Una regla Rota a la vez

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Summary

Nunca planeamos enamorarnos. De hecho, hicimos todo lo posible por evitarlo. Teníamos reglas. Reglas estúpidas, absurdas, inventadas una tarde de septiembre mientras peleábamos por quién podía usar primero la cafetera. Regla número uno: nada de dramas. Regla número dos: nada de dormir juntos. Regla número tres: nada de sentir. Sí, éramos unos idiotas. Porque no importa cuántas reglas inventes, cuántos límites pongas o cuántas veces te digas que todo está bajo control… el corazón no sabe de normas. Y lo peor es que, cuando te das cuenta de que las has roto todas, ya es demasiado tarde. Vivimos en un departamento de cuarenta metros cuadrados donde el silencio dolía más que cualquier grito. Compartimos tazas, libros, playlists, y días en los que el amor se disfrazaba de rutina. Éramos dos desconocidos que se hicieron imprescindibles… y después, dos imprescindibles que se convirtieron en extraños. No sabría decir cuándo empezó todo. Quizás fue la primera vez que me miró como si hubiera descubierto algo hermoso en mí. O la primera vez que se rió sin saber que yo la estaba observando. O tal vez fue la primera vez que rompimos una regla. Porque al final, nuestra historia se escribió así: una regla rota a la vez.

Genre
Humor
Author
mvrinee_
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 Caminos que se rozan

Isamara

El despertador sonó a las 4:30 a.m., pero Isamara ya estaba despierta.

Había pasado la noche en vela, recostada sobre la cama a medio deshacer, observando la maleta abierta en el suelo como si aún tuviera algo que agregar. Pero no, todo lo importante ya estaba allí: sus libros, su ropa favorita, un termo con forma de gato que usaba desde los trece. Todo... menos la certeza de estar lista.

-¿Estás segura de que quieres ir sola al aeropuerto? -preguntó su madre desde el umbral de la puerta.

Isamara asintió sin mirarla, abrochando con calma el último cierre de la maleta. No era que no quisiera compañía. Era que, si alguien la acompañaba, se iba a quebrar. Y no podía permitírselo. No hoy.

La casa estaba en completo silencio, roto solo por los pequeños ruidos de la rutina que ya no volvería a repetirse. El agua corriendo en el grifo, la cafetera goteando, su hermano mayor respirando suavemente en la habitación de al lado. Todo era familiar, demasiado familiar. Y por eso dolía más.

Caminó por última vez por el pasillo de su infancia, pasando los marcos con fotos viejas y dibujos escolares descoloridos. Su habitación, que había sido su refugio por años, se sentía de repente como un lugar ajeno. En la pared aún colgaba el poster arrugado de su banda favorita, y el escritorio tenía marcas de tinta y noches sin dormir.

En el taxi, un coche gris con aroma a café rancio y asientos pegajosos, miró por la ventana cómo las calles pasaban como diapositivas. Cada rincón tenía un recuerdo. El parque donde aprendió a montar bicicleta. La panadería donde compraba croissants después de la escuela. El semáforo en el que su padre una vez detuvo el auto solo para que ella pudiera ver pasar una caravana de gatos callejeros.

No lo dijo en voz alta, pero en su mente, se despidió de todo.

El aeropuerto estaba más frío de lo que imaginaba. Se abrazó a sí misma mientras esperaba en la fila del check-in, rodeada de personas que iban con familias, parejas, amigos. Ella estaba sola. Pero por elección. Y eso era algo que aún no sabía si era valentía o torpeza emocional.

Se sentó en la sala de embarque, colocó los auriculares y dejó que Hozier le susurrara al oído. Era su pequeño ritual: música antes de enfrentar lo desconocido. El volumen alto, el mundo afuera quedando en pausa. Afuera, el cielo comenzaba a aclararse con tímidos tonos anaranjados.

