Vida propia, corazón prestado.

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Summary

"- Hoy me miré al espejo y me vi como un lugar donde nadie quiere quedarse. No siempre me siento así. Pero cuando me siento así… escribo." Una joven de 19 años que vive con su madre enferma, en una casa heredada que no es del todo suya, luchando entre ser hija, mujer, estudiante, amiga, amante, y a veces, solo cuerpo que siente. Quiere una razón para vivir, pero también un corazón en paz. A veces se disocia. A veces ama demasiado. A veces no puede más. Pero deberá aprender amarse así misma en el camino.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Nunca pensé que podía heredar un lugar donde no me siento en casa.

El terreno es grande. Hay árboles secos, pedazos de escombros enterrados. Mamá dice que el terreno es lo único que nos dejaron. Que es un regalo. Pero a veces pienso que es una jaula que heredamos sin haberla pedido.

Estudio una carrera que suena a edificios, pero me siento como un terreno sin cimientos: Ingeniería Civil. Como si pudiera construir algo afuera mientras todo adentro está en ruinas.

No entiendo las matemáticas. A veces creo que tampoco entiendo la vida.

Mis maestros dicen que soy distraída. Pero no saben que cuando estoy en clases, mi mente está pensando en si mamá se cayó, si Tuyo tiene comida, si alguien va a atreverse a decir que ese terreno no es legalmente nuestro.

Ah, Tuyo es mi gato. Lo adopté luego de que fuera rechazado de su camada por ser el más débil y pequeño. Ahora es un mimado gatito glotón. Le puse Tuyo, pero a veces soy más suya que él mío.

El terreno suena a silencio después de las cinco. Es ese momento en que ya no hay motos, ni gritos, ni niños pelando naranjas en la vereda. Solo queda el sonido del viento chocando con los alambres oxidados y el chillido viejo del portón que no hemos podido arreglar. Lo empujo con fuerza. Siempre se queda trabado en la parte de abajo, como si se negara a dejarnos salir del todo.

—Viejo porfiado —le digo en voz baja, y lo pateo un poco para que suelte.

Al otro lado de la calle me espera Teo, apoyado en su bicicleta, con esa cara que mezcla “llegué hace media hora” con “te perdono porque eres tú”.

Es alto, delgado, tiene rizos que no se peina, y viste como si todos los días fueran sábado. A veces pienso que si Teo no estuviera triste por dentro, sería insoportable de lo lindo que es.

—Llegas tarde, Runa —me dice, sin mirarme.

—Llegas tú antes de la hora, no es lo mismo.

Nos reímos. Siempre nos reímos. Aunque sea un poco. Aunque estemos rotos. Aunque él haya tenido que escuchar a su hermano mayor gritarle de nuevo esa palabra que no voy a repetir. Aunque yo haya estado toda la tarde escuchando a mamá quejarse del dolor en la pierna.

Caminamos en silencio hasta la plaza vieja. No la del centro, sino la otra, la que parece más un descampado con bancas rotas que un lugar hecho para jugar. Nos gusta porque nadie va. Y porque ahí podemos hablar sin que nadie nos escuche.

—¿Pensaste algo raro otra vez? —me pregunta.

—Imaginé una casa. Blanca, chiquita, pero solo mía.

—¿Y el gato?

—Obvio que estaba. Tuyo siempre está.

Teo saca una bolsa con pan de ajo que robó de su casa. Le digo que no tiene que hacer eso, que no quiero que se pelee con su mamá, pero él solo encoge los hombros.

—Igual me grita aunque no lo haga. Así que prefiero hacerlo. ¿Sabes que le dijo a mi tía que yo soy “una decepción que huele a crema para el pelo”? —se ríe, pero no suena divertido.

Yo no le digo que me duele escucharlo. Él no me dice que está cansado de pelear por ser quien es. Pero entre los dos hacemos una especie de silencio cómodo, como una mantita que no abriga, pero te hace sentir acompañado.

Nos quedamos sentados en la banca mirando el cielo, ese que siempre está medio sucio, con cables cruzando como cicatrices.

—¿Crees que algún día vamos a salir de acá? —le pregunto.

—¿Salir a dónde?

—A una vida donde no seamos carga. A un pueblo sin tanta gente chismosa.

Teo me mira. Se le ve el reflejo de una farola en los ojos.

—No sé. Pero si sales de este pueblucho, llévame contigo.

Asiento. No hace falta más.

En el camino de vuelta, hablamos de cosas sin importancia. De ese tipo de su carrera que se cree todo, de la serie que nos prometimos ver juntos pero yo ya vi sin él, de cómo Tuyo se subió al mueble y rompió una planta. Cosas tontas que salvan el día.

