Blossom, History Larry Stylinson

Summary

Louis es un chico que ha sufrido mucho, y que decide terminar con su vida. Harry es un bombero que logra evitarlo. Entre ellos comenzará una historia de amor, llena de dolor y alegrías, de altos y bajos, de compañía y afecto. Historia de 6 capítulos, HT/LB. (Esta historia es de las primeras que escribí, y que había eliminado)

Status
Complete
Chapters
7
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18+

Un Grito de Auxilio


“Contesta, contesta por favor...”

Esas no eran solo palabras o una petición: ran un ruego, un grito de auxilio. Sin embargo, al otro lado de la línea solo silencio cruel. Dejó de insistir en el intento número veintisiete, con la batería de su viejo celular a punto de acabarse.

Estaba sentado en el piso sucio del baño, en esa pocilga que era donde vivía. Nunca fue un hogar, nunca tuvo uno, nunca sabría que significaban esas cinco letras.

Las paredes estaban llenas de telarañas, los pocos muebles a punto de caer, ni un pan duro en la despensa. No tenía luz, y a esa altura, tampoco agua. Era un lugar miserable por el que debía pagar dos libras semanales, dos libras que no tenía, dos libras que marcaban la diferencia entre un techo y la despiadada calle.

Quizás hubiese sido mejor quedar a la intemperie, y tal vez, haber conocido a alguien que le diera alcohol hasta emborracharlo, violarlo, golpearlo y dejarlo tirado por ahí en algún callejón. Una vez más, otra vez, como tantas en las que pensó que sí lo dejarían al borde de la muerte. Pero no, no pasaba, despertaba al día siguiente destrozado, sin siquiera una piedra en el bolsillo remendado de su pantalón.

Era paciente habitual del consultorio gratuito de la ciudad. Las enfermeras eran las únicas que le brindaban afecto, se preocupaban un día completo por él: de bañarlo, alimentarlo y pedirle que tomara la ayuda sicológica que ofrecían ahí. No podían entender que la mayoría del tiempo quería desaparecer, que ya no podía con su vida, que había perdido todas sus esperanzas, que estaba vacío, solo, sucio, inerte, destrozado.

Alguna vez intentó tomar esa ayuda, pero le pedían hablar de cosas que no era capaz de compartir, y debido a eso terminaban sacándolo del programa, no le tuvieron paciencia. Pensaban que era fácil hablar de su pasado, ese donde tenía una familia, una madre, un padre, un hermano menor y un perro.

Una familia de cartón, que frente a los demás era amorosa y feliz. Una madre que le hablaba de la importancia del respeto, pero que no dudaba en golpearlos ni insultarlos cada día. Un padre que parecía respetable y trabajador, pero que, en las noches, borracho, violaba a su madre y abusaba de su hermano y de él cuando ella ya no lo satisfacía. Un hermano pequeño que, a pesar de sus cortos 11 años, tuvo la valentía de amarrar las sucias sábanas de su cama a su cuello y terminar con eso que se llama vida. Un perro que fue asesinado frente a sus ojos por su vecino, en una noche en que las drogas le hicieron imaginar que era un peligroso dinosaurio que quería atacarlo.

¿Podría, algún día, ser capaz de poner en palabras eso que llamaban pasado, traumas, problemas? ¿Eso que para él era una muralla de clavos pegada a su espalda? ¿Eso que aparecía cada vez que cerraba los ojos? ¿Eso, que era tan horrible, que ni siquiera su presente lograba opacar?

Podría jurar que no, que todo eso se lo llevaría al infierno porque alguien como él no existía para Dios.

Alguna vez escuchó decir que ese ser superior te daba las herramientas y tú decidías cómo usarlas. Pero, ¿qué pasaba con los niños? ¿Con su hermano, con él mismo? ¿De qué herramientas habla la gente? Su pequeño Paul decidió morir usando esas herramientas, e incluso así era un pecador, porque solo Dios daba y quitaba la vida, pero, ¿quién estuvo ahí para ayudar? Ninguno de los que siempre supieron qué pasaba entre esas cuatro paredes y luego solo criticaron. Ninguno de los que lo vieron golpeado, con su nariz llena de sangre, una tarde de invierno con la lluvia quemándolo. Ninguno de los que, cuando tuvo hambre le tiró un pedazo de pan. Ninguno de los que lo vieron llorar y rogar porque lo dejaran entrar a sus casas, porque tenía frío, miedo y soledad.

