Entre las garras del gato
-¡Maldita sea! Ese hijo de puta... ¿Dónde está?
Murmuró entre dientes mientras corría a toda velocidad, sus grandes zancadas resonaban contra la acera desierta de las calles nocturnas. Una de sus piernas llevaba una bala incrustada, pero la adrenalina que sintió al recibirla fue suficiente para que olvidará el dolor y saliera disparado a las calles como gacela.
<<Necesito un escondite y rápido>>
Mientras pensaba en alguna escapatoria posible, su mirada dio con un callejón oscuro, no tuvo la menor duda y corrió hasta el. La oscuridad del callejón sólo era interrumpida por una farola casi fundida en la entrada, pero la poca iluminación no era suficiente para ocultar el olor a descomposición proveniente de su interior.
Se detuvo en la entrada dudando en cruzarla gracias al mal olor y el asco que le genero, pero las voces que doblaban la esquina de la calle fueron suficientes para convencerlo por completo.
-¡Atrapen al imbécil de Zorvath! - Grito uno.
- ¡Si jefe! - Respondieron otros.
Eso fue suficiente para que se escabullera hasta el fondo del callejón donde permanecía un contenedor de basura, se acercó para esconderse detrás. Pero lo que encontró le heló la sangre en cuanto lo vio. Un cadáver, o bueno. Lo que quedaba de el. Parecía haber sido descuartizado o ¿Mordido?.
Retrocedió un paso al notar que el brazo del cadáver contenia mordidas que destrozaron los tejidos, pero de nuevo, las voces que se hacían más fuertes por cada paso que se acercaban más al callejón vuelven a alertarlo y termina lanzándose de frente detras del contenedor con la esperanza de no haber sido visto por sus perseguidores.
Su cuerpo cayó de frente esperando impactar con el suelo, pero en vez de la frialdad del concreto ensangrentado, solo había algo helado y tembloroso, casi tan frío como la daga que aparecío de manera tan repentina contra a su garganta.
- ¿¡Qué crees que estás haciendo!? ¡Aléjate de mi maldito degenerado!.
Le escupió una voz chillona sonando casi como ratón bajo las garras de un gato. La tenue luz no lo dejaba distinguir si esa cosa era mujer o niño perdido, lo único que sabía era que si esa abominación volvía a gritar, lo descubrirían en cuanto eso sucediera, así que no dudo en usar el método que le pareció más correcto, desenfundo su arma y la apunto a la sien de la rata.
- ¿Te callas? O ambos salimos muertos está noche.
Farfulló colocando su mano libre a un lado de la cabeza de aquella cosa en un intento de reemplazar la falta de equilibrio que brindaba su pierna agujereada.
- Carajo, no puedo ver nada - Se le escurrió en un murmuró que era más un pensamiento a la cucaracha enjaulada frente a el.
Y por arte de magia o el destino, la lámpara dentro del callejón con su luz débil y parpadeante que parecía haber esperado ese preciso momento para despertar, regreso a la vida iluminando los rostros de ambos, dándole la oportunidad a estos dos fugitivos que corrían entre las sombras, de por fin conocerse nariz con nariz.
Los ojos fríos y metálicos de Zorvath dieron con la intensa mirada de un caníbal con ojos de cristal que parecían reflejar el esplendor del cielo azulado, junto con la imagen misma de un ángel blanco como la nieve, con sangre fresca que hacía trazos hipnóticos en sus labios pintados de un tenue rosa.
Aunque era claro que no fue Zorvath el único que se llevó una sorpresa, ya que aquel chico albino se topo con unos ojos de hierro recién solidificado y oscuridad que luchaba contra la luz buscando acabar con sus sombras en la penumbra, pero los mechones de cabello ganaban por mayoría ante la luz que apenas y si lograba reflejarse en el contraste oscuro de cada cabello.
La mirada de Zorvath se detuvo un momento en los labios del chico, no por interés, sino por asco de confirmar sus sospechas al saber que era más que claro el hecho de estar atrapado en el mismo callejón que un arqueroso y repugnante caníbal.
-¿Quién eres? - Pregunto Zorvath intentando mantener la voz baja y calmada a pesar de la adrenalina que corría por sus venas.
