Hermana Nina
La noche se puso en la iglesia. Nina, una joven monja, se preparaba en la capilla para realizar sus últimas oraciones del día mientras trataba de ignorar aquella sensación de inquietud que le provocaba estar en aquel lugar a solas. La tenue luz de las velas iluminando vagamente el altar bajo la cruz de Cristo, mientras ella se arrodillaba ante él y agarraba su Biblia con ambas manos.
Nina era una joven monja de veinticinco años, de cabello rizado y rubio, oculto bajo el velo gris de su traje. Su tez era pálida, de una piel fina y delicada, adornada por unas pecas tenues que descansaban encima del arco de su nariz. Sus mejillas sonrosadas bajo sus ojos redondos y verdes, miraban hacia la imponente figura que se alzaba ante ella.
Sus manos eran delicadas, sin embargo, en sus uñas roídas se mostraban los signos de una mente intranquila, a pesar del lugar pacífico que la rodeaba.
Lentamente, realizó la señal de la Cruz, cerrando sus ojos y enfocando su mente en comenzar sus oraciones:
"Por la señal de la Santa Cruz,
de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios Nuestro,
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén"
—Padre, me encuentro esta noche para realizar las mismas preguntas de las noches anteriores, empieza a inquietarme la incertidumbre en la que se encuentra mi corazón. Hay algo que perturba mi paz, por más que rezo, no siento que me estés escuchando. ¿Qué más debo hacer para sentir la calidez que sienten mis hermanas en el corazón cuando te rezan? Por favor, Padre, manténgame alejada del mal. El Diablo podría aprovecharse de mis oraciones sin respuesta. Por favor, Padre, deme una señal de que sigue amándome como al resto de mis hermanas.
En la oscuridad de la capilla, una sombra se materializó. Una figura de un hombre de mirada dura, sus ojos rojos brillando tras ella mientras la observaba con una sonrisa malévola. Se cruzó de brazos, escuchando a la joven monja orar arrodillada, la túnica cubriendo sus zapatos, mientras un par de mechones de su cabello se escapan de su velo.
Una mezcla de curiosidad, fascinación y sadismo cruzó la mente de aquella criatura sobrenatural, rodeando la capilla mientras se mantenía oculto en las sombras, observando hipnotizado los labios de Nina realizando sus oraciones fervientemente en un susurro, su piel pálida brillando en la tenue luz de las velas del altar.
Aquella visión despertó algo en su interior: un hambre oscura y primaria que había creído saciada hacía mucho tiempo.
Su mirada siguió aquellos mechones de pelo, el repentino deseo de acercarse y acariciarlos era sobrecogedor. Ante sus ojos, Nina se veía tan dulce e inocente mientras continuaba con sus rezos que no pudo evitar emitir una pequeña risa, resultándole cómica la ironía de la situación.
—Hablas del Diablo como si fuera la más terrorífica de las criaturas, pequeña monja —su voz hizo eco por toda la capilla, haciendo que Nina diera un pequeño brinco y se girara en busca del origen de aquella voz.
La criatura salió de entre las sombras, una figura masculina, alta, se acercó a Nina con una sonrisa casi macabra dibujada en su rostro. Pasó una mano por sus cabellos oscuros mientras observaba a la monja ponerse en pie, confusa por aquella situación.
La mujer sintió un escalofrío recorrer su columna al observar los ojos de aquel hombre iluminados como dos rubíes, casi podía distinguir las llamas en el interior de sus iris. No es el reflejo de las velas, pensó Nina, mi silueta tampoco se refleja en su mirada.
—Discúlpeme, señor. ¿Podría decirme quién es usted? La iglesia está cerrada a esta hora, no puede estar aquí tan tarde —respondió ella, su dulce voz deleitando los oídos del hombre.
—Me llamo Bastien... Y no soy un hombre que siga las leyes de humanos insignificantes y sus creencias —su sonrisa despiadada se amplió en sus labios, mostrando sus afilados colmillos a Nina, la cual frunció el ceño mientras le observaba, una pequeña parte de ella admirando la belleza de su rostro.
—Si respeta o no nuestras creencias no es relevante, señor. Realmente no puede estar aquí tan tarde.
