Ingeniería Mágica

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Summary

✨ Bryce Arcanum no es el mago más poderoso del Imperio... pero su forma de entender la magia podría cambiarlo todo. En la prestigiosa Academia de Tecra 🏛️, su ingenio lo llevará a descubrir secretos que nadie más se atreve a ver. 🗡️ Alessia Conti fue criada para matar magos. Su misión: ganarse la confianza de Bryce, robar su investigación... y eliminarlo. Pero hay algo que no esperaba: que su enemigo se preocupara por ella. ⚡ Magia, traición, secretos antiguos y un vínculo que nunca debió formarse. En un mundo donde el conocimiento es poder... y el poder lo es todo.

Genre
Fantasy
Author
Bryce
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Podría cambiarlo todo - Prólogo

Desde que recibí la carta de la Academia, no lo podía creer. Yo, un humilde estudiante de las colonias, había sido invitado con beca completa a la institución mágica más prestigiosa del Imperio. Mi sueño se había cumplido.

A mis diecisiete años, ya había aprendido todo lo que podía en esta isla alejada de todo. Mi padre, un entusiasta de los artefactos mágicos, se había aventurado a formar una familia en esta colonia remota con la esperanza de realizar nuevos descubrimientos. Él mismo se graduó, de joven, como un excelente mago. Pero nunca pude entender por qué no decidió quedarse con mi madre en la capital y vivir una vida sencilla.

El clima hoy está tan desesperantemente caluroso como siempre. Aunque apenas está amaneciendo, ya puedo sentir la humedad en mi piel, y el sudor pegándoseme como una segunda capa. Pienso en darme un baño, pero como en este pueblo no hay cañerías, solo me queda ir al lago para asearme rápido y no gastar el agua que usamos para cocinar. Es frustrante.

Y no solo eso: ir al lago puede significar perder alguna extremidad. Los animales salvajes aquí no son solo salvajes... están mutados por la alta concentración de maná.

Pero bueno, ahora no tengo tiempo para pensar en baños ni en águilas arcanas. Tengo hasta mañana para prepararlo todo para mi viaje. Gané mi admisión porque envié, junto con mi solicitud, mi investigación sobre detección de maná. Sé que suena complicado, pero es más sencillo de lo que parece —aunque en la escuela mágica del pueblo se volvieron locos cuando se la mostré.

La verdad es que este mundo desconocía la magia hasta hace apenas cien años. La llamaron así porque las cosas que se lograban con ella parecían inexplicables. Sin embargo, tras años de estudio, los primeros "magos" descubrieron que en realidad no era magia, sino una forma de energía. Como la del fuego o la del sol. Solo que esta energía está en todas partes, como el aire que respiramos, pero solo algunos elegidos pueden sentirla, absorberla y moldearla.

Por ejemplo, mi padre, Jayce Arcanum, es un mago de fuego. Puede canalizar el maná hacia la punta de sus dedos y transformarlo en calor, creando fuego casi a voluntad. Pero esa clase de magia es la más complicada. Solo para encender una pequeña llama se necesita atravesar un sinfín de procesos: protegerse del calor, darle forma al maná, mantener el flujo constante... sinceramente, demasiadas complicaciones para algo que muchos hacen solo para impresionar chicas. Así como hizo con mi madre.

Sí, ella también fue una excelente maga. Samira Nazem, el Ángel de la Curación. Prefiero su tipo de magia: moldear el maná para reparar células, regenerar tejido, eliminar toxinas a nivel molecular. Se necesita una concentración y un control del maná impresionantes... y, además, sirve para salvar vidas. Puede usarse para casi todo.

Pero hay un elemento clave para todo esto: las reservas de maná. Esa es la capacidad que tiene el cuerpo para absorber y almacenar maná, para luego transformarlo. Aunque el maná flota en el ambiente, uno debe absorberlo primero, y no todos pueden. Esta capacidad varía de persona a persona. Se puede mejorar, sí, pero solo un poco. Prácticamente dependes del talento con el que naces.

Y yo nací con muy poco.