En su bolso llevaba una libreta nueva, una que había prometido llenar con pensamientos y frases importantes. No lo había abierto todavía. No sabía por dónde empezar. Porque, aunque quería cambiar, parte de ella seguía aferrada al miedo.

Estaba a punto de cerrar los ojos cuando escuchó una risa. Una risa fuerte, espontánea, que contrastaba con la serenidad del ambiente. No la miró. No tenía por qué.

Y sin embargo, algo en esa risa pareció rozarle el pecho.

...

Ethan

-¡No olvides las revistas! -gritó su primo desde la cocina.

-¿Qué clase de monstruo crees que soy? -gritó él de vuelta, mientras buscaba algo en el inmenso armario .

Ethan había dejado todo para el último minuto. Como siempre.

La habitación era un desastre de proporciones épicas: camisetas colgadas en la lámpara, libros debajo de la cama, una cámara de último modelo tirada en la esquina del gigantesco cuarto. A las 5:15 de la mañana, trataba de ayudar a las empleadas a meter siete pares de zapatos, media docena de libretas de dibujo y un paquete de galletas abiertas en una mochila que claramente ya había rendido su último suspiro.

-¿Seguro que no quieres que vayamos contigo? -preguntó su madre, asomándose con una taza de té en la mano.

-Estoy bien, de verdad. Ya soy mayorcito. Y si me muero, al menos será por aplastamiento de equipaje.

Ella se rió, esa risa cálida que siempre le devolvía un pedazo de infancia.

La despedida fue rápida. Abrazos cortos, promesas sin fecha, un "te quiero" que casi se pierde entre el sonido del coche de su chófer. No lloraron. No lo necesitaban. Había algo en esa familia que entendía que el amor también podía ser silencioso.

Durante el trayecto, Ethan abrió la ventanilla del coche y sacó la cabeza como si fuera un cachorro emocionado. El aire fresco de la madrugada le revolvió el cabello. En su mente, ya imaginaba la ciudad nueva, las avenidas anchas, los murales callejeros, los cafés escondidos donde podría escribir, o simplemente observar a la gente sin ser observado.

El aeropuerto era más grande de lo que recordaba. Caminó con paso ligero, saludando con una sonrisa a cada persona que se cruzaba. Su mochila colgaba de un solo hombro, y las cintas de sus botas golpeaban contra el suelo con cada paso despreocupado.

Buscó un rincón libre y se sentó en el suelo, sacando una libreta de la más alta calidad y un bolígrafo mordido, por su manía de morder todo. En la primera página, escribió con letra casi perfecta:

"Día 0. No conozco a nadie. Perfecto."

Después, se recostó contra la pared, cerró los ojos y dejó que la música llenara el espacio. Su playlist comenzaba con Hozier, como si su subconsciente estuviera en sintonía con alguien más en ese aeropuerto.

No lo sabía todavía, pero a pocos metros de distancia, una chica de cabello pelirrojo lo escuchaba también. Sentada sola, con una maleta entre los pies y un café frío en la mano.

Los dos respiraron al mismo tiempo. Los dos estaban a punto de comenzar algo.

...

Isamara

La llegada a la ciudad fue menos caótica de lo que esperaba. Aunque el clima era húmedo y los edificios altos le imponían una sensación de hormiga en la metrópolis, hubo algo reconfortante en cómo la estación de metro olía a pan recién horneado.

Después de un breve recorrido en taxi, salió a caminar.

La ciudad tenía una energía distinta, vibrante, que la intimidaba pero también la atraía. Pasó frente a tiendas de discos, un parque con esculturas modernas y una cafetería donde una pareja discutía en voz baja. Cada escena le parecía sacada de una película.

Fue ahí cuando descubrió una librería de segunda mano.

Entró como quien entra a un templo, sin saber qué está buscando pero con la certeza de que algo la encontrará a ella. El aire olía a papel envejecido y madera, y el silencio estaba lleno de historias.

Mientras hojeaba un ejemplar de poesía rusa, un leve reflejo en el escaparate llamó su atención.

