EL FINAL DEL INICIO | CAPITULO 1
—¡Yo no fui el de la foto! —exclamó Álvaro, apretando el volante con tal fuerza que sus nudillos blanquearon—. Fue tu supuesto amigo… con mi exnovia. ¿No lo ves?
Andrea lo fulminó con la mirada, un torbellino de incredulidad y rabia. Un nudo helado de desconfianza se instaló en su pecho mientras la imagen de la fotografía parpadeaba en su mente, implacable.
—Vi tu cara, Álvaro. Perfectamente —replicó, su voz un siseo para no despertar al niño dormido en el asiento trasero. Cada sílaba era una gota de veneno—. No intentes mentirme. No otra vez.
Él tragó saliva, luchando por una calma que se le escapaba. Perder el control ahora sería el fin.
—Por favor, no frente a nuestro hijo —pidió, la voz firme pero teñida de frustración—. Andrea, sabes cómo son. Siempre ha habido gente queriendo vernos separados. ¿Justo ahora vas a creerles?
Ella desvió la mirada. Recordó comentarios casuales, miradas incómodas, dudas sembradas por amigos y familiares. Y luego, la foto. Borrosa, sí, pero innegablemente comprometedora.
—Tienes razón —susurró al fin—. No debí gritar. —Su mano temblorosa buscó la de él, aún crispada sobre el volante—. Hablemos después, con calma.
Antes de que Álvaro pudiera responder, el semáforo cambió a rojo. Pisó el freno con fuerza. Nada. El coche siguió avanzando, indiferente.
—¿Por qué no frena? —gritó ella, el pánico trepando por su voz.
Él bombeaba el pedal inútil hasta el fondo. A lo lejos, un camión de carga se aproximaba a una velocidad suicida, su bocina un aullido funesto que rasgó el aire. Todo ocurrió en una fracción de segundo. Álvaro apenas tuvo tiempo de lanzar una última mirada a Andrea, sus ojos un abismo de terror y arrepentimiento, antes de que el impacto los sumiera en un silencio abrupto y una oscuridad insondable.
Siete años antes...
Álvaro empujaba un carrito por el supermercado. Karina, su novia entonces, se detuvo en la sección de bebés y acarició un minúsculo body azul.
—Mira, ¿no es una preciosura? —preguntó, su voz teñida de anhelo.
Él apenas levantó la vista de un folleto de ofertas.
—Sí, claro... —murmuró distraído.
La sonrisa de Karina se marchitó.
—Nunca he tenido un baby shower, Álvaro —dijo con firmeza, intentando penetrar su indiferencia—. Óscar me comentó que esperan un bebé. Quizás podrías ayudarles con la decoración, si tanta ilusión te hace.
Karina apretó los labios y, sin decir más, se encaminó a la salida. Él la alcanzó junto al coche, pero ella ya era un muro de silencio. Frustrado, Álvaro pensó con arrogancia: «Ya se le pasará».
Esa noche, intentó apaciguarla con un ramo vistoso y bombones caros.
—¿De verdad crees que con esto basta? —espetó ella, ignorando el gesto—. Si quieres compensarme, págame unos meses de gimnasio.
Cansado, Álvaro aceptó. Mientras guardaban las compras, mencionó la fiesta que su amigo Óscar organizaba para el fin de semana.
Al llegar, la casa de Óscar estaba abarrotada.
—¿De dónde salió tanta gente? —preguntó Álvaro.
—Invité a unos amigos… y ellos a otros —respondió Óscar con una sonrisa despreocupada, antes de encomendarle buscar más cervezas en la cocina.
Mientras rebuscaba en la nevera, una voz rompió el relativo silencio.
—Tú debes de ser Álvaro.
Sentada sobre el mesón, con una cerveza en la mano, estaba Andrea. Le dedicó una sonrisa lenta y coqueta que lo descolocó por completo.
—Soy yo —logró articular—. ¿Y tú eres...?
—Andrea —respondió, deslizando una mano por el cuello frío de la botella—. Amiga de Óscar.
—Ah, qué bien... Yo vine con mi novia, pero no sé dónde está.
Andrea soltó una risita suave.
—No te preocupes. Te hago compañía.
La forma en que lo miraba lo hacía sentir expuesto. El aire en la pequeña cocina se espesó.
—¿Y bien? ¿Te gusto? —preguntó de repente, su voz un susurro directo.
Álvaro se quedó paralizado.
—Eh… eres muy atractiva, no puedo negarlo.
Ella sonrió, satisfecha de su efecto.
—¿Y qué tal si te beso? —soltó, acortando la distancia—. Nadie se va a enterar. Estamos aquí para divertirnos, ¿no?
El corazón de Álvaro dio un vuelco. Retrocedió por instinto.
—No, espera. No puedo… estoy con alguien.
Andrea no borró su sonrisa.
—Está bien, no te voy a presionar —dijo, aunque su tono insinuaba que ya había ganado algo—. Pero al menos dame tu número. Para hablar en otro momento.
Él vaciló, sintiéndose acorralado. Sabía que era una pésima idea, pero rechazarla por completo parecía complicar aún más las cosas.
—Está bien —cedió.
Ella anotó su número en un papel y se lo entregó.
—Nos vemos luego, guapo —dijo con un guiño, antes de desaparecer entre la multitud.
Álvaro se quedó inmóvil. La culpa lo invadía. Al salir al patio, forzó una sonrisa y se unió a Óscar, pero su mente repasaba una y otra vez el encuentro. Karina no tardó en encontrarlo y lo agarró bruscamente del brazo.
—Siempre lo mismo contigo. Me desaparezco cinco minutos y te pierdes. Vámonos ya.
El regreso a casa fue un presagio. El silencio, denso y pesado, se estiró durante la noche y los separó más que cualquier distancia física.
Al día siguiente, Karina despertó con una resolución desesperada: su cuarto aniversario de novios estaba cerca y sería la oportunidad para reconectar. Mientras tanto, Álvaro fue a su rutina matutina en el gimnasio. Allí, como una aparición inevitable, estaba Andrea.
—Hola, Álvaro —dijo ella, acercándose con esa sonrisa directa y desafiante—. Qué casualidad.
—Hola… sí, vaya sorpresa —respondió él, sintiendo un calor incómodo en el cuello.
—Oye, ¿tomamos un café después?
La prudencia le gritaba que se negara, pero la mirada de Andrea disolvió sus dudas. Asintió.
—Está bien, pero solo un rato.
Mientras comenzaba su rutina, ignoró los mensajes de Karina. Al salir del gimnasio, Andrea ya lo esperaba.
—Vamos, conozco un sitio aquí cerca —dijo, tomándolo del brazo con una naturalidad desconcertante.
Álvaro se dejó llevar, arrastrado por una corriente que apenas comprendía, alejándose cada vez más de la persona que solía ser. Esa misma tarde, mientras él compartía un café con Andrea, Karina, ajena a todo, daba los últimos toques a la sorpresa que, esperaba, salvaría su relación. No podía imaginar que el abismo entre ellos ya era insondable.