A pesar de ser hijo de dos grandes magos... simplemente no tengo el mismo talento. Supongo que será karma, porque biológicamente no tiene sentido. Tendré que esperar a que mi hermanita Samantha, que apenas tiene tres años, crezca lo suficiente para demostrar que solo a mí me tocó la mala suerte.

Luego de cerrar la valija con los pocos trapos que tenía y algunos libros viejos que, esperaba, me serían útiles en el futuro, me dispuse a corregir algunos detalles de mi investigación: la detección mágica.

Sobre una vieja caja de madera improvisé mi mesa de trabajo. Mi cuarto estaba ubicado en el segundo piso de la pequeña casa de mis padres. El primer piso era el más estable, ya que las tablas de madera que formaban las paredes del segundo crujían con cada ventarrón proveniente del mar. A veces, el tejado amenazaba con volar hasta el continente. Pero eso, curiosamente, me ayudaba a concentrarme más. "No todas las desgracias son malas", solía decir mi madre.

Una simple varita de madera era lo único que necesitaba.

El maná está en el aire, sí, pero es invisible a nuestros ojos. Sin embargo, existe un material que lo hace visible: los cristales de maná. Estos brillan con un color distinto dependiendo de la cantidad y concentración de energía a la que estén expuestos.

Ahí está el detalle: hay que inducirles maná para que cambien de color.

Yo descubrí que se puede "sellar" ese maná si se une el cristal a otro objeto que también tenga afinidad mágica. Y resulta que las varitas —sí, simples palos mágicos— absorben maná muy bien. Así que, básicamente, es un palo con una piedra... pero uno muy útil.

Mi función favorita es la detección. Si canalizas tu propio maná cerca de una fuente o un rastro de maná ajeno, el cristal no brillará con tu color, sino con el de aquello que estás detectando. Lo cual, siendo sincero, puede ser deprimente: descubrí que muchas cosas —y personas— tienen un mejor flujo de maná que yo.

Pero lo interesante es que esto puede hacerse a distancia.

Las piedras que utilizan normalmente para detectar el maná de un mago tienen que tocarse directamente, y no puede haber interferencias cerca. Nunca entendí por qué nadie pensó en una solución distinta antes... pero lo importante es que gracias a esto, ¡me gané una beca!

La Academia Mágica de Tecra... solo pensar en el nombre me pone los pelos de punta. Comparado con mis padres, yo soy como una piedra al lado de una montaña. Aunque, siendo optimista, si sigo esforzándome en mejorar mis reservas de maná, puede que en unos cinco años llegue a superar a Sansón...

Sí, el perro de la familia.

No es broma.

No sé si es porque esta isla está saturada de maná y los animales mutan, pero cuando usé la varita de detección por primera vez con él, noté que brillaba con un tono Verde. Teniendo en cuenta que la escala de poder va desde el violeta claro (el más alto) hasta el rojo oscuro (una persona promedio), Sansón está en verde... y yo en amarillo. Lo justo para decir que soy un mago, pero tan bajo que ni siquiera puedo encender una llama, siendo hijo de un mago de fuego.

Lamentable.

—¡Oye, Bryce! ¿Ya terminaste con tus trastes? Necesito que me ayudes con algo, baja un momento por favor —gritó mi madre desde abajo.

—¡Voy, dame un segundo! —respondí mientras ajustaba los últimos detalles de la varita.

La mejora en la que estaba trabajando era sencilla: usar la savia de cierto árbol del centro de la isla como pegamento. Al parecer, al estar tan expuesto al maná ambiental, su savia también lo absorbía. Y eso mejoraba el aislamiento entre el cristal y la madera. Nuevamente, en lo simple estaba la solución.

Intenté guardarla en mi valija, pero recordé que necesitaba secarse. No quería que se despegara... ni que Sansón la tomara de juguete. Así que la metí en el bolsillo interior de mi túnica negra, raída y chamuscada, la que usaba para experimentar. Una de esas manías que heredé de mis padres, de sus años en la academia.

Bajé las escaleras a toda prisa, pisando solo las partes más gruesas. Mi madre no era muy paciente, pero romperme un pie justo antes de ingresar a la academia no era una opción.