...

Ethan

Su llegada fue una odisea. El conductor del taxi lo dejó en la calle equivocada y terminó cargando sus maletas tres cuadras, bajo un sol inclemente, mientras maldecía el GPS.

En una de esas sacó su cámara y tomó una foto del pomo oxidado de una puerta. Después, abrió su libreta y escribió:

"Primeras impresiones: este lugar huele a viejo. Perfecto."

Decidió recorrer un rato más la ciudad era demasiado grande como para no perderse un poco en ella.

Buscaba una cafetería con buen jazz. En su cabeza, ya la imaginaba: sillones de terciopelo, cuadros antiguos, una mesera con voz rasposa llamándolo "cariño".

No encontró eso.

Pero sí encontró una calle con murales coloridos y un local con libros amontonados tras un vidrio. Se detuvo frente a la vitrina.

Ella estaba dentro. Él, afuera.

Ethan vio la silueta recortada contra la luz cálida del interior: una chica pelirroja, concentrada en un libro, con la expresión absorta de alguien que ha olvidado que el mundo existe.

Sin pensarlo, alzó su cámara y capturó el momento.

Isamara levantó la vista al escuchar el leve clic del obturador, pero Ethan ya se había dado la vuelta.

Ambos siguieron caminando en direcciones opuestas.

...

Isamara bajó del taxi que la dejó frente a su nueva residencia. Una estructura de ladrillos claros, con grandes ventanales y balcones decorados con macetas secas. No era bonita, pero tampoco fea. Era funcional. Parecía un lugar donde se podría escribir una novela. Y eso, para ella, ya era mucho.

Arrastró su maleta hasta la entrada y tocó el timbre. La puerta se abrió con un chirrido largo y pesado. Una señora de cabello gris atado en un moño desordenado la saludó sin demasiada efusividad.

-Tú debes ser Isamara -dijo, revisando una libreta sin levantar la mirada-. Habitación 2A, segundo piso. Las reglas están en la cocina. Y no hagas ruido después de las diez.

Sin más, la mujer desapareció detrás de una cortina de cuentas. Isamara avanzó con cautela, como si cada paso rompiera un poco más el vínculo con su vida anterior. Subió las escaleras mientras contaba mentalmente cada peldaño. Quince. Quince peldaños que la alejaban de casa.

Al abrir la puerta de su habitación, lo primero que notó fue el silencio. Un silencio compacto. Afuera, se oía vagamente el sonido de autos, pero dentro todo estaba quieto. Había una cama individual, un escritorio, una repisa vacía y una ventana que daba a un patio interior. Se sentó al borde de la cama y dejó escapar un suspiro que llevaba horas acumulando.

Encendió su parlante portátil y puso un playlist suave: guitarras lentas, voces que parecían susurrar. Sacó de su mochila una bolsa de café molido que había traído desde casa. Su forma de aferrarse. Un ancla.

Mientras tanto, a unos cinco kilómetros de ahí, Ethan empujaba con el hombro la puerta de su departamento compartido. Tenía una mochila gigante en la espalda, otra cruzada en el pecho, y arrastraba una maleta que parecía haber sido lanzada desde un tercer piso. Todo él parecía una avalancha desorganizada de cosas.

-¿Hola? -preguntó al vacío.

El departamento estaba a medio armar. Las cajas de su compañero estaban apiladas en una esquina y el sofá parecía haber sido rescatado de una guerra. Había polvo, pero también había luz. Mucha. Y eso le gustó.

Dejó caer las cosas y fue directo a la ventana. Tenía vista a una calle transitada, pero desde allí alcanzaba a ver la silueta del campus universitario al fondo. Se apoyó en el marco con los brazos cruzados y sonrió, medio incrédulo.

-Bueno, viejo -se dijo a sí mismo-, aquí estamos.

Su madre le había enviado un mensaje, pero no lo respondió todavía. Necesitaba sentir la ciudad antes. Respirarla sin que su voz lo arrastrara de nuevo a casa. Así que salió a caminar.

