Capítulo 1: La niña del volcán
PARTE I – EL DESPERTAR
El cielo ardía de rojo. No era un atardecer, ni una tormenta, ni fuego común. Era el aliento del volcán de Vharad, un gigante dormido durante siglos que esa noche gritaba su furia a los cuatro vientos.
En medio del caos, entre los rugidos de la tierra y el polvo negro que cubría el mundo, una figura pequeña corría descalza por un sendero de roca incandescente. Tenía doce años, cabello oscuro como la obsidiana, y en sus ojos brillaban brasas vivas, como si el fuego le habitara el alma. Su nombre era Kaela.
No lloraba. No gritaba. Solo corría, como si supiera exactamente hacia dónde debía ir, mientras todo a su alrededor se derrumbaba. Las aldeas a los pies del volcán ya eran ceniza, y el aire quemaba al respirar. Pero Kaela no se detenía. Algo más antiguo que el miedo guiaba sus pasos.
En su cuello colgaba un colgante en forma de llama, tallado en una piedra roja que parecía vibrar con cada latido del volcán. No sabía de dónde lo había sacado. No sabía por qué era la única que no se quemaba. Solo sabía una cosa: tenía que llegar a la cima.
Allí, entre el temblor de la montaña y el rugido de la lava, la esperaba una figura envuelta en una capa roja. Un anciano de mirada profunda, que no parecía sorprendido al verla.
—Llegaste antes de tiempo —dijo con voz grave—. Eso significa que el fuego te ha elegido.
Kaela no respondió. Solo sintió cómo una fuerza interior que nunca había sentido la empujaba hacia el borde del cráter. El colgante ardió sobre su pecho, y una voz, no del anciano, sino del propio fuego, susurró en su mente:
“El equilibrio ha sido roto. El Reino de las Llamas te llama, Kaela. Debes despertar.”
Y entonces todo fue luz.
Una explosión silenciosa.
Un nuevo comienzo.