Al llegar al portón, me despido.

—Teo... ¿mañana salimos después de la universidad?

—Supongo. Primero veamos qué horario nos toca. Es tu culpa, Runa, por no decirme a qué universidad ibas a inscribirte. Quedamos separados.

Y con eso bastó para despedirnos e irnos cada quien por su lado.

Abro la reja con menos rabia. Mamá ya está dormida. Tuyo me espera en la ventana, como si supiera que el mundo pesa menos cuando él me acompaña. Me acuesto sin sacarme las zapatillas. Siento la tierra del terreno todavía pegada a las piernas.

Pero estoy aquí.



Cuando estoy por dormirme, me acuerdo del primer día que vi a Teo.


Escuela Británica. Sonaba elegante en la publicidad, pero en la práctica era un edificio viejo con muros de lata y baños sin jabón. Yo tenía once años, cara de susto, y el uniforme me quedaba grande. Era mi primer día, y el profesor nos dijo que nos sentáramos en parejas. Nadie me conocía, así que todos se agruparon con sus amigos de siempre. Quedamos dos sin pareja: él y yo.


—Tú, Runa. Siéntate con Teodoro.


Recuerdo que pensé: ¿Teodoro? Qué nombre tan largo.

Él también me miró con cara de "no me agradas".


Nos sentamos juntos, uno al lado del otro, sin hablar. Compartimos mesa por semanas sin mirarnos mucho, como si la madera fuera más interesante que el otro. Pero un día, él me vio dibujando en una hoja suelta. Era un esqueleto con flores saliéndole de las costillas. No sé por qué lo hice. Estaba aburrida. Ahora me parece muy emo de mi parte.


Teo lo miró por encima de mi hombro y dijo algo que me marcó para siempre:


—Está feo. Pero no dibujaste tan mal.


Me dio risa. Fue la primera vez que nos reímos juntos.

La siguiente semana me mostró un cuaderno suyo.

Tenía bocetos de monstruos con ojos gigantes, ciudades en ruinas y personas flotando. Desde ahí no nos separamos más. Éramos los problemáticos, los que dibujaban en clases de matemáticas, los que le cambiaban la letra a las canciones en los actos del colegio, los que terminaban castigados juntos por hablar o reírse en momentos inadecuados.


Nos volvimos mejores amigos sin darnos cuenta.

Un mes después, caminábamos solos después de clases. Habíamos sido retados por escaparnos de música. Él iba pateando piedritas.


—Oye —dijo, de pronto—. A mí me gustan los hombres.


Se me quedó mirando, esperando que le dijera algo horrible o que me alejara. Pero no. Solo asentí y le pasé un caramelo que había guardado. Desde entonces, nunca tuvimos que hablar más de eso para saber que yo estaba con él.


Y si alguien se atrevía a decirle algo en el colegio, yo me peleaba. Nos metimos en problemas, muchas veces. Pero siempre juntos. Éramos niños que mordían primero antes de explicar.


Teo me salvó de muchas cosas. Incluso de mí misma.

Y aunque ahora nuestras vidas son distintas, él sigue siendo mi casa más constante.



La otra persona que me acompaña en esta vida es Christine.

La conocí más tarde, en la secundaria, cuando yo ya venía con los hombros pesados por todo. Ella llegó con su pelo teñido de un color entre borgoña y violeta, una mochila enorme y una mirada algo fuerte, de esas que te hacen pensar que te está criticando.

No la conocí como a Teo, con lentitud y dibujos compartidos. A Christine la conocí porque quería su voto.


Fue en los primeros días de clases, cuando me postulé para presidenta del centro de estudiantes sin saber muy bien por qué. Tal vez por la fantasía de tener algo de poder. Recorría los pasillos sonriendo, repartiendo papeles mal impresos, hablando con personas que ni siquiera me interesaban. Vi a Chris haciendo fila con su amiga para el microondas, comiendo algo como quien no quiere que la molesten.


Obviamente me acerqué.


—Hola, soy Runa —le dije con esa voz amable falsa que uno pone cuando quiere caer bien—. Estoy postulando a presidenta. ¿Ya votaste?


Ella me miró como si quisiera lanzarme su comida a la cara. No lo hizo.


—No. Y tampoco pienso hacerlo.


Yo me reí. Me gustó su sinceridad. Aunque no me votó ese día, descubrí al día siguiente que estaba en mi salón. Nos tocó sentarnos cerca en filosofía y empecé a hablarle sin máscaras. Le mostré quién era yo de verdad: sarcástica, intensa, con opiniones para todo y un sentido del humor dudoso.


