguntó:
—Oye, niña, ¿cuál es tu nombre?
Con la boca llena de pan, ella respondió:
—Mi nombre es Hotaru…
—¿Y tus padres, dónde están? —inquirió el hombre.
Hotaru se quedó pensativa por un momento antes de contestar:
—No tengo padres, al menos no que recuerde.
El hombre la observó un instante más antes de presentarse.
—Mi nombre es Oswald, Oswald Vuyzka. Trabajo en una dulcería desde esta mañana.
—¿Dulcería? —preguntó Hotaru, confundida.
Oswald levantó las cejas, sorprendido.
—¿No me digas que nunca has probado un caramelo?
Hotaru negó con la cabeza.
—Me da vergüenza decirlo, pero estaba robando pan de la tienda de la esquina…
Oswald sacó caramelos y chocolates de su chaqueta, y dijo:
—Así que te has estado alimentando de los panes de esa tienda. Vaya…
—Sí, pero el dueño les puso algo y los vomité de inmediato. No he comido en días —respondió Hotaru.
Oswald extendió su mano llena de dulces. Hotaru tomó uno de cada uno, y su rostro se iluminó al probarlos, comenzando a comerlos con avidez.
Mientras la observaba, Oswald pensó:
—Esta niña está descalza y sin padres. Me pregunto por qué nadie ha hecho algo por ella.
En voz alta, le propuso:
—¿Te gustaría venir a mi casa? Mi esposa y yo no tenemos hijos, aunque siempre lo hemos intentado. Creo que serías bienvenida.
Hotaru se alejó un poco, dudando.
—No tengo decidido dónde quedarme, pero gracias por la comida.
Oswald, sintiendo la incertidumbre de la niña, la detuvo suavemente al agarrarla del brazo. Ella, por instinto, le mordió la mano.
—Perdón, perdón, lo siento mucho, señor… —se disculpó Hotaru, visiblemente avergonzada.
Oswald, aún adolorido, le dijo:
—Quizá no te quedes para siempre, pero tengo un conocido que podría ayudarte. Mientras tanto, puedes quedarte con nosotros.
Hotaru se frotó la cabeza, sonrojándose.
—Eh… bueno, está bien…
Aunque indecisa, Hotaru siguió a Oswald mientras caminaban por las calles. Sus pies descalzos chapoteaban en los charcos dejados por la lluvia, y se abrigaba con su túnica roja debido al frío. Finalmente, llegaron a la casa de Oswald, subiendo las escaleras hasta el departamento en el piso más alto.
Oswald tocó la puerta para anunciar su llegada y le dijo a Hotaru:
—Trata de no hacer destrozos en la casa, ¿vale? Mi esposa es un tanto histérica…
Una mujer elegante y hermosa abrió la puerta, sorprendida.
—“¡Cariño, ya llegaste! ¿Y trajiste a una niña?” —preguntó su esposa, confundida.
Oswald, entusiasmado, respondió:
—“Es una niña que encontré. Estaba hambrienta y sola…”
La esposa se dirigió a la cocina, continuando la conversación:
—“Acabamos de llegar a esta ciudad, ¿y esto es lo primero que haces?”
Oswald explicó:
—“Encontré trabajo, Erika. No será el mejor, pero nos ayudará a estar bien.”
Erika suspiró, mirando a Hotaru, y preguntó:
—“Oye niña, ¿cuál es tu nombre? ¿Tienes hambre, verdad?”
Hotaru se tocó la barriga nerviosamente y respondió:
—“Me llamo Hotaru y sí, tengo hambre…”
Erika, confundida, indagó de nuevo:
—“¿No tienes apellido? ¿Y dónde están tus padres?”
Hotaru respondió:
—“No tengo un apellido y no sé dónde están mis padres. Lo último que recuerdo es estar bajo el cuidado de dos personas encapuchadas, vestidas completamente de negro. Ellas, por una extraña razón, me persiguieron cuando crecí y nunca más las volví a ver. Encontré una hoja de papel en el reverso de mi túnica con la palabra ‘Hotaru’ escrita.”
Erika, tras escucharla, dijo:
—“Así que no tienes familiares… Vaya, pero tu mamá debió ser una mujer muy hermosa. Te heredó una belleza indescriptible…”
Oswald intervino:
—“Y tu padre, muy guapo seguro. Esos ojos con heterocromía son muy bonitos. No entiendo cómo es que nunca te han ayudado.”
Erika sirvió un plato de comida en la mesa con utensilios, pero Hotaru comenzó a comer con las manos, manchándose la túnica. Oswald sacó su varita y, con un leve movimiento, le puso un babero a Hotaru.
—“¿Tienes tu varita?” —preguntó Erika a Hotaru.
—“Nunca he usado una, además no creo ser muy buena en esas cosas” —respondió Hotaru mientras terminaba su plato y se levantaba de la mesa.
—“Si no te interesa, tal vez te guste leer sobre pociones o animales. Tengo muchos libros en ese estante, si quieres leerlos…” —sugirió Erika.
Hotaru respondió:
—“Muchas gracias, pero no sé leer.”
Erika contestó de inmediato:
—“Pues bueno, yo quizás te los lea para que puedas aprender, ¿qué dices?”
La noche llegó a la casa de Oswald. Todos terminaron de cenar; Erika leía un libro de herbolaria con Hotaru, mientras Oswald escribía una carta. Erika se acercó a él y preguntó:
—“¿Qué planeas hacer con la niña?”
Oswald, mientras escribía, respondió:
—“Pediremos ayuda a alguien del Ministerio. No sé qué puedan hacer, pero tengo la corazonada de que esta niña es hija de alguien importante y está perdida. Quiero pensar que eso es, y no solo una niña sin padres.”
Erika y Oswald miraron a Hotaru, que observaba las ilustraciones de las plantas asombrada en el libro. Erika tomó la mano de Oswald y le dijo:
—“Es una niña preciosa. Si no encontramos a sus padres, ¿quizás podríamos ser lo que ella necesita? Piénsalo, querido, a veces la solución está justo frente a nosotros y no la vemos.”
Mientras Hotaru pasaba las páginas emocionada y parafraseando palabras, Erika y Oswald se dieron cuenta de que aprendía rápido, aunque no leía perfectamente.
