Chapter 1
Capítulo I
No necesito mirar por la ventana para saber que él ha llegado.
El rugido insoportable de su moto atraviesa el estacionamiento del colegio como si fuera parte del sistema de alarma. A las 7:03 a. m., ni un minuto antes ni un minuto después. Como si el universo quisiera castigarme a diario con ese sonido infernal que anuncia la llegada de Thiago Rivas.
Me ajusto las gafas con fuerza y suelto un suspiro dramático mientras paso la hoja de mi cuaderno de biología. En mi lista de prioridades del día, justo debajo de “estudiar para el examen de química avanzada” y “organizar los apuntes por colores”, está la actividad más frustrante de todas: evitar a Thiago a toda costa.
—Podrías intentar ignorarlo —dice Abril, mi mejor amiga, mientras saca una barra de granola de su bolso.
—¿Ignorar qué? ¿El apocalipsis sonoro que él llama “entrada triunfal”? —le respondo sin levantar la vista.
Ella mastica con calma, como si el mundo no estuviera cayéndose a pedazos cada vez que ese casco negro cruza las puertas del colegio.
—Admite que tiene estilo —dice—. Chaqueta de cuero, moto negra, mirada intensa… no sé, es como sacado de una película.
—Una mala película —murmuro.
Y la peor parte es que sí tiene estilo. Un estilo molesto, rebelde, irritantemente atractivo. Uno que hace que las chicas en el pasillo se giren a verlo y suspiren como si su sola existencia fuera una obra de arte.
A mí, en cambio, solo me da ganas de activar un extintor sobre su cabeza.
—Emilia Torres, número uno en el cuadro de honor y número uno en odio gratuito al chico más popular del colegio —dice Abril con tono de locutora.
—No es gratuito —corrijo—. Me ha arruinado tres experimentos, interrumpido seis clases con sus llegadas escandalosas, y me robó el único lugar vacío en la biblioteca la semana pasada.
—Y aùn así sabes exactamente cuántas veces ha hecho cada cosa…
La miro.
Ella sonríe.
Yo niego.
No es que lo observe. Es que él es imposible de ignorar.
Y justo cuando estoy por dar vuelta la página y concentrarme en mi resumen de ciencias, escucho el sonido de sus pasos en el pasillo. Firmes, decididos. Como si el colegio le perteneciera. Las voces bajan, las miradas se giran. Y claro, ahí viene él.
Thiago Rivas.
Chaqueta de cuero. Casco en mano. Sonrisa de "rompo reglas porque puedo y me aplauden por eso".
Y como si no fuera suficiente tortura diaria, el destino decide golpearme con una granada emocional: la profesora de ciencias entra al aula con su cuaderno de notas y cara de "esto va a ser divertido para mí, pero no para ustedes".
—Atención, clase —dice mientras deja sus cosas sobre el escritorio—. Van a trabajar en parejas para el proyecto semestral de ciencias.
Que alguien me trague la tierra ahora.
Proyecto.
En parejas.
Y sin elegir.
—Yo ya asigné las parejas —añade con una sonrisa malévola—. Quiero que aprendan a trabajar con personas distintas. Talentos opuestos, mentes que se complementan.
Talentos opuestos.
Esa frase me da escalofríos.
—Emilia Torres... —dice hojeando la lista.
Por favor. No.
—Con Thiago Rivas.
El mundo se detiene.
La clase entera se gira hacia mí, como si me hubieran anunciado como tributo en Los Juegos del Hambre. Algunas risitas se escapan, incluso un "¡uy!" de fondo.
Thiago, dos filas atrás, suelta un "¿En serio?" que suena entre divertido y resignado.
Yo me quedo completamente inmóvil. El corazón me late en las sienes. Mi cerebro grita "denegado".
—Esto debe ser un error —digo, levantando la mano con urgencia.
La profesora ni me mira.
—No hay errores, Emilia. Sólo oportunidades de aprendizaje.
Oportunidades de morir lentamente, querrá decir.
Thiago se inclina hacia mí mientras me lanza una de sus sonrisas inclinadas.
—Tranquila, cerebrito. No muerdo… tan fuerte.
Aprieto los labios. No porque no tenga nada que decir, sino porque tengo demasiado y no quiero ser expulsada por lanzarle un borrador a la cara.
—Esto no va a funcionar —le digo con voz firme.
Él se encoge de hombros, relajado como si nada le afectara nunca.
—Yo digo que sí. ¿Sabes? Dicen que los opuestos se atraen.
—Los opuestos también se destruyen —le respondo, frunciendo el ceño.
—Ya veremos.
Y con eso se da la vuelta, como si ya hubiera ganado algo.
Abril se inclina hacia mí y me susurra:
—Bueno, si sobrevives a esto, tienes garantizado el premio a la paciencia del año.
Yo asiento sin dejar de mirar a Thiago, que ahora se acomoda en su asiento como si fuera el rey de todo. Como si ser mi pesadilla académica fuera su pasatiempo favorito.
Y justo en ese momento me doy cuenta de algo terrible:
Voy a pasar las próximas semanas compartiendo tiempo, ideas y oxígeno con el chico del casco.
Estoy condenada.