Ella estaba junto a la ventana, mirando hacia la calle. Proveniente de las zonas desérticas del Este, su piel morena, su cabello largo y liso, típico de las regiones áridas, y sus ojos ámbar hacían honor a su sobrenombre: el Ángel de la Curación. Aunque no era solo su magia lo que le había ganado ese título: su presencia imponía sin esfuerzo.

Yo había heredado su tez y el color de sus ojos. Mi cabello, sin embargo, era corto y rizado como el de mi padre, al igual que mi figura delgada. Nunca fui muy amigo del ejercicio. Tampoco tuve novias, pero no creo que fuera por mi aspecto. Más bien, nunca me interesó nadie.

Raro, ¿no? En una isla con apenas unas doscientas personas, donde todos se conocen, lo más probable es que el ex de tu novia sea el vecino... y que los adultos luego intenten casarte con ella porque "ya no hay muchas opciones".

Supongo que en el fondo... siempre quise escapar de esta isla.

—Ya solo faltan unas horas para que oscurezca. Tu padre salió con algunos soldados a revisar esas varitas detectives que habías armado, pero todavía no vuelve —dijo mi madre sin apartar la vista del exterior, inmóvil, como si la preocupación le hubiera invadido todo el cuerpo.

—¡Varitas de detección, madre! No puedo creer que se hayan llevado esas... aún les faltaban algunas mejoras. Pero, ¿de qué te preocupas? Estamos hablando del Lanzallamas Jayce... y de soldados del Imperio —respondí encogiéndome de hombros, intentando sonar despreocupado.

—¡Como se llamen! —espetó con fastidio—. Subestimas esta isla, hijo. Los soldados del Imperio caen como moscas todo el año, por si no lo sabías. Ya sé que acá en el pueblo no lo parece, pero las heridas que dejan esas bestias mágicas son terribles. Hazme un favor: ve al palacio y avísale al barón sobre la situación. Yo iría... pero no soporto a ese tipejo.

—¡Pero madre! ¡Tengo que preparar mis cosas! Mañana me voy a Tecra. ¿Y si mejor lo busco directamente? Recientemente le hice una mejora a la va...

—¡Ni se te ocurra, jovencito! —me interrumpió, girando bruscamente hacia mí con el ceño fruncido—. Sabes lo peligroso que es. ¡Y ya casi oscurece! Haz lo que te digo o te aplazo la admisión hasta el año que viene.

—¡No se preocupe! ¡Voy corriendo al palacio! —grité, abriendo la puerta de golpe y saliendo sin esperar respuesta.

La verdad... yo también estaba preocupado. Que mi padre no hubiera regresado a estas alturas no era una buena señal. Todos sabían que quedarse fuera del pueblo después del anochecer era prácticamente una sentencia de muerte. Los depredadores nocturnos habían evolucionado para detectar el maná en la oscuridad. Usar magia era como sangrar en un mar lleno de tiburones.

Aun así, tenía otros planes. La savia que había recolectado me permitiría fabricar al menos dos varitas más antes de partir. En el continente sería imposible conseguir savia como esa —o al menos eso me había dicho mi madre—, y la que tenía ya estaba cerca de secarse. Si iba al palacio y regresaba, incluso corriendo, oscurecería antes de volver.

Con esta nueva varita podía detectar rastros de maná desde mucha más distancia. Si iba directo al bosque, tardaría menos. Y de paso, podría recolectar más savia. Además, no me emocionaba la idea de ver al barón Conti. Ese viejo, descendiente de un linaje mágico en decadencia, odiaba que yo hubiera sido admitido en la Academia y no alguno de sus mediocres nietos. Seguramente me haría perder el tiempo.

Así que corrí.

Crucé todo el pueblo en dirección a la salida hacia el bosque, ubicado en el centro de la isla. Las calles... bueno, no eran calles. Solo un camino lodoso que serpenteaba entre las casas de madera. El pueblo no tenía mucha vegetación, pero siempre estaba lleno de vida. Las pocas personas que vivían aquí pasaban el día afuera: en sillas, bajo la sombra escasa de palmeras o de los árboles que resistían el calor húmedo.