Ellos rieron levemente, sorprendidos. Erika se dirigió a Oswald:
—“Busquemos a sus padres. Si no encontramos una respuesta, la adoptaremos…”
Oswald terminó de firmar la carta y movió su varita en círculos, sellando el sobre con un lazo rojo antes de entregárselo a la lechuza que estaba posada en la ventana. La lechuza extendió sus alas y se elevó en la noche iluminada por las luces de la ciudad.
Cerca de las 8:30 de la noche, Hotaru ya se encontraba en una cama improvisada, preparándose para dormir.
—“Mañana, Hotaru, podrás conocer y sentir nuestro estilo de vida. Quizás te interese algo de esta casa, como los libros que estabas leyendo…” —dijo Oswald mientras la arropaba.
—“¿Por qué me ayudas? No soy tu hija para recibir esta atención…” —preguntó Hotaru, dudosa, mientras se sentaba en la cama.
En ese momento, entró Erika seguida de mantas en forma de origami que volaron por la habitación y se desplegaron en la cama donde yacía Hotaru.
—“Aunque no seas nuestra hija, no tenemos el corazón para dejarte afuera con los peligros que trae la noche; eres lo más hermoso que nos ha pasado desde que llegamos a la ciudad…” —dijo Erika mientras acomodaba las almohadas de Hotaru y la acostaba.
—“Quizás el destino quería que estuvieras aquí. Después de tanta mala racha que tenías…” —agregó, mientras las luces de la habitación se apagaban y Oswald y Erika salían, cerrando suavemente la puerta.
En la cama, iluminada por la luz de la luna, Hotaru se movía buscando la posición correcta para dormir. De repente, bajó de la cama con una almohada y se acostó en el frío suelo. Bostezó y cerró los ojos, sumergiéndose en un sueño sereno.
A la mañana siguiente, Oswald y Erika entraron en la habitación, encontrando a Hotaru en el suelo.
—“¿Hotaru, te caíste de la cama?” —preguntó Erika, preocupada y sorprendida.
—“Ehhh? No… no, solo que no me acostumbro aún a la cama…” —respondió Hotaru, asustada y tímida.
—“Bueno, al menos esta vez dormí cálida. Gracias…” —dijo Hotaru, haciendo una reverencia con la cabeza en señal de agradecimiento.
Erika extendió la mano y Hotaru la tomó. Ambas se dirigieron al cuarto de baño, donde Erika abrió la puerta y mostró a Hotaru una bañera llena de agua caliente y troncos de madera debajo.
Erika sacó su varita del delantal y, con un movimiento de abajo hacia arriba, elevó la bañera mientras pronunciaba “Aquamenti”, llenándola de agua. Luego, con un “Incendio”, calentó los troncos de madera.
—“Espera aquí, iré a buscar algunas cosas. No tardo…” —dijo Erika mientras salía del baño.
Hotaru se quedó quieta, observando cómo el agua se calentaba en la bañera. De repente, la llama que calentaba la bañera se apagó, y Hotaru se asustó, pensando que ella misma la había apagado.
—“No, no, no, ¡¿qué hice?! Si ella ve esto seguro me golpea” —exclamó Hotaru, angustiada y asustada, extendiendo las manos y tratando de conjurar el fuego. Intentó varias veces, diciendo “¡Incencio! ¿Cómo era esa palabra?”
Oswald entró al baño, cubriéndose los ojos con el antebrazo.
—“Si estás tratando de conjurar fuego, es ‘Incendio’” —dijo.
—“¿Por qué entras cubriéndote los ojos?” —preguntó Hotaru.
—“¿No te estás bañando?” —respondió Oswald.
Hotaru miró los troncos de madera y gritó, extendiendo los brazos:
—“¡Incendio!”
Oswald apartó el antebrazo de sus ojos, pero solo una chispa de fuego flotó desde las manos de Hotaru hacia los troncos de madera.
—“Buen intento. Conjurar sin varita es algo para magos expertos… pero es un buen comienzo.”
Oswald se acercó a Hotaru justo cuando la chispa comenzó a descender lentamente hacia los troncos de madera. Antes de que la chispa detonara en una explosión de llamas, Oswald levantó un escudo que los protegió a ambos. La flama duró apenas dos segundos, pero dejó a Oswald y a Hotaru con el rostro y la ropa manchados de cenizas y suciedad quemada.
Erika entró con ropa en las manos, feliz, hasta que vio a Oswald y a Hotaru cubiertos de suciedad por la explosión. Su entusiasmo se desvaneció momentáneamente. Oswald rió tímidamente mientras Hotaru se sonrojaba de vergüenza.
Pasados unos diez minutos, Erika tenía a Hotaru en la bañera, con cierta confusión pero cada vez más relajada en el agua tibia. Erika vertió una esencia brillante en la bañera, llenándola de un aroma fresco y floral. Hotaru quedó maravillada con las burbujas de jabón que flotaban en el aire, mientras la espuma se deslizaba por su cuerpo pálido como caracoles, lavando su cabello.
Con un movimiento de varita, Erika hizo desaparecer la espuma por el drenaje. Hotaru recibió los últimos remojos de agua y un cálido viento secó los mechones de su cabello, rizándolos ligeramente y revelando un color castaño chocolate.
Erika admiró a Hotaru y le dijo:
—“Estás hermosa así, con ese peinado.”
Hotaru la miró con confusión.
Luego, Erika le entregó a Hotaru varias prendas: una túnica roja, un vestido marrón y calcetas a juego. Al notar que faltaban los zapatos, Erika salió del baño, seguida por Hotaru, quien se detuvo frente a un espejo sin expresión de alegría, completamente inexpresiva.
Erika regresó con unas botas y se las mostró a Hotaru, preguntándole:
—“¿Qué sucede?”
Hotaru respondió:
—“Nunca pensé que me vería así. No es desagradable como las otras veces. Es muy satisfactorio verme clara y colorida.”
Miró a Erika y luego se contempló en el espejo mientras esta le colocaba las botas y se alejaba amistosamente, dejando a Hotaru sola con su reflejo.
Hotaru se contempló en el espejo, maravillada por la transformación que había experimentado desde que llegó a la casa de Oswald y Erika. Se sentía como si fuera otra persona, con un aire de belleza que nunca había reconocido en sí misma. Sin embargo, a pesar de su nueva apariencia, seguía siendo una niña llena de incógnitas sobre su pasado, una vida marcada por las calles y la ausencia de padres.
Cuando Erika anunció que era hora de comer, Hotaru se levantó con cierta torpeza, tropezando con las botas que le había dado. Era evidente que no se sentía cómoda caminando con ellas.
