Agosto De Mpreg [Ki Kasa] by Ámbar Mellark at Inkitt
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Agosto de MPREG [KiKasa]

Summary

Cuando Aomine Ryō anuncia su embarazo, Kise Yukio no puede evitar recordar cómo fue el suyo. 31 días para contar el primer embarazo de la generación milagrosa en manos del matrimonio Kise. Reto Ilitia Forever en Facebook.

Status
Ongoing
Chapters
28
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prueba de embarazo

—Estoy embarazado.

La sala de estar del hogar Aomine se quedó en silencio unos segundos, mientras los invitados procesaban las palabras del pequeño castaño. Kazunari se cubrió la boca asombrado, con sus ojos platinos casi llorando de la emoción. Tatsuya, siempre tranquilo, sonreía suavemente buscando tranquilizar los nervios de Ryō ante la noticia.

Así eran ellos dos. Kazunari festejaba sus logros mientras Tatsuya se mantenía fuerte y en calma para que Ryō tuviera en quien apoyarse.

Kōki, sentado a su lado, aguantaba sus lágrimas, apoyado en el brazo de Taiga quien, aunque intentaba disimularlo, aquella sonrisa orgullosa demostraba que conocía la noticia de antemano y solo esperaba el momento de la revelación.

El silencio se rompió cuando Kazunari saltó del sillón y, gritando, corrió hacia el pequeño Ryō para felicitarlo, siendo seguido de inmediato por Kōki.

—¡Felicidades, Ryō-chan! ¡Será el tercer niño de la generación milagrosa! —gritó efusivo Kazunari.

—Déjame organizarte la revelación de género, Ryō, ¡por favor!

—¿Por qué no me sorprende?

Tatsuya comentó irónico, abandonando el sofá para acompañar los demás. Kōki rio inocente, juguetón y divertido cuando el azabache le revolvió el cabello.

—Si sigues así se volverá una tradición.

Yukio estaba de acuerdo con Kazunari. El pequeño chihuahua había acaparado la organización de los eventos pequeños en el círculo desde que él se embarazó. Cuando lo conoció vio a un niño inseguro y miedoso, ahora sonreía desafiante ante la idea de ser el organizador oficial de los niños milagrosos.

Mientras Ryō era bombardeado con preguntas como “¿Cuándo te diste cuenta?” o “¿Daiki ya lo sabe?“, Yukio suspiró.

Todos eran adultos, estaban casados y tenían familias estables. Pero para los ojos de Yukio seguían siendo los pequeños mocosos inmaduros que conoció en preparatoria, aquellos íntimos amigos que forjó gracias a su noviazgo con cierto rubio basquetbolista.

No podía evitar mirar a Kazunari como ese bobo niño juguetón, a Ryō como un pequeño bebé llorón berrinchudo, a Tatsuya como su segundo al mando con instinto maternal o a Taiga y Kōki como los hermanos inseparables que muchas veces negaron ser.

Ahora dos tenía un hijo y un tercero llegaba en camino. En poco tiempo Tetsuya se embarazaría también, Kōki le daría un pequeño heredero al imperio Akashi y Tatsuya tendría dos niños que cuidar contando a su esposo.

Los ojos le cosquillearon. ¿Lloraría? Por supuesto que podría. Para él, Ryō solo era un niño teniendo un bebé. ¿Podría ese honguito llorón cuidar a un bebé? No dudaba que sería una buena madre, después de todo tenía un instinto maternal esperando florecer. Pero, la incertidumbre estaba ahí.

Yukio se había vuelto una mamá gallina incluso antes de tener a Kōta. Esos cinco mocosos se impregnaron en su piel y se volvieron parte de su familia. Quería que todos brillaran, fueran felices y avanzaran.

Sintió la garganta arder.

—¿No irás con ellos?

La suave voz de Taiga le sacó de sus pensamientos. Taiga había crecido como los demás, pero seguía teniendo un corazón tan ardiente como el primer día que lo conoció. Le veía con preocupación, como cada vez que lo hacía cuando Yukio estaba sensible.

—¿Y tú? —Yukio aclaró su garganta y revolvió sus rojizos cabellos —¿Por qué no lucías sorprendido? Ya lo sabías, ¿verdad?

Taiga se acomodó el cabello, con un puchero en sus labios. Claramente lo sabía desde antes, conocía a sus niños.

No le dio tiempo al pelirrojo de responder, simplemente dejó caer un suave coscorrón en su cabeza antes de levantarse.

—Ve primero. Necesito un momento.

Ante la mirada preocupada de Taiga y un rápido vistazo al grupo emocionado lejos de ellos, Yukio tomó rumbo hacia el jardín trasero de la residencia Aomine, donde una pequeña cancha de baloncesto era rodeada por un verde césped y hermosas flores que Ryō cuidaba todos los días.