Él dio un paso adelante, tomándose su tiempo antes de responder mientras saboreaba el miedo en los ojos de Nina.
—Yo no formo parte de este reino, pequeña monja. El tiempo no significa nada para mí —su voz se suavizó mientras la miraba con una intensidad que hizo que su corazón comenzara a latir a mayor velocidad—. Deberías tener cuidado, Nina...
La expresión de confusión en el rostro de Nina cambió a una de sorpresa, sus labios se entreabrieron, tratando de encontrar las palabras adecuadas para continuar con aquella conversación. Los fieros ojos de Bastien inevitablemente descendieron a la boca de Nina, su ferviente deseo haciéndose cada vez más y más fuerte en su interior. No comprendía qué era exactamente aquello que le hacía necesitarla tanto, pero no podía controlarlo.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Nina, dando un paso atrás mientras trataba de no pisar su túnica. Se aferró fuertemente a la Biblia que sostenía entre sus manos, tratando de mantener una distancia entre ellos dos.
Los ojos de Bastien se volvieron a encontrar con los de Nina, ardiendo en un fuego de otro mundo.
—Sé muchas cosas, Nina. Tu nombre, tus plegarias, tus deseos más oscuros... —Alzó una mano, deseando acariciar su mejilla, pero se detuvo antes de hacerlo—. Puedo oler lo que sientes.
—Señor, esto no es divertido —respondió ella, emitiendo un suspiro impaciente—. Si no abandona la capilla inmediatamente, voy a gritar.
Bastien emitió una pequeña risa desde lo más profundo de su pecho, comenzando a caminar alrededor de Nina, sus ojos aún fijos en su rostro mientras estudiaba sus movimientos.
—Yo tampoco encuentro esto divertido, pequeña monja. Deberías estar más asustada de lo que ya lo estás, Nina. Estás frente al mismo Diablo.
—No me creo que sea el Diablo, caballero. ¿Cómo sería posible que entre en un lugar sagrado sin arder hasta sus cenizas? —preguntó mientras observaba a Bastien rodearla, el agarre en su Biblia apretándose contra su pecho.
La risa del hombre hizo eco en la iglesia, una carcajada llena de frialdad y carente de alegría. Se detuvo frente a ella, inclinándose a centímetros de su rostro.
—Eres inteligente, Nina, pero déjame que te pregunte algo: ¿Cómo sabes tú lo que el demonio puede y no puede hacer? —acercó sus labios al oído de Nina, haciendo que ella contuviera su respiración—. No soy ese Diablo que crees que soy.
Nina tragó saliva para deshacer el nudo en la garganta, inclinándose ligeramente hacia atrás para ganar distancia entre ambos. Su respiración se sentía pesada, su mente en conflicto entre lo que creía y lo que realmente podía ser.
—Entonces... ¿Qué clase de Diablo...?
Él se inclinó más cerca, sus labios rozando los de Nina mientras susurraba:
—El Diablo que tú conoces es solo una triste imitación de la verdadera oscuridad que acecha tras el velo —alzó su mano y, en un gesto rápido, agarró la Biblia y la arrancó de los brazos de Nina, lanzándola a un par de metros lejos de ellos.
Ella contuvo la respiración, su mirada desviándose unos segundos a mirar allí donde había aterrizado su Biblia. Su corazón se aceleró mientras le sentía cada vez más cerca, su aliento acariciando la piel de su cuello.
De pronto, una voz femenina hizo eco en la sala y Bastien desapareció en un parpadeo. Nina miró a la mujer que acababa de entrar en la capilla, la cual observaba a la joven con cierta preocupación:
—Hermana Nina, ¿has terminado ya tus oraciones? —la Hermana Ágatha era la monja más anciana del convento, se encargaba de cuidar de las jóvenes y enseñarles en el camino de la fe. Nina la quería como a una madre, pero en ese momento su mente se encontraba distraída, tratando de entender adónde había ido aquel hombre que hacía unos segundos se alzaba frente a ella.
La única muestra de que todo aquello había sido real, era la Biblia que aún se hallaba en el suelo de la capilla.