La Silla de Plata: Epílogo
Londres, Inglaterra, 1951
Las calles de Londres se encontraban transitadas por muchas personas, especialmente por parejas que, como Anya y Edmund, parecían disfrutar plenamente de la compañía del otro. El par de azabaches caminaban tomados de la mano y era la morena la que no podía parar de hablar:
— Entonces estaba pensando que podía usar algo celeste y no azul, pero Hailey, como el animal que es, me golpeó en la espalda y me dijo que no.
Los chicos habían estado siete años en América, un mes después de su última aventura en Narnia los Pevensie debían irse dado que ya era posible cruzar el océano sin muchos problemas. Un año después, ante la insistencia de sus hijos, el señor Pevensie había ayudado a que la familia Montclair los acompañaran en América.
Hace un año, Hailey y Peter se casaron en América en una boda grande a la que asistieron todas las amistades de los señores Pevensie, así como las amistades de los señores Montclair que habían ido hasta el lugar para ver a la pequeña Hailey casarse. Por otro lado, las Pevensie y la señora Pevensie comenzaron a organizar todo para la boda de Edmund y Anya, quienes habían progresado aún más en su relación.
Habían vuelto hacía apenas dos meses y en tres días sería la tan ansiada boda del amor más puro que alguna vez se vio en Narnia, tal como Hailey que pidió a su prima ser su dama de honor, la morena había pedido el mismo favor a la pelirroja pues bien sabía que las Pevensie debían estar sentadas junto a sus padres.
— Anya... Has visitado todas las tiendas posibles de novia en busca de algo azul, tanto aquí como en América y sigues sin decidirte — Edmund suspiro y tomó a la chica por la cintura acercándola a él, mirándole fijamente. — Sé que nada se comparará nunca a lo que usaste alguna vez en Narnia, pero la boda es en tres días y según esa tradición es azul.
— Lo sé, Ed... Realmente extraño Narnia, todo era tan mágico y real, pero estoy feliz de estar aquí contigo.
— Te amo, Anya.
— Te encanta cambiar de tema, Pevensie — dijo sonrojada la morena, logrando que su prometido soltara una risa.
— No es eso, es solo que una tradición no cambiará lo que siento, cada vez que sonríes algo dentro de mi sabe que nos necesitamos mutuamente, así que puedes usar rojo, negro o azul... No espera ese... Bueno también, el punto es que uses lo que uses, te amaré de igual manera.
Anya no sabía que decir, Edmund tenía razón, lo único que verdaderamente importaba era que en tres días dirían sus votos y se convertirían en Marido y Mujer nuevamente, esta vez frente a todo el mundo; fue entonces que la sonrisa de la chica desapareció de su rostro y alejándose del pecoso dio un paso al frente.
— Anya.
— ¡Caspian! — gritó la chica ignorando al chico que se convertiría en su esposo y comenzando a caminar rápidamente hacia una gran multitud, Edmund le siguió inmediatamente a pesar de no saber qué estaba pasando. — ¡Caspian!
Anya conocía a la perfección aquel cabello azabache algo largo, se trataba de Caspian y aunque sabía que era prácticamente imposible que el telmarino se encontrara en Londres, estaba segura de que era él, sus ojos no la engañaba y su corazón también se lo decía.
Por un breve momento le perdió de vista y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, entonces doblando en la esquina, enfoco aquellos cabellos por lo que volvió a casi correr esquivando gente, buscando llegar rápidamente, podía escuchar los gritos de Edmund llamándole pero no podía detenerse, le perdería de vista.
Y ahí estaba, cruzando la calle frente a la estación de trenes que había sido testigo de muchas cosas, el hombre se giró y frente a ella, a unos cuantos metros se encontraba Caspian X, El Navegante. La morena sonrió abiertamente, y cuando vio que no había ningún carro que pudiera hacerle daño cruzó corrieron, pero cuando llegó él ya no estaba.
— Anya, ¿Qué sucedió? No vuelvas a hacerme eso, te pudieron hacer algo — dijo el pecoso tomando a su esposa por los hombros y viéndole para ver que estuviera bien, la chica se giró por completo a verle y en eso su pie chocó con algo en el piso, por lo que bajó la cabeza.
La morena miró el objeto y tanto ella como Edmund se sorprendieron, pero fue la morena quien agachándose lo tomó cuidadosamente entre sus manos y se levantó, admirándolo junto a Edmund, se trataba de su viejo broche. Un broche de plata en forma de rama y llena de hojas las cuales estaban rellenas de zafiros, ambos conocían perfectamente aquella delicada pieza, era algo que la morena había usado en su boda con el pecoso, pero había sido olvidado en Narnia.
— ¿Cómo es posible?
— Edmund, era Caspian... Estuvo aquí, estoy segura.