Sus esposos eran unos idiotas del baloncesto, definitivamente.

Buscó la esquina más íntima y respiró profundo.

De todos los mocosos que atesoraba, Ryō era algo especial. Yukio jamás supo por qué, pero le tenía un cariño enorme.

¿Sería por qué le recordaba a su hermano menor, Yōta? El más pequeño de los Kasamatsu, con su cabello castaño y fan número dos de Ryōta. O tal vez su instinto de hermano mayor no pudo contenerse y lo acogió en sus brazos cuando se conocieron mejor.

Era un afecto diferente al que le tenía a Kazunari, quien en realidad era el más chico de todos.

Suspiró. Sabía perfectamente por qué la noticia le llenaba de tantas preocupaciones, así como alegrías.

Inevitablemente el recuerdo de cuando todo comenzó llegó a su mente.

En vez de disminuir, el papeleo en la oficina no hacía más que aumentar. Había perdido la hora de comida por estar avanzando en los casos de ese mes, pero ni ese esfuerzo ayudó en que la pila de documentos y expedientes se hiciera menos.

El estómago le rugía y rogaba alimento, su garganta estaba seca y su cabeza daba vueltas. Pese a que le prometió a Ryōta no volverse a saltar los horarios de descanso, quería adelantar tanto como pudiera de trabajo para tener el fin de semana libre.

Si auditorias, sesiones o audiencias. Dos días para estar con su rubio esposo después de una apretada semana de vuelos y casos. Podía mantener el secreto de esas comidas sin comer solo por esa vez. ¡Pero no estaba funcionando!

—¿Estás bien, Yukio?

¿En qué momento se agarró el cabello desesperado? Solo se dio cuenta cuando Moriyama, su mejor amigo desde preparatoria, le veía con preocupación y… ¿miedo?

—Oh, dios, no estás nada bien —el imbécil rio —. ¡Deberías preguntarle a Kise por sus contornos de ojos!, él duerme menos que tú y se ve tan radiante.

La oficina era lo único que le detenía de dejarle una gran marca en sus caros pantalones.

Moriyama siguió riendo mientras dejaba un par de carpetas en su escritorio. El cual, para su desgracia, estaba a su lado.

—Cállate un segundo, Yoshitaka —ordenó, masajeando sus cienes tras una punzada de dolor —. Parece que el descanso te vino demasiado bien.

—Y parece que tú necesitas uno —Moriyama volvió a reír cuando la mirada feroz de Yukio se posó en él —. ¿De verdad estás bien con saltarte las comidas? Te la vives en base a café quemado y una especie de ayuno intermitente que está consumiendo tus músculos, Yukio.

Se enderezó en su lugar. Las pilas de documentos seguían siendo las mismas, haciéndole bufar cansado. Sabía que no comer a sus horas terminaría pasándole factura, pero quería hacer espacio para estar con Kise.

Desde que se casaron y regresaron de la luna de miel ambos se volvieron por completo en sus trabajos. Los vuelos de Kise aumentaron y los casos se acumularon en su escritorio debido a su reputación. Eran recién casados, pero tenían deudas que pagar y un fondo de ahorro que trabajar.

Maldito sistema de jubilaciones obsoleto.

—Ya lo sé, pero Ryōta volverá este fin y…

—¡Oh, qué romántico! —el grito de Yoshitaka entró en su cerebro como navajas —¿Quieres tener a Kise para ti solito? Qué atrevido, Yukio.

El rubor brotó en sus mejillas y un grito lleno de vergüenza se quedó atorado en su garganta al recordar el lugar donde estaban. Aunque a Moriyama no le importara mucho al decir sus comentarios con doble sentido.

—Puedo ayudarte con algunos casos —propuso al terminar de reír —. Si yo estuviera en tu situación y tuviera poco tiempo junto a Shun por su trabajo, me gustaría tener el apoyo de mis mejores amigos. Qué digo mejores, de mis casi hermanos.

El idiota de Moriyama alzó su mano izquierda, presumiendo ese anillo de plata en su dedo anular que representaba su unión con el base de Seirin.

No estaría mal la ayuda y lo pensó por unos minutos, pero los giros de ambos eran diferentes. Mientras Moriyama se dedicaba al rumbo familiar, él estaba centrado en las leyes laborales y económicas. Yukio podría brindarle su ayuda a Yoshitaka debido a su habilidad con los números, pero su amigo no tenía ni idea de su rubro.

Y, sin embargo, Yoshitaka estaba dispuesto a ayudarlo en lo mínimo con tal de aligerar su carga. Sí era un buen amigo, no tanto un hermano como decía él, pero sí fiable.

Aun así, negó suavemente.

—Estaré bien si solo dejas de decir estupideces.