Erika, percibiendo su dificultad, corrió a su lado. Al palpitar las botas, notó un bulto en ambas. Con cuidado, se las retiró y descubrió que no era un problema de calzado, sino una malformación en los pies de Hotaru que dificultaba su caminar. Sin dudarlo, Erika volvió a colocar las botas en su lugar, ayudando a Hotaru a caminar, tomándola de las manos y coordinando sus pasos al ritmo del tic-tac del reloj, hasta que finalmente llegaron a la mesa.
Mientras comenzaban a comer, Oswald entró en la cocina, luciendo limpio y vestido con ropa nueva tras el incidente en el baño. Se sentó a desayunar y comentó a Erika:
—Debería llegar una carta por la lechuza, ¿la has visto?
Erika negó con la cabeza mientras abría las ventanas y sacaba un pastel del horno, colocándolo en el alféizar. Hotaru, sintiendo la tentación del pan en el centro de la mesa, extendió la mano, pero fue interrumpida por la entrada repentina de una lechuza que aterrizó en el pan, asustándola y disgustando a Oswald, quien rápidamente tomó la carta del pico de la lechuza y la apartó.
—Vaya, son rápidos. No podemos dejar de confiar en ellos —comentó Oswald, examinando la carta con el sello del Ministerio de Magia.
Antes de abrirla, Erika detuvo su mano con una mirada aprensiva.
—Estará bien, querida… —la reconfortó Oswald, antes de romper el sello y abrir el sobre.
Mientras tanto, Hotaru disfrutaba del pan remojado en chocolate. Al terminar el desayuno, Oswald y Erika se reunieron en la sala para discutir el contenido de la carta, mientras Hotaru se sumergía en la lectura de los libros de la repisa. Con sus pequeñas manos, pasaba las páginas, absorbida por el conocimiento que se desplegaba ante ella.
Las horas pasaron en la casa, y Hotaru completó sus primeros dos libros sobre el tema. Preparada para iniciar el tercero, se puso de pie, pero tropezó y decidió quitarse las botas. Con unas tijeras que encontró, cortó las puntas del calzado y se las volvió a poner, sintiéndose más cómoda de inmediato.
Justo cuando comenzaba a abrir el último libro que le quedaba por leer, sonaron golpes en la puerta. Todos en la casa se sobresaltaron y miraron hacia la entrada.
Erika corrió a abrir la puerta, mientras Oswald se ponía de pie y arreglaba su ropa, llamando a Hotaru para que se acercara.
La puerta se abrió, revelando a dos hombres vestidos con gabardinas negras y sombreros elegantes.
—Cariño, ¿son a quienes esperabas? —preguntó Erika, mirando a su esposo mientras permanecía en la puerta, confundida.
—Déjalos pasar, Erika. Ellos son los que prometieron venir a esta hora —respondió Oswald, mientras tomaba de la mano a Hotaru.
—Señor Oswald, nos asombra su gran espíritu y buen corazón. Necesitamos hacerle unas preguntas, si nos permite —dijo uno de los hombres de gabardina un tanto de forma sarcastica, lo que hizo que Hotaru se sintiera incómoda y un poco asustada. El hombre llevó a Oswald a la cocina, mientras Erika tomaba de la mano a Hotaru y se sentaban en la sala. Uno de los hombres se acercó a Erika y comenzó una conversación:
—Entonces, ¿están seguros de que encontraron a la niña por casualidad?
Erika respondió:
—Mi esposo encontró a esta niña divagando por las calles, sin nadie. Cuando llegó aquí, estaba desnutrida y con la ropa muy desgastada. Ella no podía ni siquiera agarrar la cuchara de tanto tiempo que llevaba sin comer decentemente.
El hombre asintió con la cabeza, mientras sacaba de su bolsillo una libreta y una pluma, las cuales soltó en el aire y comenzaron a flotar.
—¿Podría contarnos más sobre lo que sucedió antes de que la encontraran? —preguntó el hombre, mientras anotaba con la pluma flotante.
Erika, sintiendo la gravedad de la situación, miró a Hotaru, quien la observaba con curiosidad y un poco de miedo.
—No hay mucho que contar, solo que la vi en el callejón y me preocupé por ella —respondió Oswald, intentando sonar calmada.
—¿Recuerda algún detalle específico? ¿Algún signo de que la niña pudiera haber estado en peligro? —insistió el hombre, mientras la otra figura se acercaba, observando a Hotaru con atención.
Hotaru, sintiéndose cada vez más ansiosa, empezó a juguetear con los bordes de su túnica, recordando fragmentos de su pasado que la atormentaban. Sus ojos heterocromáticos se llenaron de incertidumbre.
—No… solo que… —balbuceó, susurrando—, solo recuerdo que había personas que me estaban buscando.
La habitación quedó en silencio, y las miradas de los hombres se intensificaron. Uno de ellos se inclinó hacia Hotaru, su expresión se tornó más seria.
—¿Qué tipo de personas? —preguntó, su voz baja y profunda.
Hotaru tragó saliva, sintiendo el peso de la atención sobre ella.
—No lo sé… eran… estaban encapuchadas y llevaban ropas negras. Me asustaron y… me hicieron correr —respondió, su voz temblorosa.
Erika, alarmada, se inclinó hacia Hotaru.
—Está bien, cariño, no tienes que recordar más si no quieres —dijo, tratando de calmarla.
Los hombres intercambiaron miradas, y uno de ellos, con un gesto de la mano, hizo que la pluma flotante se detuviera en el aire.
—Lo que has dicho es muy importante, niña. A veces, el pasado puede regresar para buscar lo que perdió. Debemos asegurarnos de que estés a salvo aquí —dijo el hombre, acercándose un poco más.
Hotaru sintió un escalofrío, como si la sombra de su pasado la alcanzara de nuevo. El ambiente se tornó tenso, y la sensación de que su vida estaba a punto de cambiar una vez más se instaló en su pecho.
Erika, sintiendo la inquietud de la niña, la abrazó suavemente.
—Aja… que conveniente y dígame, señora…
Erika lo interrumpió y le dijo:
—¿Señora? Soy más joven que usted, “señor”.
El hombre suspiró y dijo:
—Está bien, jovencita… ¿Dice usted que no tiene ningún vínculo con esta niña y que la encontraron en la calle, sintiendo compasión y trayéndola a casa como buenos “samaritanos”?