El chico albino no respondió de inmediato. En su lugar, se limitó a observar a Zorvath con una intensidad que parecía atravesar su alma con más filo que su daga. Luego, con un movimiento lento y deliberado, se lamió los labios, y la sangre fresca se mezcló con su saliva.
-Soy alguien que no te conviene conocer-Respondió finalmente, con una voz que era casi un ronroneo como si no fuera el quien estaba entre las garras del gato.
- Yo se lo que me conviene, y me conviene saber a qué puerta llevaré tu cuerpo descuartizado si no me respondes lo que pregunte- Contesto Zorvath antes de presionar el arma con más firmeza contra la sien del chico, quien ni se inmutó. En su lugar, pareció relajarse, como si la proximidad de la muerte fuera algo familiar para él.
Pero entonces... El dolor olvidado le cobró factura, y la pierna con la bala incrustada cedió con violencia, haciendo que Zorvath cayera de frente sobre el cuerpo helado del chico.
Sus frentes quedaron unidas, respirando el mismo aire metalico con olor a pólvora del callejón, y por un segundo, ni el hedor, ni el miedo, ni los pasos en el exterior existieron.
Pero el movimiento repentino hizo que la daga cumpliera su función. Una rasgadura precisa, delgada, suficiente para que del cuello de la víctima seleccionada empezaran a brotar un par de gotas de sangre.
<<Su sangre huele dulce, ¿Sabrá tan bien como se ve al caer?>>
Pensó el albino, y sus ojos se dilataron como los de un gato que encontro un nido de ratones raros y apetitosos. Se relamió los labios lentamente, con ese gesto sucio de placer inconsciente, casi hipnótico, mientras observaba la sangre deslizarse por el cuello y caer, con una lentitud hermosa, sobre su propio pecho, invitándolo a buscar más de ella.
-Hijo de perra... Ni se te ocurra intentar una estupidez- Murmuró Zorvath con voz rota, sintiendo el ardor punzante del corte.
Pero el albino no parecía escuchar. Solo miraba. Solo deseaba, solo anhelaba con la boca hecha agua. Apretó un poco más la daga contra su cuello, buscando que el tajo se abriera aún más, como si el aroma del hierro para muchos, pero para el un aroma diferente a todos los que sus fosas nasales han saboreado, lo hubiese poseído.
Zorvath no dudó y mucho menos tardo en responder.
La pistola volvió a presionar su sien pero con más firmeza y fuerza. Su dedo se tensó sobre el gatillo como si la decisión estuviera a milímetros.
-Cada vez que aprietes más la daga contra mi cuello, yo apretaré más el gatillo.
Silencio.
Y luego, la sonrisa.
No una de burla. Ni una amable.
Una sonrisa torcida. Arrastrada. De quien disfruta del sufrimiento ajeno como si fuera arte digno de un museo. De quien no teme a la muerte porque ya vive en el infierno.
-¿Entonces qué esperas? - Susurró el angelito, sus ojos reflejando esa chispa de un loco -Dispara. Así te libras de mí... y esos idiotas escucharán donde estás escondiéndote como rata de alcantarilla.
Zorvath lo miró, con la furia latiéndole en las sienes ya que la cucaracha tenía razón. Estaban en un callejón sin salida, con paredes de ladrillo que lanzaban eco como una cueva con un solo murciélago que se atrevería a gritar en cuanto una amenaza entrara a su territorio y ahora con luz incluida que aunque fuera tenue, seguía siendo luz.
Ambos pensaron lo mismo.
<<Si disparo el gatillo el eco llegará a sus oídos y me encontrarán, tengo que encontrar otra manera de deshacerme de esta escoria>>
<<Si el dispara el gatillo lo atraparan pero yo estare muerto, tengo que actuar antes que el y escapar>>
Zorvath lo observo con más detenimiento, era joven, no más de diecisiete tal vez. A esa edad la mayoría de adolescentes haría cualquier cosa por independizarse y escapar de sus padres y todas sus responsabilidades. Tal vez esta rata no sea tan distinta y acceda a callarse si le promete ayudarlo a escapar de casa.