Aprendió que la gente critica y no ayuda, que no se puede confiar, que siempre hay que entregar algo a cambio. Después de que lo echaran a la calle, caminó por lo que pensó fueron horas, pero en realidad fueron 4 días, hasta que cayó rendido en medio de una plaza en un lugar desconocido. Cuando despertó, estaba en lo que parecía un departamento, bastante viejo y sucio, y un hombre a su lado, fumando algo que tenía un olor horrible, y que lo miraba con perversión. Supo de inmediato que todo lo malo que había vivido, se podía poner peor, pero no imaginó que podía serlo de manera desgarradora.

Una vez que su cuerpo fue tirado en un rincón, dañado, utilizado, golpeado, marcado, pensó que podía descansar y comer un poco de arroz que había en una taza en el suelo. Fue la peor idea, tenía droga, y su mente se disparó hacia mundos coloridos y de horror, de unicornios sangrientos y flores marchitas y podridas. Cuando volvió su conciencia, de alguna manera lo agradeció: a su alrededor, cuatro hombres viejos, repugnantes, que lo habían usado de la peor forma. Estaba desnudo, con restos de semen seco, con vómito y saliva asquerosa, tenía golpes en su cara, en su espalda, su trasero hinchado y con restos de sangre. Estaba tan desolado, que ni una sola lágrima derramó, pero juntó toda su fuerza para intentar levantarse, y lo logró después de tres intentos. Recogió su polera y su pantalón, y pudo salir, gracias a que la puerta estaba sin llave. Fue la primera vez que llegó al consultorio pidiendo ayuda y donde conoció a Betty y Marty, hermanas enfermeras que desde ese momento se convirtieron en sus cuidadoras.

No recordaba su edad, intentaba hacer cuentas, pero no sabía por qué había tantas lagunas en su cabeza. Si hacía el esfuerzo, recordaba que Paul tenía once años cuando se suicidó, y entonces, él tenía quince. Pero en su línea de tiempo habían pasado cinco o seis años desde que salió de esa casa del terror, no podía saber que eran dos.

¿Cómo podría recordarlo, si la mayoría del tiempo lo han tenido drogado o alcoholizado? Su mente está cada vez más confusa, le está empezando a costar saber qué es realidad y qué fantasía.

Pero en ese momento, es una certeza que nadie contestó su llamado. Intentaba comunicarse con Albert, el único que le brindó un poco de ayuda, pero que también lo había dejado. Lo conoció cuando una madrugada, buscando algo qué comer, lo vio dejando una hamburguesa casi completa en el basurero. Intentó esperar a que se fuera, pero no lo hacía y su hambre era feroz, llevaba cinco días comiendo sobras de pan duro de la panadería que está en la esquina. No aguantó más y se acercó, metiendo la mano al contenedor y encontrando de inmediato su tesoro. Albert casi murió de la impresión al verlo comer de esa manera grotesca lo que a él simplemente no le había gustado porque no le pusieron pepinillos.

Sin hablar, le había comprado dos promociones más en ese local que atendía toda la noche. Le dio unas libras, incluso un teléfono viejo ya obsoleto, pero que aún podía hacer llamadas. Guardó su número y le dijo que lo llamara cuando lo necesitara, pero le había mentido, nunca contestó, y tenía tanto miedo otra vez, porque solo necesitaba un poco de calor humano, un poco de preocupación, pero ya no podía más, ya no más.

Salió a la calle con sus harapos, su carita sucia, sus manos heridas, su alma vacía, sus ojos perdidos, y pidió limosna. Necesitaba, tal vez unas dos libras para comprar lo necesario y poder cerrar definitivamente su paso por este mundo. Estuvo cerca de una hora pidiendo, y nunca sabría cómo estaría de mal, que reunió casi cinco libras; tomó solo lo que necesitaba y le dejó el resto a un vagabundo que conocía y que andaba con dos perros hambrientos.

Caminó sintiendo el aire frío, que lograba despertarlo de su ensoñación y le daba un poco de realidad, de una que ya pronto dejaría atrás y que lo hacía sonreír. Ya no sentía las piedras en sus lastimados pies descalzos, tampoco le importaban las miradas de asco que le daban las personas puras y buenas de alma que se hacían a un lado, no fuera a ser contagiosa la miseria. Un perro callejero le movió la cola, como saludándolo, como diciéndole no estás solo, y se sintió bonito.

Llegó a la ferretería de la plaza, y entró. Esperó a que saliera la última persona, y pidió bencina, como si fuera lo más normal del mundo y dejó las dos libras en el mesón, para que no fueran a pensar que se quería robar algo. El vendedor lo miró de pies a cabeza y le entregó dos botellas, estaba acostumbrado a ver a los mendigos comprar ese tipo de cosas para drogarse y olvidar el hambre, no era su problema. Guardó el dinero y lo echó a gritos, a pesar de que él no había abierto la boca.