Mientras el hombre hablaba, la pluma continuó escribiendo todo lo dicho, incluso comenzó a dibujar el rostro de Hotaru cuando el hombre dejó de hablar.
—Si es lo que necesitan oír, sí. En mi familia somos humildes, respetuosos y solidarios.
El hombre chasqueó los dedos y la pluma se guardó en la libreta, que cayó en su mano.
Una vez que todos se reunieron en la sala, después de la interrogación, los hombres les dijeron a todos los integrantes de la casa:
—Muy bien, usted sabe que somos parte del ministerio de magia. Nos sorprende su caso y fue correcto habernos llamado. Y cambiamos de idea llevaremos a la niña al lugar donde tratamos este tipo de casos especiales.
Oswald respondió:
—¿Y en el caso de que no se pueda hacer nada al respecto?
A lo que el hombre respondió:
—Quizá puedan ser los tutores o representantes de la niña, pero por el momento solo les queda esperar.
El otro hombre le dijo a Hotaru y a Oswald:
—Ven, niña, y usted, señor, necesito que nos acompañe.
Una vez que Hotaru tomó la mano del hombre con desconfianza y Oswald lo tomó por el hombro, ocurrió el hechizo llamado “Aparición”. Ante sus ojos, todo a su alrededor se distorsionó de una forma violenta, y un sonido incómodo de voces la envolvió, haciendo que, al llegar a su destino, ella vomitara.
Los hombres, junto con Hotaru y Oswald, llegaron al Ministerio de Magia, un gran complejo de arquitectura oscura y monótona. Hombres iban y venían, mensajería pasaba volando por los techos, panfletos revoloteaban alrededor de Hotaru, mientras pequeñas cajas fuertes con zapatos daban pasos apresurados por los pasillos. Había cajas con alas, elfos con sus amos, y una pequeña snitch volaba de un lado al otro, creando un bullicio incesante.
—Fue un gusto conocerlo, señor Oswald. Espero que puedan arreglar este caso —dijo uno de los hombres, estrechando la mano de Oswald antes de irse a otro lugar, quedándose solo uno.
—Síganme por aquí —dijo el hombre que quedaba, guiando a Hotaru y Oswald, quienes lo siguieron tímidamente. Subieron a un ascensor que se desplazaba horizontalmente. Oswald observó cómo Hotaru se sentía incómoda y le dijo al hombre en voz baja:
—¿Me permite hablar con ella por un momento, por favor?
Oswald se acercó y le dijo a Hotaru:
—Tranquila, no te harán daño. Solo vinimos aquí para buscar respuestas. ¿No es emocionante?
Le dijo con optimismo, mientras Hotaru lo miraba con timidez. El ascensor comenzó a moverse en varias direcciones: subiendo, moviéndose a la izquierda y luego bajando. Mientras descendían, Hotaru se percató de un pequeño brillo que se movía de un lado a otro. Cuando trató de enfocar con sus ojos, una snitch entró volando descontroladamente en el ascensor, asustando a Hotaru, quien comenzó a tratar de atraparla.
La puerta del ascensor se abrió y el hombre con Oswald comenzó a caminar, pero Hotaru se quedó atrás, arrodillada de espaldas y cubriendo algo con su túnica para que no escapara.
—¡HOTARU! —gritó Oswald, llamándola. Hotaru se puso de pie, colocando sus brazos debajo de la túnica, caminando rezongando. Una vez en movimiento por los pasillos, entraron por una puerta blanca.
—Ohhh… señor Albert, pase por favor —dijo un tipo gordo que estaba en el escritorio al hombre del sombrero.
—Sí, señor Archivador, vinimos para ayudar a esta niña. Al parecer, parece que salió de la tierra; no tiene padres ni algún familiar. El señor aquí conmigo, Oswald, hizo esta petición.
El archivador respondió:
—Ohhh… ya veo, ya veo. Usted, más que nada, debe saber que necesito varias muestras de la niña. Como el señor Oswald es tutor temporal, ¿nos da el permiso necesario?
Oswald asintió con la cabeza en señal de un “sí”.
—Muy bien, ¿cómo te llamas, pequeña? —preguntó el archivador, inclinándose hacia Hotaru con curiosidad.
Hotaru, asombrada e intrigada, se acercó a la mesa enorme, colgando sus pequeñas manos en ella, y dijo:
—¡Eres un gordo muy gigante y con lentes!
El archivador, sorprendido por la sinceridad de la niña, respondió amistosamente:
—Claro, es por tanto leer y organizar todos estos documentos. Estos son los archivos de nacimiento y árboles familiares.
Hotaru observó a su alrededor, viendo muchos archivos en carpetas forradas de un cuero rojo.
—Mi nombre es Hotaru, ¿hay forma de saber quiénes son mis padres con solo mi nombre? —preguntó, con un brillo de esperanza en sus ojos.
El archivador se rió y respondió:
—Ohhh… jaja, no tanto así, pequeña. Solo requiero de dos cosas simples que en ti se regeneran muy fácil.
Hotaru le respondió:
—¿Como cuáles?
El Archivador sacó su varita y señaló la cabeza de Hotaru, diciendo:
—Una gota de sangre o un cabello. Para mayor efectividad, yo uso ambos, así no perdemos tanto tiempo.
Hotaru sostuvo una mecha de su cabello y escogió del bulto la más fina, jalándola y obteniendo la larga fibra de cabello.
—Dame tu mano, Hotaru. Esto no te dolerá, sentirás un leve piquete —dijo el Archivador.
Hotaru le dio la palma de su mano. El Archivador sujetó el dedo de Hotaru, colocó la varita en la yema de su dedo, presionó un poco, retiró la varita y puso la mano de Hotaru en supinador, haciendo que la gota comenzara a brotar de su dedo. Con su varita, el Archivador realizó círculos alrededor de la gota de sangre que colgaba del dedo de Hotaru. Cuando la gota cayó, quedó levitando.
El Archivador pidió el cabello a Hotaru y, de igual manera, lo hizo levitar. Sacó un frasco con una esencia de color azul y, con cuidado y el uso de su varita, sumergió la fibra de cabello en la sustancia. Al sacarla del frasco, también quedó levitando.
—¿Quieres jugar a algo, Hotaru? —dijo el Archivador de forma juguetona.
—¡Sí! —respondió Hotaru, saltando de alegría.