-Mira niño, te propongo algo. Si tú te callas y bajas tu daga...
- Kunai - Lo interrumpió.
Suspiro frustrado y luego continuo:
- Bien, Kunai. Si te quedas calladito, bajas tu Kuzai entonces...
- Kunai - corrigió nuevamente.
- ¡Kunai lo que sea solo déjame hablar! - Murmuró entre dientes irritado.
- ¿Pero porque te enojas? Solo estoy mejorando tu vocabulario - Dijo mientras hacia una expresión de inocente.
- Si, si, si. Lo que digas, de todas maneras son iguales. Bien entonces como te decia.
- No son iguales las dagas y las Kunai son diferentes ya que... - interrumpió de nuevo.
- ¡Ya entendí¡ No son iguales. Basta, cállate, quédate quieto, no hables, no respires. ¡No nada!- Dijo Zorvath frustrado en voz más alta pero aún en un susurro.
- ¿Puedo parpadear? - Se encogió como cachorro regañado.
Zorvath solo lo miro incrédulo con un tic en el ojo.
- Si. Parpadea y respira - Suspira.
- ¿Círculo sangre? -
Zorvath solo podía observarlo con incredulidad, sin saber qué hacer con su comportamiento errático. La daga seguía presionando su cuello, y la pistola seguía apuntando a la sien del chico.
La situación parecía estar al borde de un abismo, preparándose para estallar en cualquier momento como bomba infiltrada en una reunión de paz.
-¿Qué quieres decir con "círculo sangre"? -Preguntó Zorvath, intentando mantener la calma a pesar de la frustración que sentía y crecía con cada tonta palabra que salía de la boca del ratón.
El albino sonrió de nuevo, con una mirada que parecía bailar entre la locura y la inocencia.
-Quiero decir que si dibujo un círculo con mi sangre, ¿sería un círculo perfecto? - Preguntó, con una voz que era casi un susurro.
Zorvath lo miró, sin saber qué responder. La pregunta parecía absurda, pero al mismo tiempo, había algo en la mirada del chico que lo hacía sentir que había algo más detrás de ella así que no la ignoro y decidió seguirle el juego.
-No lo sé - Respondió finalmente, intentando mantener la calma- ¿Por qué quieres saber eso?.
El chico solo se encogió de hombros, y la daga se movió ligeramente, haciendo que Zorvath se tensara de nuevo.
-No sé - Respondió -Solo me parece interesante. ¿Crees que sería un círculo perfecto?.
Zorvath dudó, sin saber qué responder. La situación parecía estar volviéndose cada vez más surrealista.
-No lo sé - Repitió-. ¿Por qué no lo intentas y lo ves tú mismo?.
El albino sonrió de nuevo, y esta vez, había algo en su mirada que hizo que Zorvath se sintiera incómodo o... Alerta.
-Sí - Dijo - Creo que lo haré.
Y entonces. La daga de pronto se lanzó hacia atrás para luego ir hacia adelante con intención de clavarse justo en la clavícula de Zorvath.
- Hijo de puta - Escupió en voz alta.
Su maldita plática fue una maldita trampa calculada y el inepto cayo en la boca del gato, cosa que casi le cuesta el pescuezo. Todo fue planeado, la sonrisa depredadora y felina del otro lunático lo confirmo al intentar abalanzarse sobre el rival.
- Idiota - Se burló dándole una patada al estómago con la rodilla logrando tirarlo a un lado, aunque no contó con que tuviera reacción contraria cuando Zorvath se la devolvió justo en el pecho cortando su suministro de aire.
El cuerpo del albino choco con un golpe sordo contra la pared dificultando su respiración de manera momentanea dándole el tiempo suficiente a Zorvath para lanzarse contra el chico envolviendo sus manos en su cuello.
- Bien. Ahora me vas a escuchar pedazo de mierda - Le escupió Zorvath con el rostro a escasos centímetros del suyo.
Le arrebato la Kunai y la lanzó al suelo, piso sus tenis gastados con su pierna lastimada poniendo todo su peso en la sana mientras una mano sujeto el cuello y la otra sus muñecas por encima de su cabeza.
