Chapter 1- El Fantasma que Enseña Poesía
La torre Erenholt, ubicada en el corazón de la ciudad de Kaelvaris, albergaba el prestigioso Instituto Vélgard, una antigua academia con muros de piedra gris, vitrales gastados por el tiempo y pasillos que aún olían a pergamino húmedo. Allí, en el tercer piso, en un aula olvidada por la modernidad, comenzaba una historia que el mundo no estaba preparado para recordar.
Elián Varnen escribía en la pizarra con precisión casi quirúrgica. Su figura erguida, vestida con un abrigo largo de tonos oscuros, contrastaba con la monotonía de la clase. Parecía estar en otro tiempo… o quizás en otro plano.
—"El que aprende a fingir, sobrevive. Pero el que finge no sentir… ya está muerto por dentro."
—Leyó en voz baja, sin mirar a los alumnos—. ¿Qué creen que quiso decir el autor?
Silencio. Siempre el mismo silencio. Pero no era incomodidad. Era respeto, o quizás, una forma inconsciente de no molestar a algo que no entienden.
—¿Quizá… que fingir nos protege? —se atrevió a decir Renata Lys, una joven de ojos profundos que rara vez hablaba.
Elián se giró con una lentitud estudiada, y la miró con una expresión neutra.
—Correcto. Fingimos para vivir. Fingimos tanto que nos convertimos en nuestra propia mentira. Pero hay momentos… en que esa mentira se rompe. Y lo que sale de dentro… ya no es humano.
Sus palabras, aunque suaves, pesaban como una amenaza sutil. Los alumnos tragaron saliva sin entender por qué. Había algo en su voz. Algo que retumbaba como si él supiera de lo que hablaba.
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La campana resonó como una sentencia y los estudiantes huyeron como si la habitación se hubiera enfriado de golpe. Elián permaneció en pie, observando el horizonte a través de los ventanales antiguos. Desde allí, se divisaba la cúpula derruida del Orfanato Velkraum, abandonado hace años… justo donde él había tomado su primera vida.
—Los fantasmas no mueren —murmuró—. Solo aprenden a esconderse mejor.
La puerta crujió y entró Camila Varnes, la psicóloga de la academia. Su figura era tan luminosa como la de él era oscura. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que casi rozaba lo ingenuo.
—No me acostumbro a la forma en que te paras tan quieto —comentó con una sonrisa—. Es como si no respiraras.
—Es el secreto para parecer sabio —respondió él con tono seco, aunque con un leve gesto de cortesía.
—Necesito hablarte de un alumno. Darian Velor. Su informe es preocupante. Sospecho que es un Singular. Podría estar en peligro si el Consejo lo detecta…
Los dedos de Elián se crisparon, aunque su rostro no cambió.
—He notado algo en él. Mira como quien teme ser visto. Es un espejo roto. Igual que yo… cuando tenía su edad.
Camila frunció el ceño.
—Siempre hablas como si hubieras vivido demasiadas vidas.
Él la observó por unos segundos, y por un instante, su silueta pareció desvanecerse, como si la luz se negara a tocarlo.
—Tal vez lo he hecho.
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Aquella noche, en su guarida subterránea bajo una librería cerrada, Elián retiró el falso estante que ocultaba su verdadero santuario: armas pulidas, mapas con marcas, códigos interceptados. Pero lo más peligroso estaba en su propio cuerpo.
Desde los trece años, había sido parte de un programa secreto del Alto Consejo Militar de Varnenholt, donde identificaban a niños con capacidades sobrehumanas. Su habilidad era única: una presencia nula, una forma de desaparecer de la conciencia de quienes lo rodeaban. Podía caminar entre multitudes sin ser notado. Nadie recordaba su rostro. Ni siquiera las cámaras lo seguían.
Y a eso se sumaba su velocidad. No un simple correr rápido. No. Era una sombra viva. Un susurro que se movía a través del viento.
Él era el arma perfecta. Por eso, a los veinte años, ya se había convertido en leyenda entre mercenarios, espías y asesinos. “Specter”, lo llamaban. El Espectro de Kaelvaris.
Hasta que simuló su muerte. Y desapareció.
Su comunicador parpadeó. Una voz encriptada se filtró en sus oídos.
—Aquí Helen Drax, Alto Mando. El Altar ha reactivado su búsqueda. Están en Kaelvaris. Y uno de ellos ha pronunciado tu nombre.
Elián se mantuvo inmóvil, mientras un leve zumbido recorría el aire. Sus ojos, por primera vez en mucho tiempo, brillaron con furia controlada.
—Déjalos venir —dijo.
—No entiendes. Este no es un operativo. Es personal. Están buscando algo más que sangre. Están buscando quién fuiste.
—Entonces me encontrarán —dijo él—. Pero no será como ellos esperan.
Se acercó al altar de piedra negra que usaba como armario, y retiró una capa oscura, un símbolo grabado en el pecho. Bajo ella, la vieja máscara sin rostro. Dejó que su mano se deslizara sobre ella.
—Es hora —susurró—. El Espectro despierta.
Y en ese instante, su silueta desapareció, fundiéndose con las sombras. La ciudad aún dormía… pero los demonios del pasado acababan de abrir los ojos.