—Grosero.

Moriyama frunció los labios e hizo un último intento de persuadirlo antes de rendirse y volver toda su atención al expediente en sus manos. Lo escuchó leer en voz alta el caso: una madre de dos hijos que reclamaba la pensión al padre. A Yoshitaka no le agradaban esos casos, terminaba enojado y empatizando mucho con las demandantes, consumiendo mucho su salud mental. Alguna vez le llegó a confesar que se imaginaba a Shun en una situación similar y la ira brotaba sola.

El águila de Seirin estaba seguro si se quería divorciar de su amigo. Yukio lo apoyaría en todo caso, solo si Yoshitaka lo echaba a perder.

Se estiró en su lugar, apartando el montón de expedientes para tronarse la espalda. Se le había antojado el café quemado de la oficina, así que se levantó para preparar la cafetera. Sin embargo, empezó a sentirse mal.

Su vista se volvió borrosa, la cabeza le daba vueltas y punzaba de dolor cerca de las cienes. Tuvo que apoyarse en el escritorio para no caer cuando perdió el equilibrio. Sintió unas enormes ganas de vomitar.

—¿Yukio?

Moriyama le llamó, pero no logró distinguir nada de sus palabras. Pudo ver una plasta de colores durazno y negros acercarse a su rostro, ecos a la lejanía y el contenido de su estómago queriendo subir por su garganta.

—¿¡Estás bien!? Oh, dios mío, estás pálido.

—Yosh…

De alguna forma terminó sentado en la silla, cerca de su bote de basura. Su boca se volvió agua y, inevitablemente, vomitó.

—¡Yukio!

—Me alegro mucho que puedas venir por él y acompañarlo al hospital, este cabeza dura quería seguir trabajando.

Las risas de ambos castaños de arrugaron la frente.

—¡Así suele ser Yuki-chan! Si no es Ki-chan quien lo dice, a nadie más le hará caso —Kazunari gaznó —. Me encargaré de él como si fuera mi propio hijo, ¡no se preocupe por él, senpai!

Esos dos idiotas hablaban de su persona, como si no estuviera parado en medio de ambos a las afueras de su despecho, con Kazunari sosteniendo su bolso de trabajo y tomándole la mano como un estúpido niño pequeño.

Después de que devolvió el estómago Yoshitaka lo empujó hasta la enfermería. Agradecía a la firma que su servidor de salud fuera un hombre, de lo contrario no se hubiera recuperado. El médico lo revisó, declarando que su presión estaba baja por su ritmo de trabajo y mala alimentación. Recomendó reposo y que si los síntomas continuaban visitara el hospital para un chequeo más completo.

Mientras escribía las indicaciones e ignoraba a su compañero, Yukio pensaba qué hacer regresando al escritorio. Tenía trabajo que hacer, todavía quedaba trabajo por dejar listo para el fin de semana.

Su teléfono sonó con una llamada de Kazunari.

—¿Qué quieres, Kazunari?

Pero antes de que el chico lograra responderle, Yoshitaka arrebató su teléfono y le comentó toda la situación a su amigo. La capacidad de los idiotas para llevarse tan bien era de estudiar. En cuestión de segundos ambos coordinaron el encuentro actual, donde Kazunari lo secuestraría para llevarlo de una vez al hospital donde su esposo, véase como Midorima Shintarō, lo revisaría y se sacarían de dudas de una vez.

Él fue una víctima de trata de personas.

—¿Quieren dejar de hablar de mí como si no estuviera presente? —ambos se callaron —¡Y suéltame la mano, idiota!

Kazunari sopesó, con fingida tristeza, ver su mano apartarse de la de Yukio, pero rápidamente volvió a sonreírle a Yoshitaka. Ni idea de qué se dijeron en la mente, pues soltaron una carcajada sin decir palabra.

—Avanzaré lo más que pueda con tus casos, hazle caso a Kazunari en todo.

Ese imbécil. Quería regresar a los viejos tiempos donde podía patearlos sin ser juzgado públicamente.

—Si te portas bien, Shin-chan te dará una paleta.

A Kazunari también, de hecho.

—Los odio.

Kazunari se movía como pez en el agua dentro del hospital. Tantos pasillos, tantas puertas y servicios. Si hubiera ido solo sin duda se perdería una vez. Con Kise jamás se habrían dejado de perder.

Kazunari lo llevó hasta el servicio de ginecología y obstetricia donde Midorima trabajaba como médico ginecológico. El chico le pidió que no espantara cuando se puso pálido, pues era una visita extra temporal y que Shin-chan solo podía verlo ahí sin llamar la atención de las autoridades. Yukio no comprendió mucho, tenía entendido que el director del hospital era, en realidad, el padre de Midorima y suegro de Kazunari. Solo sería una visita de rutina, saldrían de ahí y volvería al trabajo al día siguiente. El lugar donde le hicieran el estúpido chequeó no importaba nada.