Intenté avanzar por los sectores menos transitados. Por la profesión de mi padre —y por algunos arreglos mágicos que yo mismo había hecho en varias casas— tenía cierta fama local. Reconfortante, sí... pero asfixiante cuando uno está apurado.

El pueblo estaba rodeado por una muralla de unos dos metros y medio de altura, construida con bloques especiales recubiertos con un tipo de maná que alejaba a los animales más peligrosos. Algunos decían que era un hechizo; yo más bien creo que los animales ven la muralla como si fuera un ser vivo inmenso. Y prefieren no meterse con ella.

Escapar de las murallas del pueblo se había vuelto algo rutinario para mí. Generalmente, había dos guardias que mantenían una leve barrera mágica sobre la entrada, diseñada para alertar si algo intentaba ingresar. Pero esto era un pueblo, no una fortaleza, y la muralla tenía varios "baches".

Uno de ellos estaba muy cerca de la puerta: un pequeño pasadizo por el que cabía una persona cómodamente. Solo había que esperar el momento justo, cuando los guardias miraban hacia otro lado, para deslizarse sin ser visto.

No me había percatado de cuánto había pasado el día mientras trabajaba en la varita. Creo que cuando me concentro en esto, me desconecto por completo del mundo. Es una de las razones por las que me gusta tanto crear objetos mágicos. No quiero ir a la Academia para convertirme en un mago de batalla o un sanador. Mi verdadero objetivo es crear artefactos mágicos legendarios.

Aquí, en Sereni, ni siquiera hay una forja mágica. Pero mi padre me contó que en la Academia está la más famosa de todo el Imperio: un taller sagrado donde se crean las mejores armas y armaduras imbuidas con magia. Objetos capaces de convertir al civil más humilde en rival de un mago de maná verde.

El maná de mi padre brillaba con un azul intenso, un nivel alto y fácil de rastrear en el bosque. Aunque pronto comenzaría a oscurecer —al estar tan cerca del trópico, la noche no llega hasta que el sol desaparece por completo—, aún tenía algo de luz. El bosque de la isla de Sereni tenía el aspecto de cualquier selva tropical... salvo por los detalles mágicos. Las flores y frutos parecían brillar con una suave aura amarilla, más intensa cuanto más profundo se iba.

Afortunadamente, había un camino de tierra por el que el rastro de maná era constante, así que lo seguí.

La humedad se volvía más densa a medida que avanzaba. El aire tenía ese olor terroso, como cuando la lluvia cae sobre suelo seco. Tras varios minutos, noté algo extraño: ausencia total de animales. Sostuve mi varita frente a mí, y al sondear los alrededores, el cristal apenas cambiaba de color, señal de que no había otras fuentes de maná cerca, salvo la de mi padre y los soldados, reconocible por su tono rojizo.

Sin embargo, algo me inquietó.

Había otro rastro. Uno muy distinto. Intermitente, tenue... pero visible. Un destello violeta. Seguía el mismo camino que el de mi padre.

No sé si fue por la savia especial que usé en esta varita, pero ese tono era inconfundible: violeta claro. El más alto en la escala de poder mágico.

Avancé más, adentrándome en una parte del bosque a la que nunca antes había llegado. El destello violeta se intensificaba. Me concentré tanto en seguirlo que no me percaté del silencio inquietante que se había apoderado de mi entorno. Y, de pronto, los rastros de maná de mi padre y los soldados desaparecieron.

Un leve siseo detrás de mi nuca me hizo estremecer.

—¡No vayas a gritar! —susurró una voz que reconocí de inmediato: era mi padre.

—¿Qué está pasando? —respondí mientras me giraba y me agachaba rápidamente.

Él y los soldados estaban camuflados entre la vegetación, agachados, con los ojos fijos hacia adelante. Parecían estar al acecho de algo.

—Haz silencio y sígueme —me dijo mi padre, con una sonrisa leve—. Gracias a ese invento tuyo... descubrimos algo interesante.

Algo que, si mis cálculos no fallan... podría cambiarlo todo.