Mientras Ethan recorría las calles, Isamara desempacaba en silencio. Colocó sus libros en orden alfabético, alineó sus tazas en la repisa y puso una pequeña planta -llamada Menta, como el personaje de un libro que había leído en la secundaria- en el alféizar de la ventana. Luego se quedó mirando el cielo encapotado, sin saber muy bien si estaba feliz o si sólo estaba cansada.

Decidió salir también. Necesitaba un café. Uno bueno.

Ambos caminaron por rutas distintas, pero en direcciones que empezaban a cruzarse como líneas de un mapa. El aire olía a tierra húmeda, como si el verano estuviera cediendo su lugar lentamente al otoño. En las esquinas, músicos callejeros comenzaban a desplegar sus instrumentos. Una chica tocaba el violín frente a una panadería. Un grupo de chicos hacían malabares en la plaza. La ciudad parecía un escenario improvisado.

Isamara entró a un café escondido entre dos librerías. Se llamaba "La Madriguera" y tenía luces amarillas tenues, paredes cubiertas de recortes de poesía y una atmósfera que parecía existir fuera del tiempo. Pidió un espresso doble y se sentó en una mesa junto a la ventana.

Del otro lado de la calle, Ethan pasaba corriendo. No porque tuviera prisa, sino porque alguien en un local le había gritado: "¡Se te cae el mundo, forastero!" al ver su mochila medio abierta. Soltó una carcajada y se detuvo frente a la vitrina de la librería.

Isamara alzó la vista justo en ese momento. Vio su silueta reflejada a través del cristal. Alto, desprolijo, con una risa fácil que le llenaba los hombros. No lo reconoció, claro. Aún no. Pero algo en él hizo que su mirada se quedara un segundo más.

Ethan entró a la librería, y la conexión se rompió. Isamara volvió a su café.

A la noche, ambos regresaron a sus respectivos espacios, sintiéndose extrañamente acompañados por el recuerdo del otro sin saberlo. Como si sus pasos hubieran resonado al mismo ritmo por un instante.

---

El lunes siguiente marcó el inicio de clases. La ciudad se llenó de mochilas, horarios y caos estudiantil. Ethan llegó tarde a la orientación y entró con la camiseta del revés, aunque nadie se lo dijo hasta que ya llevaba una hora ahí. Isamara, en cambio, llegó quince minutos antes y se sentó en la segunda fila, lápiz en mano, lista para tomar notas que no necesitaba.

Y ahí estaban. En la misma universidad. Caminando por pasillos distintos, subiendo escaleras en horarios apenas desencontrados. Las probabilidades de que se toparan eran altísimas. Pero aún no. No del todo.

Hasta que una tarde de esa primera semana, el destino se cansó de esperarlos.

Isamara estaba en la biblioteca. Se había refugiado allí después de una clase donde nadie había respondido su intento tímido de conversación. Le dolía el silencio ajeno, pero le dolía más su propia incomodidad.

Ethan, por su parte, se había perdido buscando la sala de informática. Entró a la biblioteca por error y, al verla tan enorme, decidió quedarse. No para leer. Solo para descansar.

Pasó entre las mesas sin fijarse demasiado y eligió una cerca del ventanal, donde el sol entraba como una caricia. Colgó la mochila en la silla y se dejó caer.

En la mesa de al lado, estaba ella.

Isamara sintió el movimiento y levantó la vista. Lo reconoció de inmediato: era el chico de la vitrina. El de la risa fácil.

Ethan, distraído, no notó nada. Se quedó mirando el cielo a través del vidrio, tamborileando los dedos contra la mesa.

No hablaron. Ni siquiera se miraron directamente. Pero compartieron el silencio de esa biblioteca como si fuera un código. Como si ya supieran que algún día romperían las reglas. Una a una.

Y sin saberlo, en ese instante, ambos pensaron lo mismo:

"Qué raro sentirse tan acompañado por alguien que no conoces."

