𝘗𝘳𝘰́𝘭𝘰𝘨𝘰
Mi abuela solía decir que el amor te encuentra cuando menos lo esperas.
Yo pensé que eso significaba una mirada cruzada en una librería.
No una cita a ciegas con un vampiro que se desmaya al ver sangre.
Sí, así comenzó todo.
Con un chico demasiado alto, de sonrisa fácil y ojos que parecían haber vivido mil otoños. Un torpe adorable que pidió té helado en vez de vino, y que me confesó—con una voz suave, entre susurros—que no podía morderme porque le daba… asco.
Literalmente.
—“¿Tienes idea de lo que es ser un vampiro con fobia a la sangre humana? Porque yo no pedí esto, ¿ok?”, me dijo, con el ceño fruncido y una servilleta apretada entre las manos.
Pensé que era un actor. Un excéntrico. O un lunático muy comprometido con su personaje.
Pero luego desapareció de mi vista en menos de un parpadeo. Y al volver… tenía un gato en brazos. Uno que no existía en la cafetería diez segundos antes.
Y ahí supe dos cosas:
Uno, no estaba loca.
Y dos…
Estaba jodidamente metida hasta el cuello en algo que no podía explicar.
Ni rechazar.
Así que sí, esta es mi historia:
La vez que salí con un vampiro torpe, vegetariano, ligeramente dramático… y cómo terminé convirtiéndome en su única fuente de sustento.
Con cariño,
La chica que dijo “solo una cita”
…y acabó aprendiendo a preparar batidos de sangre sintética con fresa.