—Ves este pelo y esta gota de sangre, no las pierdas de vista. Cuando se detengan, grita y te iremos a ver, ¿okey? —dijo el Archivador, dándole instrucciones a Hotaru. Ella solo asintió con la cabeza.
El Archivador dio un pequeño azote con su varita, haciendo que las luces del lugar se encendieran. La gota de sangre y la fibra de cabello comenzaron a flotar, recorriendo los enormes estantes llenos de carpetas rojas. Hotaru no las perdía de vista hasta que la gota de sangre comenzó a moverse como loca de arriba abajo.
Mientras tanto, Oswald le preguntó al Archivador:
—¿Entonces con solo esas cosas sabré cuál es mi árbol familiar?
El Archivador respondió:
—Oh, sí. Verá, desde los últimos acontecimientos es mejor tener en cuenta este tipo de datos o registros. Además, aprenderá un poco sobre quiénes fueron sus antepasados. Quizá tenga alguien famoso en sus filas.
El hombre con sombrero, Albert, que estaba cruzado de brazos, preguntó al Archivador:
—¿Es necesario que tarde tanto?
A lo que el Archivador respondió:
—Pues son miles de archivos. No sea impaciente.
En ese momento, se escucharon las pisadas descalzas y pequeñas de Hotaru corriendo dentro del laberinto de archivos.
—Ese sonido me da a entender que ya falta poco —dijo el Archivador, relajado.
De repente, se escuchó el grito de Hotaru dentro del laberinto de archivos:
—¡LA GOTA Y EL CABELLO SE DETUVIERON!
El Archivador hizo un movimiento horizontal con su varita, y los estantes de archivos se abrieron para la vista de todos. Solo encontraron a Hotaru parada delante de una pared vacía, con la gota y el cabello levitando, apuntando hacia la pared.
—Esto no puede ser… —dijo el Archivador, colocándose sus lentes.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Oswald.
El Archivador apuntó con su varita a los dos objetos y dijo:
—¡LIXOR!
La gota de sangre y la fibra de cabello se estrellaron contra la pared.
—¿Qué pasa, Archivador? —dijo Albert, preocupado.
—La zona a la que apunta y a la que estamos cerca son los archivos de Azkaban —respondió el Archivador, intrigado.
Los tres se acercaron a Hotaru, analizando lo que acababa de ocurrir, pero observaban más la gota de sangre estrellada en la pared y cómo la sangre de Hotaru seguía fluyendo de su dedo. Ella ni siquiera se daba cuenta de la mancha que dejaba en el piso. Albert tomó su mano y, con un rápido movimiento de varita, curó el dedo de Hotaru, haciendo que dejara de sangrar. Luego, la sacó de la oficina del Archivador. Oswald le advirtió a Albert:
—¡Oye, no la lleves con brusquedad!
Una vez fuera de la oficina, el Archivador comenzó a analizar la sangre de Hotaru. Con su varita, levantó una enorme gota de sangre de 2 cm y realizó el mismo movimiento de azote para que buscara una carpeta. La gota comenzó a salir del cuarto, bajando por debajo de la puerta, manchándola. Cuando salió, era muy pequeña.
La gordura del Archivador le impedía salir de su oficina, pero lo consiguió. Con pasos lentos, comenzó a seguir la gota de sangre.
Mientras tanto, Albert y compañía estaban fuera de una oficina cuya puerta tenía un color verde oscuro. Albert puso la mano en la manija de la puerta, que reaccionó al tacto y emitió un aura plateada al abrirse. Ya dentro, Albert observó a su alrededor, como si buscara algo.
Hotaru empezó a sentir frío. Oswald se percató de ello y le entregó su gabardina. Albert empezó a tocar una pequeña campana que levitaba. No hubo respuesta después de haber tocado la campana. Cuando Albert iba a tocarla de nuevo, vieron una pequeña luz azul que entró por debajo de la puerta. Al analizarla bien, era la gota de sangre de Hotaru.
La gota se movió a una velocidad increíble, recorriendo los archivos de Azkaban, cuyos sobres eran de forro rojo oscuro. Se movió por todos los lados de la enorme oficina hasta que bajó su velocidad y comenzó a frenar en un espacio alto, encontrando el archivo.
El archivador comenzó a hablar detrás de la puerta, dirigiéndose a los tres:
—Si la gota se detuvo, solo falta conjurar el hechizo “Lixor”. El sobre irá delante del que conjure el hechizo.
Albert respondió:
—¿Por qué no entras y lo haces tú mismo?
El archivador replicó:
—No es mi oficina, y si me entrometo, me meteré en problemas con Monika.
Albert extendió su varita y, realizando un gesto horizontal, dijo el hechizo:
—¡LIXOR!
La gota de sangre se sumergió en el sobre, y una fibra se enrolló alrededor de él como una cadena. La carpeta comenzó a bajar lentamente.
—¿Ya lo tienen? —preguntó el archivador detrás de la puerta.
—Parece que sí, pero… —respondió Albert. Cuando trató de abrirla, esta se negó a hacerlo.
—¿Pero qué? —dijo Oswald, intrigado.
Hotaru, observando la situación, comenzó a mirar a su alrededor. En la densa niebla se veían dos siluetas: una de una mujer con un vestido largo y la otra de un hombre, que se notaba por los pantalones y la gabardina. La niebla fue revelando poco a poco a estos dos individuos.
—Diablos, es Monika… —dijo Albert, desanimado.
—Oh, ya veo. Bueno, creo que aquí mi trabajo ha finalizado… —dijo el archivador, alejándose de la puerta para luego marcharse de ahí.
Albert agitó levemente su varita diciendo:
—Lumos…
Ambas siluetas hicieron lo mismo.
—¿Monika? ¿Eres tú? —dijo Albert, hasta que fijó su mirada en otra parte al escuchar un ruido proveniente de otro lugar.
Pero la silueta le dijo:
—Tranquilo, Albert, soy yo, Harry. Parece que esta oficina te pone muy incómodo.
Harry salió de la niebla, alumbrando con su varita.
—Como siempre, irrumpes en mi oficina sin preguntar, típico de un novato y un impaciente —dijo la mujer que acompañaba a Harry.
—Perdón, señorita Monika —respondió Albert.
—Señor Oswald, permítame presentarle al señor Harry Potter y a la señorita Monika —dijo Albert.
