Prólogo
Nadie recuerda el momento exacto en que empieza el otoño. No es cuando el calendario lo marca, ni cuando las hojas comienzan a caer. Es más bien un susurro, un giro imperceptible en el aire, una tristeza dulce que se posa en los árboles... y en el corazón. Sin razón, sin aviso. Solo sucede.
Santo Andreotti lo notó esa tarde.
Caminaba por Central Park como quien no busca nada y tampoco quiere ser encontrado. Con las manos en los bolsillos del abrigo y la mente llena de silencios, parecía una sombra elegante entre sombras más pequeñas. Era el Don de Nueva York, un hombre al que pocos miraban a los ojos y del que muchos solo se atrevían a hablar en voz baja. Pero esa tarde, su sombra se sentía más larga que de costumbre. Más sola...más pesada.
Y entonces, la vio.
Ella estaba agachada junto a un niño que lloraba por una rodilla raspada. Le hablaba con una voz baja y paciente, como si todo lo demás pudiera esperar. Tenía hojas enredadas en el cabello y una sonrisa marcada por crayones y cansancio. No llevaba brillo, ni misterio, ni siquiera intención... pero brillaba.
Se llamaba Clara—aunque él no lo sabría aún—y su risa, suave y ligera, era más cálida que el sol que apenas se colaba entre las nubes de octubre.
No hubo música. No hubo magia evidente. Solo un instante suspendido, como si el mundo contuviera el aliento. Y algo, en lo más profundo del pecho de Santo, se movió.
No estaba preparado para lo que ese otoño le traería.
Para ella.
Para el amor.
Para todo lo que vendría después.
Pero a veces, lo que menos esperas... es lo único que puede salvarte.
Y el otoño... siempre fue el principio.