***

Mi segunda semana en la ciudad comenzó con una tragedia: se me cayó la planta. Menta, mi planta. La única compañera fiel que me acompañó desde casa. Cayó de la repisa porque me tropecé con mi propia mochila. Fue como ver una escena de asesinato en camara lenta. Tierra por todo el piso, la maceta rota y yo quieta como si acabara de derrumbar la torre Eiffel.

La universidad no me estaba ayudando a superar esto.

El horario de clases era una sopa de letras. Literalmente.

"MOD-210A - Introducción a la investigación empírica en diseño textil contemporáneo", "MOD-408C - Narrativas identitarias y performativas en el diseño de indumentaria"... ¿Era un chiste?

Por suerte la biblioteca era un refugio para mí, la cafetería del campus. no tanto. Servían un café que sabía a una mezcla de arrepentimiento filtrado.

Pero volvamos al principio

Lunes, 8:03 a.m

Mi despertador sonó con una alarma que elegí "natural". Pájaros. Hoy odio los pájaros.

Me vestí como quien trata de parecer relajada, pero no lo conseguí tanto. Jean, suéter grande y el pelo mal recogido como si no me importara nada. Aunque claro que sí me importaba.

Camine hasta el campus con mi termo de café en mano, que ahora era lo único que me daba fuerzas para fingir que no quería esconderme en una esquina con un libro de Jane Austen.

El pasillo estaba lleno. Olía a desodorante barato, perfume caro y ansiedad.

Me dirigía a mi clase de "Teoría del color", cuando vi un cartel que decía.

Feria de clubes universitarios- auditorio central, hoy desde las 9:00 a.m.

Clubes universitarios. Eso sonaba a gente extrovertida gritando "¡únete!", con folletos de colores. Lo que menos necesitaba.

Pero ahí estaba yo, una hora después, recorriendo la feria como quien entra a una tienda de souvenirs sin intención de comprar nada.

Había clubes de todo: ajedrez, teatro, deportes, fotografía, defensa personal con escobas (¿qué?). Me detuve frente a un puesto de literatura. Libros usados, marcapáginas hechos a mano, y una chica de cabello rizado recitando poesía sobre cómo su gato le rompió el corazón. Me pareció entrañable.

Estaba recogiendo un folleto sobre un club de deportes cuando alguien, al parecer muy apurado, chocó contra mí. Mi café voló por el aire como una escena de Titanic, pero versión cafeinada. Cayó sobre su camiseta blanca. La mía también sufrió, pero el impacto mayor fue él.

-¡Ah! ¡Café asesino! -exclamó, como si fuera parte de una película de acción de bajo presupuesto.

Yo no sabía si reír, disculparme, o desaparecer.

-¡Lo siento! -balbuceé- No lo vi venir... Estabas muy rápido. ¡Es decir, venías muy rápido!

Él me miró. Alto, pecoso, con cabello tan marrón que la tierra parecía haber hecho una copia de seguridad en su cabeza. Y esos ojos... color Hazel con un brillo de travesura permanente.

-Técnicamente, tú estabas en mi punto ciego. Así que digamos que compartimos la culpa y ahora somos cómplices -dijo con una sonrisa de niño que acaba de romper algo valioso y quiere salir ileso.

-¿Cómplices de qué? ¿De homicidio de camisa? -pregunté, medio en broma, medio apenada.

-De homicidio culposo contra la cafeína -respondió. Luego bajó la mirada y agregó-. Y quizá de una leve mancha en mi ego.

Nos quedamos en silencio unos segundos. Luego ambos soltamos una risa nerviosa.

-Soy Ethan, por cierto -dijo, extendiéndome la mano manchada de café.

-Isamara -respondí, estrechándola con la mano menos afectada por el derrame.

-Ah, y perdón por lo del café te comprare otro.

-No hace falta, déjalo así.- la verdad era que prefería que ese café se hubiera notado.

