Capítulo 1
La noche había caído en la mansión ancestral de los vampiros, y Elyra, con su figura etérea, se encontraba de pie junto a la ventana que daba al horizonte. La luna llena iluminaba su rostro pálido, resaltando la suavidad de sus facciones y los ojos rojos que reflejaban una tristeza silenciosa, como si presintiera que algo, o alguien, estaba por llegar. El viento jugaba con sus cabellos oscuros, que caían en cascadas sobre sus hombres, como un manto de sombras.
En la gran sala, se escuchaban voces. Su consejo se había reunido nuevamente, y aunque Elyra prefería la quietud de la noche, sabía que no podía ignorar los murmullos que recorrían los pasillos de su castillo. Algo estaba ocurriendo, algo que rompía el silencio ancestral que siempre había reinado entre su gente.
Con un suspiro apenas audible, Elyra se apartó de la ventana y cruzó la sala hasta la gran mesa de mármol donde su consejo ya la esperaba. Al entrar, todos los ojos se volvieron hacia ella. Era la líder, y aunque su rostro mostraba calma, la tensión en el aire era palpable.
-Bienvenida, Elyra -saludó Varis, uno de sus consejeros más cercanos, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Varis siempre había sido un hombre astuto, pero también extremadamente impaciente-. Ya era hora de que llegaras. Nos preguntábamos cuánto más tardarías en tomar una decisión.
Elyra asintió lentamente, su mirada fija en él, pero no dijo nada. Varis continuó.
- No podemos seguir ignorando lo que está ocurriendo. Hay cuerpos mutilados en las fronteras, y las desapariciones no cesan. Todo apunta a lo que ya sabemos. Esos malditos lobos.
Un susurro recorrió la sala, y el ambiente se volvió más denso. Elyra sentía que su paciencia comenzaba a desmoronarse. El odio ancestral entre los vampiros y los hombres lobo siempre había existido, pero este tipo de acusaciones nunca las había tomado a la ligera.
-Varis -dijo Elyra, con la voz suave pero firme que sólo aquellos que la conocían bien podían reconocer como un preludio de la tormenta-. No tenemos pruebas de que los lobos sean responsables de esto. No puedes simplemente culparlos sin más.
Selene, la consejera más impetuosa y de temperamento rápido, no pudo evitar intervenir.
-¿Por qué no? Los lobos siempre han sido un problema, y ahora, justo cuando los ataques se intensifican, ¿quién más podría ser? -su tono era cortante, lleno de desprecio hacia la manada-. Ellos nunca han sido de fiar, y sus actos de violencia son lo único que sabemos con certeza.
Elyra se giró hacia ella, sus ojos brillando con una intensidad que pocos se atrevían a desafiar.
-No podemos actuar por impulsos, Selene. Si nos dejamos llevar por el odio que arrastramos durante siglos, caeremos en la misma trampa que nos ha mantenido separados todo este tiempo.
El silencio se extendió, pero Varis no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente.
-Entonces, ¿qué sugieres? -dijo, cruzando los brazos-. ¿Qué, acaso deberíamos esperar a que nos destruyan? Hay algo en el aire, Elyra. Las tierras temblaron, las criaturas que acechaban en los límites de nuestros dominios ya no se esconden. Si esto no es obra de los lobos, entonces, ¿quién más está detrás de esto?
Elyra lo miró durante un largo momento. Podía sentir el peso de las expectativas de su gente sobre sus hombros. Los vampiros necesitaban una respuesta, y en su corazón, Elyra sabía que su gente estaba al borde de la desesperación. Pedo algo, en lo profundo de su ser, le decía que la respuesta no era tan simple.
-Voy a investigar -digo finalmente, su voz decidida-. Pero no nos lanzaremos a la caza de los lobos basados solo en sospechas. Lo último que necesitamos es más caos.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió de golpe, y la figura de Lucian, el anciano vampiro que había guiado a Elyra durante siglos apareció en el umbral. Su rostro estaba marcado por los años, pero sus ojos, llenos de sabiduría, seguían brillando con una intensidad que nunca había desaparecido.
-Elyra -dijo Lucian con voz grave-, te he estado esperando.
-Lucian -respondió Elyra, aliviada por su presencia. A pesar de su poder y su estatus, ella sabía que siempre podía confiar en él para que la guiara con sensatez. Lucian avanzó hacia la mesa, sin necesidad de formalidades.
-Los murmullos del pasado ya han comenzado a despertar -dijo él, mirando a todos los presentes con un peso en la mirada-. No todo es lo que parece. Lo que está ocurriendo no es obra de los lobos. Algo más oscuro se está acercando, algo que podría destruirnos a todos.
El consejo se quedó en silencio, sus miradas cambiando entre sí. Elyra, aunque acostumbrada a las palabras de Lucian, sintió un escalofrío recorrer su espalda.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Elyra, su voz ahora más suave, llena de incertidumbre.
Lucian la miró fijamente, sus ojos reflejando siglos de conocimiento.
-No somos los únicos que habitamos esta tierra, Elyra. Y lo que está ocurriendo no es un ataque entre nosotros y los lobos. Es algo mucho más antiguo, algo que se ha despertado y que no entiende de lealtades ni de razas.
Elyra sintió un nudo en el estómago. Aunque nunca había dado crédito a las leyendas antiguas, en ese momento no oudo evitar preguntarse si Lucian tenía razón.
-¿Y qué propones que hagamos? -dijo Elyra, con voz firme, aunque la duda aún pesaba sobre ella.
Lucian hizo una pausa antes de hablar, sus ojos llenos de una gravedad sin igual.
-Hay que investiga. De verdad. Pero no solo en las fronteras. Hay que ir más allá, buscar lo que se oculta en las sombras, fuera de los límites que conocemos. La guerra que se avecina será diferente a cualquier otra que hayamos vivido.
Elyra asintió, sabiendo que, aunque los viejos temores de la guerra entre los vampiros y los lobos siempre serían una amenaza, la verdadera batalla estaba por llegar. Y esta vez, su gente no podría enfrentarse a ella sin conocer todos los secretos que el futuro les deparaba.
-Lo haremos -dijo con determinación-. Pero esta vez, iremos más allá de lo que nos han enseñado a temer.
Y con esas palabras, la decisión estaba tomada. La oscuridad comenzaba a reunirse en los bordes de su mundo, y Elyra sabía que el tiempo de las viejas rivalidades había llegado a su fin. La vedadera guerra estaba por comenzar.