Ella se rió. Mucho. Tenía esa risa con eco, como si viniera de más atrás que la garganta.

A las dos semanas de conocernos ya estábamos compartiendo colaciones, secretos y playlists. Todo iba bien, hasta que hice una estupidez. Que, al menos, fortaleció la amistad.


Fue una broma. De las mías. Fui a su teléfono mientras ella fue al baño y le mandé mensajes random a sus contactos, como si fuera ella, incluyendo a un tipo que le gustaba. Cuando volvió y lo vio, se puso pálida.


Me gritó.

Me dijo que era una ridícula. Que no todo se arregla con una risa. Que eso no era gracioso, era cruel.

Casi la pierdo.


Pero esa noche le mandé un audio llorando. Pidiéndole perdón. No por manipularla, sino porque de verdad me importaba. Me dijo que si alguna vez volvía a tocar su celular sin permiso, me lo rompería en la cabeza… pero que igual me quería.

Desde ese día, Chris y yo fuimos inseparables.


Ella era la única que me ponía límites cuando ni yo podía ponérmelos, la que me decía la verdad incluso cuando dolía. No se andaba con rodeos. Pero también me cuidaba. Me cubría si llegaba tarde, me prestaba cosas sin decir nada, me miraba a los ojos cuando veía que me estaba apagando.


Christine y yo atravesamos toda la secundaria como un dúo imposible de separar. Nos peinábamos juntas en los recreos, nos retaban por hablar en clases, nos defendíamos de profesoras que nos odiaban. Nos contábamos todo, incluso lo que dolía.

Hasta que llegó el último día de clases.


—No estés triste, tonta. Nos vamos a seguir viendo —me dijo, mientras yo ya estaba con los ojos rojos.


Pero no fue tan fácil. Ella entró a una universidad diferente. Igual que Teo. Y aunque seguimos hablando, ya no es lo mismo. Hay días en que la extraño como se extraña un lugar donde una se sintió segura por última vez.


A veces todavía nos juntamos los tres. Chris, Teo y yo. Aunque ya no somos los mismos. El tiempo nos ha limado un poco las orillas.


Chris ahora estudia enfermería y suele ayudar a Teo. Tiene otros amigos, otras prioridades. A veces hablamos por semanas, a veces por horas. Otras veces, no hablamos. Pero cuando nos vemos, se siente como si el cuerpo recordara más que la mente. Nos abrazamos fuerte, hablamos rápido, y nos contamos las cosas importantes aunque duelan.


Teo también ha cambiado. Está más callado, más dentro de su mundo. Ahora estudia un técnico en enfermería y dice que está “intentando ser funcional”, aunque yo sé que ese intento le cuesta más de lo que admite.


Cambiamos. Pero nos seguimos eligiendo.

Tal vez eso es la amistad verdadera:


Volver, incluso cuando ya no se es la misma persona que se fue.


Desde lo de Gael, ellos han estado.

No desde el primer día.

Al principio no entendían. Yo tampoco.



Gael fue una herida con forma de amor. Una de esas personas que parecen buenas hasta que ya estás rota y no sabés cómo pasó.


Me hablaba lindo, me hacía sentir especial. Me decía que yo era distinta, que conmigo sí veía futuro. Y yo, tonta, le creí.


Pero con el tiempo, empecé a desaparecer. Me volví chiquita, silenciosa, insegura. Como si necesitara pedir permiso para ser.

Me controlaba sin gritarme. Me humillaba sin insultarme. Me dejaba sola en los peores momentos, pero me reclamaba si yo no estaba para él.


Cuando terminó, lo hizo como si nunca hubiera sido real. Como si yo me lo hubiera imaginado todo.

Y dolió.


Más de lo que dolía admitir.


Porque me quedé ahí, con todas las cosas que había dejado de ser por él.


Chris me mandó un audio de siete minutos puteándolo, riéndose, diciéndome que no era una estúpida. Que solo me enamoré siendo valiente. Que el problema no era mío, sino suyo, por no saber qué hacer con alguien como yo.


—Tú amás con todo, Runa. Y hay gente que no está preparada para eso —me dijo.


No lloré al escucharlo. Pero me sentí menos sola.

Desde entonces, reconstruirme ha sido como pegar un jarrón sin saber dónde van algunas piezas.

Hay partes de mí que ya no encajan, y otras que se ven más claras que antes.


Y ellos están.


Aunque cambiados. Aunque distintos.


Están.