La situación ha llegado a un punto crítico. Zorvath ha logrado tomar el control y ahora tiene al chico inmovilizado contra la pared. La ira y la frustración se reflejan en sus ojos mientras aprieta el cuello de su ratón.
-Vas a hablar, vas a decirme quién eres, que quieres y que haces aquí- Le susurra Zorvath al oído, con una voz que es casi un gruñido.
El chico intenta respirar, pero la presión en su cuello es demasiado fuerte. Sus ojos comienzan a cerrarse, y su rostro se vuelve rojo por la falta de oxígeno.
Pero de repente y de último momento, el chico hace un movimiento inesperado. Con un esfuerzo impulsado por la desesperación de respirar o sobrevivir, logra liberar una de sus manos y clavar sus uñas pintadas de rosa en el rostro de Zorvath. El dolor es intenso, y Zorvath se ve obligado a soltar el cuello del albino.
El chico aprovecha el momento de distracción para lanzar una patada a Zorvath justo al pecho por venganza, no con tanta fuerza por la debilidad que le provocó el casi ser extrangulado, pero la pierna de Zorvath se volvió su aliada y lo obligó a retroceder. La Kunai sigue en el suelo, y el chico la ve como una oportunidad para cambiar el curso de la batalla.
Se lanza hacia la Kunai con el plan de alcanzarla y clavarla en la primera extremidad o facción que se le atravesará primero del cuerpo de su rival si intentaba acercarse de nuevo.
Pero su mala suerte era tanta que Zorvath alcanzo su tobillo tirándolo de cara contra el pavimento antes de ser jalado con mucha facilidad de regreso contra la pared pero está vez Zorvath le ato unos cordones de zapatos que saco del contenedor de basura, le costó mucho trabajo atar sus manos pero al final lo logro atandolas juntas, para luego apretar las propias muñecas del chico contra su propio cuello, haciendo que se extranguele a si mismo.
- Sniff, Sniff - El chico comenzo a zollosar con el poco aire que le quedaba mientras sus piernas comenzaron a debilitarse.
Zorvath estaba decidido a acabar con su insignificante vida como lo había hecho con muchas personas que el seleccióno personalmente entre los ocho mil sesenta y dos millones de habitantes en el mundo. Pero algo lo hizo detenerse.
Una lágrima.
Luego dos.
Luego tres.
Numerosas lágrimas cayendo por el rostro blanco como la nieve del pequeño angelito carnívoro, manchando sus mejillas ahora enrojecidas por la falta de oxígeno, junto con rimel azul que hacia las diminutas lágrimas de un color más vivo.
Zorvath está a punto de acabar con la vida del ratón, pero algo en su interior lo hace detenerse. Las lágrimas del chico parecen haber tocado una fibra sensible en él, y por un momento, comienza a dudar sobre su decisión.
El chico, con las manos atadas y el rostro enrojecido, sigue sollozando y luchando por respirar al borde de la inconsciencia. Zorvath lo mira fijamente, intentando comprender qué está pasando. ¿Por qué se siente así? ¿Por qué las lágrimas de este chico lo han afectado de esta manera?
De repente, el sonido de pasos que se acercan. Los perseguidores de Zorvath están cerca todavía buscándolo, y él sabe que debe actuar rápido. Pero su mirada sigue fija en el chico, y por un momento, parece que está considerando una opción diferente.
Los pasos son más cercanos y el chico no deja de zollosar y asfixiarse.
- Maldita sea - maldice Zorvath tirando al chico al suelto.
Zorvath se sienta en el suelo con la espalda contra la pared escondido detrás del contenedor de basura, jala al chico sobre el colocándolo entre sus piernas y su espalda contra su pecho mientras el sostiene su arma con una mano y con la otra tapa la boca del chico con cuidado de no tapar la nariz.
El chico se retorcía entre sus brazos como un animal herido. Su respiración era errática, casi superficial, y sus sollozos temblaban contra el pecho de Zorvath como pequeños martillazos a su paciencia que se desmoronaba como pan duro y seco.
-Shh... cállate, maldita rata... - Murmuró Zorvath entre dientes, bajando apenas la presión de su mano para dejarlo respirar, pero no lo suficiente como para permitirle gritar o morderlo.