Le daba igual, ya todo daba igual. Sólo le faltaba un encendedor, pero sabía quién le vendería uno a cambio de un poco de su bencina. Encontró a este chico, que no tenía más de doce años, y que robaba para vivir debajo de unos matorrales, y con el que a veces, compartían un poco de lo que encontraban en la basura.

—Hola Niall, ¿me vendes un encendedor?

—¿Tienes para pagar?

La amistad no valía tanto como el dinero, no en esas circunstancias.

—Te puedo dejar un poco de esto, —contestó mostrando las botellas.

Los ojos del pequeño se iluminaron. —Es justo lo que necesitaba para esta noche, dicen que va a caer una helada terrible, —contó como si leyera un cuento, como si no doliera la indiferencia.

—Ojalá puedas librarte del frío. Yo ya me voy, y me despido. Pese a todo, fue un gusto conocerte…

Y Niall lo supo, y su corazón se rompió un poquito más. Había visto a demasiados partir en medio de una tormenta, en la madrugada silenciosa que ocultaba sus presencias al mundo, entre la soledad y el cansancio de no tener esperanzas.

—Sí en una de esas, conoces a ese que llaman Dios, dile que se acuerde de nosotros, de los que lo necesitamos más que esos que se golpean el pecho y pagan con tarjeta las penitencias de sus pecados, —dijo golpeando su brazo.

Y Louis volvió a sonreír. No entendía muy bien porqué, pero estaba tranquilo. La sensación de saber que ya no habría más sufrimiento, ni más preguntas, ni más dolor, le daba calor a su cuerpo. Solo necesitó eso siempre: calor. Alguien que quisiera abrazarlo, que quisiera conversar y mirar juntos el atardecer. No importaba si era una madre, un hermano, un amigo, un amante, un desconocido, solo alguien que lo viera como lo que siempre ha sido, un dulce chico de hermosos ojos azules y nariz de botón. Porque hasta el último respiro de vida sería así, porque todas sus desgracias no pudieron acabar con su esencia, porque fue el único que se dio ánimos para seguir, porque merecía descansar de vivir, porque ya dolía demasiado.

Llegó hasta el lado más solitario de la ciudad, donde había un mural grande y alto. Habían pintado a una pareja de la mano, caminando entre las nubes. Siempre le llamó la atención porque no estaba seguro de qué representaba la imagen. ¿Así se sentía el amor? ¿Se podía caminar entre nubes? ¿Tanta magia tenían un par de manos entrelazadas? Al parecer sí, nunca lo sabría, pero estaba bien. De todas maneras, él jamás podría haber conocido el amor, era un despojo de la vida, sucio, maloliente, que solo servía para el uso y abuso de quien quisiera tomarlo.

Estaba empezando a oscurecer, y una pequeña llovizna amenazaba con interrumpir sus planes, pero tenía paciencia. Con toda la calma, abrió una de las botellas y la desparramó sobre sus piernas, mojando bien sus pies. Cuando se acabó, la dejó a un lado y repitió el proceso con la segunda, pero ahora, la dejó correr desde su pelo hasta su pecho, mojando también sus brazos. Tiritó un momento, porque hacía mucho frío y decidió que su último pensamiento se iría a esa carta que encontró de Paul, que le dejó dentro de uno de sus zapatos, apenas garabateada, un poco sucia, desordenada, pero más verdadera que la existencia del sol.

“Sé que eres al único al que le importo, y por eso, quiero decirte una vez más, gracias hermano. Por cuidarme lo que más pudiste, por interponerte cuando llegaban los golpes, cuando tapabas mis oídos para no escuchar los gritos de mamá, cuando hacías que me escondiera debajo de la cama para que mi papá te hiciera a ti lo que quería hacer conmigo. Gracias por darme el último pedazo de pan, por enseñarme que el amor si existe y que, de alguna manera, siempre estaremos juntos. Te amo para siempre Lou”.

Tibias lágrimas lo mojaban más que la llovizna y más que la bencina, porque tenían el sabor de la esperanza. Quizás esa noche, podría reencontrarse con su querido Paul.

Encendió la débil llama, y la acercó hasta su pecho.

“Espérame hermano, ya voy por ti…”

En cosa de segundos la escena parecía sacada de una película de acción. La tenue luz que aún quedaba, la llovizna fresca, el viento gélido, un chico envuelto en llamas.