La Guerra
Finchley, Londres, Inglaterra 1940
— ¡Edmund, aléjate de ahí! — gritó la señora Pevensie, el susodicho, un menudo niño de tan solo 10 años no podía evitar ver por la ventana. Los aviones de la armada Alemana se preparaban para dejar caer misiles y Edmund apretó su mano a la cortina. — ¡Peter!
Un rubio chico entró en la habitación con la respiración entrecortada. El medio podía leerse en sus azules ojos, pero no en su mirada, era su rostro lo que podría confundir al resto, pues mantenía un semblante de atención que permitía a su madre confiar en él.
— ¿Qué crees que haces? — dijo la señora Pevensie tomando a Edmund por los hombros y sacándole de su ensoñación. — ¡Llévalo al refugio ya!
Peter tomó a Edmund sin dudarlo, entre jalones y empujones lo sacó de la habitación. En la habitación contigua, Susan Pevensie, la segunda de los hijos Pevense, entró con una linterna en busca de Lucy, la hermana menor de 8 años, que cubría sus oídos con sus manos y dejaba a sus ojos llenarse de lágrimas, Lucy no podía evitar gritar por su madre.
- ¡Vámonos, Lucy! – grito la mayor tomándola de la mano. Susan siempre se frustraba cuando tenían que huir al refugio porque Lucy no se movía, esperaba que lo hicieran por ella. La señora Pevensie la tranquilizaba, diciendo que era debido a la edad de la pequeña, pero no había nada que pudiera decir su madre que Susan creyera completamente, no por nada era la más lógica de sus hermanos.
Mientras tanto Edmund seguía forcejeando con Peter, el niño detestaba que su hermano mayor le diera órdenes, sumando a eso, quería volver dentro y tomar la foto de su padre. El señor Pevensie era un héroe para Edmund, valiente y honrado al grado de que había cumplido con su deber, se encontraba en la armada británica luchando por derrotar a los alemanes.
Durante ese ajetreo de salir de la casa y entrar al refugio, Peter supuso que era lo más conveniente liberar a su hermano, pero Edmund aprovechó para dar la vuelta y entrar a la casa, corriendo hacia la habitación de su madre.
— ¡Ed! — gritó Peter tratando de volver a agarrar el hombro de su hermano, pero Edmund era rápido y ya había desaparecido por la puerta.
— ¡Edmund, no! — secundó la señora Pevensie asustada al ver a su niño volver.
— ¡Yo lo traigo! — avisó Peter corriendo tras él, sin dar oportunidad a su madre de replicar. La señora Pevensie vio con miedo como sus dos hijos se alejaban del refugio y no regresaban por más que gritara sus nombres.
Aquel característico sonido de un misil cayendo se hizo presente justo cuando Edmund tenía la foto del señor Pevensie en su mano. Peter llegó por detrás suyo y lo lanzó al suelo en el momento exacto en que el pequeño estaba por darse la vuelta; Edmund no reaccionó hasta que sintió los cristales de la ventana cubrir su cuerpo, el misil había caído cerca, tan cerca como para romper las ventanas sin destruir su casa.
— ¡Corre, hay que salir! — grito Peter jalando a Edmund por los hombros, esta vez el niño obedeció sin rechistar. Una vez cerca del refugio, el mayor le dio un empujón a su hermano menor, quien cayó en una de las colchonetas que usarían para dormir. — ¡Porque solo piensas en ti!, ¡Casi nos matan!... ¡Eres un egoísta!
— ¡Basta! — reprendió la señora Pevensie a Peter, su voz sonaba severa, pero en su mirada había horror, fue entonces que se giró a abrazar a Edmund.
— ¿Por qué no haces lo que te dicen? — preguntó Peter mirando a Edmund, el pequeño le sostuvo la mirada, parecía retarle de alguna manera. Peter negó con su cabeza y se giró, cerrando la puerta del refugio para dejarles en total oscuridad.
Deptford, Londres, Inglaterra 1940
— ¡Anya, Anya corre! — gritó la señora Montclair a su hija que tomó una linterna de al lado de su cama y salió fuera de la habitación. Anya era una niña, muy pequeña de estatura para su edad, que contaba con solo 9 años.
— ¡Mamá! — gritó la niña al ver como su madre entraba al refugio, Any alcanzó a lanzarse detrás de ella cayendo al suelo, podía sentir el corazón en la garganta y unas inmensas ganas de vomitar.
— ¿Estás bien? — preguntó la madre de la chica una vez cerrada la puerta del refugio. Any no podía responder pues trataba de contener su respiración, fue entonces que la señora Montclair decidió empezó a inspeccionarla.
— Estoy bien mamá, no pasó nada — respondió la niña como pudo. — Solo que no podía hablar.
La señora Montclair vio a su hija fijamente a los ojos y suspiro, después de iniciada la guerra y de que el ejército Nazi asesinara a su esposo y la mitad de la tropa que iba con él, la señora Montclair temía por la vida de su hija. Anya era una niña hermosa, de piel morena y cabello negro rizado, totalmente diferente a ella e idéntica a su esposo, incluso tenía sus cansados ojos café.
— Papá estaría muy orgulloso de ti — dijo la señora Montclair mirando a su hija, Anya sonrió y negó con su cabeza.
— Lo volveremos a ver, estoy segura, cuando todo acabe volverá con nosotras — Anya era algo madura para su edad, pero al mismo tiempo era una niña muy dulce. Su madre, que había evitado decirle la verdad sobre su padre, la abrazó contra su pecho con fuerza, conteniendo las ganas de llorar.
— Anya, lo que esos hombres hacen está mal, no importa a que dios le reces, ni el color de la piel de las personas, ni de sus ojos — dijo la señora Montclair con seriedad. — Eres una niña hermosa, inteligente y valiente, tal como tu padre.
— Lo sé mamá — dijo la niña sin entender y su madre negó moviendo la cabeza.
— No solo la gente que hace la guerra, todo aquel que te diga lo contrario, lo que ellos piensan que es hermoso, no siempre lo es.
— Lo sé mamá, gracias — repitió la niña apretando los brazos de su mamá con sus manitas. — Me gusta ser así, mis compañeras de escuela... ellas... no se parecen a mí, me gusta ser diferente.
La señora Montclair no pudo hacer más que volver a abrazar a su hija para que no viera cómo las lágrimas comenzaban a desbordar de sus ojos. Anya siempre prefería guardarse todo lo que sus compañeras de escuela y algunas maestras le decían, sabía que su madre lloraba todas las noches. Por otro lado, la señora Montclair sabía que Anya pronto tendría que irse.