Después de unos minutos y mil saludos a todo el personal (porque Kazunari era estúpidamente popular), llegaron a la oficina de Midorima. Según él, tocar era lo ideal, se llama educación, pero al halcón no le interesó. Abrió la puerta sin preocuparse que hubiera paciente dentro y los metió a ambos.

—¡Shin-chan, te traje a un paciente especial! —gritó el idiota —¡VIP!

Midorima bajó el libro que leía y se acomodó las gafas. Aun tenía el hábito de vendar su mano izquierda y mantenía ese aire de elegancia que competía con el de Akashi Seijūrō. Sonrió suavemente al ver a su esposo, mientras que a él lo miró con más detenimiento.

—¿Qué sucede, Kise-san? —Midorima preparó el escritorio, prendió su computadora y accedió al sistema. Kazunari lo sentó frente a su esposo, empezando a tomarle signos vitales.

—La estupidez de Ryōta ya me hizo efecto.

Midorima alzó una ceja, entre divertido y preocupado.

—Era inevitable, solo me sorprende que se haya tardado tanto —de alguna forma, Shintarō abrió su expediente. ¿Cómo ese niño tenía acceso a su información? ¡Estaba metiendo sus datos básicos sin siquiera preguntarle!, y todo era correcto —. ¿Qué síntomas has tenido?

—Bueno…

—Ha tenido mareos, se le bajó la presión hace unas horas cuando intentó levantarse del escritorio en su despacho. Además, se ha estado saltando comidas y dormido pocas horas toda la semana —interrumpió Kazunari, quien caminó con un papelito que mostraba sus signos vitales —. Tiene la presión baja, algo de fiebre, vomitó una vez.

—Yo soy el paciente.

—Paciente que no quería ir al hospital y pensaba quedarse a seguir trabajando —Yukio gruñó —. ¡Lo sabía!

Midorima tomó los signos vitales y los metió en sistema, con una mueca de disgusto.

—¿Es diabético, hipertenso o tiene antecedentes de esas enfermedades en su familia? —Yukio negó —¿Hace cuánto comenzaron estos síntomas, Kise-san?

—Uh… Creo que hace dos semanas he sentido mareos pequeños, pero es por no desayunar, ¿no?

Con una mirada rápida a Kazunari, el enfermero preparó una jeringa y tubos para muestras de sangre. El frío alcohol chocó contra su piel, donde una jugosa vena llamaba a Kazunari.

—¿Es necesario? Solo es un tonto tema de nutrición.

—Le mandaré a hacer estudios completos de sangre, quiero asumir que está en ayunas.

—Sí lo está —volvió a decir Kazunari —. Era vomito biliar.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó. La ligadura le jaló algunos vellos del brazo y Kazunari, sonriente, le dio unos golpecitos en la vena.

—Miré tu vomito.

Cómo si fuera habitual, Midorima seguía escribiendo en su computadora, ignorando la asquerosa y psicópata confesión de su esposo.

Mientras los análisis se realizaban como urgencia, Midorima continuó agregando datos a su expediente. Preguntó sus hábitos como consumo de drogas, alcohol, inicio de vida sexual, historial de vacunación y medicamentos tomados recientemente.

Lo único que no preguntó fue si había tenido relaciones sexuales recientemente, pero creyó que era por pudor. Al fin y al cabo, eran amigos de la preparatoria e imaginaba que no quería tener a Ryōta teniendo sexo en su mente.

Kazunari llegó del laboratorio inusualmente callado y sin una palabra le acercó los resultados a Midorima. Él los leyó dos veces en silencio y luego los dejó en su escritorio, justo al frente de él.

Su dedo índice izquierdo señalaba las siglas GCH y a su lado impreso “65 mUI/ml”.

No entendió.

—Esta es conocida como Gonadotropina Coriónica Humana —explicó Midorima, seriamente —. Es una hormona que produce la placenta durante el embarazo.

—Uh…

—Esta cantidad indica —señaló el número 65 a su lado — que tienes dos semanas de embarazo, exactamente la fecha de tu última relación sexual.

Había tenido sexo con Kise hace dos semanas, antes de que empezara la racha de vuelos. Después de eso Ryōta llegaba a dormir u otras veces dormía fuera, así que eso coincidía.

—¿De qué hablas? —inquirió. Las manos le sudaban. ¿Qué clase de broma era esa? —¿Cómo sabes que…?

Midorima se aclaró la garganta, sumamente avergonzado. Kazunari rodeó el escritorio y le tomó por los hombros. No notó lo tenso que estaba hasta que los masajeó.

—Yuki-chan, estás embarazado.

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