Oswald estrechó la mano con ambos. Monika, por su parte, comenzó a observar a Hotaru y le dijo:
—Recuerdo haberte visto…
Albert le preguntó a Harry:
—¿Qué se supone que andan haciendo ustedes?
Harry respondió:
—Nada, solo actualizando algunos archivos de nuevos criminales en Azkaban. Pero díganme, ¿qué vinieron a averiguar?
Oswald habló antes que Albert:
—Señor, vine aquí con esta niña. Se llama Hotaru. El hechizo de búsqueda de archivos nos trajo hasta aquí, y el sobre que tiene no se puede abrir.
Monika sacó su varita de debajo de su manga y apuntó hacia el sobre. Hotaru se quedó pensativa mientras observaba cómo el sobre iba a las manos de Monika. Harry se acercó a Hotaru mientras Monika inspeccionaba el contenido del sobre.
—¿No recuerdas haber estado con un adulto aparte del señor? —le preguntó Harry a Hotaru.
Hotaru movió la cabeza en negación. De repente, comenzó a sonar una snitch. Hotaru sacó las manos de su túnica y enseñó la snitch que tenía entre sus manos. Ella la soltó, y la snitch fue a parar directamente a Harry, cerrándose en su mano.
—Wow, mira, tenías mi snitch.
Hotaru respondió:
—¿Snitch?
Harry le explicó:
—Es parte de un juego de Quidditch en escobas voladoras. Debes hacer puntos metiendo un balón en uno de los tres aros. Si logras atrapar la Golden Snitch, automáticamente ganas el juego, pero no es tarea fácil.
Hotaru, asombrada, le dijo:
—¿O sea que gané el juego por atraparla?
Harry asintió amistosamente.
—Hmmm, no sé por qué, pero este sobre no tiene lo necesario si quieren saber la respuesta completa —dijo Harry, observando a Monika—. ¿Qué sucede?
Monika sacó un par de hojas del sobre, diciendo:
—Solo hay fotos del padre y un archivo con datos, pero sin fotografía de la madre. Analizando la vestimenta del padre, esta niña es hija de mortífagos.
Harry le preguntó a Monika:
—¿La madre está viva?
Monika respondió:
—No hay fecha de muerte por parte de la madre. Solo hay el último día que fue metida presa en Azkaban, y fue hace dos meses. El padre murió hace varios años.
Otra silueta apareció detrás de Monika y dijo:
—Oye, Harry, ¿estás seguro de que el idiota que atrapamos ayer no es un licántropo? El documento dice que, por parte de su padre, lo era.
Harry le respondió a la silueta que salió de la niebla:
—Ahora no, Ron, no es el momento.
Ron contestó:
—¿Qué pasa? ¿Se murió alguien o qué sucede?
Monika dijo:
—Señor Oswald, le presento al señor Ron Weasley, otro auror encargado de la seguridad de Azkaban.
Los dos estrecharon sus manos torpemente.
—No sé de qué hablan, pero debe ser algo serio —respondió Ron Weasley.
—Tenemos que ir a Azkaban —le dijo Harry a Ron, quien estaba un poco confundido.
Harry y Ron salieron juntos de la oficina de Monika y caminaron por los pasillos principales del Ministerio, conversando:
—¿Entonces me estás diciendo que la niña fue abandonada a su suerte y sus padres son mortífagos? —preguntó Ron Weasley.
Harry respondió:
—No lo sé. En todos estos años, atrapando a esta gente y las veces que nos ha salido mal, hemos matado a algunos o, en el peor de los casos…
Ron interrumpió a Harry, completando la oración:
—O se han suicidado enfrente de nosotros con tal de no ser encarcelados.
Harry se detuvo en mitad del pasillo cuando Ron soltó ese comentario y le dijo:
—En todos estos años que trabajé para el Ministerio, no sé si encarcelé o maté a los padres de esta niña.
Ron se acercó a él y le dijo:
—Puede que sí haya sucedido, pero así es este trabajo. Como sea, si la madre está viva, no está apta para ser responsable de ella.
Oswald y Hotaru salieron de la oficina de Monika mientras Ron y Harry los observaban.
—Mírala, es totalmente inocente esa pequeña. Puede que no suene ético, pero viva o no, esta niña merece unos mejores padres —dijo Ron, susurrando a Harry para que Hotaru y Oswald no lo escucharan.
—Señor Oswald, necesitamos que venga con nosotros a Azkaban… —dijo Harry cuando se acercaron Hotaru y Oswald, quien se asustó ante tal orden.
—¿Pero por qué? —respondió Oswald, asustado.
—Necesitamos que venga con nosotros, pero sin la niña —contestó Harry—. Quizá la niña esté mejor a cargo de Monika. Quizá ella le explique cómo están las cosas.
Oswald y Hotaru se dieron la vuelta y se espantaron al ver que Monika estaba a sus espaldas.
—¡No! ¡Yo quiero acompañar al señor Oswald! —dijo Hotaru, agarrándose de la pierna de Oswald, quien solo rió, avergonzado.
Monika, con su varita, separó a Hotaru de la pierna de Oswald. Harry sujetó a Oswald del hombro.
—Volveremos en un momento, Hotaru —dijo Harry, llamándola por su nombre para darle más confianza. Oswald se despidió guiñándole el ojo amistosamente a Hotaru. Ambos desaparecieron mientras Monika y Hotaru se quedaron en un silencio incómodo.
—Eh… así que… —tarareó Hotaru frente a Monika, quien era muy intimidante con su mirada. Monika extendió su mano, y Hotaru, dudando, terminó tomándola para caminar por los pasillos del Ministerio en dirección a su oficina.
—Dime, niña, ¿consideras valiosa tu vida? —le dijo Monika a Hotaru, mientras de su varita conjuraba una pequeña mariposa negra que revoloteaba alrededor de la cabeza de Hotaru, hasta posarse en su mano.
Hotaru solo se quedó admirada por la mariposa, riendo levemente y jugando con ella.
—Me diste un pequeño recuerdo de alguien. Una mujer me preguntó lo mismo. Esa mujer fue juzgada en Wizengamot y tenía la oportunidad de salir sin cargos, ya que su comportamiento no era como el resto de sus aliados, hasta que se sintió acorralada, perdiendo la cordura y amenazando con matar al bebé que llevaba en su vientre —contó Monika.
Hotaru asustada observó a Monika y le preguntó:
—¿Y qué pasó con la mujer? ¿Cómo saben quién miente y quién no?
