MIGAJAS

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Summary

Migajas es una antología de cuentos que toman como base una canción y desarrollan una historia con el hilo conductor del amor no correspondido.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Lo que no arde

Ramón limpiaba lentes de cámaras viejas cuando Valeria irrumpió en el taller. Olía a lluvia reciente y a ese perfume de farmacia que usaba desde los quince. Tenía los ojos hinchados, como cada vez que venía a hablar de “aquel muchacho”.

—No me mira, Ramón. Ni cuando compartíamos salón, menos ahora cuando cruzamos miradas en los recesos.

Él dejó caer el paño de microfibra en la mesa. Ya sabía lo que venía. Dos meses escuchando sus quejas sobre ese chico, Armando. Dos meses conteniéndose. Dos meses atrapado entre la ternura y el vértigo. Había aprendido a escucharla como quien observa una casa que arde desde la calle: sabiendo que no puede entrar, pero tampoco sin poder marcharse. Pero hoy seria distinto.

—¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Ya sabes hasta donde llegarías por llamar su atención? —preguntó, sin mirarla.

Ella sacó el celular y abrió Spotify, busco el disco La Ley. MTV Unplugged. En la portada, un hombre descendía por escaleras fantasma. Ramón reconoció el álbum, sus ojos se abrieron ligeramente.

—Encontré un ritual en Reddit —dijo ella, decidida—. Dicen que con la canción “Fausto”...

Él contuvo una mueca y sacudió la cabeza para alejar el mal recuerdo.

Prepararon el círculo con sal y cenizas. Valeria reprodujo la canción y cantó entre dientes - …déjame entrar en tu piel…-. Ramón notó que la voz de la grabación se distorsionaba justo en “laberinto del ayer”. Como si alguien más susurrara detrás del vocalista, una voz sin género ni edad, una voz que no decía palabras sino intenciones.

Al final de la canción se repetía nueve veces: "Negociaría mi alma por tenerte cerca y darte mi eternidad" y al acabar un viento frio recorrió el taller, removiendo aromas a plastico, alcohol y azufre.

No sucedió nada mas, Valeria desilusionada se marcho sin despedirse de Ramon.

Amanecía cuando Armando envió el mensaje: “Eres genial, Val. Que suerte encontrarme con alguien como tú.”

Ella llego al taller de Ramon con una enorme sonrisa. Ramón la observó en silencio. Sabía que los deseos cumplidos eran otra forma de castigo. La euforia le duró hasta que notó el triángulo invertido en su cuello debajo de la oreja. Una figura oscura como de tres centímetros, irregular, como una quemadura vieja, que solo viéndola con detenimiento se develaba su forma.

—¿Ves? Si funcionó — le dijo ella, señalando su marca del cuello. "Esa fue la firma" pensó él.

Los días siguientes fueron de falsa plenitud. Armando empezó a sentarse junto a ella, a compartirle canciones, a preguntarle si ya había visto tal serie o pelicula. Valeria se entusiasmaba más y más. Era su sueño hecho realidad, había bastado con desearlo nada más. Cualquier cosa que Valeria le sugería Armando, él lo concedía. Las visitas de Valeria al taller disminuyeron.

Casi un mes después Valeria llego por la tarde, Ramon acomodaba muestras de fotos olvidadas, se vio reflejado en ellas.

—¿Y tú, alguna vez te enamoraste así? —le preguntó ella sin mirarlo.

Él pensó en Silvia. En su juventud. En el tiempo suspendido.

—Una vez —dijo.

—¿Y funcionó? — Replico ella.

Ramón bajó la mirada.

—Funcionó... para destruirnos.

Valeria se despidió y Ramon continuo acomodando las fotos en el muestrario, fotos de personas que nunca regresarían por ella, fotos que olvidaron como a el.

Un viernes por la noche Valeria apareció en el taller. Traía el cabello revuelto, los ojos rojos, y la marca del cuello enrojecida, encendida.

—Se lo conté —dijo alterada.

—¿A Armando?— pregunto Ramon.

—Sí. Le dije que hice un ritual. Que por eso se fijó en mí.

Ramón la miró, paralizado.

—¿Y qué dijo?

—Que me quiere. Pero como amiga. Que le gusto, le gusto mucho, como para pasar tiempo conmigo, pero que no me desea. Ni a mí, ni a nadie. Dice que cree que es asexual, o algo así. no se.

Ramón no dijo nada. No sabía si abrazarla o pedirle perdón. Pudo haberle advertido.

Valeria se rasco la marca del cuello, Ramón sintió su propio ardor multiplicarse.

—¿Te pasa a ti también? —preguntó ella, de pronto—. Esa sensación de estar cerca… pero nunca dentro.

Él asintió.

Esa noche llovió como aquel día en que también escucho la canción, el día que también obtuvo su propia marca.

Ramón lo entendía ahora, él no había deseado cuidar de Valeria. Había deseado no estar solo. Había hecho el pacto para sí mismo, no por ella. Como ella ahora. Nadie desea por el otro. Siempre es por uno mismo. Y aquel que concede los deseos, aquel sin rostro, no daba lo que pedías, sino lo que realmente buscabas.

Cercanía, más no amor.

Simulación. No sinceridad.

Dos semanas después, Valeria dejó de hablar de Armando. Empezó a pasar más tiempo en casa. A veces pasaba cerca del taller de Ramón y lo saludaba de lejos, algunas veces se detenía a compartir un par de palabras co comentarios y continuaba su camino. A él le bastaba escuchar su voz de vez en vez. Ella también había aprendido. Sabía que los deseos cumplidos no dan consuelo, solo ocupan espacio.

Una tarde cualquiera, mientras limpiaba el lente de una vieja Canon AE-1, Ramón sintió que su cicatriz ya no ardía tanto.

Solo punzaba un poco.

Como si la herida misma supiera que lo peor no era arder, sino apagarse.

Fuera, la llovizna teñía de gris el pavimento. Dos almas marcadas, dos pactos sin retorno. El infierno no necesitaba llamas cuando para arder bastaba un “quizás algún día” de quien nunca te amará. Y no por crueldad. Sino porque simplemente… no puede.

Porque lo opuesto al amor no es el odio. Es la distancia sin puente. El anhelo no correspondido.

El deseo sin cuerpo.

La canción que se repite, una y otra vez, haciendo mas honda la herida. Que ya no arde.