Las voces volvieron. Más cercanas. El sonido de pasos arrastrando grava, risas apagadas, y luego silencio... como si los sabuesos supieran que su presa estaba cerca. Muy cerca.
Zorvath contuvo el aliento. Apretó al chico contra sí, como si su frío corporal pudiera convertirlo en piedra. El chico, temblando de miedo o por el esfuerzo de absorber oxígeno, no hizo más que encogerse en sí mismo, con los puños atados contra su pecho, los nudillos blancos, las lágrimas aún frescas resbalando por su mentón ensangrentado.
Zorvath sentía el corazón del otro martillarle la columna. Parecía un tambor de guerra en plena retirada.
Una linterna asomó desde el borde del callejón.
La luz entró rasgando las sombras, barriendo el muro como la llama de un dragón. Zorvath bajó aún más la cabeza, cubriendo con su cuerpo al chico como si fuera una sombra viviente.
El hilo de luz pasó.
Un susurro entre los perseguidores.
-¿Lo viste?.
-No... quizás ya se escondió en la empresa como perrito con la cola entre las patas jajaja.
Y entonces, como vinieron, se fueron, entre burlas y amenazas. Pasos alejándose. Voces perdiéndose en el murmullo de la ciudad nocturna. Un portazo lejano. El zumbido de un motor y un auto arrancando.
Zorvath esperó diez segundos. Luego veinte. Un minuto.
Y finalmente, soltó el aliento como quien escupe una bala que no lo mato.
Apartó lentamente su mano de la boca del chico. El otro inhaló como si volviera a nacer, pero no gritó. No se quejó. Solo se quedó quieto, jadeando, con la nuca apretada contra el pecho de su verdugo accidental.
Zorvath no dijo nada. No por compasión, sino por confusión.
¿Por qué no lo había dejado morir?
¿Por qué esa rata seguía respirando?
-¿...por qué lloraste? - Escapó de sus labios, casi sin querer.
El chico no respondió.
Zorvath no repitió la pregunta.
Ambos se quedaron en silencio, entre el hedor del contenedor, el rastro de carne en descomposición y el calor compartido de una tregua no firmada ni decidida.
Y entonces, la voz del chico, apenas audible, corto el silencio.
-Porque nunca había perdido ante ningún rival. Nunca había estado tan cerca de morir.
Zorvath frunció el ceño. No le creyó. No podía creerle. Un caníbal, un loco, una maldita aberración con ojos de ángel y mente de psicópata. ¿Nunca estuvo cerca de morir?
- No te mate solo porque no tengo tiempo para deshacerme de tu cuerpo, no por haberte tenido piedad- Dijo con frialdad.
- Eso es suficiente, al menos sigo vivo...-Susurró el chico, y una sonrisa diminuta, apenas un suspiro de comisura, curvó sus labios.
Zorvath lo soltó bruscamente, empujándolo al lado, como si ese gesto bastara para sacarse de encima el escalofrío que el chico le provocaba. El albino cayó de costado, con los cordones aún apretando sus muñecas y las lágrimas secándosele en las mejillas.
-Si me sigues... - Advirtió Zorvath, limpiándose la sangre del cuello- te mato. En serio. Esta vez sí lo haré.
-¿Y si no te sigo...? -musitó el otro, sin levantar la cabeza-. ¿Quién curará tus heridas?.
La pregunta fue absurda. Muy absurda.
Zorvath lo miró con incredulidad, sin saber cómo responder a esa pregunta tan estúpida. ¿Quién curará mis heridas? ¿Qué le importa a esta rata mi bienestar? La ironía de la situación no se le escapó a Zorvath. Después de todo lo que había pasado, después de haber estado a punto de matarlo, el albino de manera extraña, parecía preocuparse por su salud.
-No necesito que nadie cure mis heridas -Respondió Zorvath con frialdad, intentando mantener la distancia emocional- Puedo cuidarme solo.
El chico levantó la cabeza, y sus ojos se encontraron con los de Zorvath. Por un momento, pareció que iba a decir algo, pero en su lugar, se limitó a sonreír débilmente.