Monika suspiró y dijo:
—Usamos pociones de la verdad, y la mujer fue encadenada por todo su cuerpo, dejándola inmóvil. Le ayudamos con su parto. ¿Sabes...? De hecho, hubo varias mujeres cuyos casos de embarazo coincidían, buscando alguna manera de salir absueltas. Fue muy sospechoso, y ¿adivina qué sucedió?
Hotaru se llevó la mano a la boca, pensativa, y respondió:
—Me imagino lo peor, pero…
Monika la interrumpió:
—Hubo alguien entre todas ellas que tuvo ese plan e hizo un efecto colectivo, inventando la misma historia, descubrimos que todas habían sido obligadas a quedarse embarazadas como parte de un plan desesperado para manipular el sistema judicial. Creían que, al estar embarazadas, recibirían un trato más indulgente y evitarían la prisión en Azkaban, al final, todas fueron condenadas, y los niños nacieron bajo la vigilancia del Ministerio, de alguna forma, otras mataron a sus bebés aún estando en sus vientres, pero hubo una a la que su plan se le fue de las manos y terminó encariñándose con él…
Hotaru preguntó:
—¿Qué quiere decir con eso?
Monika contestó de inmediato:
—La poción de la verdad hizo que la madre expresara su verdadero amor materno por el bebé. No era como las demás.
Monika recordó el día del juicio y las palabras de la mujer. Y relató lo que ella vio:
—Por favor, por lo que más quieran, díganme si pudieron encontrar a mi hija. La dejé en el campamento!.
El juez, con expresión imperturbable, le respondió:
—Lo siento, pero no encontramos a ningún bebé en el campamento. Y como la poción solo demostró la obvia poca humanidad que le queda… creo que ni aunque salga libre, no merece estar con usted.
La madre de Hotaru, con lágrimas en los ojos y la voz en calma, replicó:
—Mi vida ya está condenada, atrapada entre estas paredes frías y oscuras. Pero mi hija, mi bebe, merece la luz del sol, el calor de una familia que pueda cuidarla y amarla. Espero que cada latido de mi corazón en Azkaban sea un latido de esperanza y libertad para ella. Yo, que no podré darle un futuro, confío en que otros lo harán en mi lugar.
Los jueces se quedaron inexpresivos mientras la madre concluía con un último deseo:
—Que su risa sea mi consuelo y su felicidad, mi redención.
La madre extiende sus manos aceptando su destino y es llevada por dos aurores, mientras Monika observa con pena la situación.
El recuerdo de Monika terminó con las últimas palabras de la mujer.
Hotaru, con ojos esperanzados, respondió:
—¿Esa mujer quizá sea mi mamá? ¿Y de ser así, ella está viva?
Monika desapareció la mariposa y la hizo reaparecer, ahora en forma de un pez que nadaba alrededor de Hotaru.
—Sí, creo que sí. Su condena no fue tan severa para mí, pero para los demás jueces y la asamblea…
Monika puso su mano en la cabeza de Hotaru.
—Espero que este viva…
Impaciente y con intriga, Hotaru pidió a Monika que le confirmara si su madre todavía seguía viva. Justo cuando Monika iba a hablar, un auror se acercó y dijo:
—Señorita Monika, me da gusto encontrarla por aquí.
Monika respondió:
—¿Qué sucede?
El auror contestó:
—Necesito hacerle preguntas. La ministra Hermione Granger me envió personalmente.
Monika asintió y, con un gesto de su varita, trajo una silla para que Hotaru se sentara.
—Espéranos aquí, pequeña —dijo el auror, mientras Monika y él se alejaban. Ya a cierta distancia, comenzaron a hablar. Hotaru observaba cómo Monika y el auror intercambiaban palabras, notando que Monika empezaba a ponerse nerviosa e incómoda. Monika miró a Hotaru, inquieta, con necesidad de saber más.
De pronto, de una chimenea apareció una flama verde. Otro auror llegó con muchos documentos en las manos, los entregó a su compañero y se marchó como había llegado.
—Emm… ¡WOW! Señorita Monika, ¿qué hace esa chimenea y hacia dónde van? —preguntó Hotaru, interrumpiendo la conversación.
Monika rió nerviosamente ante los ojos del auror y explicó:
—Es un método de transporte red flu con polvos flu. Dices el lugar al que quieres ir, soltando los polvos para llegar a tu destino.
El auror, cada vez más enojado, dijo:
—¿Entonces podemos continuar con esto, señorita?
Hotaru, en su mente, comenzó a pensar:
—Si la poción no miente quizás con mi ayuda y la de los demás mi mamá pueda salir de Azkaban y tener una vida conmigo.
Hotaru se levantó de su asiento y caminó por la oficina. De repente, escuchó la voz exaltada de Monika:
—¿Dónde están los aurores encargados de la guardia de Azkaban?
Sin saber a quién se refería, Hotaru se alteró y corrió hacia la chimenea, golpeando la maceta llena de polvos flu, que se cayó al suelo. Hotaru agarró los polvos y entró en la chimenea. Monika y el auror corrieron hacia ella para detenerla.
—¡AZKABAN! —gritó Hotaru, lanzando los polvos al suelo y desapareciendo en una flama verdosa. Al llegar, escuchó truenos y una marea violenta. Levantó la cabeza y, en la oscuridad, vio un sinfín de celdas.
Mientras tanto, Monika salió de su oficina, seguida por el auror, que hablaba eufóricamente:
—¡El Ministerio quiere saber por qué algunas muertes de los criminales no han sido notificadas!
Monika, preocupada, respondió:
—¡Ya te lo dije! ¡Ningún auror encargado de las celdas me informó de ello! ¡Tu fila de hombres de buen corazón está podrida mentalmente!
Monika desapareció frente al auror y reapareció en Azkaban. Al llegar, no encontró a nadie a su alrededor y comenzó a buscar usando su varita:
—Lumos… —dijo Monika, nerviosa. En otro lugar, Hotaru corría por los pasillos de Azkaban, gritando:
—¡MAMÁ! ¡SOY YO, HOTARU! ¿DÓNDE ESTÁS?
Hotaru corría, suspirando fuerte y muy preocupada, descalza y con frío, buscando a su madre como si estuviera perdida en un bosque oscuro lleno de espinas. Los prisioneros de Azkaban empezaron a notar su presencia. Algunos se despertaron, otros comenzaron a golpear sus barrotes y a gritar.
