CAPÍTULO 1: OJOS HACIA EL VACÍO
La ciudad dormía bajo un manto gris. Entre edificios sin alma y calles empapadas por la lluvia, un niño de cinco años miraba el cielo desde la azotea de un viejo complejo de apartamentos. Sus ojos, carmesíes como brasas dormidas, reflejaban una tristeza antigua, demasiado grande para un niño tan pequeño.
Raykan Tsukihara no entendía por qué su padre se había ido. Solo recordaba la puerta cerrándose, los gritos de su madre, y luego el silencio. Su madre dejó de abrazarlo. Luego dejó de mirarlo. Pronto, dejó de hablarle excepto para culparlo. “Si tú no hubieras nacido... él seguiría aquí”. Esas palabras eran cuchillas en su corta infancia.
No lloraba. No porque fuera fuerte, sino porque ya no sabía cómo.
Esa noche, mientras las estrellas parpadeaban con crueldad sobre su cabeza, un temblor sutil recorrió el aire. La brisa cambió. El tiempo pareció quebrarse. Y en un instante que no existía en ningún reloj humano, Raykan fue absorbido por una luz roja profunda.
Y desapareció.