-Como quieras -Dijo finalmente, con una voz que era casi un susurro- Pero si cambias de opinión, sabes dónde encontrarme.
Zorvath se puso de pie, intentando sacudirse la sensación de incomodidad que el albino le había provocado. Le dio un vistazo con desconfianza, preguntándose qué planes tendría en realidad.
-Recuerda -Dijo Zorvath, intentando sonar amenazante- si te vuelvo a ver, no tendré piedad está vez.
El chico asintió lentamente, sin dejar de sonreír.
-Lo recordaré - Respondió - Pero no creo que sea necesario. No voy a seguirte. No me interesa que hagas con tu vida.
Zorvath lo miró durante un momento, intentando decidir si creerle o no. Finalmente, se dio la vuelta y se alejó del callejón, dejando al chico solo en la penumbra y el asqueroso olor.
Mientras se alejaba, Zorvath no podía sacudirse la sensación de que había subestimado al chico. ¿Qué planes tendría en realidad? ¿Y por qué parecía tan seguro de sí mismo? La incertidumbre se cernía sobre Zorvath como una nube oscura. Y sus pensamientos de alerta se vieron impulsados justo cuando salió del callejón, paso frente a una dulcería, escucho pasos y vio al chico caminar detrás de el todavía con las manos atadas.
- Te dije que no me siguieras - Le dijo molesto.
-No te estoy siguiendo - Respondió el otro mientras se detenía frente a la puerta de la dulcería y la tocó en espera de que alguien la abriera.
<<¿A caso está loco? Bueno, si lo está, es obvio. ¿Pero de verdad va a dejar un cadáver en el callejón y ahora piensa que alguien sigue atendiendo la dulcería a estas horas?>>
- Oye, no deberías estar molestando a la gente tan noche, la dulcería cerro hace tres horas - Pero antes de que Zorvath comenzara un discurso, un hombre mayor, de unos cuarenta abrió la puerta.
- ¡Delirio¡ ¿¡Pero que te paso!? ¿Por qué estás atado? - La voz del hombre sonó preocupada y alarmada mientras tomaba las mejillas del albino - Estás congelado. Ven, ¿Quieres chocolate caliente? ¿tu padre sabe que estás aquí?.
- ¡No me toques! Solo desatame rápido - Le gruño Delirio dando un paso atrás, aparto su rostro a un lado con molestia mientras acercaba sus manos atadas a las del hombre.
- Ay, que modales. Te he dicho mil veces que no me hables con ese tono niño - Lo regaño el hombre - Y responde mis preguntas. ¿Tu padre sabe que estás aquí?.
Delirio solo bajo la cabeza y hablo en voz baja, casi un susurro - Lo siento, me altere. Y no... No sabe que estoy aquí, por favor no le digas que salí.
- Está bien, no quiero que te metas en problemas - Dijo al notar la súplica en su voz, luego su mirada dió con Zorvath quien estaba parado a un par de pasos - ¿Y este qué? ¿Es tu amigo?.
Delirio levantó la vista hacia Zorvath, y por un momento, pareció que iba a dar una respuesta positiva, pero en su lugar, solo se encogió de hombros.
-No -Respondió finalmente, con voz neutral - No lo conozco, debe ser un loquito de la calle.
El hombre miró a Zorvath con desconfianza para luego regresar su atención a Delirio.
-Bueno, no importa. Vamos adentro, te desataré y te llevaré a casa, pero antes debes contarme como terminaste así - Le dijo, mientras abría la puerta de la dulceria dejando que Delirio entrara antes de seguirlo dentro del local.
La puerta se cerró detrás de ellos, seguida de un par de tablas asegurándose de tener una puerta cellada y difícil de abrir. Zorvath se quedó unos momentos parado en el mismo lugar, no por curiosidad, más bien para memorizar el lugar y saber cómo regresar a terminar su trabajo inconcluso. Exterminar esa rata sarnosa.
Una bala en la pierna, una daga en el cuello y una chispa entre dos ratones atrapados en la misma jaula: así comenzó todo.
Una bala en la pierna, una daga en el cuello y una chispa entre dos ratones atrapados en la misma jaula: así comenzó todo.