Harry y su grupo empezaron a escuchar gritos a la distancia. Harry realizó el hechizo de aparición hacia el lugar de donde provenían los gritos, y Ron agarró al señor Oswald, llevándolo junto a Harry sin separarse.
—¿Qué pasa? —preguntó Harry al prisionero que estaba gritando, mientras los demás golpeaban sus barrotes, ya sea con los brazos o incluso con la cabeza.
—¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCO! ¿POR QUÉ HAY UNA NIÑA GRITANDO Y CORRIENDO POR AZKABAN? —dijo el prisionero asustado, con los ojos totalmente desorbitados, mientras Harry se preocupaba por la respuesta.
Oswald inmediatamente le dijo a los dos:
—¿Hotaru?
Ron respondió:
—Imposible, se supone que la dejamos con Monika…
Monika apareció detrás de ellos, un poco cansada, pues al parecer había estado buscando a Hotaru sin éxito.
—Monika, ¿qué está sucediendo? Se suponía que la niña estaría contigo —dijo Harry, su cuerpo demostrando preocupación y angustia.
Mientras tanto, Hotaru rondaba por los calabozos, preguntando por su madre. Un prisionero le dijo:
—¿Buscas a tu madre, Hotaru?...
Hotaru escuchó esa voz y sus pupilas se encogieron. Cuando volteó, vio a un tipo sentado con los brazos descansando en los barrotes de la prisión. Él levantó la cabeza, descubriendo su largo cabello con las manos, y dijo:
—Ohhhhh… mira eso, tienes los ojos de tu madre, esa maldita mirada nunca la olvidaré.
Hotaru, nerviosa, contestó:
—¿Sabes quién era mi madre? ¿Y cómo sabes mi nombre?
El tipo agachó la cabeza y respondió:
—Hmmm… ¿por qué crees? Tu madre fue la que nos puso a casi todos en este sitio. ¿Eres tú la niña que hizo cambiar su juicio? Ese… amor maternal, cada que lo recuerdo me da asco… aunque ella tampoco la pasó muy bien, que digamos.
El prisionero comenzó a reír levemente y Hotaru contestó con agresividad:
—¿Qué quieres decir? ¿Dónde está?
El prisionero chasqueó la lengua en señal de negativa.
—Oh no, no, no, así no te lo voy a decir… ¿dónde están tus modales, pequeña? ¿Quién sabe si tú no eres mi hija, eh?
Hotaru se asustó y se asombró ante tal declaración, retrocediendo y negando con la cabeza.
—Recuerdo al señor Bedrick, el esposo de tu mami, y yo era su amante, jajaja. Ese idiota nunca logró complacerla como yo lo hacía, jajaja. ¡Qué grandes tiempos, qué grandes sabores, probar de nuevo esos labios… lo que daría por experimentar de nuevo esa sensación…!
Hotaru agarró una piedra con intención de lanzarla y gritó con agresividad:
—¡MIENTES!
El prisionero respondió:
—No es modo de hablarle así a tu papi. ¿Quieres ver a tu madre, pequeña? Está debajo de esta cama!
Hotaru respondió y lanzó la piedra:
—¡CALLATE MENTIROSO!
Este le contestó con agresividad:
—¡Deberías morir, maldita mocosa!
Hotaru retrocedió asustada, pero su gesto cambió a enojo y agarró una piedra. Justo encontró la más filosa y corrió a atacar al prisionero, totalmente furiosa, golpeando con la piedra las manos que estaban fuera de la celda. El prisionero trató de agarrarla, pero ella lo tomó por la mano y siguió rematando golpes más fuertes, hasta que el prisionero comenzó a sangrar de la mano. Hotaru, totalmente llena de furia, golpeaba mientras el prisionero gritaba de dolor. Este la tomó de su capa roja y la envolvió alrededor del cuello de Hotaru, comenzando a ahorcarla. Los pies de Hotaru pataleaban lejos del suelo, con la visión tornándose oscura en sus ojos mientras el prisionero ponía su pie en los barrotes para apretar con más fuerza. Hotaru daba sus últimos alientos, resignada.
De pronto, Hotaru escuchó un grito masculino en la oscuridad. Harry y compañía llegaron al rescate. Harry lanzó un hechizo con perfecta puntería:
—¡STUPEFY!
El hechizo impactó al prisionero, quien salió disparado, soltando a Hotaru e impactando violentamente contra la pared de su celda.
Monika agarró a Hotaru, quien estaba inconsciente y sin respiración. Sacó su varita y comenzó a reanimarla.
—¿Qué hiciste, maldito? —dijo Ron, enojado y con la varita en mano, dispuesto a atacar.
El prisionero en el suelo comenzó a reír y dijo:
—No he hecho nada, solo les hice un favor a los nuestros. Primero la madre y luego la hija. Que más puedo pedir.
Monika reanimaba a Hotaru, pero esta no despertaba y se mantenía en un sueño profundo. Oswald cargó en sus brazos a Hotaru. Monika, arrodillada, observaba al prisionero y, con su varita, lo puso contra la pared.
—¿Dónde está Yuna? —dijo Monika en un tono agresivo.
El prisionero simplemente rió. Monika le dijo a Harry:
—Se suponía que me informarían cualquier muerte dentro de las celdas. ¡Los aurores encargados de custodiar esta zona, ¿dónde están?!
Harry le respondió:
—Es lo que trato de saber. Se supone que Azkaban debe estar custodiada por muchos aurores.
Monika le dijo a Ron:
—¡Abre la celda!
Ron obedeció y lo hizo. Monika, al entrar, revisó todo el calabozo y le dijo de forma alterada al prisionero:
—¡¿Qué hiciste con el cuerpo?! ¡¿Quién te ayudó para hacerlo?!
Harry y Ron entraron a la celda mientras Oswald se quedaba afuera cuidando a Hotaru. Comenzaron a buscar y, debajo de la cama de piedra, que estaba cubierta por un sucio mantel, encontraron solo huesos y una calavera con manchas verdosas.
Monika se alteró y gritó, lanzando un hechizo al prisionero:
—¡CRUCCIO!
Harry y Ron la detuvieron, desarmándola y dejándola sin varita.
Hotaru, tratando de abrir sus ojos, apenas vio los huesos debajo de la cama. Le dio un shock cayendo impactada en un sueño profundo de una realidad que se torno en una pesadilla.