-Yo sé, pero aún así lo quiero hacer.

-No enserio, no lo quiero por favor déjalo así.

El me quedo mirando un poco extrañado pero asintió en un leve gesto.

De ahí emprendimos un camino bastante largo, buscando donde sentarnos para limpiar las camisas o al menos intentarlo.

-¿Estás segura que no quemé tu reputación? -preguntó él cuando nos sentamos en las gradas del auditorio con una botella de agua para intentar limpiar las manchas.

-Mi reputación está a salvo. Lo que no está a salvo es tu camiseta.

-Esto es vintage. O lo era. Ahora es arte abstracto. Mira -me mostró la mancha con forma sospechosamente parecida a un pato.

-Pero que es eso- le dije entre risas, por la rara forma que tenía.

-¿Que cosa?- el no sabía a lo que yo me refería, así que lo utilizaría para burlarme de el. O mejor no a penas lo acababa de conocer no sabría cómo se tomaría la burla. Iba a cambiar de tema pero no fue necesario ya que él lo hizo primero.

-¿Te interesa algún club? -me preguntó.

-No lo sé. Pensaba unirme al club de gente que evita socializar, pero no tenían puesto-Le dije en broma, a lo que él me siguió el juego.

-Lástima. Ese sería el más popular.

- Oh, si seguro.

Nos quedamos charlando un rato más. Descubrí que Ethan era de otra ciudad también, y que había olvidado el nombre del edificio donde tenía clases. Que por andar dejando todo a última hora había hecho que sus ayudantes metieran cinco pantalones iguales y Que odia el brócoli y ama el helado de pistacho. Una combinación muy sospechosa, en mi opinión.

-¿Y tú? -preguntó al fin-. ¿Qué estudias?

-Diseño de modas. Quería estudiar "comunicación" pero hablar en público me da miedo.

-¿Y cómo te va?

-Por ahora sólo he dado teoría del color y dibujo técnico.

-Bueno, al menos ya hablaste conmigo. Y a mí parecer lo hiciste bien. Eso es un avance. A menos que yo sea una planta.

-Una planta que hace chistes malos.

-Las mejores.

No podía creer que estaba teniendo esta conversación. Con alguien real. Fuera de mi cabeza. Fuera de los libros.

Después del accidente, caminamos juntos por el campus. Haciendo chistes sobre cualquier tema, o bueno más bien el yo solo me reía y trataba de controlar la risa.

Cuando llegamos frente a la biblioteca, él se detuvo.

-Bueno, creo que deberíamos dejar nuestra grandiosa charla hasta aquí-dijo, serio.

-¿Por?

-Primero, salté una clase con un profesor al que no conozco, Segundo, tengo otro compromiso dentro de diez minutos y no puedo faltar y Tercero y último, no lo sé la verdad- me dijo en un t

-¿Esa regla es para evitar quemaduras o para evitar conexiones accidentales?

-Ambas. Pero si rompemos la regla, al menos prometamos hacerlo con buen café.

-Hecho -le dije, y sonreí.

Nos despedimos ahí. Me fui con la sensación de que queria volver hablar con el.

Volví a la residencia y le conté todo a Menta. Bueno, a su nueva versión trasplantada en una taza. Menta 2.0.

-Hoy hablé con un humano -le dije-. Y no fue tan terrible.

Ella no respondió, claro. Pero me pareció que la hoja nueva que había asomado era una señal de aprobación.

Encendí mi música, abrí un libro, y escribí en una libreta:

> Regla número uno: no confiar en el café. Puede provocar encuentros peligrosamente agradables.

Me quedé un rato más escribiendo cosas que me habían llamado la atención de él. No supe en qué momento se me fue el tiempo pero cuando reaccione ya eran más de la una de la madrugada y llevaba unas 10 hojas de solo pensamientos. Me quite todo de encima y me puse un pijama acolchado para el frío y me dormí pensando que, quizás, este lugar no era tan hostil como creí.