Nacida del fuego
El aire olía a ceniza y a miedo.
Ella abrió los ojos de golpe, jadeando, la garganta reseca como si hubiera tragado brasas. Un resplandor anaranjado danzaba sobre su piel, y por un instante, creyó que aún soñaba… pero el calor la golpeó de lleno, brutal, real.
Estaba acostada en la tierra ardiente. A su alrededor, el campo entero era un mar de fuego: árboles crepitaban como antorchas, la hierba se consumía bajo sus pies descalzos, y el cielo estaba cubierto por un humo tan espeso que apenas dejaba pasar la luz. El aire ardía con cada aliento.
Quiso gritar, pero no salió ningún sonido. Solo su respiración temblorosa.
No sabía dónde estaba.
No sabía quién era.
Solo un nombre resonaba como un eco en su mente: Selene. Nada más.
Sus piernas flaquearon cuando se puso de pie. Tenía los brazos sucios, cubiertos de hollín y pequeños cortes. La ropa estaba rasgada, chamuscada en los bordes, como si hubiese estado atrapada en ese infierno desde hacía horas. Tal vez días.
Un rugido distante —un árbol desplomándose, quizás— la hizo girar. No había nadie. Solo llamas. Solo sombras.
Pero entonces sintió algo.
No en la piel, ni en los oídos… en lo profundo. Una presencia. Una mirada.
Y por un segundo, entre el humo, creyó ver siluetas: una figura alta, una capa ondeando, y otras más atrás. Voces apagadas por el fuego. Alguien se acercaba.
No supo si debía huir o quedarse.
No sabía si eran salvación… o el final.
Pero su cuerpo no se movió.
Solo se quedó allí, de pie entre las llamas, con los ojos muy abiertos y el alma en vilo, esperando.