— Eso quiere decir que Eustace debe de estar en Narnia o en camino a Narnia — la morena guardó silencio, las veces que habían vuelto a Narnia era porque esta se encontraba en una situación de peligro y los necesitaban, pero no podría ir, ya no era su deber, no por el momento.
— Solo espero que todo esté bien, si no, confío en que Eustace pueda resolverlo.
Edmund y Anya se encaminaron a la casa del pecoso, habían quedado de comer todos juntos, iban tomados de la mano y la morena llevaba guardado el hermoso broche dentro de su bolso para no perderlo, consciente de que era lo que había estado buscando en cada tienda a la que entraba.
Al entrar a la casa de los Pevensie, lo primero que captaron los ojos de la morena fueron a un Eustace y una Jill sentados al pie de la escalera mientras conversaban tomados de la mano, alejados de todos.
— Anya — susurró el rubio mirando a la chica con un sentimiento indescriptible. — Tenemos que hablar de algo y es muy importante.
Después de saludar, los reyes y reinas de antaño, a excepción de Susan, siguieron a Jill y Eustace a la habitación de Lucy, donde todos tomaron asiento frente a ellos poniéndoles atención.
— Jill y yo fuimos a Narnia... Aslan nos llamó porque el hijo de Caspian y heredero al trono estaba desaparecido.
— ¿Se casó? ¡Qué emoción, sí es feliz, estoy tan orgullosa!
— Creo que lo mejor será que escuches con atención, Anya... Por favor — pidió Jill con seriedad sorprendiendo a todos, la chica era la menos seria del grupo.
— En fin, Caspian había prohibido su búsqueda, pero nosotros lo buscamos porque habíamos sido llamados para eso... Lo encontramos y bueno, cuando llegamos a Cair Paravel.
— ¿Qué sucedió, Eustace?
— Caspian se encontraba en su lecho de muerte, ya habían mencionado que el tiempo en Narnia va muy diferente a como nosotros lo vivimos, Caspian ya era grande — contestó incómodo el rubio cuando escucho como Anya, Lucy y Hailey comenzaron a sollozar, mientras Jill solo bajaba la mirada. — Aslan apareció y nos dijo que era hora de volver... Caspian nos acompañó y después de darles un gran susto a esos chicos que molestaban a Jill en el Colegio, le dio la oportunidad de ver nuestro mundo por 5 minutos más.
— Anya, nos pidió que te dijéramos que cumplió su promesa y que estaba muy feliz de que estuvieras cumpliendo la tuya.
Anya se abrazó a Edmund con fuerza mientras tanto el azabache como Peter se armaban de valor para no soltar sus lágrimas, después de un momento la chica suspiro y se giró a ver a los chicos para preguntarles:
— ¿Cómo se llama su hijo?, ¿quién fue su esposa?
— Su esposa fue Liliandil, la estrella – las chicas se sorprendieron un poco, pero Edmund solo asintió con su cabeza. — Y su hijo, el heredero, se llama Rilian.
— Pero... Ví a Caspian, se veía como si no hubiera envejecido en nada, incluso.
— Aslan dijo que si se topaba con alguno de ustedes, le verían así, como la última vez que le vieron, sabía que te buscaría.
— ¿Incluso que, Anya? — preguntó Peter abrazando a Hailey, cuando vio a la morena buscando algo en su bolso.
— Dejo esto — Lucy volvió a llorar cuando vio el hermoso broche en la mano de la Montclair, Peter bajó la mirada y unas cuantas lágrimas escaparon de sus ojos por lo que su esposa le abrazo, Caspian había sido importante para todos ellos y el saber que se había ido era triste y doloroso. Después de algunos minutos en silencio, tocaron la puerta y por esta se asomó Susan, que al ver como estaban todos dejo de sonreír y les miro con duda.
— ¿Qué sucede? — Eustace miró a su prima sin querer contestarle, Jill y Lucy desviaron la mirada, Anya escondió su rostro en el pecho de su prometido quien suspiro y Peter y Hailey le miraron mal.
— Estábamos hablando de Narnia… Caspian murió, Susan — tras la respuesta altanera por parte de Peter, la más bella de las Pevensie se tensó, Anya pudo notarlo y creyó ver tristeza en el rostro de la joven que se decidió por soltar una risita tonta y fingir una sonrisa.
— ¡Qué memoria tienen como para acordarse de todo aquello que jugábamos cuando éramos unos niños! — después de eso la chica salió de la habitación, a nadie le sorprendía la actitud de la antigua reina de Narnia, pues la mayor de las Pevensie deseaba comportarse como si de una adulta se tratase; los chicos siguieron conversando sobre la aventura de Eustace y Jill pues sabían que ahora Caspian se encontraba en completa paz en el país de Aslan.